lunes, 18 de febrero de 2019

Gracia y privilegio de ser cura de aldea. Por Jorge González Guadalix

(De profesión cura) Hace unas semanas, preparando los ejercicios espirituales que dirigí a un grupo de sacerdotes de la diócesis de Lugo, pregunté al delegado de clero, D. Miguel Asorey, si estaba interesado en que planteara alguna cosa especial, algún tema que pudiera parecer interesante o necesario para los sacerdotes que pudieran acudir. D. Miguel solo me pidió una cosa: aquí, me dijo, prácticamente todos somos párrocos de pueblos y aldeas y a veces nos cansamos. Necesitamos que nos animes…

A raíz de esta sugerencia, ofrecí a los sacerdotes una meditación que, precisamente, llevaba este título y en la que quise compartir con ellos la gracia y el privilegio que supone ser cura de aldea. Siempre lo intuí, pero desde que me he convertido en cura más que de pueblo de aldea (de hecho, en el pueblo en el que vivo apenas llegamos a los cincuenta habitantes en invierno) cada día experimento con mayor abundancia la gracia y el privilegio que supone ser cura de aldea. Bendito sea Dios.





Muchas son las razones, y ahora no las voy a exponer todas. Quizá un día me anime y ponga por escrito aquella meditación que me consta que a algunos compañeros les hizo mucho bien, pero hoy sí quería comentar simplemente alguna de las razones para vivir la pastoral y la presencia en nuestros pueblos mínimos como una auténtica gracias de Dios.

Ayer, en Braojos, celebré misa como cada tarde. En la preciosa capilla de diario, tres mujeres mayores y un hombre que llegó a última hora. Pensaba que algo así era el calvario. Cristo en la cruz, muriendo por nosotros, dando su sangre en remisión de los pecados y al pie de la cruz apenas María, alguna mujer y el discípulo Juan.

Cada misa es el calvario, el sacrificio de Cristo. Tan misa la solemne del Vaticano como la catedralicia, la monástica, la dominical de una parroquia inmensa o la de diario de Braojos con tres o cuatro personas. La de Braojos, la que celebra un servidor en su pueblito, y siendo igual que todas las demás, me hace entrar de manera especial en el calvario con su soledad, su nada, su abandono. Es como si a uno se le regalara el privilegio de acudir al calvario de una manera muy cercana.

Cristo predicó caminando de aldea en aldea. Doy gracias a Dios por el privilegio de predicar y celebrar yendo de pueblo en pueblo, y tantas veces con prácticamente nadie. Serán cosas mías, pero es como si uno tuviera la suerte, la gracia y el privilegio de vivir especialmente cerca a la vida y el ministerio de Cristo.

Cualquier sacerdote hablará de la soledad del calvario. El cura de pueblo la experimenta. Cualquier sacerdote sabe que Cristo caminaba de aldea en aldea. El cura rural lo sabe y lo hace. Es sencillo y repetido hablar de los últimos. Nosotros, los curas de aldea, tenemos la gracia, la suerte y el privilegio de estar allí donde ya no hay nada, apenas unos ancianos.

Ser cura de aldea es experimentar la voz del Maestro que te dice: “mira, tú en la ciudad te vas a dispersar y corres el riesgo de despistarte en tu ministerio, así que te voy a llevar al desierto para hablarte al oído y cuidarte especialmente”.

Yo sé que esto no se entiende. Y es que, también los curas, pensamos como los hombres, no como Dios. Pero, si pensamos como Dios, lo de ser cura de pueblo, de aldea, es el gran privilegio que solo algunos hemos podido recibir. Me ha tocado.Y no dejo de dar gracias a Dios por este gran regalo.

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