viernes, 3 de marzo de 2023

Carta semanal del Sr. Arzobispo

Puertas abiertas 

Cuando una persona o un colectivo deciden desaparecer del foco, entonces se encapsulan, se enrocan, se encierran y encastillan. Es la imagen de la cerrazón que en no pocos lugares se escenifica. Barrios residenciales que tienen aduana y carabineros para examinar al que se adentra. Casas de lujo con inmensas tapias como si fueran monasterios medievales. Todo tipo de artilugios telemáticos, con vídeos e infrarrojos para detectar cualquier movimiento intruso. Supongo que será algo de este tiempo extraño, donde tanta mediocridad inculta usufructúa de favores, privilegios y prebendas en medio de una sociedad que quiere ser tolerante y abierta, pero que a veces se torna en lamentables casos conocidos en autoritaria y corrupta. Signos de estos tiempos que corren, que como decía la célebre zarzuela de Tomás de Bretón, son como las ciencias de hoy que adelantan una barbaridad. Lo que ocurre es que no estamos en 1894 ni esto es la Verbena de la Paloma.

Ahí nos encontramos en este mes de marzo recién estrenado ya. Un mes que nos trae a los cristianos algunas efemérides de profundo y querido arraigo en nuestro imaginario religioso y cultural. Apunta en lontananza la figura de José de Nazareth, modelo de tantas cosas y amigo de andanzas entre las virutas de nuestro particular taller. Y junto a su figura, que emerge como paradigma de paternidad silenciosa y respetuosa con el don de la vida que Dios pone a nuestro cuidado, está esa jornada que cada año nos convoca en el día del seminario.

No voy a caer en la habilidad artera de aquel predicador astuto, que decía en el día de su fiesta, que san José era carpintero, los confesionarios son de madera, y dedicó su sermón a hablar del sacramento de la confesión en esa festividad litúrgica. Y se quedó tan pancho. Pero la relación entre san José y el seminario donde se forman nuestros futuros sacerdotes, sí que tienen esa concomitancia amable y atendible. A José le asignaron la vida de Jesús y la de María, encargándole que las cuidara y acompañara. Él no engendró al hijo de María, su esposa virgen, pero esa vida Dios la puso entre sus manos amorosas. Tal cuidado fue su mejor obra de arte del mejor de los ebanistas artesanos de la historia.

Nuestro seminario de Oviedo tiene dos sedes. El seminario Metropolitano de tanta raigambre histórica en la Diócesis ovetense, y el seminario Redemptoris Mater con una proyección misionera. En total tenemos casi treinta seminaristas (contando a los dos jóvenes santanderinos que están con nosotros). Un regalo del cielo que intentamos agradecer y acompañar como mejor sabemos. Pero en estos días haremos algo que es justamente lo contrario a lo que señalaba al comienzo de este escrito: no nos enrocamos ni encastillamos, sino que queremos vivir este don del seminario ¡con las puertas abiertas!

Serán unas jornadas en donde abriremos esas puertas para mostrar con sencillez el entresijo de la formación cuidada y cuidadosa de nuestros futuros curas. Podemos contarlo, pero es mejor asomarnos y que pueda verse. La formación académica, la humana, la espiritual, la comunitaria, la pastoral. ¡Cuántas cosas intervienen en la larga formación de nuestros jóvenes seminaristas! Hay un sinfín de aspectos que son abordados con delicadeza y esmero, para que se puedan acompañar debidamente, de modo que el resultado siempre mejorable a través de los años, sea un buen punto de partida para los que siguiendo a Jesús, el Buen Pastor, ejerzan su ministerio con esa entraña pastoral.

Puertas abiertas para compartir una pasión que está en seminario, sí, pero que pertenece al latido de toda nuestra comunidad cristiana. El seminario es un buen termómetro de la salud de una Diócesis, cuando hay ilusión, fidelidad y esperanza. Vale la pena abrir sus puertas para conocerlo, para rezar por ellos y para ayudarlos cada uno como buenamente se pueda.

+ Fr. Jesús Sanz Montes, ofm
Arzobispo de Oviedo

 

No hay comentarios:

Publicar un comentario