domingo, 16 de junio de 2013

Dejarse mover por el amor

 
Jesús no es solamente un maestro, ni solamente un profeta. Jesús es el Hijo de Dios hecho hombre. En Él, en toda su figura, en sus palabras y en sus obras, nos sale al encuentro el amor de Dios; un amor siempre dispuesto a la misericordia y al perdón. San Pablo se dejó atraer por el amor de Cristo hasta el punto de decir: “Estoy crucificado con Cristo: vivo yo, pero no soy yo, es Cristo quien vive en mí”, “vivo de la fe en el Hijo de Dios, que me amó hasta entregarse por mí” (Ga 2, 20).
San Pablo describe de este modo la experiencia de la fe y del Bautismo. Por la fe, nos adherimos a Cristo y así Él vive en nosotros y nosotros en Él. En el Bautismo, explicaba Benedicto XVI a propósito de estas palabras de San Pablo, “se me quita el propio yo y es insertado en un nuevo sujeto más grande. Así, pues, está de nuevo mi yo, pero precisamente transformado, bruñido, abierto por la inserción en el otro, en el que adquiere su nuevo espacio de existencia” (15.IV.2006).
La existencia nueva que la adhesión a Cristo hace posible implica una lucha continua contra el pecado, que es lo único que nos puede separar de Él, y que, separándonos de Él, acorta las perspectivas de nuestra vida, nos reduce al horizonte estrecho de un yo egoísta.
El movimiento de conversión tiene como principal motor el amor a Dios. La mujer pecadora que va al encuentro de Jesús se deja mover por el amor. El relato de San Lucas abunda en verbos, que expresan las acciones que el amor suscita en aquella mujer: se entera de donde está Jesús, va a la casa de un fariseo con un frasco de perfume, se coloca junto a los pies del Señor, llora, riega los pies de Jesús con sus lágrimas, los enjuga con sus cabellos, los cubre de besos, los unge con el perfume… (cf Lc 7,36-8,3).
 
La mujer va más allá que el rey David. El profeta Natán, con sus palabras, pone a David ante su pecado: Había matado a Urías para quedarse con su mujer. Y, ante la consideración de la fealdad del pecado, David reconoce su culpa: “He pecado contra el Señor” (cf 2 S 12,7-10.13).
De algún modo, podemos ver reflejada en la conducta de la mujer y en la de David la actitud de la contrición, que es uno de los actos que integran el sacramento de la Penitencia. La contrición, nos dice el Concilio de Trento, es “un dolor del alma y una detestación del pecado cometido con la resolución de no volver a pecar”. Si es imperfecta; es decir, si nace del reconocimiento de la maldad del pecado o del temor a la condenación, no es suficiente para obtener el perdón, pero dispone a obtenerlo en el sacramento de la Penitencia.
En cambio, la contrición perfecta, que brota del amor de Dios amado sobre todas las cosas, perdona por sí misma las faltas veniales y también los pecados mortales, si comprende la firme resolución de recurrir tan pronto como sea posible a la confesión sacramental (cf Catecismo 1541-1543).

Podemos reconocer en la doctrina de la Iglesia la singular ecuación que formula Jesús: “sus muchos pecados están perdonados, porque tiene mucho amor: pero al que poco se le perdona, poco ama”. A quien mucho ama, mucho se le perdona; y al revés, a quien mucho se le perdona, mucho ama.
Cada uno de nosotros está llamado a verificar en la propia vida la relación que vincula amor y perdón. Vayamos, como la mujer pecadora, al encuentro de Jesús. Entremos en la casa donde Él mora. Esa casa ya no es la casa del fariseo, sino la Iglesia, cuyas puertas del perdón están siempre abiertas para cualquiera que vuelva del pecado. Como decía San Agustín, que tanto supo de amor y de perdón: “En esta Iglesia es donde revive el alma, que estaba muerta por los pecados, a fin de vivir con Cristo, cuya gracia nos ha salvado” (Sermo 214,11).
Guillermo Juan Morado.
 
 

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