domingo, 22 de febrero de 2026

" Llevado al desierto por el Espíritu". Por Joaquín Manuel Serrano Vila


Con el miércoles de ceniza hemos inaugurado la Santa Cuaresma en cuyo primer domingo nos encontramos. Ante nosotros esta peregrinación que ya es menos de cuarenta días, y donde cada día que pasa puede ser una jornada aprovechada o un día perdido en nuestro interior para la preparación para la Pascua. Hemos de tener mucho cuidado siempre con las trampas que el enemigo nos va poner en el camino, que no siempre son obstáculos concretos y distinguibles; pueden ser personas presentándose como gente de Dios o personas de Iglesia van a intentar distraernos para que nuestros ojos no estén fijos en el Señor, sino en ellos. Jesús ya nos advirtió que debíamos cuidarnos de los falsos profetas que nos salen al paso y quieren que pasemos la cuaresma sin pena ni gloria, instalados en la mediocridad, sin sacudir de nuestra vida de todo lo que ensucia la blancura de nuestro bautismo. 

En este Tiempo de Cuaresma un tema recurrente es hablar del pecado, así lo hace San Pablo en su Carta a los Romanos, haciendo historia de este mal: ''Lo mismo que por un hombre entró el pecado en el mundo, y por el pecado la muerte, y así la muerte se propagó a todos los hombres, porque todos pecaron...''. Sí; así es, por eso llamamos a Jesús el nuevo Adán, y a la Santísima Virgen la nueva Eva. Porque, a diferencia de Adán que desobedeció y trajo pecado y muerte, Jesucristo obedeció a Dios y trajo la salvación y la vida eterna a la humanidad. También si miramos a Santa María vemos cómo su obediencia a Dios revertió la desobediencia de Eva, convirtiéndose en causa de salvación, en lugar de muerte. Mientras Eva desconfió y trajo el pecado, María confió con su "fiat" (hágase) y trajo al Salvador, restaurando la vida. El Apóstol en esta catequesis que hace del pecado original compara en todo momento el pecador y el Redentor, delito y don, muerte y vida... Es, en resumen, lo que tratamos cada día de calcular cuando hacemos examen de conciencia: ¿en qué dirección va mi vida? La ceniza que se nos impuso en la frente este pasado miércoles nos recuerda que somos poca cosa, y conviene tener presente que nadie es perfecto, que tenemos los pies de barro, una historia vital llena de errores. Es cierto que también hay santos en nuestro entorno, y estos se distinguen fácilmente, pues la persona que vive con el corazón lleno la gracia no sale nunca de sus labios una crítica, siempre se considera peor que los demás y no permitirá que se le reconozca públicamente ningún éxito. Ahí vemos lo que nos falta a nosotros para llegar a ser lo que el Señor espera de nosotros; en qué miramos por encima del hombro a los demás, presumiendo de nuestros logros, pero al tiempo despellejando y remarcando los pecados o errores de los demás. 

En la primera lectura del Libro del Génesis se nos ha recordado esto: somos polvo y barro, modelados con aliento divino por manos del Creador. Cacharros frágiles, polvo del que venimos y al que volveremos, pero con la alegría y la esperanza de saber que el Señor nos ha redimido. Me gusta insistir en ésto, pues muchos aún no se han enterado, que este camino no termina el Viernes Santo, no termina en la muerte, sino que el sentido de esta cuarentena espiritual es llegar a la noche de la Pascua siendo otros. Esa es la meta: la vigilia pascual, no para llevarnos más o menos cantidad de agua bendita, no por llevarnos una vela de recuerdo, sino para renovar las promesas bautismales emocionados. Sí; que nos emocione pensar que repetimos las palabras que nuestros padres y padrinos pronunciaron ante la pila bautismal el día de nuestro bautismo, y que ese compromiso de vida es el que va a transformar toda nuestra existencia. Cuánto en lo que si creemos que debe aumentar, y tanto en lo que si renunciamos que debe desaparecer de nosotros. Si necesitamos pedir ayuda, pidámosla, pero que no caiga en saco roto esta oportunidad que nos da la Iglesia a través de la Santa Cuaresma de saborear la Pascua, el paso del Señor Resucitado a nuestro lado. Con el Salmista hoy gritamos: ''Misericordia, Señor: hemos pecado''. Y no nos asusta decirlo alto y claro, pues somos conscientes que apelamos al único que es rico en misericordia, al único que nos perdona, nos levanta y espera con nuestra conversión que volvamos a casa. 

Como es tradición el primer domingo del tiempo de cuaresmal, nos llega el pasaje de Jesús retirándose al desierto. Este año es San Mateo es quien nos lo narra en su capítulo 4, y es muy hermoso cómo nos lo presenta este evangelista, pues no lo cuenta como una iniciativa personal del nazareno, sino que nos dice: ''En aquel tiempo, Jesús fue llevado al desierto por el Espíritu'', lo nos recuerda a aquella profecía de Oseas en que anunciaba de Israel: ''Por tanto he aquí, yo la induciré, y la llevaré al desierto, y hablaré a su corazón'' (Os 2, 14). A lo largo de estos días si nos esforzamos en vivir la Cuaresma como nos pide la Iglesia, viviremos en primera persona cómo el mal nos sugiere: "¡come carne que no pasa nada!, ¡no reces que tienes cosas mas importantes que hacer! ¡No des dinero que ya Cáritas tiene mucho!..." Y es que el demonio hace fiesta cada vez que nos rendimos, y rabia cada vez que somos observantes en lo que Dios nos pide. Jesús hoy nos da ejemplo haciendo frente al maligno. La lucha contra Satanás no se limita a esos cuarenta días de retiro, sino que Jesús tuvo que hacerle frente durante toda su vida. También el pueblo de Israel peregrino por el desierto, tuvo muchas tentaciones de volver a Egipto, de cambiar de Dios... Y es que las tentaciones no son malas en sí; aunque nos propongan el mal, nos sirven de medida para ver cómo progresamos en el seguimiento del Señor. También San Agustín dirá sobre este episodio que "Jesucristo ha sido tentado para que el cristiano no fuese vencido por el tentador, y vencedor Jesucristo, fuésemos nosotros también vencedores".

Las tres tentaciones no han pasado de moda, siguen siendo los engaños principales con los que el demonio nos saca de la senda que nos lleva a Dios: el tener, el placer (o fama) y el poder. La primera: ''que estas piedras se conviertan en panes'', que está también vinculado con un episodio de los israelitas en el desierto, los cuales comieron pan del cielo cuando estaban muertos de hambre (el maná). Jesús es tajante con el diablo: “No solo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios”. Si vivimos como animales, alimentando sólo un cuerpo y moviéndonos por apetencias, pero no atendemos el hambre y la sed espiritual, dejamos morir nuestra alma. La segunda: «tírate abajo, porque está escrito: "Ha dado órdenes a sus ángeles acerca de ti y te sostendrán en sus manos''. Cómo no pensar aquí en el episodio de Israel con la experiencia de Masá y Meribá, cuando pusieron a prueba a Dios "a pesar de haber visto sus obras". Jesús le dice al maligno: “No tentarás al Señor, tu Dios”. También nosotros somos en esto tentados, exigiendo señales del cielo, demostraciones de poder, protección milagrosa... Nos enfadamos si pedimos al Señor que las cosas salgan de una manera y sale de otra. La tercera: «Todo esto te daré, si te postras y me adoras». Ahí está el episodio del becerro de oro, aquella efigie de animal que fabricaron los hebreos al ver que Moisés tardaba en regresar. El Señor nos reclama hoy romper tantos ídolos y falsos dioses que nos hemos creado: “Al Señor, tu Dios, adorarás y a él solo darás culto”... Aún tenemos mucho camino por delante, que no nos asuste caminar y cambiar, con la ayuda del Señor superaremos toda tentación.  

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