domingo, 14 de junio de 2026

Pescador de hombres entre lápidas marinas. Por Monseñor Fray Jesús Sanz Montes O. F. M.



Nos ha dejado un cúmulo de palabras bondadosas, bellas y verdaderas el Santo Padre. Tendremos que volver sobre los textos y los gestos que han ido desgranando todo un itinerario que la Iglesia en España estaba necesitando en este momento de profunda orfandad donde no se atisbaba el horizonte donde amaneciese la esperanza. Pero la visita al muelle del puerto de Arguineguín en Gran Canaria, ha sido uno de los mensajes de mayor calado humanitario que todos esperaban. Y el papa León XIV no nos ha defraudado. Él, como el primer papa, San Pedro, se sabe llamado a ser “pescador de hombres” en medio de los mares procelosos que con sus Leviatanes pretenden engullir a los inocentes: «también hoy existen monstruos que acechan estos mares: mafias que trafican con la desesperación, tratantes que esclavizan mujeres y niños y la indiferencia de muchos que permiten que los pobres sean tragados por la explotación o por el olvido».

En uno de los momentos más hermosos de su discurso, no le temblará a León XIV la voz para decir en voz alta lo que la Iglesia tiene que decir y hacer cuando está ante una deriva tan terrible: «Creemos en un Dios que somete el caos, pone límite al mal y abre un camino cuando parece imponerse la muerte... Y así lo contemplamos en Cristo, que camina sobre las aguas y, ante la tormenta, pronuncia una palabra soberana: “¡Calla, enmudece!”. Esa voz sigue resonando contra las fuerzas que devoran, esclavizan y descartan a tantos hermanos nuestros. Ahí donde Cristo manda callar al mar, la Iglesia no puede permanecer muda ante quienes son abandonados a sus aguas».

Los testimonios fueron impresionantes y desgarradores, pero también hermosos por dejar traslucir el atisbo de esperanza que se dejaba ver venciendo el fatalismo. Tantos obispos presentes, tantas realidades diocesanas que con sencillez daban testimonio de mucha entrega. Y tantas autoridades de primer rango que no aparecieron cuando la tragedia se cernía desmedidamente en aquellas costas Canarias, pero fueron ahora aprovechando el momento y la foto. Ante todos, quiso decir el Santo Padre, como quien tiene autoridad moral para gritarlo, lo que más iluminó y consoló de sus palabras:

«No entreguen su existencia a quienes comercian con ella. No les crean a quienes prometen paraísos fáciles a cambio de su cuerpo o de dinero, de silencio o de su libertad. Esas falsas promesas son “cantos de sirenas”, son industrias de muerte. Este drama debe convertirse en examen de conciencia: para las naciones de origen, que deben crear condiciones de paz, justicia y desarrollo; para las naciones de tránsito, llamadas a proteger y no a dejar a los débiles en manos de redes criminales; para Europa, que no puede proclamar la dignidad humana y acostumbrarse a que el Mediterráneo y el Atlántico sean cementerios sin lápidas; para la comunidad internacional, llamada a una cooperación eficaz y perseverante. Y también la Iglesia debe dejarse interpelar. La acogida del migrante no puede ser algo secundario ni delegada únicamente a algunos voluntarios. Nos arrodillamos ante el altar para adorar a Cristo presente en la Eucaristía, de quien recibimos la fuerza y el motivo para vivir la caridad; por eso, no podemos luego “pasar de largo” ante los cayucos y las pateras, pues de la oración brota todo servicio y a ella vuelve todo compromiso».

Sí, deberemos ir una y otra vez sobre este discurso, porque se trata de uno de los más importantes pronunciados por el papa en este viaje apostólico a España, habiendo habido tantos y con tanta proyección e iluminación para la vida cristiana y nuestros actuales desafíos. No estamos huérfanos de esperanza cuando ha emergido con tanta fuerza el padre que nos la sostiene y despierta desde Jesús y su Evangelio. Una gran noticia que sabe a Buena Nueva.

+ Fr. Jesús Sanz Montes, ofm
Arzobispo de Oviedo

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