miércoles, 11 de marzo de 2015

Solidaridad con los mártires. Por el Cardenal Antonio Cañizares


En la liturgia de la Iglesia católica del domingo pasado leíamos el Evangelio del gesto profético de Jesús en la escena de la expulsión de los mercaderes del templo de Jerusalén, lugar de la presencia de Dios donde Él mora, lugar de la gloria de Dios, de reconocerle como Dios, de adorarle y de identificarse con su voluntad, con su querer. A Jesús le devora el celo por las cosas de su Padre, por la casa de su Padre, por la gloria que sólo a Dios su Padre le pertenece, por llevar a cabo su voluntad, de la que hace su alimento. No puede permitir que se hagan negocios con Él, ni que con Él se negocie o se le ponga como pretexto para hacer lo que a Él no le agrada y rechaza. ¡Hay tantas maneras de negociar, de utilizar a Dios…!, incluso con la anuencia e instigación de poderes que buscan sus propios intereses contrarios a Dios. Por ejemplo cuando en su nombre se excluye, se rechaza, se domina, o incluso se mata. Pensemos en lo que está sucediendo con la terrible persecución de los cristianos por yihadistas en Oriente Medio, o en África, los execrables actos terroristas que tantas vidas humanas están costando. Y ante esto callamos, y no nos indignamos. Es preciso expulsarlos a estos terroristas y asesinos, dejar sin espacio a estos terroristas blasfemos que matan, degüellan abusando, además, del nombre de Dios. Si la comunidad internacional no reacciona suficientemente y con efi cacia, en nuestras manos, sin embargo está denunciar y moverse, ayudar a nuestros hermanos que están siendo masacrados en un nuevo holocausto en el siglo XXI: ayudarles con nuestra oración: habría que convocar un día de oración y ayuno en esta Cuaresma por ellos; habría, también que, con nuestra ayuda facilitarles lo mínimo necesario, urgentísimo, para lo que se podría abrir una cuenta -mi diócesis va a hacerlo- que venga en su auxilio, habría, además, que emprender otras iniciativas –algunas ya en marcha para paliar los inmensos sufrimientos de aquellas comunidades.

Ahí, en estos hermanos nuestros cristianos eliminados, se está repitiendo el anuncio de Cristo de la destrucción de su Cuerpo que nos dice el Evangelio de la expulsión de los mercaderes del templo. Estos cristianos, hermanos nuestros, son Cuerpo de Cristo, que está siendo destruido hoy, pero esta destrucción no tiene la última palabra: ese cuerpo destruido, templo y morada de Dios –Jesús se identifica con estos hermanos nuestros, crucifi ca- dos, mártires, de nuestros días–. El, Jesús, levantará
este templo; la sangre de los mártires será semilla de nuevos y valientes cristianos que den testimonio de la verdadera sabiduría, la sabiduría de Dios que es su querer, manifestado en la Cruz de Cristo, que renueva al hombre. Necesitamos esta sabiduría, es la verdadera y la única, donde está el futuro y la esperanza del hombre, su salvación.

En todo caso no podemos cerrar nuestros ojos a lo que está aconteciendo. Es tan terrible saber de tal genocidio de cristianos, que no debería haber entraña humana que no se conmueva en los más vivo y verdadero del hombre ante el dolor inmenso de aquellas gentes, tan perseguidas y masacradas, solo por el hecho de ser cristianos. ¿Qué dolor puede haber como aquel? ¡Qué impotencia ante tanto mal! Contemplamos tal vez
cabizbajos e indignados, las patéticas escenas que nos llegan de aquellos lugares de martirio de cristianos en pleno siglo XXI. No podemos permanecer como espectadores pasivos. Son hombres, hermanos nuestros, que están sufriendo injustamente lo indecible, que están siendo sometidos a tan horribles crímenes. Son hermanos nuestros. Nuestros hermanos están ahí: sufriendo y muriendo. Hemos de acercarnos solidarios ante tanto dolor e injusticia, ante tan tamaña violación de derechos fundamentalísimos. Como buenos samaritanos, como cirineos de nuestro tiempo nos están mostrando donde está Dios: está donde los hombres son vejados, perseguidos, eliminados por ser cristianos, fieles seguidores de Jesucristo, sufren desolación y no tienen lo mínimo necesario ni la defensa que les corresponde.

Nosotros no podemos pasar de largo. No podemos cerrar nuestras entrañas. Somos guardianes de nuestros hermanos; debemos cuidarnos de ellos. El clamor de nuestros hermanos llega a nosotros. No permanezcamos cruzados de brazos ante esta violencia. Cooperemos en su liberación, aliviemos su dolor!

© La Razón

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