domingo, 8 de septiembre de 2019

Homilía en la festividad de Nuestra Señora de Covadonga

Querido Sr. Abad y Cabildo de Covadonga, Sr. Vicario General y Consejo episcopal, hermanos sacerdotes y diácono. Excmos. Sres.: Presidente del Principado de Asturias; Presidente de la Junta General; Delegada del Gobierno; Alcalde de Cangas de Onís. Autoridades Civiles, Judiciales, Académicas, Militares, Culturales y Sociales. Una mención especial al Concejo de Llanera y su Unidad pastoral, con su párroco, el Sr. Alcalde y corporación municipal, que este año presentan a la Santina la ofrenda. Miembros de la vida consagrada, seminaristas, cristianos laicos. Queridos hermanos que nos siguen a través de los medios de comunicación: El Señor ponga Paz en vuestro corazón y acompañe vuestras vidas con el Bien.

No tiene pausa la vida, y las calendas de nuestras efemérides siguen escribiendo otras páginas en los calendarios. Pasó el año 2018 con todas sus citas centenarias, sus actos culturales, encuentros y peregrinaciones, sus celebraciones litúrgicas y aquella visita memorable de la Casa Real con sus majestades los Reyes de España, la Princesa de Asturias y la Infanta. Fueron meses preparados con mucho esmero y con un balance final lleno de agradecimiento por las muchas gracias derramadas durante todo ese tiempo que enmarcó el primer centenario de la coronación canónica de la imagen de la Santina de Covadonga, el del Parque Nacional de los Picos de Europa y el decimotercer centenario del comienzo del Reino de Asturias. Es la historia inacabada que seguimos escribiendo.

Aquella fecha irá pasando inevitablemente según se suceden los días, los meses y los años venideros, pero quedará en la memoria la gratitud más rendida por todo lo mucho y bueno que hemos vivido en un año jubilar en donde tuvimos la gracia de vivir de modo renovado como hijos de Dios y de María, hijos de un pueblo noble que se ubica en esta hermosa tierra asturiana. Eran las tres referencias que enmarcaban cuanto celebramos hace un año con el motivo centenario: la tierra que nos acoge en su belleza, el pueblo al que pertenecemos con su larga historia y la fe que nos identifica como cristianos en nuestra vivencia religiosa y en el modo cultural de ver y vivir las cosas.

Hemos escuchado en el evangelio que aquella joven María subió presurosa a la montaña para ir al encuentro de su prima Isabel. Ambas eran madres de un milagro: el que sucede cuando la vida nunca llamó a la puerta y el que sucede cuando no era tiempo todavía. Pero ambas mujeres se encontraron en el abrazo conmovido de la sorpresa con la que la vida nos sorprende siempre si dejamos que Dios se nos adentre, nos sostenga y nos acompañe en todos nuestros lances.

Saltó de alegría el pequeño que Isabel llevaba en su entraña. Su madre simplemente dio testimonio del prematuro sobresalto que llenaría de alegría su mirada. La alegría de quien es visitado por otro bebé en ciernes que no era una criatura cualquiera, sino el Hijo de Dios desde siglos esperado, llevado por su joven mamá en su seno maternal recién fecundado virginalmente. Dos mujeres frente a frente, con dos historias por nacer que se intercambiaron de aquel modo el abrazo.

El autor alemán Joseph Kentenich al hilo de este evangelio, hará una pregunta que resulta ser cotidiana: cómo nos saludamos al encontrarnos. Porque viéndonos venir podemos cambiar de camino para ignorarnos esquivamente, o ir con prepotencia para con vileza arrollarnos, o mirar con desdén al otro hasta despreciarlo, o maquinar insidias con calumnias y mentiras para destruirlo. Pero cabe también una mirada acogedora, con un corazón que al otro le ofrece cabida, con palabras amables que propician cordialidad y no puñales, un saludo que nos dignifica, nos humaniza y nos hace hermanos.

Todo un espejo para mirarnos en nuestras relaciones cotidianas en las que a diario se deciden el trato o el maltrato que nos brindamos en la familia, en el vecindario, en los lugares de trabajo, en los círculos de amigos. Demasiados escenarios nos están enfrentando cultivando la crispación que hace complicada y difícil la convivencia y nuestra leal colaboración ante los desafíos y retos que tenemos que afrontar responsablemente.

Hace unos días, nuestro nuevo Presidente del Gobierno de Asturias, decía con acierto que los problemas que tenemos en la región serían de modo distinto resueltos si en lugar de mirar sólo por nuestros intereses partidistas tuviésemos una mirada amplia por Asturias colaborando mutuamente. A veces vemos en algunos escenarios de la cosa pública cómo hay palabras vacías, intereses inconfesables, objetivos cortoplacistas y un uso y abuso del servicio político, trocándolo en un manejo de las cosas, los tiempos y los recursos a disposición, para un simple aprovechamiento de la propia vanidad, o del mantenimiento o conquista del poder por el poder. El ombligo de nuestra mezquindad nos acorrala egoístamente empujándonos a mentir, a calumniar, a socavar la convivencia levantando muros o volviendo a reabrir trincheras con tantos pretextos que hacen que la colaboración sea una quimera. Pero las palabras de nuestro Presidente no sólo son justas, sino que siendo sinceras marcan el verdadero camino viable.

Muchas gracias, Señor Presidente, por acompañarnos en esta celebración especial que convoca a toda Asturias en este lugar de profunda belleza natural, de importante raigambre histórica y corazón espiritual en el que late un pueblo. Cuando como Arzobispo me invitan a la Junta del Principado o a los Ayuntamientos varios, a la Universidad o a las sedes de nuestra Judicatura, de nuestro Ejército, la Policía Nacional o la Guardia Civil, la Iglesia diocesana acude agradecida en mi persona, y nos sentimos honrados por la invitación. Represento a un pueblo, el cristiano, que está inmerso con su ciudadanía en medio de esta sociedad plural. Si por algún motivo ideológico yo censurase o fuera censurado en la presencia que con respeto ciudadano y cortesía institucional nos brindamos, estaríamos cercenando el buen sentido, la respetuosa cordialidad y la mutua colaboración en tantos asuntos que el servicio a esta sociedad, reclaman como recíproco entendimiento entre las instituciones que representamos. Por este motivo, D. Adrián, acojo con interés su invitación a colaborar y con responsabilidad también yo se la brindo agradecidamente. Estoy seguro que será un bien para su Gobierno, para la Iglesia diocesana, y para esta patria querida que es Asturias cuya fiesta también hoy celebramos.

Hay un patrimonio precioso que el pasar de los siglos ha ido dejando en nuestra tierra, con la firma de autor de los artistas cristianos de Asturias en esta sociedad: la arquitectura, la pintura, la escultura, la música. Todo un bagaje cultural que, aunque tenga denominación de origen eclesial en su título de propiedad, tiene las puertas abiertas por parte de quienes lo custodiamos, para no hacer de ello una colección privada.

Hay otro patrimonio todavía más bello, que es el de las personas. Su herencia viva es lo más querido cuando tienes delante un rostro que tiene nombre, edad y circunstancia. Todos los tramos que describen una biografía son objeto de nuestra solicitud humana y pastoral. Brindamos por las cosas bellas y resueltas dando gracias al Buen Dios con la gente buena y sencilla. Y sabemos también llorar cuando vienen mal dados los reveses que ponen a prueba nuestra esperanza. Son noticia en estos días la situación en la que pueden quedar las 111 familias de la Cuenca langreana si el ERE del próximo día 12 pone en la calle a tantos trabajadores de la factoría Vesuvius por la crisis del acero en Europa. Auténtico volcán de un Vesubio malhadado que arrasa la esperanza con insolidaria lava. Vaya mi cercanía hacia todas esas familias y mi oración para que quien puede mediar y remediar acierte a negociar con eficacia.

Y dentro de ese patrimonio humano, reconocemos la familia como lo más querido y valorado entre nosotros, y este es otro valor en el que nos encontramos mano a mano construyendo el fundamento de la sociedad. Pero, como dije aquí mismo la primera vez que celebré la Santina, la familia está siendo perseguida por quienes tienen miedo de ella por la fortaleza que ella entraña, por quienes no protegen la vida ni la quieren verdaderamente educar. Sería enojoso hacer el elenco del desmantelamiento de lo que significa la familia en todos sus frentes: se destruye la vida que por un módico precio no dejan que nazca, se destruye la vida no ayudando a la mujer por prepotencia machista o demagogia feminista, se destruye la vida cuando se quita a los padres su responsabilidad educativa, se destruye la vida anciana o enferma terminal cuando se la echa como residuo a un cubo de basura. Por este motivo nos duele enormemente cuando se atenta impunemente contra los más vulnerables, y nos alegra sobremanera que –como me consta– se hagan esfuerzos políticos y sociales para defender a la mujer, al hijo de sus entrañas, a los ancianos y enfermos terminales, sin un rédito aprovechado de interés electoral.

La familia es una planta delicada que hay que proteger e incentivar. Bien lo saben nuestras Cáritas parroquiales cuando acogemos familias rotas por la pobreza, o mujeres y niños maltratados por la violencia, o jóvenes que no encuentran más salida para su inmediato futuro que salirse de nuestro mapa. La familia es lo que es con sus siglos de solera en donde el amor entre un hombre y una mujer, abiertos a la vida, se respetan y aman con ternura y paciencia, educando a sus hijos como quien tiene en sus manos lo más sagrado y lo más bello que se puede abrazar.

Amigos y hermanos, estamos de celebración en el día de nuestra Santina de Covadonga, día en el que Asturias se viste de fiesta como comunidad autónoma. Una fecha que cada año nos hace venir a este Santuario mariano con gaita y pandero, con traje festivo y en los labios las sonrisas. Hay algo que nos pone en vilo cada año, que despierta y encauza nuestro esfuerzo, poniendo nombre a la ilusión y color a la esperanza, un reestreno que tiene siglos de andanzas en las mil idas y venidas bienaventuradas.

Me gusta repetir que en esas montañas nació un pueblo que tiene latidos cristianos. Y que son antiguas las huellas que los pies peregrinos han dejado subiendo a Covadonga a través de los siglos. Pies que han surcado caminos de lodos embarrados y arenales mullidos, de bosques umbrosos y de soles rendidos, con la paz que nos hace concordes y las diferencias que a veces acaban en conflicto. Pero al final de la andadura, encontramos una casa habitada por la Madre que en Dios nos hace sus hijos, una casa encendida en la que ser hermanos se convierte en un regalo tan necesario como inmerecido. Hasta aquí nos allegamos los que buscamos la luz alumbradora en nuestras penumbras, la respuesta verdadera a nuestras preguntas todas y un bálsamo amigo para las heridas.

En este valle del Auseva, la luz, la respuesta y el bálsamo se han dado cita para abrazar como una gracia a quienes se saben mendicantes del bien y de la paz, de tantas cosas hermosas todavía no escritas. ¡Si pudieran hablar estas rocas y cumbres que nos presiden! ¡Si pudieran decirnos su secreto los bosques y los senderos que hasta aquí llegan, y nos desvelasen el por qué del vaivén en tanta gente que cada año acude a la Santa Cueva en este enclave de Asturias que tiene ensueño e historia! La Santina sabe de esas palabras que le han venido a contar sus hijos, guarda en su corazón esos secretos y desde la cueva grande del cielo nos sigue acompañando con desvelo.

Termino, hermanos. Salgamos al encuentro unos y otros en este día de fiesta, y aprendemos de nuestra Santina ese gesto que nos ha recordado el evangelio: saludarnos con mirada tan verdadera, tan sincera, que haga saltar de alegría lo mejor que Dios ha puesto en nuestro corazón. Gracias por haber acudido. Y que de aquí parta un nuevo curso en el que podamos construir juntos una ciudad llena de la verdadera alegría.

A todos vosotros, amigos y hermanos feliz día de Covadonga en esta Asturias tan querida. Que nuestra Santina nos acompañe y que siempre nos bendiga.



+ Fr. Jesús Sanz Montes, ofm
Arzobispo de Oviedo

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