La Infancia Misionera es una obra de la Iglesia que nace del deseo de que los niños, desde su propia infancia, descubran que también ellos están llamados a ser misioneros. Su lema, “los niños ayudan a los niños”, expresa con sencillez y profundidad una gran verdad evangélica: la misión no es solo cosa de adultos, sino una tarea compartida por todo el Pueblo de Dios, también por los más pequeños. Este es el origen y sentido de la Infancia Misionera, la cual fue fundada en 1843 por el obispo francés Mons. Charles de Forbin-Janson, conmovido por la situación de abandono y pobreza de muchos niños en países de misión. Su intuición fue sencilla y a la vez revolucionaria: que los niños cristianos ayudaran a otros niños, especialmente a los más pobres y vulnerables, mediante la oración, la solidaridad y el compartir. Hoy forma parte de las Obras Misionales Pontificias, y está presente en numerosos países, ayudando a sostener proyectos educativos, sanitarios, pastorales y de protección de la infancia.
Afirmar que “Los niños ayudan a los niños” es más que un frase hecha con contenido cristiano. Este lema no se limita a una ayuda material. Es, ante todo, una escuela de fe y de caridad. Los niños aprenden que todos los niños del mundo son hermanos, hijos del mismo Padre. Que la fe cristiana lleva a pensar en los demás, especialmente en quienes más sufren. Incluso con pequeños gestos, se puede cambiar la vida de otros. A través de la Infancia Misionera los niños descubren que pueden ser protagonistas de la "misión", no solo receptores de catequesis.
La pedagogía de la Infancia Misionera se apoya en cuatro pilares fundamentales, expresados en su conocido compromiso. El primero es Orar. Los niños rezan por otros niños del mundo, por los misioneros y por la paz. Aprenden que la oración es una fuerza real de amor y comunión. El segundo es Compartir. Desde pequeños sacrificios o donativos, los niños aprenden a compartir lo suyo con quienes tienen menos, educándose en la generosidad. El tercero es Anunciar. Los niños están llamados a ser testigos de Jesús entre sus amigos, en la familia, en el colegio y en la parroquia. Y el cuarto es Celebrar. La fe se vive con alegría, celebrando la amistad con Jesús y el gozo de pertenecer a una Iglesia universal.
La Infancia Misionera también tiene su papel en la catequesis y la pastoral. Que un niño sea solidario supone cultivar su sensibilidad hacia el sufrimiento de otros. Abrirles al mundo, es hacerles conscientes de la universalidad de la Iglesia. Fomentar en ellos el sentido que supone comprometerse, es hacerles capaces de vivir con gestos concretos de amor cristiano. Que los niños se sientan misioneros no supone venderles la imagen antigua de un país lejano, sino la aventura de vivir la fe en su ambiente y entorno de hoy, demostrando la alegría que conlleva haber descubierto al Señor. La Jornada de la Infancia Misionera, que se celebra cada año, es una ocasión privilegiada para despertar en los niños el espíritu misionero y fortalecer su compromiso cristiano en nuestra España, en nuestra Asturias, que es en verdad la mayor tierra de misión que tenemos delante.
La Santa Infancia, como dicen aún los más mayores, sigue siendo un mensaje para hoy. En un mundo marcado por desigualdades, conflictos y pobreza infantil, la Infancia Misionera sigue siendo profundamente actual. Recordar que “los niños ayudan a los niños” es sembrar en el corazón de las nuevas generaciones una fe que se traduce en amor, justicia y esperanza. Nos recuerda que el Evangelio puede ser vivido y anunciado también con manos pequeñas, pero con corazones grandes. La misión es mucho más que pedir dinero, que viajar de aquí para allá o ir a enseñar cosas a los que muchas veces tenemos por inferiores. Como nos ha recordado el Papa León XIV ''La misión no es sólo instruir, sino sembrar esperanza en los corazones''. En esto, los pequeños tienen mucho que enseñarnos a los mayores.

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