domingo, 1 de febrero de 2026

Febrerillo loco, ¿quién lo entiende?. Por Monseñor Fray Jesús Sanz Montes O. F. M. 

Así dice nuestra sabiduría popular. Llega este mes que de pronto anda dudoso entre el invierno que remolón va quedando atrás poco a poco, y la primavera que discreta quiere empezar a apuntar maneras haciéndose hueco en nuestras calendas. Y vienen los días de sol paseado y los de niebla con frío de pelar. Puede sucedernos que, asomados a la realidad social y política de estos días, acaso reconozcamos esta extraña inestabilidad de la que nos habla el febrerillo loco. Y a diferencia de lo que sucede en la célebre otra teatral de los hermanos Álvarez Quintero, que se titula así justamente “Febrerillo loco” (1919), no sólo no se cambia la rutina de la vida mediocre de sus personajes, sino que nos podemos sumir perplejos en lo espeso de estos días, llegándonos a habituar a lo que no por repetido cada día deja de estar de más.

Así, tenemos aún a algún despiadado terrorista que reclama la piedad pública o que se sienta en los escaños parlamentarios con aires de honestidad, y quien no dudó en segar la vida ajena y celebrar con sarcasmo el llanto de las víctimas, anda ahora concitando clemencias ante sus dietas ideológicas. ¿Quién lo entiende? O los correteos de entrevistas para justificar lo injustificable, intentando embarrar a cualquiera con tal de salir indemne de la propia irresponsabilidad, o del imperdonable escaqueo parlamentario y judicial, mientras se calcula el desgaste de los adversarios políticos, sociales y mediáticos. ¿Quién lo entiende? No falta el recurso a la abierta mentira como modo de gestionar la cosa pública, confundiendo el noble ejercicio del gobierno justo y prudente, con el chalaneo partidista del apego al poder, a cualquier precio pagado a los compinches que te mantienen en la poltrona. ¿Quién lo entiende?

Propiciar (y hasta subvencionar) todo aquello que aísle, enfrente, confunda y ridiculice la historia reescrita, la tradición religiosa en general y la cristiana en particular. ¿Quién lo entiende? Es la obsesiva y sistemática hoja de ruta laicista, sin ahorrar medios ni ocasión, que se vale de la provocación o de la buena voluntad para seguir acorralando a la Iglesia, que no se pliega ni se plegará cuando la vida, la dignidad, la verdad o la libertad están en entredicho por intereses inconfesados.

Así, este febrerillo loco hace de telón de fondo de un momento confuso y ambiguo, que casi pareciera ya un período pre-electoral. Nosotros como cristianos, no podemos estar al margen ni mirar con pasiva indiferencia ante la que está cayendo. Pero tampoco es nuestra vocación la de ser sin más “leal oposición” ante los desafíos y desmanes que ensombrecen o lastiman nuestra sociedad. Los cristianos que trabajan en política, en la sanidad, en la enseñanza, en los servicios sociales, en los medios de comunicación, deben saber qué y cómo hacer llegar la posición justa, creativa y bella que se deriva del cristianismo. Por eso, junto a la denuncia respetuosa ante lo que es engañoso e inadecuado para el bien común, debemos ejercer el gozoso anuncio de lo que supone apostar por lo que apuestan Dios y la Iglesia cuando hablamos de la vida en todos sus tramos, de la familia verdadera, de la libertad en la enseñanza y en la expresión religiosa, de la justicia y de la paz, de la independencia de los poderes que se complementan para una adecuada gobernanza.

No tenemos prisa en que llegue la primavera templada, y tampoco maldecimos al invierno encogedor, sino que queremos vivir las cosas con serena pasión, para no tropezar en este febrero loquillo con su vaivén incomprensible que nos engaña. Así, sin especiales sobresaltos, miramos la realidad y la acertamos a denunciar en lo que tiene de exceso y de defecto, mientras la arrullamos agradecidos para saber también anunciar en ella lo que tiene de más verdadero, de más bello y de más consolador, todo eso que se reconoce cuando se le hace sitio entre nosotros al mismo Dios que sostiene la esperanza de todos sus hijos.

+ Fr. Jesús Sanz Montes, ofm
Arzobispo de Oviedo

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