Queridos hermanos y hermanas en Cristo:
Unidos a toda la Iglesia universal que detiene su caminar cotidiano en el centro de este mes de agosto, celebramos un misterio que desborda de alegría y consuelo: la Solemnidad de la Asunción de la Santísima Virgen María en cuerpo y alma a los cielos. Al término de su vida terrena, Aquella que estuvo exenta de toda mancha de pecado original no conoció la corrupción del sepulcro. Dios no permitió que la tierra reclamara el cuerpo inmaculado y sagrario donde el Verbo de Dios se hizo carne. De este modo, cada 15 de agosto recordamos ese día bendito en que María entró por la puerta grande del Cielo; no como un espíritu incorpóreo, sino con la totalidad de su ser humano, abriéndonos camino y convirtiéndose en el espejo de nuestro anhelo de creyentes.
El Cielo es nuestra meta soñada, y para éste nos hemos de preparar día a día tomándonos muy en serio la salvación de nuestra alma. Si nuestra vida no se edifica por medio de la práctica sacramental, seremos cristianos de nombre y costumbres, pero sólo eso. Necesitamos redescubrir la grandeza de orientar nuestra vida a la luz del evangelio, de los mandamientos de la ley de Dios y de los de la Santa Madre Iglesia que nuestros mayores vivían con tanta seriedad y cumplimiento. Por ejemplo, se ha diluido demasiado el término "Precepto"; hoy es uno de esos días, y es que en nuestra sociedad líquida y anodina parece que ha quedado como en algo del pasado que para un católico practicante sea: ¡es! obligatorio escuchar misa entera todos los domingos y fiestas de guardar. Hay quien dice: Yo voy sólo cuando el cuerpo me lo pide (otros sólo a los funerales para dejar la tarjeta); perfecto, cada cual es libre, pero entonces no se ponga en la fila para comulgar pues está en pecado, teniendo en cuenta, además, que para comulgar hay que estar en gracia tras haber confesado, algo bastante olvidado... Las normas de la Iglesia no han cambiado en absoluto, y sigue vigente que para poder comulgar hay que confesarse al menos una vez al año. El Papa León XIV lo ha recordado recientemente: «El inmenso tesoro de la misericordia de la Iglesia permanece inutilizado». A esto siempre está la persona pseudointelectual que dice: ¡yo me confieso directamente con Dios; no creo que por medio de la bendición del cura me venga nada del cielo! Muy bien, entonces usted no se debería poner nunca en la cola para comulgar, pues si no cree que por manos de sacerdote le llega el perdón, tampoco por ellas, que lo consagran, recibirá el Cuerpo de Cristo...
Redescubramos el tesoro de nuestra fe, el regalo de ser católicos y de poder vivir ya aquí en la tierra el anticipo del Cielo.
El Evangelio nos muestra que el camino de María hacia esa corona de estrellas no comenzó con un estallido de poder humano, sino con un humilde "sí" en Nazaret, y con un viaje de servicio que todos conocemos: al encontrarse con Isabel, María prorrumpe en el canto del Magnificat: Proclama mi alma la grandeza del Señor... porque ha mirado la humillación de su esclava... La Asunción nos enseña una ley divina inquebrantable: el camino hacia la verdadera grandeza, pasa por la humildad. Dios derriba a los poderosos (a los caciques, subversivos e intrigantes que no vienen nunca y del que "Tú no sabes quién soy yo"... y enaltece a los humildes (a los que silenciosa y piadosamente viene y participan cada domingo de la misa). María está hoy en lo más alto porque así lo entendió y supo hacerse la más pequeña. Necesitamos aprender de Ella, a mirar a los demás con sus ojos, a hablar de los demás con sus labios, a amar con su corazón sincero y agradecido.
Celebrar la Asunción de María en cuerpo y alma es de vital importancia para el mundo de hoy. Vivimos en una sociedad contradictoria: por un lado, se rinde un culto obsesivo al cuerpo a través de la estética y cosmética consumista; por otro, el cuerpo es a menudo instrumentalizado, cosificado y descartado (como vemos en el drama del aborto, la eutanasia o la explotación humana). Frente a este desvío, la Asunción de María es un reclamo también de la dignidad del cuerpo. Dios nos está diciendo hoy que nuestra carne importa, que nuestra corporalidad es sagrada y templo del Espíritu Santo. El cuerpo no es una cárcel del alma, ni un traje viejo que nos quitamos al morir para ser disueltos en la nada. Nuestro cuerpo está llamado a la transfiguración, a la santidad y a la resurrección. María es la criatura humana en la que la Pascua de Cristo ya ha dado su fruto pleno. Ella ya experimenta en sus propias carnes lo que todos nosotros —si somos fieles— experimentaremos al final de los tiempos. Al mirar a María asunta al cielo, recordamos que nuestros ojos verán a Dios, que nuestras manos resucitarán, y que cada fatiga, cada enfermedad sufrida con fe y cada arruga ganada en el servicio a Dios y a los hermanos por amor, tiene un eco de premio en la gloria eterna. No fuimos creados para la corrupción de la muerte y el polvo del sepulcro; fuimos creados para la inmensidad y la eternidad del Cielo.
El Prefacio de la Misa de hoy afirma bellamente que María, asunta al cielo, es "principio y aurora de la Iglesia de la gloria, señal de consuelo y de esperanza firme para el pueblo que todavía peregrina en la tierra". María no se ha marchado a un cielo lejano y aristocrático para desentenderse de nosotros. Al contrario, al estar plenamente en Dios, está más cerca que nunca de cada uno de sus hijos. Ella es la madre que ha llegado primero a la casa paterna; la que ya conoce las habitaciones del palacio del Rey y ha encendido las luces para esperarnos. Ella sabe lo que cuesta caminar por este "valle de lágrimas", por eso nunca nos desampara. Nuestra Señora nos recuerda en este día que nuestra patria definitiva está en los cielos [Flp 3, 20]. María también es llamada en las letanías del Rosario "Puerta del Cielo". Ella, que fue la puerta por la que Dios entró en nuestra historia, es ahora la puerta que nos mantiene abierto el horizonte de la eternidad.
La fiesta de hoy alegra nuestro caminar cristiano. Que María asunta al cielo, nos rescate de la banalidad, de la queja y protesta estéril y de vivir como si esta tierra fuera nuestro único destino. Pidámosle hoy a la Santísima Virgen que nos conceda un corazón semejante al suyo: un corazón humilde que sepa decir "¡Hágase!" a los planes de Dios; un corazón servicial que corra al encuentro del hermano necesitado, y una mirada limpia qué, aun con los pies firmes en la tierra, mantenga siempre los ojos en la esperanza de los bienes del cielo.
No quiero terminar tampoco sin un recuerdo a todos los que sufren y la invocan con piedad y angustia y, particularmente, quiero invocar a Nuestra Señora de África para que ayude al pueblo ceutí, el más español -hoy día- de toda nuestra Patria de María. Que nos ayude a entender que no existe más "Alianza de Civilizaciones" -que decía un necio que por ladrón rinde cuentas a la Justicia- más que con aquellos hermanos nuestros con los que compartimos historia, cultura, tradición, lengua y fe, y que vienen ordenadamente del otro lado del océano, el cual nosotros cruzamos primero, para prosperar legítimamente y trabajar y en nuestra gran Nación que únicamente es España, y que lo hicieron saliendo desde sus propias tierras de María, muy lejos de los infieles tiranos y sátrapas sarracenos.
Santa María, Asunta a los cielos, Santina de Covadonga y Señora de África,
cuida de esta Parroquia que hoy te invoca; ayuda a Ceuta, salva a España, y
ruega por nosotros, ahora y en la hora de nuestra muerte. ¡Amén!

No hay comentarios:
Publicar un comentario