miércoles, 24 de marzo de 2021

''Semellum'': In memoriam D. Silverio Rodríguez Zapico, Sacerdote pascual. Por Rodrigo Huerta Migoya

El pasado martes 9 de marzo ojeando el evangelio del día, eché también un vistazo al texto de la Palabra de Dios para el cercano domingo. No pude evitar recordar a D. Silverio al descubrir que se trataba del diálogo de Jesús con Nicodemo, el mismo evangelio de la fiesta de la Exaltación de la Cruz, última vez que le ví y pude conversar con él. Y es que no podré olvidar una de esas magníficas homilías suyas un 14 de septiembre cuando empezó su prédica con esta palabra: Seguro que muchos están pensando ¡Ya está aquí la serpiente de bronce!. Qué cosas, la lectura del día en que Don Silverio recibe sepultura es precisamente el relato del Libro de los Números sobre la serpiente de bronce. El sábado, en una de las llamadas que recibí con motivo de mi santo, un sacerdote me dio la triste noticia: Don Silverio se está muriendo. En las misas del fin de semana no pude quitarle de mi mente mientras me decía a mi mismo ¡Ya está aquí! -no la serpiente de bronce- sino el último viaje!.

La vida de Don Silverio ha sido un icono pintado por la gracia propia de un hombre que ha sabido beber de la espiritualidad, la liturgia: ¡la teología!... Nacido en Ciaño al cobijo del manto de la Patrona de Langreo, Nuestra Señora del Carbayu a la que ya su hermano mayor Senén le cantaba de niño en aquellos antiquísimos gozos: ''En este templo sois venerada, /Virgen Sagrada, con devoción...//Al fin pedimos Madre amorosa/ nos deis piadosa la bendición''. 

Fue un alumno brillante; de su curso dos fueron designados para ir ampliar estudios a Salamanca antes incluso de recibir la ordenación presbiteral; allá fueron él y su inseparable condiscípulo D. José Manuel García Rodríguez. Salamanca marcó a Don Silverio, aunque más aún el estilo francés del que tanto aprendió en sus estancias en tierra gala. Recuerdo sus celebraciones siempre con su cogulla al estilo benedictino de Solesmes. Don Silverio era un sabio teórico que disfrutaba con paraliturgias de las que se empapó del Centro de Pastoral litúrgica de Barcelona. Tenía gran admiración por los pastoralistas catalanes, a los cuales se asomaba en sus vacaciones ya siendo sacerdote una vez que sus padres decidieron vender la casa de veraneo que tenían en Carreño. En Salamanca hizo gran amistad con el profesor Casiano Floristán Samanes, junto al cual publicó -siendo aún diácono en 1964- un opúsculo en la editorial Propaganda Popular Católica titulada ''Los grandes temas de la Constitución sobre la Liturgia''. 

Todos sus compañeros de curso se ordenaron el día de San Pedro y San Pablo en la Iglesia parroquial de San Nicolás de Bari de Avilés; D. Silverio, por su parte, recibió la ordenación sacerdotal días después en la iglesia parroquial de Sama por manos del entonces obispo de Cuenca, Monseñor Inocencio Rodríguez Díez, amigo de la familia al que conocían de sus años de sacerdote diocesano en León cuando únicamente era Don Chencho. Gijón fue el primer y único amor, y es que algo tiene la Villa de Jovellanos que tanto atrae a los de la Cuenca. Aquí llegó en un lejano 1965 para no marchar ya más. 

El primer destino fue como coadjutor de San Lorenzo, a la vera de aquel agudo y renombrado párroco oriundo de la levítica feligresía de Naraval, D. Manuel Álvarez Menéndez. Ahí vivió el joven presbítero el efervescente postconcilio que tanto revuelo ocasionó en aquella señorial feligresía. El titular de la Plaza viendo que se avecinaba "temporal" se tomó un año sabático dejando al coadjutor al frente de la aplicación y adaptación del templo al modelo del Vaticano II. Nada se hizo sin consentimiento del Párroco, pero el pobre Coadjutor cargaría con la culpa de por vida de haber sido quien quitó los santos y los retablos de aquella catedralina gijonesa. No hace tantos años, en una concelebración a la que acudía Don Silverio, una beata le comentaba a otra tras un codazo: "mira, ahí va el cabrito que nos tiró los retablos". Aparte de aquellos disgutillos Don Silverio fue feliz en San Lorenzo, e incluso muchos estaban convencidos de que sería el futuro párroco de ésta, algo que finalmente no ocurrió. 

A D. Silverio le apasionaba el arte vanguardista, pero era tan moderno que incluso en una ciudad tan abierta como Gijón aquello chocaba un poco. Ahí está el conjunto escultórico del Resucitado que preside el baptisterio de San Lorenzo, en el lugar que antes ocupaba un retablo. La gente del barrio cuando lo vio no le gustó nada por mucho que el sacerdote explicaba que su autor era Rubio Camín, el cual sería muy valorado en un futuro, y toda la catequesis que el joven sacerdote desarrollaba sobre el relieve -el cuál definía como ''Piedad horizontal teológicamente preciosa'' no sirvió de mucho; los gijoneses, que a veces somos más bien gijonudos, le acuñaron por mote a la nueva talla ''la madreñona''. Tampoco hubo suerte con el baptisterio postconciliar que se diseñó para San Lorenzo, ni con el resucitado que colocó para presidir el templo de la nueva Parroquia, al que algunos vecinos que esperaban la talla de un resucitado más clásico definieron -para enfado del cura- como ''la sirenita'', y es que aquel arte aún estaba a años luz de lo que entonces se entendía por tal. Aún así el Párroco siguió fiel a su estilo con esa cita de Dostoyevski clavada en sus ideales: "la belleza salvará al mundo".

Llega un nuevo Arzobispo a la diócesis y la iglesia de San Lorenzo acogerá el primer acto oficial del Prelado en la que ya era la población mayor de ésta. Monseñor Gabino Díaz Merchán dará a Don Silverio -que en aquella celebración ejerció de ceremoniero- su segundo y último destino pastoral: crear una nueva parroquia en la zona del barrio de Laviada de Gijón.

Don Silverio se dejó la piel y el alma en esta nueva misión, hasta el punto que a día de hoy la parroquia de la Resurrección no se entiende sin el estilo e impronta propia que le diera su primer y único sacerdote hasta la fecha. 

Hasta el nombre de la Parroquia fue elegido por él, consciente de que todo brota de la Pascua, o como nos recordó el Vaticano II: ''Constituido Señor por su resurrección, Cristo, al que le ha sido dada toda potestad en el cielo y en la tierra, obra ya por la virtud de su Espíritu en el corazón del hombre, no sólo despertando el anhelo del siglo futuro, sino alentando, purificando y robusteciendo también con ese deseo aquellos generosos propósitos con los que la familia humana intenta hacer más llevadera su propia vida y someter la tierra a este fin'' (GS 38). 

El barrio de Laviada, en su parte más primitiva conocida por los playos como "barriu del Parrochu", fue el lugar donde Dios quiso poner su casa y hacerse un vecino más por medio de las grandes y alargadas manos de D. Silverio. También fueron muchos años de provisionalidad en un bajo humilde en la calle Pola de Siero.

La docencia ha sido otra de sus pasiones, no sólo como profesor de religión en institutos de Gijón, sino, sobre todo, enseñando la asignatura de "sacramentología" en el Seminario Metropolitano. Monseñor Sanz le nombró con acierto Delegado Episcopal para las Relaciones Interconfesionales, y es que Don Silverio tenía un gran espíritu ecuménico.

Gran orador; he de reconocer que al igual que todos los curas de su quinta, sus predicaciones eran soberbias. Recuerdo "un Cristo" en Candás en que nos regaló una homilía de esas que no tienen desperdicio; al terminar la celebración uno de los concelebrantes que otros años aprovechaba la homilía para echar un "pigacin" definió la altura del sermón: "enhorabuena Silverio, ye la primera vez en muchos años que non me duermo en la homilía''. 

Era un gran devoto del Santo Cristo de Candás por aquellos años de su infancia en que sus padres tenían casa en La Formiga, en los límites de las parroquias de Perlora y Candás. Por ello los veranos correteaba entre Candás y Perlora, incluso llegó a ser monaguillo de D. Celestino -"Panchulo"- del que se decía que por no ser muy inteligente no llegó a obtener el título de párroco de Perlora a la que aspiraba, obteniendo finalmente en la oposición a curatos la plaza en san Román de Candamo.

Su padre llegó a tener mucha amistad con D. Manuel Peláez, del que decía "no hay cura que confiese como él"; aquello a Silverio le hacía gracia a la vez que le daba cierto coraje, por lo que añadía: "papá, tienes dos hijos curas y nunca te has confesado con ellos".

Sacerdote muy abierto para muchas cosas como era el Sacramento de la penitencia, compartía las visiones aperturistas de la Iglesia y en especial la línea pastoral del arzobispo Merchán. Con los años creo que D. Silverio fue madurando hasta el punto de reconocer que la Iglesia vivía aún de las rentas de los curas antiguos de confesionario y recordatorio de los días de precepto. Sufría cuando había descuido por el templo, gente hablando o poca participación. Mimaba mucho lo celebrativo en los cultos ensayando con antelación los cantos que iban a ser entonados en la santa misa.

Quiso construir en el barrio de Laviada el tipo de Iglesia moderna, conciliar y ecuménica que escondían su corazón y su mente. Sus escritos y reflexiones publicados en tantísimas hojas parroquiales dan testimonio de la altura intelectual de este hombre que con sus aciertos y fallos -como todos- hizo sencillamente aquello que se le había encargado. Muchos consideran que el error fue dejar a Don Silverio "eternizado" en ese humilde barrio de Gijón, más cuando se echan raíces en un lugar aunque te presenten otros mejores, para uno siempre son más feos que el propio. 

A pesar de tener dos comunidades religiosas dentro del territorio de la Parroquia -las Madres de Desamparados de San José de la Montaña del Colegio Virgen Reina, y las Terciarias Capuchinas del Albergue Covadonga- Don Silverio siempre se apoyó en los laicos, pues las religiosas tenían ya mucho trabajo, tanto en el colegio como en el Albergue.

Recientemente se ha publicado un libro sobre la historia del barrio; no he tenido la suerte de leerlo, más considero de justicia que se haya incluido el nombre del primer, único, y seguramente último sacerdote "in situ" que ha tenido Laviada. El gran "miedo" que tenía D. Silverio era precisamente por el futuro de la Parroquia, así entiendo su decisión de continuar al frente de ella hasta el último momento. Ya hacía años que tenía problemas de vista y desde hacía más de un año su salud estaba muy quebrada para seguir trabajando; sin embargo, creo que para él hubiera sido mucho peor jubilarse y ver que su querida parroquia era absorbida, fusionada o incluida en una Unidad Pastoral... Hacía años que se hablaba de que ya no tenía sentido mantener dos parroquias tan próximas y la posibilidad de unir ''aeque principaliter'' las parroquias del Espíritu Santo y la Resurrección; esto siempre estuvo entre sus temores. 

Aún pudo celebrar las bodas de oro de la Parroquia con la emoción añadida de quién se ve frágil y barrunta próxima la partida. La muerte de su hermano D. Senén fue un durísimo golpe para él que seguramente aceleró el ritmo de su propio final. Aún esperaba sacar fuerzas para poder celebrar el funeral de su hermano mayor, pendiente aún al encontrarse el mes pasado tantos municipios perimetrados. Al final y en cierto modo, el Señor le ha permitido partir como él quería, en Gijón, cerca de su gente y siendo no ya un jubilado, sino manteniendo la plaza. Con él muere también un estilo, pero como el grano que cae en tierra y muere, deja un legado de mucho fruto. Sería bueno para la comunidad parroquial recabar los numerosos escritos de D. Silverio a lo largo de toda una vida de sabio pastor a pie de barrio. 

Se tomó con mucho interés su papel de Delegado Episcopal de Ecumenismo y Relaciones Interconfesionales. Promovió encuentros incluso con las comunidades islámicas de Asturias; fue para él una alegría recibir este nombramiento cuando tanto había estudiado y leído al respecto a lo largo de toda su vida en autores para él tan valorados como Gardiner, Yves Congar o Roger Schutz. Un ecumenismo que ya no era aquel «oikoumenē» de las conquistas romanas al considerar Roma haber logrado la unidad sometiendo todos los territorios que podían, sino que este ecumenismo del que tanto predicó Don Silverio era más bien el οἰκουμένη de los antiguos griegos, que así llamaban a la tierra habitada. El anhelo ecumenico es, precisamente, que la Iglesia sea la tierra, el hogar y la única morada de todos los que creemos en Cristo. Ese fue el deseo del Señor en su oración sacerdotal las horas previas a su Pasión afirmando: ''Padre este es mi deseo''; completando más adelante: ''que todos sean uno''. 
 
Recuerdo mi último saludo cuando le pregunté: ''Don Silverio, ¿qué tal por la Resurrección?'', y me respondió: ''Rodri, por la Resurrección es imposible estar mal, pues estar en la Resurrección es ya vivir mortalmente la esperanza de lo que habrá de venir''... He sentido mucho su muerte, la crueldad con la que la enfermedad hizo prisionero su alto y robusto cuerpo de antaño; lo mucho que habrá padecido también mentalmente viéndose morir con tantas cosas aún pendientes de concluir, no sin el permanente auxilio de su buen y leal escudero, Vicente (Tente). Quizás ya había sido grande el calvario, y por eso ha querido el Señor que la fiesta de las fiestas cuyo domingo da nombre a su Parroquia la celebre ya libre -como diría Santa Teresa- ''de estos destierros, esta cárcel, estos hierros en que el alma está metida''. 

A Don Silverio le gustaba decir que ''la muerte siempre nos sorprende y su visita jamás coincide con nuestra agenda''. Y añadía también algo más que demostraba su madurez para el final: ''todos aspiramos a transparecer y transcender'', comunicar a los demás que Cristo ha resucitado y confiar que algún día resucitaremos con Él. Toda la existencia de este buen sacerdote gijonés nacido en Langreo, ha sido esto: un canto pascual. En tí -D. Silverio- que apacentaste las ovejas del Señor, se hacen verdad las palabras de la liturgia exequial: ''No temas, hermano, Cristo murió por ti y en su resurrección fuiste salvado''.

D. E. P. 

No hay comentarios:

Publicar un comentario