jueves, 25 de septiembre de 2014

Carta semanal del Sr. Arzobispo


Otoño para un curso pastoral

Viene como cada año, aunque entre remolón y le cuesta hacerse sitio. Quedan atrás los sofocos del estío que se empeñan en seguir haciéndonos sudar. Se resiste a entrar una vez más como alguien renuente a dar comienzo a lo que imparable nacerá. Pero finalmente se nos va colando el otoño real. Las primeras lluvias nos están ya preludiando su llegada imparable. Nuestra tierra estaba necesitada de que irrumpiese el otoño tras un verano que ha sido agotador y agostador. Soles traicioneros que amanecieron antes de tiempo o que aparecieron cuando nadie les esperaba ya, han podido recalentarnos la cabeza sin lograr encendernos el corazón.

A pesar de los pesares, siempre hay en la vida un motivo para mirar serenamente las cosas. Y el otoño tiene esta virtud tan propia de su estación amable. No estamos todavía en la tiritera de los fríos gélidos del invierno. Quedan atrás los sofocos propios del cálido verano. No es el momento de la explosión vivaracha de una primavera inquieta. Es el tiempo del otoño que tiene su mensaje, construye su escenario y templa el alma para poder recomenzar. Esta parábola de la vida, que nos desliza su verdad al compás del paso de las estaciones del año, nos invita a saludar la llegada del otoño como un tiempo de sosiego calmo en donde asomarnos a las cosas que llevamos entre manos con una mirada no precipitada. Es sabio haber aprendido tantas cosas en la trama cotidiana de esa vida que nos acerca enseñanzas dulces y claras, como también es sabio –y quizás lo es mucho más– el aprender igualmente cuando la enseñanza se hace compleja y nos desafía desde sus enigmas. La vida con todos sus registros, con sus claroscuros y sus agridulces, con lo que resulta amable escuchar y lo que, tal vez, nos deje perplejos… la vida, en fin, la vida sin más.

Acaso también por sensibilidad franciscana trato de asomarme a cada instante sabedor de que todo nos acerca su mensaje secreto no siempre sencillo de descifrar. Cuando hablan de nosotros en la crónica de la plaza pública, o cuando es nuestra conciencia quien habla en el patio de tu propia casa que es particular, ahí se teje el mensaje a veces áspero e injusto, al mismo tiempo que nos derrama en su timidez y ternura un bálsamo amigo poniendo aceite sobre el dolor de las heridas. Es entonces donde emerge el motivo de la holganza, de la paz que te llena el alma de alegría, mientras das sentidamente gracias por el don que Dios te hace con los que ha puesto junto a ti, muy cerca.

El otoño hermano nos pone delante un curso que ha comenzado para hacer un camino juntos adentrándonos en la historia que iremos escribiendo cada día. Con gratitud por el pasado y todos sus factores, con esperanza por un futuro en porvenir, quisiéramos vivir con sencillez y con responsabilidad el presente que Dios pone en nuestras manos. El otoño alfombra el camino que se abre a nuestros pies, y nos regala su clima apacible al tiempo que nos abraza con su magia infantil y añeja a la vez.

Nosotros seguiremos trabajando lo que nos propusimos como hoja de ruta con el Plan Pastoral Diocesano, que tiene para este curso los objetivos, las acciones, los gestos que nos ayudan a crecer como hijos de Dios, como hermanos de quienes tenemos al lado, sintiendo toda la Iglesia y la entera humanidad como una gran casa que seguir juntos construyendo. Nos sabemos enviados como Iglesia del Señor reconociéndonos instrumentos de la paz, la esperanza y la bondad que el mundo cercano y lejano más necesita.



+ Fr. Jesús Sanz Montes, ofm
Arzobispo de Oviedo

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