jueves, 12 de noviembre de 2015

Carta Semanal del Sr. Arzobispo de Oviedo


Uno de los versos con los que el salmista compara en su canto al Dios verdadero con los otros dioses que no son Dios, resulta tan bello como inocente en esa comparación ante la mirada de la historia: “¿Por qué han de decir las naciones: | Dónde está su Dios? Nuestro Dios está en el cielo, | lo que quiere lo hace. Sus ídolos, en cambio… son hechura de manos humanas: tienen boca, y no hablan; | tienen ojos, y no ven; tienen orejas, y no oyen; | tienen nariz, y no huelen; tienen manos, y no tocan; | tienen pies, y no andan; | no tiene voz su garganta” (Sal 115).

Cabría decir lo mismo respecto de la comunidad cristiana. Cuando tantos nos preguntan por Dios ante determinadas situaciones de catástrofe natural o de enfrentamientos bélicos, podemos testimoniar que Dios tiene entraña y se conmueve, tiene ojos y nos contemplan siempre, no hay gemido que no llegue hasta sus oídos, mientras sus labios guardan palabras de vida con las que nos acompaña y nos sostiene. Por eso la Iglesia no busca, ni anuncia a un dios ciego, mudo, sordo, con corazón de piedra; no, no proclama a esos ídolos de oro y plata que el salmista denunciaba.

Es una Iglesia, sólo una. Y, sin embargo tiene tantos rostros cuantos semblantes tienen sus hijos. En cada parte de la tierra sea cual sea su espacio, en cada tramo de la historia sea cual sea su tiempo, la Iglesia ha dado testimonio del verdadero Dios siendo su mirada especialmente para los más desvalidos, siendo también su oído cuando había hombres y mujeres despreciados, siendo igualmente su boca cuando era preciso ser la voz de los que no tienen voz, y acercando en todo momento y en cada circunstancia el pálpito del Corazón de Dios que late en el corazón de los santos, sus mejores hijos.

En el día de la Iglesia diocesana, con el hermoso lema de este año: “Una Iglesia y miles de historias gracias a ti”, estamos contando precisamente ese relato que nos deja entrever la pluralidad de los escenarios cristianos en los que acercamos al Señor a los que sabiéndolo o no más le necesitan y más le siguen buscando. No hay rincón ni momento en donde no podamos decir con sencillez que creemos en Quien creemos.

Niños y jóvenes a los que acompañamos en el despertar de su fe; novios que se preparan para fundar una nueva familia en la que quererse para siempre, abiertos a la vida, en el respeto y ternura que no acaba; adultos que profundizan en su fe en medio de los envites y los debates de una sociedad que nos pide continuamente las razones de nuestra esperanza; la edad dorada de la sabiduría en las personas ancianas que tienen tanto vivido y tanto que poder enseñar… Y junto a estas edades del hombre, están también los ámbitos en los que ser rostro vivo de la historia cristiana: el campo de la educación, el reto de la comunicación y las redes sociales, el trabajo en todas sus facetas y vertientes, el arte y la cultura custodiando nuestro rico patrimonio de artes plásticas, musicales y literarias y aportando nuestra visión de las cosas en clave culturalmente cristiana… Pero, además, también son rostros distintos con historias diferentes, las que se derivan de las circunstancias diversas como es la enfermedad, la falta de paz y libertad, la amenaza del terrorismo y las violencias varias, las crisis económicas y las corrupciones en danza.

Una Iglesia, sí. Miles de historias, también. Ahí está Dios hablando, escuchando, contemplando, latiendo y siempre acompañando. Desde esa Iglesia de tantos rostros y con tantas historias, nosotros nos acercamos a nuestra generación con respeto para anunciarles la incesante Buena Nueva.


+ Fr. Jesús Sanz Montes, ofm
Arzobispo de Oviedo

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