domingo, 20 de diciembre de 2020

''Se llamaba María''. Por Joaquín Manuel Serrano Vila



El cuarto domingo de Adviento nos acerca a la última figura que es, sin duda, la principal y más importante de este tiempo: la Virgen María. No puede haber Adviento y Navidad sin Ella. En estas cuatro semanas ponemos nuestra mirada en la Santísima Virgen a la que acompañamos en la recta final de su embarazo, de forma especialísima en estas ferias mayores del Adviento en que invocamos a María como la Virgen de la Esperanza y de la "O". En María se hace verdad el salmo que hemos cantado, cuál continuación de su "Magníficat": Cantaré eternamente tus misericordias, Señor.

El brevísimo fragmento de la epístola de San Pablo a los cristianos de Roma, recoge claramente el contenido fundamental de toda la carta. El autor nos habla de revelación, y es que Dios no deja de hacerse presente por medio de su Palabra, como se hizo presente por su encarnación y nacimiento en Belén. Es un misterio que nos desborda ya que no estamos ante una iniciativa de Pablo, sino del mismo Creador, que no quiso desentenderse del mundo. Este Cristo que viene a nosotros como el niño Emmanuel, ''misterio mantenido en secreto durante siglos eternos y manifestado ahora''.

Pero no podemos olvidar a qué viene; por qué Dios toma la iniciativa de acercarse a nosotros que nos habíamos alejado de Él, y revelarnos así no sólo su plan, sino a sí mismo. Todo radica en su libérrima iniciativa para nuestro bien y salvación, en definitiva, el amor es lo que lleva al Señor a hacerse uno de nosotros. En esta recta final del Adviento y a punto ya de iniciar las fiestas de Navidad interiorizamos en nosotros esta gran verdad que no es un simple relato de acontecimientos históricos, sino que es el mismo Cristo quien viene a manifestarse y anunciarnos su Evangelio de Salvación.

La primera lectura del Segundo Libro de Samuel con el relato de cómo el profeta David quiere levantar en Jerusalén un templo digno para albergar el arca del Señor, nos sirve como hermoso paralelismo donde Dios nos remite a Santa María como Arca de la Nueva Alianza. Ella es en verdad el templo de Dios que porta al Redentor en su seno. Hay una distinción grande entre la primera lectura y el evangelio, pues mientras en tiempos del rey David se presenta a Dios como el morador del interior del templo, en el texto de Lucas el templo vivo son las entrañas de Nuestra Señora donde crece el autor de la vida que no acaba. Los hombres han querido reducir a Dios sólo al templo, y es el mismo Dios el rompe todos los esquemas recordándonos que para Él no hay muros ni horarios ni parcelas humanas, puesto que Él es todo en todas las cosas.

Dios elige como la mejor morada, trono y templo a María; una mujer sencilla, humilde y buena, dándonos de nuevo la sublime lección de que el Señor escoge a la gente sencilla, pues son los más capacitados para comprender el mensaje de la Buena Nueva, quizá por que tienen el corazón más libre de ataduras, y esto les permite ver más allá que "los sabios y entendidos". Ella es la mujer profética y valiente que no necesita tomarse un tiempo de reflexión, sino que da su sí instantáneo, solemne y decidido, ante el encargo del Altísimo para llevar a cabo ''su plan de redención trazado desde antiguo''.

No es el ser humano el que quiere construir una casa a Dios, es Dios mismo quien planta su tienda entre nuestras contiendas por medio de las entrañas purísimas de Santa María. No vamos nosotros a buscarlo ni reclamamos necesitados su presencia, es Dios mismo quien toma la iniciativa de salirnos al paso, de hacerse uno de nosotros, humilde como nosotros, vulnerable y niño tomando nuestra carne como suya propia. Y todo gracias a la generosidad de la figura clave de aquel primer adviento de la historia: María, madre del amor y de la esperanza de nuestras desesperanzas...

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