(El Debate) Su nombre acabaría resonando en todo el mundo, pero su historia comenzó en un pequeño pueblo polaco. Karol Józef Wojtyła nació en Wadowice el 18 de mayo de 1920, siendo el menor de los tres hijos de Karol Wojtyła y Emilia Kaczorowska. Tras culminar la enseñanza media, su pasión por la literatura y la lengua le llevó a matricularse en 1938 en la Universidad Jagellónica de Cracovia para estudiar filología polaca. Sin embargo, el estallido de la Segunda Guerra Mundial y la ocupación nazi truncaron trágicamente aquel horizonte: las fuerzas invasoras cerraron la universidad en 1939.
Para evitar la deportación a Alemania y poder subsistir, el joven Karol trabajó en una dura cantera y posteriormente en la fábrica química Solvay. En medio del horror de la ocupación, no se rindió al desánimo: cofundó el Teatro Rapsódico, una compañía teatral católica clandestina que luchaba por preservar la identidad y la cultura polaca, experiencia de la que extraería una honda preocupación por transmitir la verdad.
A los 22 años, al sentir la llamada al sacerdocio, ingresó en el seminario mayor clandestino de Cracovia, dirigido en la sombra por el arzobispo Adam Stefan Sapieha. Fue ordenado sacerdote el 1 de noviembre de 1946. Enviado a Roma, obtuvo el doctorado en Teología con una tesis sobre la fe en las obras de san Juan de la Cruz, realizando además labor pastoral entre los emigrantes polacos en Francia, Bélgica y Holanda. Tras regresar a su patria, ejerció como capellán universitario y profesor de Teología Moral y Ética en Lublín. Su brillantez e ímpetu pastoral no pasaron desapercibidos: a los 38 años fue consagrado obispo auxiliar de Cracovia. En 1964 asumiría la archidiócesis cracoviana y en 1967 sería nombrado cardenal, teniendo un papel muy destacado en las sesiones del Concilio Vaticano II.
La chispa que cambió el mundo
El 16 de octubre de 1978, la fumata blanca en el Vaticano anunció al mundo la elección del primer Papa polaco de la historia. Karol Wojtyła tomó el nombre de Juan Pablo II e inició formalmente su ministerio petrino el 22 de octubre de 1978, fecha elegida por la Iglesia para celebrar su fiesta litúrgica.
Aquella elección conmovió los cimientos de la Guerra Fría. En junio de 1979, venciendo la oposición del régimen soviético —donde el propio Leonid Brezhnev, secretario general del Comité Central del Partido Comunista, llegó a sugerir que se persuadiera al Papa para fingir una enfermedad y cancelar el viaje—, Juan Pablo II regresó a su patria natal. Fue un viaje de tan solo nueve días, pero transformó Europa para siempre.
Al bajar del avión, besó con devoción el suelo polaco. En la Plaza de la Victoria de Varsovia, ante un millón de personas que escuchaban con lágrimas en los ojos, proclamó con voz atronadora una invocación histórica: «¡Descienda tu Espíritu y renueve la faz de la Tierra! ¡De esta tierra!». Y dirigiéndose a la multitud, les devolvió la dignidad secuestrada por el régimen: «Vosotros sois católicos. Vosotros sois polacos. Vosotros sois jóvenes. El futuro os pertenece».
Aquel mensaje dinamitó el muro del miedo. La chispa encendida por Wojtyła en Varsovia, Gniezno y Czestochowa catalizó el nacimiento del sindicato Solidaridad, liderado por Lech Wałęsa. Ni siquiera la declaración del estado de guerra y la ley marcial en 1981 pudieron sofocar la marea de libertad. Juan Pablo II denunció con firmeza la «falsa paz» de los totalitarismos. Diez años después de aquel célebre viaje, el 9 de noviembre de 1989, el Muro de Berlín se derrumbaba, abriendo paso a la reunificación del continente.
Una voz que el tiempo no ha apagado
Definido como el polaco más influyente del siglo XX, su pontificado se extendió durante 26 años, 5 meses y 18 días, situándose como el segundo más largo de la historia de la Iglesia. Apodado con justicia el «Papa peregrino», realizó 104 viajes internacionales y visitó 125 países. Recorrió más de 1.300.000 kilómetros, una cifra equivalente a casi tres veces la distancia entre la Tierra y la Luna.
Su sintonía con las nuevas generaciones le llevó a impulsar las Jornadas Mundiales de la Juventud, congregando en Manila en 1995 a entre cuatro y cinco millones de personas, una de las mayores multitudes reunidas en la historia humana. Asimismo, fue el Pontífice que más santos proclamó, con 482 canonizaciones y 1.334 beatificaciones. Su lema episcopal, Totus Tuus María, reflejó hasta el final su profunda devoción a la Madre de Dios.
El 2 de abril de 2005, a las 21:37 horas, en la víspera del Domingo de la Divina Misericordia –fiesta que instituyó formalmente para toda la Iglesia el 30 de abril del año 2000–, el Santo Padre entregó su alma a Dios. Más de tres millones de peregrinos abarrotaron la Plaza de San Pedro para rendirle tributo en un funeral que batió récords de asistencia de mandatarios e internacionales. Tras la dispensa concedida por Benedicto XVI para el tiempo de espera convencional para abrir una causa de canonización, fue beatificado el 1 de mayo de 2011 y canonizado el 27 de abril de 2014 por el Papa Francisco. Hoy, en el día de su festividad, el eco de aquel «¡No tengáis miedo!» continúa resonando como un faro irrenunciable de esperanza para Europa y el mundo entero.

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