sábado, 24 de diciembre de 2022

La misa del avecrem. Por Jorge González Guadalix

(De profesión cura) En mis tiempos de cura de Guadalix y Navalafuente celebraba la misa del gallo, a las doce de la noche, en Guadalix -el don de la bilocación sigo sin tenerlo, y miren que lo intento- y otra misa, a las 19 h. creo que era, en Navalafuente, a la que un servidor se refería jocosamente como “misa del pollito".

En los últimos años se está generalizando, a mi modo de ver muy tristemente, la supresión de la misa del gallo a las doce de la noche para anunciar pomposamente que sí, que sigue habiendo misa del gallo pero adelantada en horario normal de víspera. La razón que se esgrime es que resulta un horario más cómodo para la gente (y para el cura, que eso lo añado yo) y que acuden muchos más fieles.

Lo siento, pero no me convence nunguno de los dos argumentos.

Me causa una enorme tristeza la pérdida de nuestras tradiciones y nuestras señas de identidad. Lo católico se hace presente en medio de nuestra sociedad también en estos momentos de fe, cuando las familias salen de casa después de cenar para incorporarse a la noche mágica en la que, en medio de la oscuridad, los fieles se unen al coro de los ángeles para cantar gloria a Dios.

Optar por la comodidad es una cesión más al espíritu de este mundo que ha desterrado la palabra sacrificio del lenguaje y de la vida. Es muy cómodo para la gente, que ya no tiene que salir tarde de casa y comodísimo para el señor cura que se puede ir tranquilo a cenar con su familia sin tener que preocuparse de regresar para la misa del gallo.

Por encima de la comodidad yo colocaría otras cosas como la magia de la noche, la tradición católica, el testimonio de fe que supone ver a las familias a esas horas encaminándose a un templo que luce sus mejores galas.

Ya sabemos que cada vez viene menos gente. Nos creemos que basta cambiar la hora para que todo se recupere. Pobres de nosotros. Vienen menos porque se pierde el espíritu de fe, se pierde la religiosidad, se pierde la tradición. Podemos maquillar datos unos años, pero nada más. En vez de a las doce de la noche, a las siete de la tarde y con los niños haciendo el belén viviente. Viene gente. Sí. ¿Y?

Una buena amiga me cuenta que en su pueblo la misa del gallo es a las cinco de la tarde, como si fuera un festival taurino: “A las cinco de la tarde. Eran las cinco en punto de la tarde". Ni del gallo, me dice ella, como mucho del avecrem.

Por lo menos seamos honrados. La tradicional misa del gallo se ha celebrado siempre, en España al menos, a las doce de la noche. Hay otras misas previstas para ese día: víspera, media noche, aurora y misa del día. Pero aquí entramos en otra historia, y es el castástrófico “y qué más da", así que en la parroquia de Tal, la misa del gallo será a las cinco de la tarde. Vale. O mejor ya por la mañana y el cura se va a pasar el día con la familia. A ver por qué no va a poder celebrar la misa del gallo por la mañana. Claro, o en agosto coincidiendo con las fiestas patronales. Todavía mucha más gente.

Esta noche, en Braojos, a las doce de la noche, misa del gallo. Como siempre. Y cantando y bailando la pastorela. Como siempre. Somos así.

Con el canto y el baile de la pastorela, que tiene su origen el el siglo XV, a todos deseo una muy feliz Navidad.

Feliz Navidad






viernes, 23 de diciembre de 2022

Carta semanal del Sr. Arzobispo

Aquella noche inolvidable

Poco a poco nos hemos ido metiendo en el hondón del festejo para el que hemos iluminado calles y plazas, escaparates y casas, mientras poníamos árboles adornados y los tradicionales nacimientos. Es sincero y siempre esperado este momento en el que nos adentramos en la Navidad cada año. Lo necesitamos como un alto en el camino que nos permita asomarnos a un horizonte de bondad, de gracia y paz, en medio de tantos rincones públicos y secretos en donde lamentablemente campea demasiada maldad, pecados de toda ralea y violencias que nos enfrentan sin par. Pero hay un reducto de verdad en cada hombre que reclama superar lo que nos acorrala con tanta mentira y nos satura con tanta engañifa. Es la rebeldía más santa y veraz por la que nos atrevemos a esperar todavía. 

En medio de aquella noche gélida, todos en Belén estaban a sus cosas. Había revuelo por lo del edicto del Emperador, y hubo que organizar viajes y la operación retorno, para ir a empadronarse cada cual a su lugar de nacimiento. Esa pequeña ciudad, donde siglos atrás había nacido el rey David, estaba a tope y no daban abasto en las posadas y los trasiegos de aquellos caminos incómodos y peligrosos en más de un momento. Pero en eso estaba la historia que tan discretamente Dios mismo escribía sin especial escenario, sin luces de neón ni guirlandas, sin turrones ni champán. 

Era un rincón de nuestro mundo, un ángulo perdido de la historia humana, en donde iba a acontecer lo más importante que jamás haya sucedido, cuando Dios mismo decidió hacerse hombre naciendo de una joven doncella, prometida con el artesano del pueblo, diciendo sí a su maternidad virginal mientras en su entraña se hacía hueco quien aquella noche no tuvo lugar en las posadas. Los dimes y los diretes, las cuitas pendencieras y peleonas, las ofensas y rencores, las tristezas y desesperanzas, todo cuanto deslizaba negrura en el firmamento de las personas cuando la pobreza, la enfermedad, la soledad y la falta de sentido, imponía callejones que no tenían salida.

Pero de pronto... se introduce algo en aquella trama de siglos que no estaba en los cálculos humanos, por más que fuera la espera lo que más llenaba sus almas. La espera tenía un nombre, pero no sabían qué era. La espera era el sueño bendito del que hablaron los profetas, ese que tantas generaciones tuvieron anhelando la llegada del Mesías. Fueron siglos de espera aguardando que llegara el día. 

Y llegó cuando menos imaginaban, como menos suponían, en una guisa tan original como desbordante de amor y añoranza, con lo que Dios sorprendía a toda una humanidad frecuentando los caminos y dibujando los senderos en el mapa de la humanidad que, sin saberlo, lo esperaba. Fue un bebé recién nacido la respuesta a tanta esperanza. Alguien que venía como la Palabra, y que tendría que aprender a hablar. Alguien que venía a pasear su Buena Noticia redentora, y que sin embargo tendría que aprender a andar. Pero así fue como en medio de aquel jaleo de empadronamiento, con las prisas y las incomodidades, el pequeño Jesús se unió a nosotros para iniciar la historia que nos salva. María y José junto al Niño Dios en aquel establo, por el que pasarían la alegría asombrada de los pastores desde sus majadas, las ofrendas de los Magos de oriente desde su estrella viajera, la mirada censuradora de Herodes desde su conspiración más envenenada, la mirada de aquella madre primeriza que lo amamantaba y la de quien hacía las veces de padre que protegía a esa madre e hijo tan especialmente milagrosos. 

Fue la primera nochebuena que nosotros recordamos cada año que pasa, deseando que suceda esa Palabra y Presencia que así Dios mismo regala, como una luz en nuestras penumbras, un bien que llena los corazones como a los pastores y una paz con la que cantamos el villancico de los ángeles. Feliz Navidad. 

+ Jesús Sanz Montes, 
Arzobispo de Oviedo

El villancico del pollero. Por Alfonso Ussía

Gracias a Camilo José Cela y a sus Papeles de Son Armadans se pudieron reunir y editar en 1966 los versos de Manuel Fernández Sanz, conocido en el universo de los poetas breves y luminosos como «Manolito el Pollero» . Escribía en las barras de las tabernas y mesones del Madrid de los Austrias y tiraba al suelo, entre cáscaras de gambas y colillas de cigarrillos, sus epigramas. Los amigos recogían los papelillos y poco a poco fue recopilándose el «Corpus» fundamental de su obra bohemia, sonriente y bienhallada. Como recuerda Cela en su introducción a su poemario «Silva, Grillera y Cigarral de Manolito el Pollero», Manuel Fernández Sanz, Manolito, había nacido en Madrid en la pollería de sus bisabuelos, Manuel Sanz y Juana Matas, en la calle de Tetuán 30, antes Negros, el 11 de septiembre de 1909; en realidad, la primitiva pollería estaba en el 28.

Y Manolito fue a morir en el hospital de Oviedo, octava planta, habitación 4, el 29 de junio, día de San Pedro y San Pablo. Fue enterrado en el cementerio de Cornellana, y cargaron con el ataúd que contenía su cadáver cuatro amigos. José Antonio Medrano, Manuel Alcántara, Mariano Povedano y Dionisio Gamallo.

Manolito derrochó los beneficios de su pollería, y terminó siendo declarado por el juez, a petición de su familia, pródigo. Nada le gustaba más que compartir con sus amigos cenas y tertulias. Gran comilón, sólo rechazaba el foie gras. «Para foie gras, el mío». En las reuniones poéticas matutinas que organizaba Conrado Blanco, los aplausos más cerrados se lo dedicaban a él, que recitaba con una gracia especial, un donaire antiguo, y más aún, si el poema elegido era el del niño y las ranas.

Al pasar junto a la charca
El niño me preguntaba:
–¿Qué son las ranas?
–Pues mira, niño, las ranas…
–¿Y por qué cantan?
–Pues mira, niño, las ranas…
–¿Y por qué saltan?
–Pues mira, niño, las ranas…
–¿Y por qué nadan?
¡Y no tuve más remedio
Que tirar al niño al agua!

Y fue capaz de escribir una nana al pie.
Ala nana, nanita, nana,
Duérmete, chiquitirrín,
Dentro de tu calcetín…
De lana.

A un poeta ampuloso, decimonónico y altanero, Rosendo Ruiz Bazaga, le dedicó un doblete. Ruiz Bazaga defendía –él sólo–, la teoría de representar en el siglo XX a don Luis de Góngora y Argote. Y Manolito el Pollero procedió a ponerle en su sitio.
Este poeta tremendo
A Góngora le va en zaga.
¡Cojo,,, con don Rosendo
Ruiz Bazaga!

Dicen que don Rosendo
Es poeta. Es un infundio.
Don Rosendo es gerundio.

En su Jardín de las Víboras, Jaime Campmany escribe del Pollero que era un gordo coñón, complaciente, nocherniego, bebedor, buen poeta, cocinero, culto, pletórico de sangre y rebosante de amistad.

La Navidad se acercaba.

Manolito era un cristiano bueno, sencillo y creyente. Como Tip, todas las noches se arrodillaba al pie de su cama y rezaba lo que le hubo enseñado su madre cuando era niño. Me contaba Amparo, la mujer de Tip, que éste se transformaba, que llevaba hasta tan dentro de su corazón la oración infantil que ella, que tantas veces lo había presenciado, no dejaba de emocionarse cada vez que se lo encontraba genuflexo ante la cama, con las manos juntas, los ojos cerrados y su voz temblona recitando «Jesusito de mi vida, eres niño como yo, por eso te quiero tanto y te doy mi corazón. ¡Tómalo, que Tuyo es, y mío, no!».

Manolito el Pollero escribió un villancico, siempre original, no al Niño Dios recién nacido en el Portal de Belén. Dejó que el Niño Dios creciera unos años, jugara con sus amigos en las calles de Belén, volviera a casa con la ropa sucia y alguna rodilla dañada por un resbalón o una zancadilla. El niño que hemos sido todos los niños. Y con esa edad le escribió el villancico, de una brevedad, síntesis y belleza emocionantes.

Cuando con los otros niños
En Belén jugabas Tú,
¿ Sabías, o no sabías
Que eras el Niño Jesús?

jueves, 22 de diciembre de 2022

60 años de ministerio sacerdotal de un pastor bueno. Por Rodrigo Huerta Migoya

Reza el salmista: ''mil años en tu presencia no son nada; son un ayer que pasó, una vela nocturna'' (Sal 89). Esto mismo podríamos aplicar en esta jornada a mi querido Don José María de Paz Martínez al cumplirse la efeméride de su ordenación: sesenta años no son nada; y ahí está, sesenta años ante el altar que han transcurrido como vela que se gasta en la noche.

Nacido en el hermoso pueblo de Carrizo de la Ribera (León), al amparo de la Virgen del Villar y a la sombra del imponente monasterio cisterciense de Santa María, en el que tres de sus primas profesarían como monjas. Creció en el seno de una familia hondamente cristiana, y en aquellos años de posguerra su vocación se fraguó en torno a un anhelo: ''buscar a Dios''. Esto ha marcado su existencia y le define como un buscador de Dios en todo: ''Me buscarán y me encontrarán, cuando me busquen de todo corazón (Jer 29, 13). 

Muy joven ingresa en la Orden de San Benito en aquella posguerra en la que monjes y frailes de diferentes órdenes y congregaciones pateaban los pueblos de nuestra geografía buscando no sólo vocaciones, sino víveres y alimentos para mantener sus casas de oración. Pero el pequeño José María como los demás muchachos de los alrededores de su pueblo ingresaron con una premisa: formarse para marchar a Argentina. Así, iniciada la formación en Samos, y continuada en Santo Domingo de Silos, parten en barco para tierras gauchas. En aquel largo viaje coincidieron con una comunidad de Clarisas de Durango (Vizcaya) que iban con el propósito de fundar en Uruguay... Tomó el arado y no miró atrás; no le preocupó la incertidumbre de lo desconocido, sino que creció su confianza en la Providencia. Hace unos años de forma casual, me encontré en la librería del monasterio de Samos un libro de su condiscípulo Fray Bernardo Recaredo García Pintado titulado: ''Confesiones de un monje'', donde aparece Don José María sonriente con su hábito benedictino en aquella travesía por alta mar. Con cara de niño, prácticamente un adolescente y en un tiempo sin móviles ni apenas comunicaciones, iba el joven José María alegre de dejarlo todo por seguir a Cristo. ¡Cómo cuesta el desprendimiento, más qué gozo una vez que se ha dado el paso! Ahí están las palabras de Rut que describen esta verdad:  ''Iré a donde tú vayas, y viviré donde tú vivas. Tu pueblo será mi pueblo, y tu Dios será mi Dios'' (Rut 1,16).

Llegó el día soñado; es un 22 de diciembre de 1962 cuando Don José María se postró en tierra, y en que el Señor le llamó "amigo"; el día en que recibió la ordenación sacerdotal de manos del entonces obispo auxiliar de Buenos Aires, Monseñor Óscar Félix Villena. El Señor hace las cosas a su manera; había sido un 22 de diciembre de 1956 cuando Don José María se embarcó en el ''Monte Urbasa'' dejando atrás su tierra, igual que Abraham. Y el mismo día seis años después, tuvo lugar la solemne celebración en la iglesia del monasterio de San Benito de Buenos Aires esta efeméride de entrega absoluta, sin familia ni amigos, pero con la compañía de todos en la oración y en la comunión de los Santos. Fue aquel un día diferente para dejar de pertenecerse a sí mismo y empezar a ser sólo de Cristo, y a la vez de todos. Ser otro Cristo, y éste crucificado; como bellamente nos diría Lope de Vega: ''Pastor que con tus silbos amorosos/ me despertaste del profundo sueño,/ Tú que hiciste cayado de ese leño,/ en que tiendes los brazos poderosos''. Ese ha sido el referente de tu sacerdocio mi buen Don José María: Jesús clavado en la Cruz como tu Cristo de Carrizo, como tantos heridos en el cuerpo y en el espíritu para los que has sido el médico del alma, sanador de heridas y bálsamo espiritual.

Llegaron años muy difíciles para el mundo, para la sociedad, para la Iglesia... Y a las incertidumbres postconciliares que tuvieron importante repercusión en la vida religiosa, y en concreto en la vida monástica en Sudamérica se añadieron los contratiempos políticos que llevaron a la expropiación del edificio de la Abadía situada en el barrio de Palermo o de Las Cañitas, y que actualmente es el Centro de Arte y Estudios Latinoamericanos. Ante aquel hecho cada cual decidió tomar un nuevo camino; unos marcharon a Chile o Méjico, otros se secularizaron, y de los que regresaron a España unos buscaron cobijo en alguna comunidad benedictina mientras que otros se pasaron al clero secular. Don José María que tenía buena parte de la familia en Asturias en aquel momento optó por incardinarse en la diócesis de Oviedo, donde recibió del entonces Arzobispo Monseñor Díaz Merchán el primer y único nombramiento el 13 de mayo de 1977 -Nuestra Señora de Fátima- como capellán del Hospital de Caridad de Gijón, hoy llamado Hospital de Jove. Aquí hizo patente aquello que ya San Benito manda en su regla de atender a los enfermos: ''sirviéndolos como a Cristo en persona''. Y lo hizo en ese emblemático lugar que antes que hospital fuese el noviciado de las Hermanas del Santo Ángel, un lugar muy querido por el Beato Luis Ormieres, que en sus meses en Gijón solía pasear desde el Campo Valdés hasta esa colina de Jove, y que el fundador de estas monjas denominaba su ''Tabor''.

En este lugar gastó y desgastó su vida D. José María; siempre preparado para salir corriendo de la habitación en cualquier momento para confesar a un moribundo, administrar la unción de enfermos o llevar el viático. No fue nunca párroco ni vicario parroquial; nunca fue adscrito ni profesor, tampoco "Consejero" ni "Consultor"; nunca fue arcipreste, ni vicario ni nada, y lo fue todo, pues con los limones que el Señor le dio supo hacer la mejor limonada. Y ese fue su vivir: exprimió su ministerio como un buen limón que da todo su jugo. Discreto y silencioso, siempre ha sabido regalar la palabra y el gesto oportuno cuando alguien lo necesitaba al ejemplo de su patrono San José: ''Sencillo, sin historia, de espalda a los laureles''. Una ayuda importante en su ministerio en el hospital fue la comunidad de Misioneras Hijas del Corazón de María de la Madre Güell. Dios le regaló una gran preocupación por las almas, y buenas habilidades para la pastoral, y no bastándole el hospital se ofreció para aquello que pudiera hacer falta entre los hermanos. Y así mi parroquia natal de San Félix de Porceyo, como las de alrededor tuvieron la dicha de tenerle entre nosotros casi tres décadas de servicio incondicional a los párrocos, primero con D. Ángel Eladio y después D. Albino, así como a ésta agradecida la feligresía... Gracias Don José María por el regalo de su vida entre nosotros, la cual fue susurro de gracia, abrazo de misericordia y sonrisa de ternura. También el Señor nos ha visitado por medio de sus manos y su corazón; por cada eucaristía celebrada, por su cercanía hacia el que sufre, por sus sentimientos de pastor fiel y solícito. Los que hemos tenido la dicha de tratarle y quererle, podemos decir sin lugar a duda que "el Señor ha estado grande con nosotros, y estamos alegres".

Son muchas anécdotas vividas, muchos los hechos hermosos que yo pude ver desde la unción con la que usted preparaba y vivía la Santa Misa; su estar preocupado por la realidad concreta con nombres de tantas familias, los hechos discretos pero efectivos; cómo buscaba salir al paso de quien le pudiera necesitar. Son muchos los datos, testimonios y realidades muy concretas que podría enunciar -la gran mayoría desconocidas- y que darían para todo un libro; algunas que me emocionan hasta las lágrimas, pues me tocaron muy de cerca y no podré olvidar jamás. He aquí que yo lleve tan a gala y orgullo que no me bautizó un cura anónimo, un sacerdote sin curriculum, sino un sacerdote de los pies a la cabeza como D. José María de Paz Martínez.

En este 22 de diciembre, doy gracias al Señor por su vida y ministerio; estoy seguro que a sus compañeros de la Casa Sacerdotal de León no les ha dicho que está de aniversario. Conociéndole habrá concelebrado con discreción con la sonrisa que le caracteriza y con el corazón lleno de gozo. Sé que su oración callada en esta mañana ha sido la misma que la del Rey David: ''¿Cómo podré pagar al Señor todo el bien que me ha hecho? ¡Alzaré la copa de la salvación invocando tu nombre Señor!''. No hacen falta fiestas, placas ni títulos, con la eucaristía como acción de gracias está dicho todo, y es el mayor regalo de amor recibido: “Gratias agens benedixit fregit deditque” (después de dar Gracias lo partió y se los dio), tal como nos dijo Benedicto XVI en el 65º aniversario de su ordenación “Eucharistomen”.

Muchísimas felicidades Don José María; con su misterio nos ha tocado la lotería, por ello podemos cantar: ''Te doy gracias, Señor, de todo corazón''. "Ad multos annos"... 

Santo Domingo de Silos 1955 con el Abad Don Isaac Mª Toribios y 
el P. Pedro Alonso Maestro de Novicios (Años más tarde el P. Pedro sería el Abad)

Navidad de 1956 en alta mar. 

Los cinco profesos españoles becados por la Abadía Argentina. Buenos Aires 1957

Comunidad benedictina de Buenos Aires 1960

Visita del Abad de Solesmes Dom Jean Prou y el Abad de Buenos Aires Dom Lorenzo Molinero

Asistiendo en la Primera Misa del P. Bernardo Recaredo 

Iglesia de San Benito de Buenos Aires

Hospital de Caridad de Gijón

Sus hojas de Pastoral para el Hospital

Religiosas del Hospital de Jove 

Con Don Eladio Miyar Párroco de Jove 

Primera Misa de D. Vicente Pañeda 

Rezando en lo escondido

En la Fiesta de San Blas en Jove 

Sacerdote para siempre 

Bendición Apostólica con motivo de las Bodas de Oro

Lector incansable

Caricia del que sufre

La gran fiesta del hogar. Por Rodrigo Menéndez Piñar

(Boletín ''Covadonga'') Bien, Marcelino. Has sido un buen muchacho y Yo estoy deseando darte como premio lo que tú más quieras [...] y ante la insistencia dulce de Nuestro Señor al ofrecerle todo aquello que podría haber saciado los deseos del pequeño niño, respondió: Sólo quiero ver a mi madre, y a la Tuya después.

En todos los hogares cristianos hay ya preparativos para celebrar las fiesta de la Navidad. Los anfitriones piensan de qué viandas disponer y los huéspedes en los días, lugares y traslados necesarios para poder encontrarse con los suyos. Todo respira familia y amistad en estas jornadas, incluso en medio de un mundo despersonalizado en que los lazos naturales están desapareciendo. Pero la vuelta al pueblo, a la casa paterna, embriaga hasta a los que viven sumergidos en el bullicio de este siglo con una mezcla de nostalgia y ternura. Y es que el Niño Dios ha nacido ─rezan los villancicos─ pobre en un portal, aunque tiene por padres a los corazones más cargados de tesoros que han pisado esta Tierra. Y cada familia, cada hogar, quiere ser, con todas sus deficiencias, como una reproducción de la compañía fresca y delicada de la Sagrada Familia. Al final, todos participamos del auténtico deseo de Marcelino Pan y Vino: ver a nuestras madres. Y es que la Navidad tiene, ante todo, un sentido contemplativo. Sea que todavía Dios nos la conserva y acudimos al regazo materno como los niños que nunca dejamos de ser, sea que Dios nos la quitó y no podremos más ─en este siglo─ volverla a estrechar entre nuestros brazos, el deseo de tornar a la madre ─y quien dice madre dice padre, hermanos, familia, hogar, patria... todos reflejos de nuestro verdadero Origen─ se impone en la data navideña como una especie de venero santo que nos hace recuperar la vida, tantas veces inerme, hecha jirones, por el activismo febril que nos engulle. Y es que al estar sometidos a la tiranía del Homo Faber, la Navidad se terminó convirtiendo en un refugio antimoderno ─por ser cauce de contemplación─ en donde se recuperaban las deliciosas prácticas de la antigua civilización.

En la tradición belenista del arte napolitano suele colocarse la figura de «el pasmado», hombre absorto en lo que mira, cuyo oficio no es sino contemplar el Misterio. No amasa el pan ni hila con la rueca; no pastorea el rebaño ni cuida el huerto; tampoco ofrece regalos al Niño ni ayuda en lo que ha menester san José; sino que calla y ve, solo mira, cautivo su espíritu, y su semblante, su alma, todo su ser, quedan como en suspenso amoroso. Cumple así la palabra del salmo: contempladlo y quedaréis radiantes, vuestro rostro no se avergonzará (Sal 33, 6). San Agustín, en su Contra Faustum Manichaeum describe la contemplación como «una santa embriaguez que aparta al alma de la caducidad de las cosas temporales y que tiene por principio la intuición de la luz eterna de la Sabiduría». Y qué causa el anhelo de una verdadera Navidad en familia sino una santa embriaguez, que sacándonos de los negocios terrenales nos centra en el quicio de nuestra vida para que no perdamos el fin al que debemos ir. La Navidad es tiempo de contemplación, pero una contemplación hermanada según los lazos de la sangre, que se reune para mirar hacia esa Trinidad en la Tierra que es la Sagrada Familia, modelo perfecto de cualquier otra, hogaño como antaño. Y así, mirando a la Sagrada Familia, descansando el espíritu, la Navidad se convierte en la mejor escuela de aquello que enseña la doctrina agustiniana: la doble dimensión del amor, la distinción entre el frui y el uti, entre los bienes amables como fin y los bienes amables como medio; y la ordenación del uti al frui, del medio al fin, y que, en definitiva, se resuelve en la ordenación del amor: a Dios sobre todas las cosas, y al prójimo ─y a todo lo creado─ por Dios. Estos amores ─rematará el Águila de Hipona en De Civitate Dei─ en última instancia, son los dos amores ─el uno ordenado, el otro invertido─ que «dieron origen a dos ciudades: el amor de sí mismo hasta el desprecio de Dios, la ciudad terrena; y el amor de Dios hasta el desprecio de sí mismo, la del Cielo».

Y, sin embargo, según el espíritu marxista, el Mundo no está hecho para ser contemplado, sino para ser transformado. Se han invertido los amores. Se ha colocado el bien temporal como fin, que debe buscar el hombre por la transformación de este Mundo. Un bien temporal que consistirá en una sociedad «más humana, más igualitaria, más democrática, más libre, más digna, más global, más ecológica, más...» ─todos los timbres demagógicos que quepan─, para lo cual hacen falta unos medios: la religión, necesaria en una etapa de minoría de edad del hombre, según el pensamiento kantiano y postkantiano ─¡ay, cuántos cristianos de nombre aquí!─ o la antirreligión, «opio del pueblo», según el padre doctrinal del comunismo. No importa tanto la discusión sobre los medios, sobre el uti, sino la perversión del frui, porque en ambos casos lo que se edifica es la ciudad de los hombres como contraria a la ciudad de Dios. No importa tanto «conservadores» o «progresistas», si lo que conservan los primeros y lo que hacen avanzar los segundos es la Revolución, según la expresión chestertoniana. ¿Y qué Revolución? La de la Modernidad que ha dado la vuelta a los dos amores.

La Navidad, dice Chesterton, es «la gran fiesta del hogar [...] y si la Navidad se volviera más familiar, en vez de menos, creo que aumentaría enormemente su verdadero espíritu, el espíritu de la niñez». Los niños, por su propia naturaleza, tienden a usar todo lo que tienen a su alcance en algo que les haga disfrutar. Tienden al frui, a través del uti, en cada instante, sin importarles los fríos cálculos del beneficio futuro. Y si el espíritu de la niñez es el verdadero espíritu de la Navidad, éste nos enseñará no los arrumacos filantrópicos del cambio del Mr. Scrooge de Dickens, que de despreciar al pobre con sus «¡Bah, paparruchas!» pasa a derramar sus bondades sobre él ─una mudanza ciertamente alabable─, sino a procurar que todo aquello que tenemos a la mano, todo aquello que existe, todo lo que es uti, nos conduzca a la contemplación del Frui.

Por esta razón, la Navidad es un espacio antimoderno. Si Platón, al inicio del libro segundo de Las Leyes, al hablar sobre la educación y la música, pudo decir: «Pero los dioses, compadeciéndose del género humano, nacido para el trabajo, han establecido para los hombres los festivales divinos periódicos para el alivio de sus fatigas, y les han dado como compañeros en esas fiestas a las Musas, y a Apolo que las preside, y a Dionisos para que nutriéndose del trato festivo con los dioses, mantengan la rectitud y sean equitativos»; ¡qué no podremos decir nosotros de la Navidad! ─en donde el arte de las Musas es tan esencial, por otra parte─ que es alivio de cansancios morales en compañía de los nuestros, para que tratando al Dios hecho Niño, nos nutramos de la Paz que viene a traernos y mantengamos la rectitud de medios y fines o, si se ha perdido, recuperemos el estado originario de la equidad, de dar a cada uno lo suyo, esto es, de dar a Dios lo que es de Dios, porque sólo entonces daremos a la criatura lo que es de la criatura.

La Navidad es un baluarte antimoderno porque nos hace querer ver a nuestra madre. Porque nos sanea el alma, reordenando los afectos para saber contemplar al Bien Supremo, el Bien Frui por antonomasia, que en el colmo de su amor, quiso hacerse Uti, en una familia, como medio, camino y puente. Porque nos vuelve a poner delante de los ojos al Pimpollo de canela, Lirio en capullo ─como canta el villancico de Juan Francisco Muñoz y Pabón─ que es lazo de unión entre Dios y los hombres, incapaces por sí ─y por la mácula de los orígenes─ de alcanzar el Fin último que el Creador ha dispuesto como descanso pleno y perfecto: la visión de su Divina Esencia. Y nos lo pone delante de los ojos para que nos convirtamos en otros tantos «pasmados», con el oficio supremo de contemplar al hecho materia, como anticipo de lo que haremos eternamente en el Cielo: contemplar al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo.

La Navidad es la gran fiesta del hogar, la fiesta de nuestra niñez, la fiesta del Niño, porque es la fiesta de la contemplación.