martes, 30 de junio de 2026

Horario de Verano

 

Carta de Monseñor Luis J. Argüello, Presidente de la Conferencia Episcopal Española al Santo Padre León XIV

Prot. n.º 126 / 26

Madrid, 24 de junio de 2026

Querido Santo Padre:

Los miembros de la Comisión Permanente de la Conferencia Episcopal Española, reunidos en su sesión ordinaria del mes de junio y, haciéndonos eco del sentir de todos los Obispos de España, deseamos expresarle nuestro profundo agradecimiento por su reciente visita a España. Precisamente, mientras preparábamos esta carta, hemos recibido la de Vuestra Santidad dándonos las gracias por la acogida y todo lo vivido entre nosotros. La gratitud es nuestra. Su presencia entre nosotros, durante estos siete días, ha sido una verdadera gracia para nuestra Iglesia y un renovado impulso para su misión evangelizadora al servicio de los católicos españoles y de toda la sociedad.

Las Iglesias particulares de Madrid, Sant Feliu de Llobregat, Barcelona, Canarias y San Cristóbal de La Laguna han tenido la alegría de mostrarle el rostro vivo de la Iglesia en España: una Iglesia que desea servir humildemente al anuncio del Reino de Dios, a la celebración del misterio de la fe y al ejercicio de la caridad, especialmente hacia los más pobres, vulnerables y necesitados.

Sus palabras y sus gestos han puesto de manifiesto que la Iglesia está llamada a caminar con todos y a dialogar con todos. Políticos, empresarios, trabajadores, migrantes, personas empobrecidas, representantes del mundo de la cultura, del deporte y de las artes, junto con los cientos de miles de fieles que han participado en las vigilias y celebraciones eucarísticas, han podido experimentar la cercanía de un Pastor que comparte las esperanzas y las heridas de los hombres y mujeres de nuestro tiempo.

Más aún, hemos percibido que no se trataba solamente de dirigir una palabra a todos, sino de tener una palabra para cada uno. Vuestra Santidad ha escuchado a nuestro pueblo, lo ha abrazado y bendecido, y ha despertado en tantos corazones una esperanza renovada, recordándonos que la dignidad humana nunca pierde su valor y que el bien común constituye una tarea que compromete a todos.

En sus intervenciones hemos encontrado una palabra serena y firme, capaz de alentar y sostener nuestra misión en este momento de la historia. Nos ha exhortado a alzar la mirada, a no dejarnos vencer por el miedo, a ser discípulos misioneros y a acompañar a nuestros hermanos en el descubrimiento de la belleza del Evangelio. Nos ha recordado también que la Iglesia no puede replegarse sobre sí misma, sino que está llamada a compartir las esperanzas y las heridas de la humanidad y a ofrecer a todos la luz de Cristo. También ha insistido repetidamente en la dignidad inviolable de toda persona, la necesidad de superar la polarización, la vocación de España como «tierra de encuentro, de cultura, de solidaridad y de esperanza» y la llamada a que la Iglesia «camine con la humanidad, compartiendo sus esperanzas y sus heridas».

Con particular gratitud acogemos la llamada que nos dirigió a ser constructores de encuentro y de reconciliación, en una sociedad frecuentemente marcada por la polarización y el enfrentamiento. Sus palabras nos han confirmado en la convicción de que la pluralidad nunca debe convertirse en descalificación del adversario y de que el servicio al bien común exige reconocer siempre la dignidad inviolable de toda persona humana. Así, como Vuestra Santidad mismo nos pidió, queremos contribuir a dar una orientación nueva a nuestra sociedad, siendo juntos sal de la tierra y luz del mundo (cf. Mt 5, 13-16), y ayudando a que España siga siendo tierra de encuentro, de cultura, de solidaridad y de esperanza.

Durante nuestra reunión de la Comisión Permanente hemos recibido el testimonio y la valoración del impacto que su presencia y sus enseñanzas han suscitado en las diócesis de Madrid, Sant Feliu de Llobregat, Barcelona, Canarias y San Cristóbal de La Laguna. El sentir común es que hemos sido agraciados con una abundante siembra de esperanza y que corresponde ahora a toda la Iglesia en España, sostenida por la gracia de Dios, hacer que esa semilla produzca frutos abundantes de fe, comunión y caridad.

Acogemos con gratitud la confianza que ha depositado en nosotros y el camino que nos señala. Cuente siempre con el empeño de la Iglesia en España para anunciar a los hombres y mujeres de nuestro tiempo la alegría del Evangelio y para servir, con renovado ardor, a la dignidad de cada persona y al bien de toda la familia humana.

No queremos dejar de manifestar, asimismo, nuestro agradecimiento a todos sus colaboradores de la Santa Sede que han hecho posible la organización de la visita, han velado por la seguridad de Vuestra Santidad y han trabajado por el buen desarrollo de cada uno de los actos.

Que el Señor le conceda abundantes dones y que la Santísima Virgen María lo sostenga siempre en la misión que le ha sido confiada.

Con afecto filial, le aseguramos nuestra comunión con el ministerio petrino y nuestras oraciones por su persona y sus intenciones.

✠ Luis J. Argüello García
Arzobispo de Valladolid
Presidente de la Conferencia Episcopal Española

A Su Santidad el Papa León XIV
Ciudad del Vaticano

lunes, 29 de junio de 2026

Cómo realizar la entronización del Sagrado Corazón de Jesús en el hogar católico

(NCRegister/InfoCatólica) Molly Farinholt y su esposo afrontaban la sexta mudanza en cinco años, con dos hijos pequeños, cuando sufrieron la pérdida de un bebé. Fue entonces cuando el matrimonio decidió consagrarse a sí mismos, su nuevo hogar y su familia al Sagrado Corazón de Jesús.

«El Señor nos llevó a ese punto de necesitar una mayor confianza en Él y de ser conscientes de que necesitábamos apoyarnos más en Él y en la devoción al Sagrado Corazón», relató Farinholt. «Parecía lo más adecuado para suscitar esa mayor confianza y devoción hacia Él».

Los Farinholt practicaron una tradición llamada entronización del Sagrado Corazón. Esta práctica, muy popular en las décadas de 1940 y 1950, fue formalizada por el padre Mateo Crawley-Boevey en 1907. Una persona, un matrimonio o una familia pueden consagrar su casa, su apartamento o incluso una habitación al Sagrado Corazón colocando una imagen suya en un lugar destacado.
Cómo practicar esta devoción

Hay varias maneras de vivir esta devoción durante el mes del Sagrado Corazón o en cualquier momento del año. La imagen del Sagrado Corazón puede acompañarse, sobre una mesa o espacio de oración reservado para ello, de una Biblia, un rosario, flores y velas.

Tradicionalmente, los católicos recibían a un sacerdote para que celebrara una Misa en el hogar ese día y entronizara la imagen del Sagrado Corazón. Sin embargo, Emily Jaminet, directora ejecutiva nacional de la Sacred Heart Enthronement Network —organización de alcance global que busca difundir esta práctica—, señaló que la Misa no es del todo necesaria.

«Antiguamente era muy frecuente, en los años cuarenta, que hubiera una Misa en casa. Era algo muy solemne y reverente. Hoy las Misas en los hogares son cada vez menos comunes», explicó Jaminet. «Mi hermano es sacerdote católico y me dijo: ‹Emily, no puedes decirles a los católicos que, para recibir el amor de Cristo, tienen que tener a un sacerdote presente en su casa›. Creo que fue un consejo muy sabio, y fue confirmado por nuestro obispo, Earl Fernandes».

Quizá el sacerdote pueda acudir igualmente, o bien un diácono, o el padre o cabeza de familia puede dirigir las oraciones, valiéndose de las guías de oración disponibles para la entronización.
Testimonios de paz y gracias recibidas

Farinholt afirmó que su familia encontró consuelo en la entronización y en las doce promesas de Cristo asociadas a esta devoción, en medio de algunas de sus pruebas más difíciles.

«Cuando hicimos la consagración, estábamos en un período de transición y agitación, con la mudanza y la pérdida del bebé», recordó. «Sentimos oleadas de paz a través de todo aquello. Ahora, dos años después, podemos mirar atrás y ver que Él ciertamente estableció mucha paz en nuestra familia».

Lisa Pellegrini, empresaria, esposa de un agricultor y madre de nueve hijos que educa en casa, contó que su familia también recoge los frutos de la consagración al Sagrado Corazón. Los Pellegrini conocieron la entronización por un amigo de la familia que es sacerdote.

«Simplemente nos dijo: ‹¿Saben qué? Creo que su familia debería consagrarse al Sagrado Corazón de Jesús›», relató Pellegrini. «Creo que él intuía que esto nos fortalecería». Según contó, las gracias recibidas con la entronización han acercado a toda su familia a Cristo. Juntos acuden a Misa diaria y llevan un estilo de vida «monástico». «Definitivamente nos ha dado las gracias que nos ayudan a perseverar en este estilo de vida exigente», aseguró.

María Troutman, esposa y madre de cuatro hijos de 33 años, dijo que la entronización del Sagrado Corazón ha sido un recordatorio diario del reinado de Cristo sobre su familia. «Ha habido muchas ocasiones en los últimos seis años en que hemos sido probados por cruces pesadas; y, sin embargo, nunca hemos olvidado que el Rey del Universo reina aquí y que nos ama», afirmó.

Troutman animó a quienes lo estén considerando a no dejar pasar la oportunidad: «Si sientes el impulso de entronizar el Sagrado Corazón, hazlo. Recuerda que, si buscamos a Dios, es solo porque Él nos ha buscado primero. ¡No tengáis miedo!».

Homilía del Santo Padre León XIV en la Solemnidad de los Santos Pedro y Pablo

Queridos hermanos y hermanas:

Hoy, en una única solemnidad, conmemoramos a los santos Pedro y Pablo, patronos de la ciudad y de la diócesis de Roma: elegidos por Jesús, uno como pastor de su rebaño y el otro como apóstol de los gentiles. En ellos veneramos a dos pilares de la Iglesia.

Pedro, custodio del Pueblo de Dios, aparece en numerosas ocasiones en el Nuevo Testamento comprometido con la preservación de la comunión entre los hermanos. Es él quien, en el lago de Galilea, tras una noche de trabajo aparentemente inútil, le dice al Maestro: «no hemos recogido nada; pero, por tu palabra, echaré las redes» (Lc 5,5), y se vuelve al mar llevándose también a los demás consigo. Es también él quien, mientras muchos se alejan del Señor tras el duro discurso sobre el Pan de vida, le dice al Mesías: «¿a quién vamos a acudir? Tú tienes palabras de vida eterna» (Jn 6,68), y permanece, junto con los otros once. Es aún él quien, en Cesarea, reconoce en Jesús al Hijo de Dios y se hace portavoz de todos en la profesión de la única fe, como hemos escuchado en el Evangelio (cf. Mt 16,13-19). Además, después de la Resurrección, a orillas del lago, es el primero en llegar hasta Cristo, lanzándose al agua y adelantándose a los demás, nadando, para renovar humildemente su amor y recibir la confirmación de su misión (cf. Jn 21,1-17).

Pedro se mantiene fiel a esa misión, incluso cuando, por ejemplo, en Jerusalén, la cuestión de la admisión al bautismo de los paganos no circuncidados amenaza con dividir a la comunidad. Reúne a los hermanos, los escucha y, al final, guiado por el Espíritu Santo, toma la decisión, preservando la comunión e inaugurando una nueva etapa para todo el Pueblo de Dios: «creemos —afirma—que lo mismo ellos que nosotros nos salvamos por la gracia del Señor Jesús» (Hch 15,11).

Esta grandeza de espíritu no significa que Pedro sea perfecto. Durante la Pasión, niega al Maestro, para luego derramar lágrimas sinceras de arrepentimiento (cf. Lc 22,54-62); y el propio Pablo, en otra ocasión, le reprocha la incoherencia de algunas de sus actitudes (cf. Ga 2,11-14). No obstante, sabe reconocer sus propios errores y arrepentirse, sin desanimarse y sin dejar de cumplir con la misión de anunciar el Evangelio y reunir al rebaño de Cristo, hasta el martirio, que sufre precisamente aquí, en Roma, no muy lejos del lugar en el que nos encontramos.

Esta fiel y paciente preocupación por la unidad queda bien expresada en el símbolo de las llaves, con el que a menudo lo identificamos (cf. Mt 16,19). Una llave no es para derribar las puertas, sino para abrirlas y cerrarlas, buscando en su interior las manivelas adecuadas y acompañando sus movimientos, para deshacer los bloqueos, deslizar las clavijas, y que las hojas giren libremente sobre sus bisagras, uniendo los espacios y convirtiendo tantas habitaciones aisladas en una única casa acogedora. Del mismo modo, la comunión, en la Iglesia, no se construye endureciéndose en las propias posiciones, sino buscando, en los corazones de todos, los puntos de encuentro en la Verdad, a cuya única luz todos se convierten en instrumentos de crecimiento para los demás.

Desde esta perspectiva podríamos interpretar la misión que el Señor confió a Pedro y a sus sucesores, en beneficio de todo el Pueblo santo de Dios: escuchar, con su ayuda, las voces de cada uno; discernir las inspiraciones; guiar los caminos; corregir los errores; instruir, animar, exhortar y acompañar a los hermanos para que, dóciles a la acción del mismo Espíritu (cf. 1 Co 12,1-11), cooperen en la salvación unos de otros y de toda la humanidad. Pero el ejemplo de Pedro es también una invitación para que cada cristiano se convierta en artífice de la unidad, poniendo a Dios en el centro de su existencia y acercándose a los hermanos, atento a sus vicisitudes y a sus necesidades (cf. Francisco, Catequesis, 9 octubre 2024), para vivir con ellos en la caridad y así “llevar a cabo el anuncio del Evangelio” (cf. 2 Tm 4,17).

Esta es también la enseñanza de Pablo, el otro gran apóstol al que celebramos hoy, incansable anunciador de la Buena Nueva. Él también tiene sus símbolos distintivos: el libro y la espada, estrechamente unidos entre sí. El autor de la Epístola a los Hebreos, lo explica bien cuando escribe que, «la palabra de Dios es viva y eficaz, más tajante que espada de doble filo», capaz de penetrar «hasta el punto donde se dividen alma y espíritu» y de discernir «los deseos e intenciones del corazón» (Hb 4,12).

Es lo que Dios obró en el corazón del joven Saulo, conquistándolo (cf. Flp 3,12) y llevándolo primero a convertirse al Evangelio, adoptando un nuevo nombre; luego, a anunciarlo por todo el mundo; y, por último, a testimoniarlo como Pedro, en esta misma ciudad, hasta el punto de entregar su vida. El Apóstol de los gentiles se dejó transformar por el poder de la Palabra de Dios, que lo alejó de la violencia para conducirlo por el camino del amor.

San Agustín, al comentar su conversión y su misión, decía: “Cuando iba de camino a Damasco y bufaba amenazas y muerte, lo llamó la voz celeste (cf. Hch 9,1-7), lo abatió la Palabra” (cf. Sermón 299/A aum., 6). Y añadía: «Hizo predicador de la paz al perseguidor de la Iglesia, perdonó todos sus pecados, lo puso en un puesto tal, que por medio de su persona quedasen perdonados los de los otros» (ibíd.).

Queridos hermanos, hoy es importante fijarnos en estos dos santos —Pedro y Pablo— para comprender cómo podemos ser, también nosotros como ellos, apóstoles y artífices de la unidad, servidores generosos de la verdad en la caridad. Es precisamente con este espíritu con el que nos disponemos a celebrar el antiguo y evocador rito de la entrega de los palios a los arzobispos metropolitanos. Esta banda de lana blanca adornada con cruces expresa el compromiso de todo pastor —pero también el de todo cristiano— de llevar sobre sus hombros a los hermanos y hermanas que le han sido confiados, como auténticos corderos del rebaño del Señor, y de sacrificar por ellos energías, tiempo, esfuerzo e incluso la vida, para que el Evangelio llegue a todos y el mundo entero encuentre en él armonía y concordia (cf. Const. past. Gaudium et spes, 38).

Con estos sentimientos, me complazco en dirigir mi cordial saludo a los miembros de la Delegación del Patriarcado Ecuménico de Constantinopla, enviada por nuestro muy querido hermano Su Santidad Bartolomé y encabezada por Su Eminencia Emmanuel, metropolitano de Calcedonia.

Roguemos a los santos Pedro y Pablo para que nos sostengan en el camino de la comunión, siguiendo las huellas del Salvador. Es el camino que Él nos ha marcado, aquello por lo que oró al Padre en la Última Cena (cf. Jn 17,21-23), la meta que nos ha enseñado a anhelar con esperanza confiada (cf. Benedicto XVI, Homilía en la Misa con imposición del palio a los nuevos metropolitanos, 29 junio 2012).

domingo, 28 de junio de 2026

"El que os recibe... me recibe". Por Joaquín Manuel Serrano Vila


Estamos en el Domingo XIII del Tiempo Ordinario; el núcleo del mensaje evangélico de hoy nos sitúa ante la radicalidad del seguimiento de Jesús y el misterio de la hospitalidad divina, donde cada pequeño acto de acogida transforma nuestra realidad temporal en una promesa de eternidad. Las lecturas de este domingo —el pasaje del segundo libro de los Reyes, la teología bautismal de san Pablo a los Romanos y la culminación del discurso misionero en san Mateo— entrelazan dos hilos conductores fundamentales: la exigencia absoluta del amor a Cristo y la maravillosa recompensa de la acogida espiritual.

En la primera lectura, se contempla una hermosa página sobre la hospitalidad en el antiguo Oriente Medio. Una mujer de Sunem, descrita como una persona influyente y de fe profunda, percibe de manera intuitiva que el profeta Eliseo es un "hombre santo de Dios". Su reacción no es la indiferencia ni una generosidad superficial: decide construirle una habitación en la terraza, equipándola con lo necesario para su descanso. Esta mujer no buscaba un milagro ni actuaba por interés. No obstante, la verdadera hospitalidad nunca queda sin fruto ante los ojos del Creador. Al acoger al profeta, la esterilidad de su hogar se transforma en vida: "El año próximo, por esta época, tú estarás abrazando un hijo"... Esta transformación física simboliza lo que sucede en el alma cuando se da espacio a lo sagrado: las áreas estériles y vacías del corazón comienzan a florecer con una vida nueva.

Para comprender la exigencia que Jesús plantea en el Evangelio, resulta indispensable meditar primero en las palabras de san Pablo en su Carta a los Romanos. El Apóstol recuerda el fundamento de la identidad cristiana: el bautismo. Sostiene que ser bautizado implica haber sido sepultado con Cristo en su muerte, para poder caminar de la misma manera en una vida nueva. El cristiano no vive bajo la lógica del egoísmo ni de los apegos mundanos, dado que ha muerto al pecado. Si nuestra existencia antigua ha sido crucificada con Él, nuestra cotidianidad actual debe reflejar la libertad del Resucitado. Esta "vida nueva" proporciona la fuerza espiritual necesaria para asumir las demandas radicales del discipulado, permitiendo entender que perder la vida por Cristo no constituye una derrota, sino el único camino certero para encontrarla.

El pasaje evangélico de san Mateo nos sitúa ante afirmaciones solemnes y determinantes del Señor: "El que quiere a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí". Jesús no busca destruir los vínculos familiares ni abolir el cuarto mandamiento. Su intención es ordenar los afectos humanos bajo la primacía del amor divino. Cuando Dios ocupa el centro de la existencia, las relaciones humanas no se debilitan; al contrario, se purifican y se fortalecen con el amor caritativo. El error radica en convertir los lazos afectivos o la seguridad material en ídolos que impidan responder con prontitud al llamado del Evangelio. Inmediatamente después, el Maestro añade: "El que no carga con su cruz y me sigue, no es digno de mí". En la antigüedad romana, cargar la cruz significaba el camino hacia la ejecución, una entrega total sin retorno. Para el discípulo, la cruz representa asumir las consecuencias de la fidelidad a la verdad, aceptar el sufrimiento por amor y desgastar la vida en el servicio diario. La paradoja del Reino se manifiesta plenamente aquí: quien intenta retener su vida egoístamente, la destruye; pero quien la entrega por Cristo, la conserva para siempre. La sección final del Evangelio conecta de forma directa con la hospitalidad de la primera lectura. Jesús afirma una verdad eclesiológica fundamental: "El que os recibe a vosotros, me recibe a mí". Los ministros, los misioneros y los hermanos más pequeños de la comunidad cristiana son portadores de la presencia viva del Señor. Cristo se hace tan accesible que asegura una recompensa eterna incluso para los gestos más sencillos: "El que dé a beber, aunque no sea más que un vaso de agua fresca, a uno de estos pequeños... no perderá su recompensa". En un mundo marcado por la prisa y la indiferencia, un vaso de agua fresca puede traducirse hoy en las obras de misericordia en medio de un mundo inmisericorde.

Evangelio Domingo XIII del Tiempo Ordinario

Lectura del santo evangelio según san Mateo 10, 37-42

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus apóstoles:
«El que quiere a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí; el que quiere a su hijo o a su hija más que a mí, no es digno de mí; y el que no carga con su cruz y me sigue, no es digno de mí.

El que encuentre su vida la perderá, y el que pierda su vida por mí, la encontrará. El que os recibe a vosotros, me recibe a mí, y el que me recibe, recibe al que me ha enviado; el que recibe a un profeta porque es profeta, tendrá recompensa de profeta; y el que recibe a un justo porque es justo, tendrá recompensa de justo.

El que dé a beber, aunque no sea más que un vaso de agua fresca, a uno de estos pequeños, solo porque es mi discípulo, en verdad os digo que no perderá su recompensa».

Palabra del Señor 

Una magnífica humanidad con corazón. Por Monseñor Fray Jesús Sanz Montes O. F. M.

Estamos ante un nuevo reto que puja con toda su fuerza para hacerse con la preponderancia de una poderosa arma moderna: la inteligencia artificial (IA). Está en curso una batalla comercial en el control por el poder, ante el pulso por las distintas aplicaciones de la IA entre el poderoso mercado norteamericano y el emergente mercado chino, con su consecuencia en la bolsa internacional y sus importantes altibajos. La Santa Sede publicó hace meses una instrucción (Antiqua et nova) sobre esta herramienta ambivalente, y reconociendo los desafíos y oportunidades del saber científico y tecnológico, se debería acertar en el uso razonable al servicio del bien humano y su dignidad. Aparecen como un desafío las cuestiones antropológicas y éticas planteadas por la IA, puesto que uno de los objetivos de esta tecnología es el de imitar la inteligencia humana que la ha diseñado. Se trata, pues, de una “imitación” que pone en juego toda la potencialidad de los algoritmos, con su inmensa combinación de datos, donde una máquina nos puede suplir supuestamente por su rapidez y competencia, pero carece de lo más decisivamente humano: el corazón. Inteligencia significa “leer por dentro”, y esto no lo hace la máquina, aunque emule la capacidad humana de pensar, relacionar y decidir.

Es lo que el papa León XIV ha querido abordar en su encíclica Magnífica humanitas, invitándonos a alzar la mirada, como ha hecho en su reciente viaje apostólico en España. Porque, como dice él en las primeras líneas de la encíclica, «la magnífica humanidad que Dios ha creado se encuentra hoy ante una elección decisiva: levantar una nueva torre de Babel o edificar la ciudad donde Dios y la humanidad habiten juntos. Cada generación recibe como herencia la tarea de dar forma a su propio tiempo: hacer madurar la historia como un lugar donde se proteja la dignidad de cada persona, se promueva la justicia y se haga posible la fraternidad. Pero en cada época se cierne el riesgo de construir un mundo inhumano y más injusto. Allí donde la humanidad corre el peligro de perder su rostro, nosotros, los cristianos, alzamos los ojos hacia el Dios que se hizo carne, sabiendo que “el misterio del hombre sólo se esclarece en el misterio del Verbo encarnado”. En Jesucristo, esta magnífica humanidad encuentra el camino, la verdad y la vida, abriendo a cada uno de nosotros la vía para crecer hacia la plenitud» (n. 1).

Por eso, bienvenida esa herramienta de la IA que bien usada nos reporta tantos avances en el campo científico y social (medicina, artes, retos actuales, etc.), pero debemos reconocer que sus capacidades computacionales representan sólo una parte de las posibilidades de la mente humana, sin poder realizar el discernimiento moral o la capacidad de relaciones auténticas. Dado que la IA no tiene «la apertura del corazón humano a la verdad y al bien, sus capacidades, aunque parezcan infinitas, son incomparables con las capacidades humanas de captar la realidad. Se puede aprender tanto de una enfermedad, como de un abrazo de reconciliación e incluso de una simple puesta de sol. Tantas cosas que experimentamos como seres humanos nos abren nuevos horizontes y nos ofrecen la posibilidad de alcanzar una nueva sabiduría. Ningún dispositivo, que sólo funciona con datos, puede estar a la altura de estas y otras tantas experiencias presentes en nuestras vidas» (Antiqua et nova, 32-33). Y es que, Dios no nos hizo máquinas, sino tan a su imagen que nuestra semejanza se le parece en lo más hermoso: el corazón. Esto es lo que nos jugamos en el buen uso de la tecnología que vela por la dignidad de la persona, su libertad, junto a la justicia y la paz entre los pueblos, tal y como nos ha soñado nuestro Creador. Alcemos la mirada con lo mejor de nuestra inteligencia y con el ardor de nuestro corazón sin construir una torre de Babel, sino edificando la soñada y prometida Ciudad de Dios.

+ Fr. Jesús Sanz Montes, ofm
Arzobispo de Oviedo

sábado, 27 de junio de 2026

Santa Rita y las abejas. Por Guillermo Juan Morado

(La Puerta de Damasco) Las abejas son unos insectos muy singulares, productores de cera y de miel. En sentido figurado, se le llama “abeja” a una persona laboriosa y previsora. El gran poeta romano Virgilio (70-19 a.C.), de origen campesino, crecido entre los bosques y los árboles, formado entre trabajadores, en una Lombardía húmeda y brumosa, mantiene a lo largo de su vida el apego a la vida sencilla, a los pequeños placeres y a los animales, cultivando una simpatía que extiende a toda la naturaleza. Desde el año 54 estudió elocuencia en Roma y se interesó por la filosofía y por la poesía. A partir de un determinado momento, vivirá asiduamente en la Campania, donde compone, entre el 37 y el 30, un poema acerca del cultivo de la tierra, las “Geórgicas”, antes de dedicarse durante unos 10 años a escribir la “Eneida”. El cuarto canto de las “Geórgicas” versa sobre la apicultura, tema de enorme importancia, pues la miel – “rocío del aire y don del cielo” – se usaba, sobre todo, para endulzar.

En otra región de lo que hoy es Italia, en la Umbría, en la pequeña aldea de Roccaporena, nació hacia 1371 – es imposible precisar con exactitud las fechas de su biografía, que son todas aproximativas - Margarita Lotti, llamada en diminutivo “Rita”, en una familia de campesinos y ganaderos. Sus padres procuran para ella una buena educación en la vecina Casia, donde la instrucción está a cargo de los religiosos agustinos. En ese contexto, madura la devoción de Rita por san Agustín, san Juan Bautista y san Nicolás de Tolentino, a quienes venera como santos protectores. En torno a 1385, se casa con Paolo di Ferdinando di Mancino, con quien tiene dos hijos: Giangiacomo y Paolo María. Es una época de enfrentamientos entre facciones y familias. A consecuencia de ello, su esposo es asesinado y, algo después, también mueren, de enfermedad, sus dos hijos. A los 36 años, más o menos, Rita solicita el ingreso en el monasterio de las monjas agustinas de Casia y, finalmente, es admitida. Entre los símbolos que están presentes en la iconografía de santa Rita, destacan tres: la espina o estigma en la frente, las rosas y las abejas.

El estigma, la herida de la corona de espinas, lo recibe hacia 1432 y persiste durante unos 15 años, hasta su muerte. Se trata de la respuesta divina a la petición de Rita, inmersa en la contemplación de Cristo, de participar más plenamente en el misterio de su Pasión. Las flores son otra señal que la acompaña. En el invierno que precede a su muerte, le pide a una prima suya que ha venido a visitarla desde Roccaporena que le traiga dos higos y una rosa del huerto de la casa paterna. La mujer cree que es un delirio provocado por la enfermedad, pero, cuando vuelve a su casa, encuentra, estupefacta, los higos y la rosa y los lleva a Casia. Rita ve en esos signos la confirmación de que su esposo y sus hijos habían sido acogidos por la misericordia de Dios. La santa expira en la noche del 21 al 22 de mayo alrededor de 1447. Su cuerpo incorrupto, nunca sepultado, es custodiado por una urna de cristal. A pesar de las dificultades que atravesó a lo largo de su vida, Rita supo florecer como las rosas.

Y nos quedan las abejas. Se cuenta que cuando Rita era una bebé, mientras dormía en una cesta, abejas blancas se agrupaban sobre su boca, depositando en ella la miel sin hacerle daño y sin que la niña llorase para alertar a sus padres. Uno de los campesinos, viendo lo que ocurría, trató de dispersar las abejas con su brazo herido. Su brazo se curó inmediatamente. Después de casi 200 años de la muerte de santa Rita, las abejas blancas surgían de las paredes del monasterio de Casia durante la Semana Santa de cada año y permanecían hasta la fiesta de santa Rita, el 22 de mayo, cuando retornaban a la inactividad hasta el año siguiente. El papa Urbano VIII (1568-1644), nacido con el nombre de Maffeo Barberini, en cuyo escudo de armas figuran tres abejas de oro, como se puede ver en el baldaquino de Bernini en la basílica de san Pedro del Vaticano, al oír lo de las famosas abejas de Casia, pidió que le llevaran una de ellas a Roma. La examinó cuidadosamente, le ató un hilo de seda y la dejó libre. Esta se descubrió más tarde, en su nido del monasterio de Casia, a 138 kilómetros de distancia. Urbano VIII beatificó a Rita el 16 de julio de 1627. Fue canonizada el 24 de mayo de 1900.

Así son las abejas, que fascinaron a Virgilio y que simpatizaron con santa Rita. Aseguran que los huecos en la pared del monasterio de Casia, donde las abejas permanecen ocultas casi todo el año, pueden ser vistos por los peregrinos que allí se acercan. Si Virgilio hubiese nacido un par de siglos después de santa Rita, quizá hubiera añadido algunos versos al cuarto canto de las “Geórgicas”.

Entrevista al Sr. Arzobispo en El Debate

 

viernes, 26 de junio de 2026

La gesta de Pelayo, el niño mártir. Por María Fidalgo Casares

(El Debate) El nombre Pelayo procede del latino Pelagius y está estrechamente ligado a la figura del rey Pelayo, quien encabezó la resistencia frente a la invasión musulmana en el siglo VIII. Desde entonces, el nombre ha quedado impregnado de un aura de valentía, defensa y espíritu guerrero en la historia de España.

Hoy en ciertos sectores se observa una tendencia creciente hacia la recuperación de aquellos nombres españoles que atesoran un trasfondo histórico y cultural. Entre las niñas, los medievales Jimena, Mencía, Inés o Blanca; y entre ellos Álvaro, Enrique, Hernán y, sobre todo, Pelayo, que ha experimentado un resurgimiento notable en las últimas décadas. Tanto que, en España, así se llaman cerca de 4000 personas y su edad media ronda los veinte años. Este patrón demográfico revela que el nombre de Pelayo vive una renovada popularidad en este siglo y encuentra mayor presencia en Asturias, Castilla, León y Madrid, lo que refuerza el vínculo con el norte peninsular y con la herencia histórica que lo acompaña.

Lo que pocos conocen —incluso posiblemente muchos de sus portadores— es que su uso como nombre no se debe al legendario monarca, primer rey de aquella diminuta España cristiana, sino a un santito gallego. El héroe de Covadonga nunca fue canonizado y solo gracias a este niño santo el nombre de Pelayo puede imponerse en los bautizos.

La batalla de Valdejunquera y el origen del cautiverio

Todo comenzó con la batalla de Valdejunquera, que enfrentó en el año 920 a los tres monarcas más poderosos de la península ibérica: Sancho I Garcés, rey de Pamplona, y Ordoño II, rey de León, contra Abderramán III de Córdoba.

Durante los años previos, los reinos de León y Pamplona habían realizado incursiones exitosas en territorios de al-Ándalus, y Abderramán III decidió liderar personalmente una campaña de castigo. Según las crónicas islámicas, arengó a sus tropas en la mezquita de Córdoba, llamando a la guerra santa contra los «infieles del norte». Quería humillar a los reinos cristianos y recuperar las plazas perdidas.

La batalla tuvo como escenario el valle de Guesalaz, entre los concejos navarros de Muez y Arguiñano. Abderramán venció causando una gran mortandad, y los reyes huyeron amparados por los montes. A la derrota siguieron tres días de saqueo y destrucción de pueblos y cosechas de los valles, y los musulmanes volvieron a Córdoba portando orgullosos una montaña de cientos de cabezas cristianas y un contingente de prisioneros, elegidos entre los de apariencia más notable para poder pedir rescate por ellos.

Entre los trasladados a Córdoba se encontraba Hermogio, obispo de Tuy, y su pequeño sobrino Pelayo. Las fuentes relatan que el obispo consiguió que se le permitiera regresar a territorio cristiano para poder reunir el rescate exigido, y dejó al niño como rehén.

Infancia de Pelayo y su formación religiosa

La vida de Pelayo podría haber sepultada en el olvido, pero dos obras de distinto origen recogieron su historia. Una hispana, por parte del presbítero Raguel, y la más sorprendente, la de la monja benedictina alemana Hroswitha de Gandersheim. una de las figuras más fascinantes de la literatura medieval. Fue una de las primeras escritoras en latín del Medioevo y en un periodo en el que las mujeres rara vez tenían voz en la cultura escrita, destacó por su erudición y por dedicarla, entre otras obras, a recoger la vida de Pelayo a miles de kilómetros del entorno del niño.

Pelayo, o Payo, había nacido hacia el año 911 en el municipio pontevedrés de Creciente, en el Reino de Galicia. Probablemente huérfano, creció en la órbita de la Iglesia y su tutor fue su tío Hermogio (o Hermigio), obispo de Tuy. Desde niño, Pelayo fue educado en un ambiente de profunda religiosidad, combinando la disciplina monástica con el aprendizaje de la liturgia, lo que desarrolló en él una temprana interiorización de la fe cristiana.

Cuando lo capturan tras la derrota de Valdejunquera tenía entonces unos diez años, pero su edad no le protegió y fue una moneda de cambio más en la diplomacia fronteriza. Su cautiverio, en un principio temporal, se convirtió en una condena prolongada: por razones desconocidas, el rescate nunca llegó a pagarse y Pelayo permaneció en la cárcel de Córdoba casi cuatro años. Muchos cautivos cristianos en al-Ándalus eran empleados como sirvientes, soldados o incluso en la administración, y sufrían condiciones duras. La tradición no narró cómo pasó su encierro, pero sí su crecimiento espiritual: era un niño que, en la oscuridad de la prisión, maduró su fe.
El encuentro con Abderramán III y el martirio

Pelayo había llegado a Córdoba siendo un niño, y su belleza aumentó al acercárse a la adolescencia, lo que llegó a oídos de Abderramán III. El soberano, con intenciones pedófilas, quiso verlo e impresionado quiso tener relaciones físicas con él, pero para su disfrute quería que fueran consentidas. Intentó atraerlo con promesas de libertad, riquezas y honores si además renegaba de su fe y abrazaba el Islam.

Pelayo no solo rechazó la propuesta, sino que llegó a ofender al monarca y a su religión. El rehén, sin poder ni recursos, se enfrentaba al gobernante más poderoso de la Península y eligió la castidad y la fidelidad a Cristo por encima de su propia vida.

Tras el rechazo, Abderramán entró en cólera y ordenó que fuera torturado hasta conseguir sus deseos, junto a un doloroso proceso de humillaciones y presiones para que también abjurara de su fe. Como no cedió, se culminó con su condena.

Las fuentes describen dos versiones de su ejecución el 26 de junio del 925: una, que fue atado al «caballo de hierro» y torturado prolongadamente, descuartizándolo con unas tenazas; la otra, que fue colgado de una horca y desmembrado. En ambos casos, sus restos fueron arrojados al Guadalquivir. Los cristianos de Córdoba los recogieron y sepultaron en el templo de San Gines.

Tenía trece años y murió con serenidad, proclamando su amor a Cristo hasta el final. Desde el punto de vista histórico, su ejecución encaja en un contexto real en el que la apostasía o la resistencia a la autoridad podían ser castigadas con la muerte, El relato cristiano convirtió ese hecho en un símbolo: un adolescente que prefiere permanecer casto y perder la vida antes que ceder a la presión dominante. Su memoria se consolidó rápidamente en las comunidades cristianas del norte, que vieron en él un modelo de virtud juvenil.

Las fuentes: Raguel, Hroswitha

La figura del joven mártir pronto trascendió a ámbitos insospechados, muy lejanos geográficamente. Las dos fuentes sobre su vida, una hispana y la otra en el entorno del Sacro Imperio, tienen una gran verosimilitud por el hecho incontestable de que se escribieron muy poco después del asesinato de Pelayo.

Una, la Passio sancti Pelagii, fue redactada por el presbítero Raguel, probablemente cordobés. Junto a los datos biográficos, lo presenta como un prisionero firme en la fe y en la castidad, que soporta la dureza de la cárcel sin renegar de Cristo. De forma independiente, la monja Hroswitha de Gandersheim compuso una versión de su historia, integrando a Pelayo en un repertorio de ejemplos para las comunidades religiosas femeninas.

A partir de estas obras, la Edad Media edificó una biografía que fijó los grandes hitos de su vida: origen gallego, parentesco con un obispo, cautiverio en Córdoba, encuentro con el califa, negativa a apostatar y martirio. La hagiografía fijó su breve vida, aunque breve, en la memoria cristiana como la de un adolescente mártir que, en el corazón del que sería el califato más brillante de Occidente, eligió a su Dios por encima de la supervivencia.

La Iglesia fijó su festividad el 26 de junio, fecha de su martirio, y su culto se extendió por Galicia, León, Castilla y otros territorios cristianos. Iglesias, monasterios y parroquias tomaron su nombre. En Galicia, la advocación de San Paio se hizo frecuente, y en León y Oviedo su figura se integró en el calendario litúrgico. La versión de Hroswitha contribuyó a que su nombre circulara también en ámbitos monásticos del Sacro Imperio, alcanzando una dimensión europea.

Las reliquias: de Córdoba a León y de León a Oviedo

En esta época de confrontación religiosa, las reliquias eran símbolos de reafirmación de la fe. La historia de Pelayo no termina con su muerte. Sus restos se convirtieron en objeto de veneración. Su leyenda fue creciendo y, por gestiones de la monja Elvira, hermana del rey Sancho el Craso de León, en 967 se consiguieron trasladar los restos del niño mártir a León para darle sepultura en territorio cristiano.

Ante la amenaza del avance de Almanzor a finales del siglo X, Bermudo II se los llevó a Oviedo y los entregó al monasterio femenino que sería conocido desde entonces como «Las Pelayas». A finales del siglo XVII, las reliquias de san Pelayo fueron extraordinariamente codiciadas y a petición de las monjas, se pusieron barras de hierro y candados en el arca de plata en la que estaban guardados para impedir su salida del convento, lo que autorizó el propio Papa.

En 1810, los soldados napoleónicos arrasaron el monasterio. Ante la amenaza, Las Pelayas se habían marchado ya que nunca suele recordarse, que el saqueo no solo conllevaba el expolio, sino la agresión personal y sexual. Los franceses robaron el arca por la plata, pero tiraron los huesos en un gallinero cercano. Afortunadamente, poco después se encontraron envueltos en los tafetanes que los cubrían.

Después llegaría la Desamortización de Mendizábal de 1837, demoledora para el convento, y con ello, la pérdida de parte de los legajos en los que se relataba el itinerario de las reliquias. Hoy reposan en el monasterio en una urna de cuatro patas en forma de tortugas, con ángeles labrados tocando instrumentos musicales —entre ellos la gaita, un guiño a su origen galaico— en los laterales, y una imagen yacente del niño santo en la tapa.

Doble nombre para una doble gesta

Y así, entre los ecos de la historia, el nombre de Pelayo quedó tejido por un doble hilo del destino y por una doble gesta, aunque separada por el tiempo, unida por la misma firmeza ante el enemigo común.

San Pelayo

La del del niño, que murió por Cristo en el corazón de Al Andalus, y la del rey que, dos siglos antes, había encendido la primera llama de la Reconquista en las montañas de Covadonga. El pequeño Pelayo, sin espada ni ejército, resistió en soledad al poder absoluto de Abderramán III. El rey Pelayo, con apenas un puñado de hombres, resistió en los desfiladeros cantábricos al avance imparable de un imperio. El nombre sobrevivió, pero no por un solo héroe, sino por dos. Uno defendió su cuerpo y su alma; el otro defendió su tierra y su pueblo. Dos gestas y un mismo espíritu. Pelayo, fue rey y fue mártir. Por ello, cuando un niño recibe este nombre, aunque no lo sepa, homenajea a la vez la férrea fe y la determinación del guerrero que inició la Reconquista de España.

Centro Asturiano de Caracas: «La Santina nos protegió, ella está en las situaciones complicadas»

(El Comercio) «La Santina está bien». Javier Tárano, presidente del Centro Asturiano de Caracas, cuenta con emoción que la réplica de la Virgen de Covadonga que preside la capilla de la institución desde hace más de 50 años ha salido, de forma milagrosa, intacta de los dos potentes seísmos que han golpeado Venezuela, que han dejado miles de fallecidos y desaparecidos.

Era un día festivo. Muchos se habían desplazado a la plaza –la zona costera resultó muy dañada– y otros muchos estaban de celebración. Como el medio millar de personas que se había reunido en el Centro Asturiano –situado en el municipio de Baruta, en Caracas,– con motivo de la entrega de «unos premios a la excelencia académica por el fin de curso». Había reunidos en el salón Principado «muchos niños y madres» cuando los temblores desataron el «pánico». «Todos fueron evacuados de manera inmediata» y puestos a salvo.

A Tárano y parte de los miembros de la directiva los cogió en el piso 2. Se agarraron a unas columnas para tratar de 'frenar' las embestidas, pero «cuando ves a un arquitecto empezar a rezar, ves las cosas diferentes». Fueron momentos «indescriptibles, de mucho miedo, pánico total; la estructura del edificio parecía que se resquebrajaba, pero aguantó». Tárano lo tiene claro: «La Santina nos protegió, como en cantidad de circunstancias complicadas, ella está ahí». Tanto, que la imagen, a pesar de enfrentarse a uno de los terremotos más agresivos que recuerdan los venezolanos en más de un siglo, salió indemne, como todas las personas que se encontraban en ese preciso momento en las instalaciones del Centro Asturiano.

Muy diferente suerte corrieron otros miles de venezolanos que han resultado fallecidos o desaparecidos. «Hay municipios de Caracas en los que se han desplomado edificios completos». Las consecuencias de esta desvastación se sufrirán durante largo tiempo.

A Venezuela le toca ahora, aunque parezca imposible pensar en ello, comenzar a recomponerse. El Centro Asturiano de Caracas ya se ha puesto en contacto con las autoridades de los Gobiernos central y regional para poner la institución a su disposición «para lo que necesiten», mientras la Santina permanece en su pedestal simbolizando la esperanza.

jueves, 25 de junio de 2026

Ayuda a Venezuela

 

Venezuela, de rodillas tras un doble terremoto: la Iglesia llama a la oración

Dos seísmos de magnitud 7,2 y 7,5, separados por menos de un minuto, sacuden el norte del país y dejan ya decenas de muertos. El pueblo venezolano, ya golpeado por la incertidumbre política, vuelve los ojos al cielo bajo el amparo de Nuestra Señora de Coromoto.

La tarde-noche del miércoles 24 de junio de 2026, hacia las seis de la tarde (hora local), el noroeste del país sufrió un doble terremoto que ha dejado un rastro de destrucción, luto y temor. Según el Servicio Geológico de los Estados Unidos (USGS), un primer seísmo de magnitud 7,2, con epicentro en San Felipe (estado Yaracuy) y a unos 22 kilómetros de profundidad, fue seguido apenas 39 segundos después por el sismo principal, de magnitud 7,5, con epicentro en Yumare y a tan solo diez kilómetros de profundidad. Se trata de uno de los terremotos más violentos registrados en el país en décadas.

El temblor se sintió con fuerza en Yaracuy, Lara, Carabobo, Aragua, Miranda, La Guaira, Trujillo, Falcón, Mérida y el Distrito Capital, e incluso se percibió en Colombia. La sucesión de dos grandes seísmos en cuestión de segundos agrava el peligro, pues el segundo golpe descarga su fuerza sobre edificios ya debilitados por el primero.

Decenas de víctimas y una capital herida

El balance provisional ofrecido por las autoridades hablaba de al menos 32 fallecidos y más de 700 heridos, una cifra que se teme aumente conforme avancen las labores de rescate. Las zonas más castigadas se encuentran en el este de Caracas —en barrios como Los Palos Grandes y Altamira, en el municipio Chacao—, donde se han desplomado edificios y viviendas. El Aeropuerto Internacional Simón Bolívar de Maiquetía, principal puerta de entrada a la capital, quedó cerrado por los daños, con los vuelos suspendidos. Se registraron además cortes eléctricos y se activaron alertas de tsunami para Aruba, Curazao y Bonaire, algunas levantadas posteriormente. El USGS advirtió de un probable elevado número de víctimas, daños generalizados y réplicas potencialmente fuertes en las próximas horas.

El país, declarado en estado de emergencia, afronta esta catástrofe en un momento ya de por sí excepcional, con un gobierno interino y un horizonte político lleno de incertidumbre. A la fragilidad institucional se suma ahora la herida abierta de la naturaleza.

La Iglesia, cercana al pueblo que sufre

La Iglesia venezolana cuenta con una red capilar para responder a emergencias como esta. Cáritas Venezuela, brazo de acción social de la Conferencia Episcopal, está presente en las 42 diócesis del país y ha actuado en catástrofes recientes —desde las inundaciones de Las Tejerías hasta las lluvias andinas de 2025—, no solo en la primera urgencia, sino también en la posterior reconstrucción y en el acompañamiento espiritual de las familias. A través de las parroquias, esa misma estructura suele convertirse en centro de acopio, punto de auxilio y refugio para los damnificados.

La Conferencia Episcopal Venezolana (CEV), presidida por monseñor Jesús González de Zárate, arzobispo de Valencia, agrupa a los 45 obispos del país. En los últimos meses, la jerarquía venezolana ha insistido una y otra vez en la cercanía a los más pobres y en el «imperativo noble» de la oración por la patria, un clamor que ahora, ante el dolor de un pueblo herido, cobra una urgencia renovada.

No es casual que la mirada de Roma lleve tiempo puesta sobre Venezuela. El Papa León XIV ya el 4 de enero de 2026 manifestó desde la plaza de San Pedro seguir «con gran preocupación» la situación del país y encomendó al pueblo venezolano a la intercesión de Nuestra Señora de Coromoto y de los santos José Gregorio Hernández y sor Carmen Rendiles. El pasado 4 de mayo recibió en audiencia privada a la presidencia del episcopado venezolano, a la que reiteró su «cercanía espiritual» y su «constante oración»; según refirió entonces monseñor González de Zárate, el Pontífice se mantiene «plenamente informado» de la realidad venezolana a través del cardenal Pietro Parolin, Secretario de Estado, y de los informes de la Nunciatura Apostólica en Caracas.

El eco de 1812

La memoria histórica de Venezuela guarda el recuerdo del gran terremoto de Caracas del 26 de marzo de 1812, Jueves Santo, cuando un seísmo de magnitud cercana a 7,7 redujo a escombros buena parte de la capital, La Guaira y Mérida, y se llevó por delante decenas de miles de vidas. Aquel Jueves Santo, en plena Semana de Pasión, quedó grabado a fuego en la conciencia del pueblo creyente. Más de dos siglos después, la tierra vuelve a recordar a los venezolanos la fragilidad de toda obra humana y la necesidad de poner la confianza en Dios.

Sigamos rezando por Venezuela

Ante el luto y la destrucción, el clamor que une a los fieles venezolanos vuelve a resonar con fuerza: perseveremos en la oración. Que Nuestra Señora de Coromoto, patrona de Venezuela, y los santos venezolanos intercedan por los fallecidos, consuelen a sus familias, fortalezcan a los heridos y sostengan a cuantos trabajan estas horas entre los escombros.

miércoles, 24 de junio de 2026

Carta de la Comisión Permanente al Pueblo de Dios para dar las gracias «por vuestra participación entusiasta» en el viaje de León XIV

Los Obispos miembros de la Comisión Permanente de la Conferencia Episcopal Española, haciéndonos eco del sentir de todos los Obispos de las diócesis españolas, queremos dirigirnos al pueblo de Dios y, a través de la comunidad cristiana, a toda la sociedad española para dar las gracias a todos por vuestra participación entusiasta en el viaje apostólico de León XIV a España. 

El Papa ha sido el gran protagonista de este viaje pero, junto a él, es necesario resaltar la respuesta del pueblo de Dios. Gracias por vuestra presencia en calles, plazas, estadios y templos en Madrid, Barcelona, San Felíu de Llobregat, Canarias y San Cristóbal de la Laguna. Gracias también por vuestro seguimiento a través de los medios de comunicación en el resto de España. Gracias por vuestro entusiasmo y paciencia, por la alegría y testimonio de fe. Gracias a las familias, tantas habéis presentado a vuestros hijos recién nacidos para recibir la bendición del Papa. Gracias a los sacerdotes que habéis acompañado grupos, a los consagrados y a los millones de laicos que habéis recogido la insistente invitación del papa León XIV a ser Iglesia en el mundo.

Gracias a la sociedad española por su cercanía al sucesor de Pedro y por la comprensión ante las inevitables molestias que ha supuesto la logística del viaje. Gracias a la Casa Real, a las Cortes Generales, a todas las Administraciones públicas y a los Cuerpos y Fuerzas de Seguridad del Estado por su extraordinaria colaboración. Gracias a los medios de comunicación, a los equipos de trabajo y al voluntariado.

Os aseguramos nuestro compromiso para acompañar todo lo que el Papa ha sembrado en estos días. Os animamos a leer los discursos, a compartirlos y ponerlos en práctica. El viaje en sí mismo ya ha merecido la pena, nos ha hecho alzar la mirada y contemplar la Cruz gloriosa de Jesucristo, fuente de alegría y consuelo.

Continuemos juntos el viaje en comunión y misión para anunciar el Evangelio, cuidar la dignidad de la persona humana y servir al bien común.

El precursor del Mesías: la singular grandeza de San Juan Bautista

(Infovaticana) La Iglesia celebra este 24 de junio la solemnidad de la Natividad de San Juan Bautista, una fiesta excepcional dentro del calendario litúrgico. Junto con Jesucristo y la Santísima Virgen María, Juan es la única persona cuyo nacimiento terreno es objeto de una celebración litúrgica universal. No se trata de un detalle menor: refleja el lugar único que ocupa en la historia de la salvación como último de los profetas de Israel y precursor inmediato del Mesías.

Mientras la Iglesia suele conmemorar la muerte de los santos —su verdadero nacimiento para el Cielo—, en el caso de San Juan Bautista se celebran tanto su nacimiento, el 24 de junio, como su martirio, el 29 de agosto. El propio Cristo explicó la singularidad de su misión cuando afirmó: «Entre los nacidos de mujer no ha surgido nadie más grande que Juan el Bautista» (Mt 11,11).

La fecha de la solemnidad está vinculada al relato del Evangelio de San Lucas. Allí se indica que Isabel se encontraba en el sexto mes de embarazo cuando recibió la visita de la Virgen María. Por ello, la Iglesia situó el nacimiento de Juan seis meses antes de la Navidad, estableciendo la celebración el 24 de junio.

El niño que despertó el asombro de Israel

El Evangelio de San Lucas relata cómo el nacimiento de Juan estuvo rodeado de signos extraordinarios. Isabel, considerada estéril y ya avanzada en años, dio a luz un hijo cuando toda esperanza humana parecía extinguida. La noticia provocó admiración entre vecinos y familiares, que reconocieron la acción de Dios en aquel acontecimiento.

La reacción de quienes presenciaron aquellos hechos es significativa: «Todos los que se enteraron guardaban este recuerdo en su corazón y se decían: “¿Qué llegará a ser este niño?”» (Lc 1,66).

La pregunta revela una intuición profunda. Aquellos hombres y mujeres comprendían que estaban ante algo que superaba la normalidad de la vida cotidiana. No conocían todavía el alcance de la misión de Juan, pero percibían que Dios estaba actuando.

El papa Francisco recordaba precisamente esta dimensión del relato al señalar que todo el acontecimiento está envuelto en «un alegre sentido de asombro, de sorpresa y de gratitud». Una actitud que contrasta con la indiferencia y el acostumbramiento espiritual tan frecuentes en nuestro tiempo.

Un nombre recibido de Dios

Otro detalle central del relato es la elección del nombre. Los familiares querían llamar al niño Zacarías, siguiendo la tradición familiar. Sin embargo, Isabel se opuso con firmeza: «Debe llamarse Juan».

La decisión no respondía a un capricho personal. El nombre había sido indicado por Dios a través del ángel antes de la concepción del niño. Cuando Zacarías, que había quedado mudo por su incredulidad, confirma por escrito esa elección, recupera inmediatamente el habla.

La obediencia abre así una etapa nueva. Allí donde el hombre había encontrado un límite a causa de su falta de fe, Dios vuelve a actuar cuando encuentra disponibilidad para cumplir su voluntad.
El único santo cuyo nacimiento celebra la Iglesia

La singularidad litúrgica de San Juan Bautista no se limita a que la Iglesia celebre tanto su nacimiento como su martirio. La tradición cristiana ha visto en ello una consecuencia de la misión excepcional que recibió de Dios.

Numerosos Padres y teólogos sostuvieron que Juan fue santificado antes de nacer, cuando aún se encontraba en el seno de Isabel. El Evangelio relata cómo el niño saltó de gozo en el vientre de su madre al recibir la visita de la Virgen María, que llevaba en su seno al Salvador. Por ello, la tradición católica ha considerado que Juan fue purificado del pecado original antes de su nacimiento, aunque no concebido sin él como ocurrió con la Santísima Virgen.

Esta antigua convicción ayuda a comprender por qué la Iglesia celebra su nacimiento terreno, algo reservado únicamente a Jesucristo, a la Virgen María y al Precursor. Su vida estaba enteramente orientada a preparar la venida del Mesías.

Una de las fiestas más importantes de la cristiandad

Durante siglos, la Natividad de San Juan Bautista fue una de las grandes celebraciones del calendario cristiano. En numerosas regiones de Europa era día de precepto y se preparaba con ayuno y abstinencia en su víspera, siguiendo una tradición que subrayaba la importancia del Precursor del Señor.

La noche del 23 de junio también dio origen a una de las costumbres populares más extendidas de la cristiandad: las hogueras de San Juan. Encendidas en pueblos y ciudades de toda Europa, simbolizaban a aquel a quien Cristo definió como una «lámpara que arde y resplandece» (Jn 5,35) y expresaban la alegría por el nacimiento de quien preparó los caminos del Mesías.

La importancia litúrgica de esta solemnidad fue tal que durante siglos contó incluso con una octava propia y, en algunos lugares, se celebraba con varias misas a lo largo de la jornada. Aunque muchas de estas prácticas desaparecieron tras las reformas litúrgicas del siglo XX, siguen recordando el lugar excepcional que San Juan Bautista ha ocupado siempre en la tradición de la Iglesia.

Cuando Dios abre caminos imposibles

La figura de Juan Bautista está marcada desde su origen por la irrupción de Dios en situaciones humanamente cerradas. Una mujer estéril concibe. Un hombre que había perdido la palabra vuelve a hablar. Una familia anciana recibe un hijo inesperado.

Son signos que anuncian una verdad constante en la historia de la salvación: Dios no está condicionado por las limitaciones humanas.

Por eso la liturgia de esta solemnidad invita también a contemplar la propia vida desde la esperanza. Allí donde todo parece agotado, donde los proyectos fracasan o las fuerzas escasean, Dios continúa siendo capaz de abrir caminos nuevos. Como anuncia el profeta Isaías: «Voy a hacer algo nuevo; ya está brotando, ¿no lo notáis?» (Is 43,19).

La voz que preparó el camino de Cristo

Nacido de los santos Zacarías e Isabel mediante una intervención extraordinaria de Dios, Juan creció en el desierto llevando una vida austera de oración y penitencia. Los Evangelios lo presentan vestido con piel de camello y alimentándose de langostas y miel silvestre, mientras predicaba la conversión y anunciaba la inminente llegada del Reino de Dios.

Su misión alcanzó su punto culminante cuando reconoció a Jesús como el Mesías y lo bautizó en las aguas del Jordán, dando comienzo a la vida pública del Salvador. Fue entonces cuando pronunció una de las frases más decisivas de toda la historia cristiana: «He aquí el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo».

Por eso la tradición de la Iglesia lo considera el último de los profetas del Antiguo Testamento y, al mismo tiempo, el primer testigo del Nuevo.

Un profeta que murió por defender la ley de Dios

La misión de Juan Bautista no terminó a orillas del Jordán. Después de señalar a Cristo como el «Cordero de Dios que quita el pecado del mundo», continuó predicando la conversión sin hacer concesiones al poder político.

Su denuncia pública de la unión ilícita entre Herodes Antipas y Herodías le costó la prisión y finalmente la vida. Por petición de Salomé, hija de Herodías, el rey ordenó su decapitación.

La Iglesia celebra este martirio cada 29 de agosto. No fue una muerte accidental ni fruto de rivalidades políticas, sino la consecuencia de haber defendido la verdad moral frente a la arbitrariedad del poder. Juan murió por mantenerse fiel a la ley de Dios, convirtiéndose así en modelo para todos los cristianos llamados a dar testimonio de la verdad incluso cuando ello exige sacrificio.

Por eso Cristo pudo decir de él: «Entre los nacidos de mujer no ha surgido nadie más grande que Juan el Bautista». Su grandeza no residió en los milagros ni en el poder humano, sino en haber sido la voz que preparó el camino del Señor y el testigo que permaneció fiel hasta el final.

La figura de San Juan Bautista sigue recordando que la verdadera misión del cristiano consiste en señalar a Cristo y permanecer fiel a la verdad, aunque ello tenga un precio. Como dijo el propio Precursor al contemplar el comienzo de la misión del Salvador: «Es necesario que Él crezca y que yo disminuya» (Jn 3,30).

martes, 23 de junio de 2026

Aniversario de la dedicación del templo parroquial

Hoy se conmemora el aniversario de la consagración de la iglesia de San Félix de Lugones, que fue oficialmente consagrado el 23 de junio de 1940 por el entonces obispo de Oviedo, Monseñor Manuel Arce Ochotorena. Este hecho histórico marcó el renacimiento espiritual y social de la localidad en la época de la posguerra. Son 86 años de una historia de fe. 

La consagración del templo tuvo lugar en un período complejo marcado por la reciente finalización de la Guerra Civil Española. En este contexto, la apertura y bendición de la iglesia de San Félix no sólo representó la edificación de un espacio de culto, sino también un símbolo de reconstrucción, unión y esperanza para toda la comunidad  parroquial de Lugones.

Presidió la celebración Monseñor Arce Ochotorena, quien en ese momento ejercía como obispo de la Diócesis de Oviedo (cargo que ocupó entre 1938 y 1944 antes de ser nombrado arzobispo de Tarragona y, posteriormente, cardenal). Aquel 23 de junio, Monseñor Arce Ochotorena ungió los muros del templo con el santo crisma, dedicando formalmente el edificio al servicio divino bajo la advocación de San Félix. La fiesta congregó a las autoridades locales de Siero y a una multitud de fieles que celebraron el nacimiento de su nuevo centro espiritual.

Décadas después de aquella jornada de 1940, la iglesia de San Félix continúa siendo el corazón latente de Lugones. Más allá de su valor arquitectónico y su patrimonio sacro, el valor real del templo radica en su comunidad viva. La iglesia es centro de encuentro, formación y caridad, además de ser un referente de la identidad local. Celebrar este aniversario es rendir homenaje a los hombres y mujeres que en 1940 hicieron posible el levantamiento del templo, y a todos los que, día a día, mantienen viva la llama de la fe. 

Zubiri y la inteligencia artificial. Por Tomás Salas

Me parece equívoca la expresión, hoy omnipresente, de «inteligencia artificial». Sospechaba, incluso sin argumentos rigurosos para apoyar esta tesis, que el concepto esconde algo oscuro; algo, como decíamos en nuestros juegos infantiles, que «tiene truco». «Artificial» se opone a «natural». Artificial es lo que ha sido hecho por el hombre. Este parece su sentido más lógico. Pero, en el uso que se da hoy a la palabra, percibo otra connotación distinta: artificial es lo que no es humano, aunque materialmente sea obra del hombre. Desde los postulados del transhumanismo se pretende situar al hombre en una tierra de nadie. Entre el puro animalismo (instinto, apetito, satisfacción inmediata de cualquier deseo) y la inteligencia artificial (cálculo, capacidad de concatenación lógica hasta unos límites que el hombre no alcanza). Entre estos dos extremos, entre estas dos oscuras simas, ¿dónde queda la luz de la inteligencia humana?

Encuentro ayuda para desatar este nudo en algunos textos de Xavier Zubiri. Zubiri (para mí, el más grande filósofo español contemporáneo; Ortega es el más grande intelectual, otra cosa) desarrolla en varias obras suyas un concepto fundamental en el conjunto de su pensamiento: «inteligencia sentiente». Trato de explicar breve y sucintamente (que me perdonen mis amigos filósofos) lo que excede los límites de un artículo.

En el pensamiento clásico, de tradición aristotélica, la acción de inteligir consta de dos momentos. Puesto que siempre conocemos a través de los datos (sensaciones, percepciones), que nos llegan por los sentidos, hay un momento de sentir y otro de inteligir a partir de las sensaciones. Zubiri cambia este concepto que ha llegado hasta su tiempo sin apenas variación. No hay dos momentos en este proceso, sino uno. «El sentir es inteligir, es sentir intelectivo. Inteligir no es, pues, sino otro modo de sentir…» (Inteligencia y realidad). Los sentidos captan el contenido de la realidad, mientras la inteligencia capta su forma. Ambas operaciones se dan en un solo acto, como son inseparables el contenido y la forma de cualquier realidad.

Y aquí hace el autor vasco una importante matización. La inteligencia animal y la llamada inteligencia artificial, no son, en rigor, inteligencia porque captan solo el mero contenido de la realidad, pero no la forma, que es lo propio del acto de inteligir. El concepto zubiriano de «forma» y «formalidad» es complejo. Trataré de exponer un sencillo ejemplo. El animal puede captar un trozo de pan y se hará con él si tiene hambre. Ésta también es una forma de percepción. Una máquina sofisticada puede procesar los datos sobre la lluvia del último siglo y predecir cómo actuará este fenómeno en el siglo que viene. Se trata de una acumulación de datos inabarcable para la razón «natural» de un hombre. Pero sólo la inteligencia humana puede captar el pan o la lluvia en su formalidad, es decir, como realidades, cosas en sí mismas (Zubiri habla de la «suidad»). Sólo el hombre puede comprender que el pan sea un objeto material o que la lluvia pueda servir de inspiración para un poema.

Diríamos que el animal siente, pero no intelige; y la máquina intelige, pero no siente. Ninguna de las dos acciones es propiamente inteligencia.

El pensamiento de Zubiri concibe al hombre como «animal de realidades».

Pueden servirnos estos conceptos para vindicar el viejo humanismo, de raíces clásicas y cristianas, frente a ese Transhumanismo que nos invade.

lunes, 22 de junio de 2026

Regresa la JEMJ a Covadonga, entre el 10 y el 12 de julio

(Iglesia de Asturias) La tercera edición de la Jornada Eucarística Mariana Juvenil (JEMJ) está ya a la vuelta de la esquina. Este año tendrá lugar entre los días 10 y 12 de julio, de nuevo en el Santuario de Covadonga, y de nuevo también volverá a reunir a miles de jóvenes llegados desde diferentes países en torno a la fe, en esta ocasión con el lema «Haced lo que Él os diga». Con el tiempo estos encuentros se van dando a conocer cada vez más y este año se está notando en la afluencia de participantes. Según la voluntaria Teresa García Serrano, «las cifras aumentan día tras día». Hasta ahora están inscritos ya más de 1.600 jóvenes, y en esta ocasión llegan un gran número desde Irlanda y Estados Unidos.

Estas jornadas, celebradas en Covadonga como cuna de la fe y cuna de España, se pensaron desde el primer momento como un instrumento para ayudar a los jóvenes a profundizar en la presencia real de Cristo en la Eucaristía. Una cuestión que, ya desde hace unos años y muy especialmente en Estados Unidos, se ha observado que es cada vez más olvidada entre los creyentes. «Queremos que sea una jornada que esté en torno a la Eucaristía y a nuestra Madre María. Qué mejor lugar que Covadonga, cuna de España, que tenemos allí a la Santina, que nos cuida y nos protege. Es precioso ver cómo todos los jóvenes van hasta ese Santuario en medio de la montaña para recordar que Jesús Eucaristía es el centro y que es nuestra Madre la que nos lo da. La verdad es que es una gracia poder ir a la JEMJ y realmente vivir esto, que sea Jesús el centro y que sea nuestra Madre la que nos lleve a Él», afirma Teresa.

Los horarios y las actividades seguirán el esquema de los años anteriores. Todos los días se celebrará la eucaristía y el viernes, junto con la acogida a los jóvenes habrá como siempre un festival: en esta ocasión podrá disfrutarse de una representación orquestada y representada por jóvenes voluntarios sobre los «Mártires de Barbastro». Ellos serán los santos protectores de la JEMJ de este año, e incluso estará presente durante los tres días una reliquia de Faustino Pérez. «Él fue el líder de los Mártires claretianos de Barbastro y la reliquia nos va a acompañar esos días», explica Teresa García Serrano. El sábado será el turno de los talleres y conferencias a los que los jóvenes se están apuntando. Entre otros, estará el titulado «¿Es Jesús el que nos describen los Evangelios?», a cargo de Jorge Manuel Rodríguez Almenar; «Donde la ciencia no llega: Guadalupe», por Andrés Brito, o el encomendado al sacerdote y YouTuber Patxi Bronchalo, titulado «En busca del amor verdadero», entre otros. El sábado por la noche también se celebrará la Vigilia de jóvenes en la explanada de la Basílica.

Como siempre la asistencia es gratuita y existen varias opciones de alojamiento diversas que pueden consultarse en www.jemj.org.

Necrológica

Falleció el sacerdote diocesano Rvdo. Sr. D. José Luis Alonso Tuñón 

Nacido en Proaza el 27 de febrero de 1942

Ingresó en el Seminario Diocesano donde cursó los estudios de filosofía y teología. Concluida su formación recibió la ordenación sacerdotal en la iglesia parroquial de San Nicolás de Bari de Avilés por manos del entonces arzobispo de Oviedo Monseñor Vicente Enrique y Tarancón el 29 de junio de 1965. Siendo seminarista colaboró muchos años en nuestra parroquia de San Félix de Lugones donde celebraría una de sus primeras misas. 

Sus encomiendas pastorales fueron:

Coadjutor de San Pedro Apóstol de Pola de Siero (1965- 1984)

Párroco de San Julián de Box de Tudela Veguín y Administrador Parroquial de Santiago Apóstol de Tudela Agüeria - Oviedo (1984- 1997)

Teniente - Arcipreste de Oviedo Sur (1985 - 1991)

Miembro del Consejo Presbiteral (1988 - 1990)

Miembro elegido del Consejo Pastoral Diocesano (1989 - 1990)

Vicario Episcopal de la Vicaría Centro (1991 - 1997)

Miembro nato del Consejo de Pastoral Diocesano (1991 - 1997)

Párroco de San Isidoro el Real de Oviedo (Desde 1997 hasta la actualidad)

Consiliario de la Escolanía de San Salvador de Oviedo (Desde 2007 hasta la actualidad)

Delegado Episcopal de Piedad Popular (2012 - 2023)

También era el Rector de la Archicofradía del Santo Entierro y Nuestra Señora de los Dolores en su Inmaculada Concepción de Oviedo. Hombre recio, apasionado y piadoso. Era un enamorado del casco histórico ovetense y la Ópera. Fue un gran impulsor de la religiosidad popular y del culto a los santos vinculados a la Diócesis. En los últimos años experimentó un fuerte deterioro físico y afrontó varios problemas de salud que fue superando. Al no presentarse a celebrar la misa de la mañana de hoy, empezó la preocupación. Varios feligreses se desplazaron hasta la vivienda parroquial de la calle Magdalena. Después de llamar repetidamente sin obtener respuesta, decidieron alertar a los servicios de emergencias. Hasta el lugar se desplazaron efectivos de los Bomberos de Oviedo, que consiguieron acceder al interior de la vivienda. Fue hallado sin vida en la casa parroquial. El Señor lo llamó a su descanso, cuando el sueño temporal se entrelazó con el eterno. Lo encomendamos a Nuestra Señora de los Dolores, a San Isidoro y a San Melchor para que intercedan por Él ante el Señor.

D. E. P. 

El funeral por su eterno descanso tendrá lugar este miércoles 24 de junio a las 12'30 horas, presidido por el Sr. Arzobispo en la parroquia de San Isidoro el Real de Oviedo. A continuación sus restos mortales recibirán cristiana sepultura en el Cementerio parroquial de Proaza. La Capilla ardiente estará abierta desde el martes, día 23, a las once de la mañana en el tanatorio Los Arenales en la Sala n.º 10

''Señor, que me escuche tu gran bondad'' (Sal 68)

domingo, 21 de junio de 2026

"Valéis más vosotros que muchos gorriones". Por Joaquín Manuel Serrano Vila


En este XII domingo del Tiempo Ordinario, la Palabra de Dios nos sale al encuentro en un terreno que todos conocemos muy bien: el territorio del miedo. El miedo es una de las emociones más primitivas y más humanas. Tememos a la enfermedad, al fracaso, a la soledad, a la crítica y, en última instancia, a la muerte. El miedo tiene el poder de paralizarnos, de hacernos esconder nuestros talentos y hasta de silenciar nuestra fe. Sin embargo, el mensaje central de la liturgia de este domingo no es una negación de las dificultades de la vida, sino una invitación rotunda a la valentía. Dios no nos promete una vida sin problemas y tormentas, pero sí nos garantiza su presencia absoluta en medio de ellas.

Para comprender el Evangelio de hoy, debemos mirar primero al profeta Jeremías, y ver aquí su grito de perseguido. Su misión no fue fácil; le tocó anunciar la verdad en un tiempo de crisis, y por decir la verdad se ganó el desprecio de su propio pueblo. He aquí el dolor de la traición; Jeremías llega a decir: "Oía las burlas de la gente... hasta mis amigos esperaban mi caída". Es el dolor del aislamiento. Cuando intentamos vivir con coherencia cristiana en un mundo que a menudo camina en dirección contraria, experimentamos esa misma presión. Nos da miedo ser el centro de las burlas o el "raro" del grupo. Pero para ello viene el Señor con poder: Jeremías no se hunde en la autocompasión. En medio del terror, brota una certeza: "Pero el Señor está conmigo como un guerrero poderoso"... Dios no es un espectador pasivo de nuestro dolor. El profeta pasa del lamento a la alabanza, terminando con un canto de victoria: "Él ha librado la vida del pobre". He aquí la lección: aprendemos de Jeremías que tener fe no significa no sentir angustia, sino saber a quién dirigir esa angustia. La fe transforma el valentia del cuerpo el miedo en oración.

San Pablo nos ofrece el marco teológico y profundo de esta confianza. Nos habla de un contraste radical entre dos hombres: Adán y Jesucristo; es decir, el triunfo de la gracia sobre el pecado. Partimos de una herencia del miedo: "Por el pecado de Adán entró la muerte" y, con ella, el miedo más profundo del ser humano. El pecado divide, rompe nuestra relación con Dios y nos hace ver al Creador como un juez temible del que hay que esconderse. Pero el Apóstol nos da una noticia maravillosa: el don de Jesucristo es infinitamente superior al daño del pecado. Esto es, la sobreabundancia de la gracia. Si el error de uno tuvo tanto impacto, el amor y la gracia de Cristo tienen una fuerza multiplicada para darnos vida: ¿Qué enseñanza entresacamos?... No tenemos por qué vivir como esclavos de nuestras caídas o del peso del ambiente. Cristo ha roto las cadenas del pecado. Y si la gracia sobreabunda, la esperanza debe reinar en nuestros corazones por encima de cualquier pesimismo.

En el texto del capítulo 10 de San Mateo, Jesús está preparando a sus discípulos para la misión. Sabe que encontrarán persecución, incomprensión y rechazo. Por eso, en apenas unos versículos, repite tres veces la misma orden: "No tengan miedo". Jesús nos desglosa los motivos de esta santa audacia que "Nada queda oculto". Es decir, la victoria de la verdad. Son palabras del Señor y muy claras: "No hay nada oculto que no llegue a descubrirse". A veces nos asusta que la mentira, la injusticia o la corrupción parezcan ganar la partida en el mundo actual. El cristiano puede sentir la tentación de callar por miedo a las consecuencias. Jesús nos recuerda que la verdad de Dios tiene la última palabra. Vivir en la verdad, aunque hoy cueste, es apostar por el caballo ganador al final de los tiempos. También afirma "No temáis a los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma". Aquí Cristo nos recoloca las prioridades. El mundo puede quitarnos los bienes materiales, la reputación e incluso la vida física, pero nadie puede arrebatarnos nuestra condición de hijos de Dios a menos que nosotros lo permitamos. El único miedo legítimo debería ser el "temor de Dios", que no es pánico, sino el temor reverencial, el santo miedo a perder su amor y apartarnos de Él por el pecado.

Finalmente, la imagen que utiliza Jesús es de una ternura conmovedora. Dos pajarillos se venden por unas monedas de poco valor y, sin embargo, el Padre cuida de ellos. Luego añade: "Hasta los cabellos de vuestra cabeza están contados". Si Dios pone tanta atención en los detalles más insignificantes de la creación, ¿cómo no va a cuidar de tí? Dios conoce tus noches de insomnio, tus preocupaciones económicas, tus dolores familiares y tus dudas, tus miedos... No eres un número en el universo; eres un hijo amado con un valor infinito.
Y remata el evangelio con un examen de conciencia de los que dejan aviso: "Si uno se pone de mi parte ante los hombres, yo también me pondré de su parte ante mi Padre del cielo". Quizás una pregunta que nos podemos hacer es ¿Cómo ponerse de parte de Jesús hoy?... No callar cuando es necesario defender la dignidad del ser humano, del injustamente tratado, del pobre o del no nacido -como lo hizo el Papa León XIV valientemente en el Congreso-. Mantener la honradez en el trabajo aunque otros hagan trampa. Perdonar en lugar de alimentar el rencor. Hablar de Dios con naturalidad en nuestras familias y ambientes. Hermanos, salir a la calle a vivir como cristianos da miedo en un entorno a veces hostil o indiferente. Pero recordemos la promesa: No estamos solos. El "guerrero poderoso" de Jeremías es el mismo Dios que cuenta nuestros cabellos. Vayamos a la mesa de la eucaristía a alimentarnos de Aquél que venció al mundo, para qué, fortalecidos con su Cuerpo y su Sangre, podamos regresar a nuestros hogares libres de temores y llenos de su paz. También hoy celebran las Hermanas del Santo Ángel el santo del Padre fundador, del Beato Luis Antonio Ormieres, seguro que la figura de San Luís Gonzaga patrono de la juventud católica le estíimuló siempre en su vocación de educador. Feliz día a toda la familia angelina.