domingo, 11 de octubre de 2026

Las periferias más cercanas. Por Monseñor Fray Jesús Sanz Montes O. F. M.

No sólo hay mundos lejanos a los que vale la pena que llegue el mensaje inédito del Evangelio de Cristo, sino también mundos cercanos en donde hay que volver a empezar, porque ese mensaje se ha olvidado por nuestra distracción o se ha llegado a traicionar por la incoherencia de los cristianos. Por este motivo, una visita del Papa supone siempre un amable acicate que viene a recordarnos lo que hemos podido olvidar y a proponernos de nuevo lo que estaba fuera ya de nuestro horizonte cotidiano y vital. Dentro de su responsabilidad como padre de un pueblo que se le ha confiado, el Papa León ha iniciado una serie de viajes también en este viejo continente europeo, que ha sido no sólo la cuna occidental del cristianismo, sino también el punto de partida de la evangelización misionera que acercó la Buena Nueva hasta los confines de la tierra. El viaje apostólico a España fue una primera entrega, y ahora ha vuelto a suceder con el intenso viaje que ha realizado en la vecina Francia. Los próximos viajes tendrán un destino sudamericano en tierras para él queridas y conocidas.

En este viaje europeo realizado en Francia, tuvo un breve periplo más institucional, aunque también popular en París: el encuentro con más de ochenta mil jóvenes en una vigilia de oración y la misa multitudinaria junto a la catedral de Notre Dame, dieron buena cuenta de la sed de Dios en tanta gente, de la necesidad de un referente moral como quien busca una auténtica paternidad por parte de una generación huérfana de figuras significativas que nos sostengan y acompañen. Aparece alguien así, y entonces rápido uno se reconoce en él y vemos la correspondencia que hay entre nuestras búsquedas y preguntas, y el hallazgo que él representa con el regalo de su respuesta. Precioso encuentro entre la sed del corazón humano y el agua de la gracia de Dios. Se vuelve a verificar lo que ya san Agustín decía al comienzo del libro bellísimo de las Confesiones: “nos hiciste, Señor, para ti, y nuestro corazón estará inquieto hasta que descanse en ti” (Conf. I, 1).

La segunda escala fue en Lourdes. Un rincón de los Pirineos que desde hace casi 170 años tiene cita la esperanza al amparo de María Nuestra Señora. Una escala hondamente religiosa donde el dolor no es maldito, aunque nos aligere el equipaje y nos permita volver a las cosas esenciales, las únicas que son propiamente necesarias en medio de tanta hojarasca superflua y banal que nos hacen frívolos y mediocres. Invitaba el Papa a «hacerse cargo de una persona que sufre, y no eliminarla. Sí, queridos amigos, ¡sed servidores apasionados de la vida! ¡Ninguno tiene el derecho, nunca, basándose en algoritmos de laboratorio, de decidir sobre la vida de un embrión determinado o de una persona de la tercera edad! ¡La medicina nunca podrá convertirse en sierva de la muerte programada!… Son los equipos de pastoral de la salud y tantos otros que ejercitan su vocación al servicio de la dignidad de la persona humana, para que el mundo tenga vida. Cuidando de los cuerpos, vosotros cuidáis también de las almas».

Por último, en Metz, tierra de frontera entre Francia y Alemania, ciudad testigo de la dureza de las dos guerras europeas del siglo pasado. Allí nació Robert Schuman, uno de los fundadores de la nueva Europa. Decía el Papa León allí: «pienso ante todo en los jóvenes, llamados a construir la Europa de hoy y del mañana… A los jóvenes les digo: tened el valor de vivir de manera responsable la misión de construir la paz, en el corazón, en las relaciones, en la familia, en las escuelas y universidades, en la vida de las ciudades, de los pueblos y de toda Europa… No tengáis miedo de formar una familia, de tener hijos, de defender la dignidad de cada persona, desde el primer instante en el vientre de la madre hasta su último aliento. No tengáis miedo de trabajar incansablemente al servicio del bien de vuestras comunidades, incluso a través del compromiso político». Son las periferias cercanas en las que la voz del Papa ha proclamado el evangelio de siempre.

+ Fr. Jesús Sanz Montes, ofm
Arzobispo de Oviedo

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