jueves, 21 de enero de 2016

Carta Semanal del Sr. Arzobispo


La oración de Jesús. Que seamos uno

El evangelista San Juan nos ha dejado apuntes preciosos sobre Jesús que sólo en su relato podemos leer. La predilección de la que fue objeto le ayudó a comprender la entraña íntima del Corazón de Dios. Fue el primero en interesarse por la casa de Jesús y permanecer allí, el que presenció el día luminoso del Tabor y la noche tenebrosa de Getsemaní, el que se recostó a su pecho durante la Última Cena, el que estuvo con María al pie de la cruz, el que antes llegó al sepulcro vacío. Así nos recoge la oración que Jesús realiza en la cena postrera con sus discípulos. Aquellos doce apóstoles eran bien diversos y distintos por tantas razones, y sin embargo llamados a una unidad del todo especial: que sean uno como el Padre y Jesús son uno… para que el mundo crea.

No es una cuestión de uniformidad estética, de componenda fotográfica, de disciplina de partido, de “fuenteovejuna-todos-a-una”. Es algo más grande, más sencillo, menos pretencioso y nada ideológico. Ser uno no significa la anulación de la mirada personal que cada uno tiene de las cosas, sino la conciencia de que esa mirada no logra abarcar del todo la realidad cuando ésta es más grande, más hermosa, más bondadosa de cuanto los ojos particulares son capaces de captar. Es atreverse a mirar las cosas desde los ojos de Dios que custodian la Iglesia.

La unidad pedida por Jesús a sus discípulos no es el resultado de una imposición de la propia mirada a los demás, de la anulación cegadora de la visión del otro obligándole a mirar lo que yo y como yo. Esa unidad surge y crece cuando logramos mirar juntos, con la humildad de quien reconoce que no lo ve todo ni lo puede abarcar todo, y se deja asombrar por la grandeza, la belleza y la bondad de Otro, de Dios mismo en cualquiera de sus manifestaciones. Es un asombro que nos reclama una adhesión llena de gratitud y de amor hacia la Verdad que inmerecidamente se nos ofrece por parte del Señor.

Lejos de hacernos rivales que porfían y se enfrentan desde nuestras formas distintas de ver y de mirar, se nos constituye en hermanos que se completan y complementan. Sin avasallar al otro, sin la prepotencia sobre el otro, dejamos que la Verdad de Dios con toda su belleza, su bondad y su grandeza se nos adentre, nos purifique y nos conceda esa unidad que pidió al Padre el mismo Jesús.

En estos días estamos celebrando la semana de oración pidiendo la unidad de los cristianos, de cuantos confesamos a Jesús como el Hijo de Dios. Tal y como nos ha recordado la Comisión Episcopal para las relaciones Interconfesionales, «en Europa cada día nos damos más cuenta de la importancia que tiene el diálogo interreligioso para luchar juntos contra un laicismo beligerante que pretende excluir a Dios y a la religión del espacio público. También es cada vez más evidente la necesidad de ese diálogo para aislar al fanatismo nihilista que nada tiene que ver con una vivencia auténtica de la religión, y para construir un futuro de paz verdadera y estable. La reciente escalada del terrorismo, la tensión creciente en el ámbito internacional, los movimientos migratorios de personas que huyen de la guerra y de la miseria buscando un futuro mejor para ellos y sus hijos, son otros tantos factores que nos empujan a intentar comprender mejor el mundo en el que vivimos en toda su complejidad religiosa, social y cultural.

Que la unidad redunde en la entrega a la humanidad por la que murió redentoramente Jesús, vendando sus heridas, respondiendo sus preguntas y acercándoles la gracia de la que todos somos mendigos. Ser uno en Dios para que el mundo crea.


+ Fr. Jesús Sanz Montes, ofm
Arzobispo de Oviedo

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