jueves, 2 de julio de 2026

Don Cecilio Díaz González, 19 años de su partida. Nuestra oración, recuerdo y gratitud

El sacerdote Don Cecilio Díaz González falleció el 1 de julio de 2007 en Nava, tras una vida entera dedicada al servicio pastoral en Asturias. Hoy se cumplen exactamente 19 años de su partida, una fecha que invita a recordar. Natural del pueblo de Tresali (Nava), su trayectoria estuvo marcada por su cercanía, su carácter trabajador y, de forma muy especial, por su labor al frente de nuestra parroquia de San Félix de Lugones, donde ejerció como párroco. La eucaristía de esta tarde se aplicará por su eterno descanso.

La sencillez de las raíces y el trabajo en el campo

"El que permanece en mí y yo en él, ese da mucho fruto." (Jn 15, 5), Don Cecilio jamás olvidó sus orígenes rurales ni el sudor de los trabajos agrícolas de su juventud. Esa conexión con la tierra moldeó un carácter sencillo, trabajador y profundamente arraigado en lo esencial. Sabía que, al igual que en el campo, en las almas la siembra requiere paciencia. Su fructífero ministerio en cuencas mineras, pueblos costeros y villas industriales fue el resultado de una vida que permaneció siempre unida a la vid verdadera que es Jesucristo.

Servidor de la Santina en el monte santo

"El que quiera ser el primero entre vosotros será vuestro servidor; como el Hijo del Hombre no vino para ser servido, sino para servir." (Mt 20, 27-28). El nombramiento como canónigo ''ad tempus'' de la Basílica de Covadonga coronó su trayectoria terrenal de la forma más hermosa: a los pies de la Virgen. Lejos de asumir este cargo como un honor para el orgullo, Don Cecilio lo vivió desde el servicio silencioso en el confesionario y la acogida afectuosa al peregrino. En el Santuario reflejó el amor de la Madre, desgastándose por los fieles hasta que las fuerzas comenzaron a flaquear debido a la enfermedad.

La recompensa del siervo fiel

"Entra en el gozo de tu señor" (Mt 25, 23). Afrontando su dolencia final con una entereza cristiana ejemplar, Don Cecilio entregó su alma a los 76 años. Hoy, sus restos descansan en el cementerio de su querido Tresali. Diecinueve años después, hoy damos gracias a Dios por su vida, con la firme esperanza de que aquel sacerdote que tantas veces pronunció las palabras de la consagración en el altar, pueda ya disfrutar de la pascua de los elegidos. 

Oración

Dios Todopoderoso y Eterno, te pedimos por el alma de tu sacerdote, Cecilio. Él consagró su vida a tu servicio y guio a tu pueblo con amor y fe. Te pedimos que, por tu infinita misericordia, perdones sus faltas y lo acojas en el banquete celestial de la vida eterna. Por Jesucristo Nuestro Señor. Amén

Concédele el descanso eterno y que brille para él la luz perpetua. Amén.

Mons. Sanz: ''Hacer del Valle una pasarela de sus ideologías sería propio de una dictadura bananera''

Agradezco a Mons. Jesús Sanz Montes, OFM, arzobispo de Oviedo, que me haya concedido una entrevista sobre la situación del Valle de los Caídos y de la abadía benedictina.

¿Qué opina sobre todo lo que está ocurriendo con el Valle de los Caídos y de la llamada resignificación, que usted ha llamado profanación?

Me he expresado varias veces en público, y también en textos publicados como tribunas en la prensa nacional. No tengo inconveniente en insistir en mi conocida posición para recordar al respecto lo que quizás nos estamos jugando en este asunto y cómo hay una razón de trasfondo en donde la libertad de la Iglesia puede quedar resentida y conculcados sus derechos también internacionales, y la pretensión de algunos mandamases campee por sus fueros con una impunidad enmascarada. He tenido ocasión de recordar al respecto que hay quienes se sienten molestos por esa referencia al amor y la verdad que representa la Abadía y su Cruz, cuando se vive y maquina en la insidia y la mentira como forma de gobernanza.

El alarde de un calculado ataque a esa Cruz tan visible y significativa se hace en aras de una aséptica equidistancia para no irritar a los que no son cristianos, enarbolando la tramposa neutralidad religiosa desde un impositivo laicismo que no inocentemente erradica nuestra historia, tergiversa nuestros símbolos y censura nuestra comparecencia eclesial pretendiendo enmudecer nuestra palabra e invisibilizar nuestra presencia cristiana. Otra cosa es que ellos lo consigan o que nosotros cedamos a tamaño chantaje, y por nuestra parte deberíamos evitarlo cada cual con su responsabilidad y desde su posibilidad fehaciente.

¿Cree que en la jerarquía de la Iglesia en España ha habido suficiente oposición a la infame ley de memoria histórica/democrática y a lo que está pasando en el Valle?

La competencia eclesial y canónica sobre esa Abadía y la Basílica reside exclusivamente sobre la Santa Sede y la Orden Benedictina (primero la Comunidad que allí vive, y luego la Congregación benedictina de Solesmes a la que está vinculada).

Efectivamente, es la Santa Sede quien puede dilucidar por mandato del Sumo Pontífice el devenir de la Abadía de los monjes y de la Abadía como tal, pues fue lo que se determinó con la anuencia suprema del Papa Pío XII en su Carta Apostólica “Stat Crux” (1958), aludiendo en la conclusión del texto a la dedicación del templo y mostrando la firmeza de su escrito al respecto: “erigimos y constituimos para siempre, con nuestra Autoridad apostólica y en virtud de estas Letras, la nueva Abadía exenta, que ha de ser nombrada con el título de Santa Cruz del Valle de los Caídos, a la cual, como perteneciente a la Congregación de Solesmes de la Orden de San Benito, la hacemos partícipe de todos los privilegios concedidos a los Abades de tal familia religiosa. Sin que nada lo pueda impedir. Esto promulgamos, establecemos, decretando que las presentes Letras sean y permanezcan siempre firmes, válidas y eficaces: que produzcan y conserven íntegros sus plenos derechos que favorezcan cumplidamente, ahora y después, a los Prelados y monjes, tanto presentes como futuros, de la mencionada Abadía, que de esta forma establecemos y, conforme a esto, se ha de interpretar y definir. Desde ahora se ha de tener sin efecto y sin valor cuanto aconteciera ir en contra de ellas, sea a sabiendas o por ignorancia, o por quienquiera o en nombre de cualquier autoridad”. Así de claro.

Ni el arzobispo de Madrid ni la Conferencia Episcopal Española, así como tampoco el resto de las diócesis, tienen competencia, propiamente hablando, sobre ese lugar. Sólo la Santa Sede y la Orden Benedictina. Otra cosa es que podamos hablar –como alguno hacemos– expresando nuestro parecer, o que acaso nos constituyésemos en interlocutores o mediadores indebidamente, propiciando una excusa legal que termina siendo tramposa, y por lo tanto ilegítima.

En el Valle vemos una hermosa evocación de lo que significa esa Cruz que preside una historia de amor y de esperanza. La comunidad benedictina en ese lugar eleva su plegaria para pedir ese don que sólo Dios concede. La Cruz nos lo recuerda, los monjes lo cantan.

¿Considera que debe prevalecer ante todo el Tratado Internacional entre la Santa Sede y el Estado Español por el que todo recinto dedicado al culto, como son la Basílica y la Abadía benedictina de la Santa Cruz del Valle de los Caídos, es inviolable?

Hemos de recordar lo que no pocas veces he dicho: que la Abadía benedictina en el Valle de los Caídos y la inmensa Cruz que la preside, nacieron como un espacio de encuentro y reconciliación tras el conflicto bélico entre hermanos que tantas vidas se llevó por delante. De hecho, allí reposan en paz personas que cayeron detrás de los dos bandos, bajo las dos banderas, en medio de ambas trincheras, hasta que algunos han perturbado ese sagrado descanso para jalear esa memoria manipulada en beneficio propio. Sin embargo, levantar acta de ese ejercicio de paz fraterna, hija del perdón sincero y generoso como expresión de una sociedad reconciliada fue un regalo no suficientemente agradecido ni reconocido, intentando vincular el espacio del lugar y el significado de su presencia a la gobernanza de un periodo de España para proceder a demonizar el espacio y su significado y justificar su transformación arbitraria.

Por este motivo, querer utilizar a los muertos inhumándolos para ganar batallas perdidas reabriendo las heridas que tanto nos costaron cerrar como hermanos, es algo que responde a una maldad irresponsable, con pretensiones inconfesadas, que insidia la convivencia en nuestra sociedad y que tan fácilmente excita la confrontación indeseada. Tal vez sea para algunos, una vez más, una cortina de humo más ante los quebraderos de cabeza y temas judiciales que en torno a la corrupción de gente muy cercana a vínculos familiares y correligionarios, con prevaricaciones calculadas, malversación de fondos públicos y dilapidación del necesario equilibrio en la división de poderes en un Estado de Derecho. Todo esto, además de la fijación “resignificante” (que termina siendo vaciadora) de la Abadía y de la Cruz, que con un ritmo de calculado calendario se saca a la palestra para distraer o jalear al personal.

Por lo tanto la Iglesia tiene poder para exigir que se cumpla ese Tratado Internacional y no se resignifique el Valle, lo que sería una profanación…

Entiendo que la Santa Sede y la Orden Benedictina pueden hacer valer el derecho que les asiste a la hora de pedir que se cumpla un Tratado Internacional. Porque querer “resignificar” el sentido que tuvo y tiene ese lugar como reclamo para la reconciliación verdadera, que es el que ha tenido en la sincera evolución de su historia durante estos años, es un ejercicio de censura de algo que no es secundario en la conciencia cristiana. Ya conocemos la andanada laicista de algunos gobernantes a quienes les molesta precisamente la Cruz y la presencia monástica, proponiendo invadir en una enorme proporción la Basílica para imponer allí otra cosa distinta a la reconciliación ensoñada y celebrada en esas naves basilicales durante décadas, junto a los mártires y los que duermen allí el sueño de la paz. Como he dicho en otro lugar, pretender hacer en la Basílica una especie de pasarela del aeropuerto de su ideología para tener que acceder al mínimo espacio que quisieran concedernos para la liturgia cristiana, a través del “duty free” de sus relatos, sus rencores y sus acechanzas, es demasiado obsceno por sabido ya, es un dejà vu que hemos visto muchas veces y que nos suena de cercanas dictaduras bananeras. Lo digo sin remilgos y con la convicción de estar ante una profanación invasiva.

¿Sabe si el Papa está al corriente de la verdadera situación con todos los detalles? ¿Sería el único que podría detener la profanación de resignificar un recinto sagrado?

Obviamente, desconozco el grado de información del Papa al respecto, pero por la seriedad con la que afronta tantas cuestiones en el seno de la Iglesia que preside en la caridad como Sucesor del Apóstol Pedro, así como la prudencia y hondura con la que también aborda los desafíos que nuestro momento histórico tiene en el orden internacional, quiero pensar que él está al corriente y también creo que Dios le iluminará para hacer o decir lo que por bien de todos cabe esperar. Sus intervenciones en la reciente visita apostólica a la Iglesia en España, y especialmente la que tuvo en el Palacio Real y en el Parlamento, fueron ejemplo de su profundidad y libertad a la hora de afrontar todas las cuestiones en las que su palabra y sus decisiones se acogen con tanto provecho y autoridad moral.

Pero en este sentido siempre ayuda recordar el significado que San Juan XXIII dio a aquel lugar en el Breve pontificio “Salutiferae Crucis” (1960) declarando la Iglesia de la Santa Cruz como Basílica papal, cuando con belleza y conmovida emoción, describía ese espacio de peregrinación en el Valle de los Caídos que tiene como misión rezar por la unidad, por el perdón y por la reconciliación entre españoles: “se yergue en las cumbres del Guadarrama el signo de la Cruz Redentora, que extiende sus brazos piadosos como alas protectoras, bajo las cuales los muertos gozan el eterno descanso. Este monte sobre el que se eleva el signo de la Redención humana ha sido excavado en inmensa cripta, de modo que en sus entrañas se abre amplísimo templo, donde se ofrecen sacrificios expiatorios y continuos sufragios por los Caídos en la guerra civil de España, y allí, acabados los padecimientos, terminados los trabajos y aplacadas las luchas, duermen juntos el sueño de la paz, a la vez que se ruega sin cesar por toda la nación española”. Este, y no otro, fue el sentido y la significación de la Abadía con su Cruz.

¿Piensa que el conjunto monumental del Valle de los Caídos debería ser declarado, no solo Bien de Interés Cultural, sino incluso Patrimonio de la Humanidad?

Sin duda que las designaciones civiles de espacios artísticos, históricos o patrimoniales con una denominación significativa, tienen como objeto la de señalar la importancia y la pertinencia de los mismos con toda su carga ejemplar y beneficiosa desde la historia y desde la cultura en bien de la humanidad. Así es en positivo cuando se señalan como paradigmáticos por su significado, y así es igualmente en negativo cuando se censuran esos espacios desde alguna pretendida memoria demasiado vinculada a una determinada ideología. Yo creo que estamos ante algo inusual que exigiría una denominación generosa en su declaración civil por tratarse de un espacio para la reconciliación tras una guerra fratricida en aquel contexto inviable de convivencia y justicia en la sociedad española de aquel momento.

Por eso a nosotros los obispos, a la mayoría de la comunidad cristiana y a tanta gente de bien que no tiene prejuicios ni cojea de ideologías, también nos importa la deriva que podría tener ese espacio monástico donde se reza por la paz al tiempo que encomienda a los caídos pidiendo por su eterno descanso. Creo que es algo más que un Bien de Interés Cultural, que también lo es, y se podría abrigar el título de Patrimonio de la Humanidad porque en ese valle hay una Cruz enhiesta entre la crestería verde de sus montañas, que domina con dulzura y su perenne mensaje toda aquella naturaleza desde la colina en la que se levanta. Esa Cruz preside una historia dolorosa como siempre sucede cuando los hermanos se declaran la guerra haciéndose tanto daño en una confrontación fratricida. Pero esa inmensa Cruz, la más alta que hay en el mundo con sus 152’5 metros, no es enseña de bandería, no responde a ninguna sigla política y no es tutora de ideología alguna.

Como aquella primera cruz cristiana con Jesús clavado en ella, esta tiene también su mensaje bondadoso de lo que supone dar la vida por quienes abrazas en sus heridas, sus preguntas, sus contradicciones y pecados. Esto hizo Cristo con cada uno de nosotros. No es un motivo banal ni frívolo, ni siquiera exclusivamente confesional, cuando en esa Basílica coronada por tan inmensa Cruz, se reza a diario por la paz desarmada y desarmante, como repite el Papa León XIV.

¿Tras llegar la maquinaria al Valle el proceso de “resignificación” sería ya imparable?

Además de las actuaciones que conculcan palmariamente Tratados Internacionales, el derecho de personas, familias e instituciones sin ninguna razón legal y sin ninguna autoridad moral, me impresionó que mientras el Santo Padre estaba hablando en el Parlamento de las Cortes españolas durante su reciente e inolvidable visita, “alguien” dio la orden de hacer catas y prospecciones para comenzar contra derecho la ejecución de sus fijaciones. Es de agradecer la diligente actuación de la Justicia para detener tamaño abuso de poder. Albergo la esperanza de que la verdad y el derecho se hagan cauce a tiempo y en forma para poder parar lo que “algunos” sueñan como imparable. No es sólo un deseo sincero compartido con tantas personas de bien, sino también una humilde plegaria para que nos asista Dios en esta batalla contracorriente.

Por Javier Navascués

miércoles, 1 de julio de 2026

«Vivimos la marcha de San Esteban del Mar con dolor, pero también con esperanza»


(Iglesia de Asturias) Este sábado, en la parroquia de San Esteban del Mar de Gijón, a las siete de la tarde, tendrá lugar la celebración de la eucaristía presidida por el Arzobispo de Oviedo, Mons. Jesús Sanz, junto con el padre Provincial de los jesuitas y con la presencia de la comunidad de los jesuitas de Oviedo, en la que se hará efectivo el traspaso a la diócesis de la parroquia, que formará a partir de ahora Unidad Pastoral junto con Santa Olaya, en el mismo barrio del Natahoyo.

Desde hacía dos años la comunidad de los jesuitas en San Esteban del Mar, en Gijón, se había trasladado a Oviedo. Al cerrarse canónicamente la comunidad se iniciaba un proceso de despedida de los jesuitas en la parroquia que ya llega a su fin, pero que no supone ni mucho menos la desaparición de la Compañía en la ciudad, puesto que permanecen con presencia en el Colegio de la Inmaculada, en la Fundación Revillagigedo y el Hogar de San José, tres grandes buques insignia con una gran historia y labor a sus espaldas. Hablamos con el, hasta ahora, párroco de San Esteban del Mar, el padre Manuel Rodríguez Carrera SJ.

¿Cómo han vivido desde la comunidad de los jesuitas esta decisión de dejar la parroquia de San Esteban del Mar?

Pues siempre con dolor porque los tiempos de nacimiento son de alegría y celebración y los tiempos de despedida, que es lo que toca ahora, pues siempre causan dolor. Pero a la vez lo vivimos con esperanza, es decir, sabemos que la vida es así: hay tiempo, lo dice el Eclesiástico, para nacer y tiempo para morir. Aunque en realidad esto no es morir porque la parroquia continúa, pero bueno, sí que es verdad que al dejarla nosotros, pues supone también un cierto dolor. Pero vivámoslo como oportunidad, no como maldición, son los tiempos que son y ahora toca menguar y reducir, tengamos esperanza.

La historia de los jesuitas en Gijón es centenaria. Llegaron con la iglesia, hoy Basílica, del Sagrado Corazón, también el colegio, luego está la Fundación y el Hogar de San José. Podríamos decir que la historia reciente de la ciudad no se entiende sin la presencia de la Compañía de Jesús. Cuéntenos de esa presencia en Gijón, ¿cómo llegaron los jesuitas y cómo se fueron desarrollando las diferentes obras?

Hay una prehistoria incluso, que es la llegada de los jesuitas a Oviedo, 38 o 40 años después de fundarse la Compañía. Creo que llegaron en el año 1578. Es una presencia muy antigua en Asturias la de los jesuitas. Fue en Oviedo, en el colegio San Matías, hoy la iglesia de San Isidoro El Real. Eso fue hasta 1767, que fue cuando la supresión de la Compañía en España. La vuelta fue en 1884 creo, y entonces ya llegamos a Gijón.

Desde esa fecha estamos aquí, en el colegio de la Inmaculada y en la Residencia del Sagrado Corazón, que es hoy Basílica. Más tarde se creó la Fundación Revillagigedo, que es de 1929, pensada para la gente del barrio, obreros y demás, que era de los condes de Revillagigedo, y finalmente llegó el Hogar de San José, en la posguerra, nada más terminada la Guerra Civil. Un poco más tarde también nos hicimos cargo de la Universidad Laboral. Ha sido una presencia muy fuerte y variada. En Gijón llegó a haber por encima de 100 jesuitas, en algún momento, 100 ó 120 incluso. Ahora somos 11 en toda Asturias.

Diría que la historia de Gijón va también muy de la mano de la Compañía. Hemos crecido y hemos acompañado el crecimiento de la ciudad y muy especialmente del barrio del Natahoyo. Hoy ya tiene muy poco que ver aquel barrio con lo que era cuando se fundó, por ejemplo, el Hogar de San José, o la Fundación Revillagigedo, pero sigue siendo todavía un barrio como muy familiar, muy cercano. Hemos ido creciendo mucho y ahora, bueno, pues nos toca un poco retirada.

Retirada, sí, pero en el trabajo y los beneficios que reciben tantas personas gracias a todas esas obras que continúan, está ahí. Especialmente como dice en el barrio del Natahoyo donde también está la parroquia de San Esteban del Mar. ¿Qué labor se lleva a cabo en esos centros?

La Fundación Revillagigedo es un centro educativo. Nació, en su día, para hijos de obreros del barrio. De hecho, eran clases nocturnas, muchos de los alumnos que iban trabajaban de día y por la noche acudían a especializarse, digamos. Siempre ha estado pensado y dirigido a la clase obrera, a la gente sencilla. Que a mí eso es una cosa que me gusta recalcar porque quizá la Compañía a veces parece tener una imagen un tanto elitista. Se nos ha acusado de ser los formadores de las «élites». Pero uno luego baja a la realidad y ve que estamos en todas partes, y esto es también un motivo de alegría, de satisfacción y de sano orgullo. La Fundación Revillagigedo, por tanto, hoy, sigue formando alumnos, pero no sólo queremos transmitir conocimientos técnicos, sino también, en definitiva, el Evangelio, con un matiz o un tono jesuítico, al modo de nuestro proceder y actuar, pero intentamos formar buenas personas y buenos cristianos.

El Hogar de San José, por otro lado, nació en la posguerra para atender a niños huérfanos e hijos de represaliados después de la guerra. El perfil hoy ha cambiado, desde luego. Ya no es el niño huérfano o abandonado, pero sí niños con una problemática familiar severa, que tiene que permanecer en régimen de acogimiento.

Respecto a la parroquia, es una parroquia popular, de barrio. El Natahoyo es un pueblo grande todavía. A mí la gente a veces me dice, «hombre, el Natahoyo tiene poco que ver con lo que era cuando tú lo conociste». Y yo siempre digo: «afortunadamente». Es decir, hay cosas en las que ha mejorado mucho, pero en otras, pues sigue siendo también gente muy sencilla. Y desde ahí hemos intentado acompañar también, pues todos esos procesos, de crecimiento de las personas y del barrio.

Si tuviera que definir qué ha supuesto para la ciudad de Gijón la presencia de la Compañía de Jesús a lo largo de estos años, ¿cuál diría que ha sido la aportación fundamental?

Yo creo que el acompañamiento es importantísimo siempre. Y en eso, hombre, tampoco vamos a presumir, pero somos especialistas. La Compañía siempre le dio mucha importancia al acompañamiento personal, a los Ejercicios Espirituales y al discernimiento. No solamente se trata de formar buenos técnicos, que es importante desde luego y yo creo que se consigue, pues se le da mucha importancia a la parte puramente educativa o de transmisión de conocimientos. Pero además está esa otra parte, que no tiene que ir separada, sino que tiene que ir de la mano. Formar buenos profesionales, pero también, gente responsable. Y eso pasa por ese discernimiento que es la bandera insigne de la Compañía. El discernimiento ignaciano. Y luego, los Ejercicios y el acompañamiento espiritual.

Comentaba antes que a los jesuitas se les acusa de formar «a las élites», pero es que la formación del jesuita es una formación de élite en sí misma. Un aspecto que destaca muchísimo, les distingue y ha sido siempre su sello personal.

Sí. En la compañía siempre se ha cuidado de mucho eso. Es una formación larga y profunda. No solamente intelectual, sino que al jesuita, hasta que la compañía decide su incorporación definitiva, pasan años. Es decir, los primeros votos en la Compañía los pedimos nosotros, después del noviciado. Pero la incorporación definitiva te la ofrece la Compañía cuando ve que estás maduro. Pero desde entonces igual han pasado entre 13 o 14 años, es decir, que es una formación muy larga. Y en cuanto a las élites, yo siempre he defendido que desde luego tenemos que dedicarnos a los pobres, y la Compañía también tiene esa opción preferencial, en línea con la Iglesia como no puede ser de otra manera. Pero también a las élites hay que educarlas y formarlas en unos principios y en unos valores que les lleven también a defender luego y a trabajar por los pequeños y por los pobres. Yo creo que en eso no hay que ser excluyentes. Creo que ayudar también a las élites, a personas que van a gobernar, que van a dirigir y a tener poder y formarles en unos valores, en unos principios y un modo de proceder, yo creo que es importante también.

De todas formas no es discutible la presencia de los jesuitas en países en desarrollo y más necesitados, especialmente en Hispanoamérica, trabajando y dando la vida.

Sí, una vez oí decir, no recuerdo el país que era, pero en un país selvático y muy remoto «aquí solamente llegan los jesuitas y la Coca-Cola». Es un esfuerzo agradecido, el que se hace por estar allí y ayudar a promocionar a todas esas personas.

Volviendo a nuestra diócesis, la comunidad permanecerá toda reunida en Oviedo. ¿Cómo queda dibujado el mapa de la presencia jesuítica en la diócesis?

La comunidad del Natahoyo se cerró canónicamente, va a hacer dos años ya. Yo llevo dos años yendo y viniendo todos los días para atender la parroquia, mañana y tarde. De hecho, he ido contando los viajes y son como dos mil doscientos y pico. Efectivamente, la Compañía sigue presente en Gijón: en el Colegio de la Inmaculada trabajan dos jesuitas y ahora van a trabajar tres; en la Fundación Revillagigedo el director es jesuita; en el Hogar San José, aunque la directora es Cristina, hay también un jesuita allí.

En Oviedo tenemos una presencia conocida y muy querida como es la Iglesia del Sagrado Corazón, las Salesas como las conoce todo el mundo. Después también en Oviedo está el Colegio San Ignacio, de larga tradición, heredero de ese primer colegio San Matías.

Puede que la Compañía no sea tan numerosa ni de tanto relumbrón como antiguamente pero sigue presente en la diócesis y colaborando en todo lo que podemos.

Yo siento mucho tener que dejar la parroquia, no por dejarla yo, porque, bueno, la vida nuestra ya sabemos cómo es. Y yo agradecido de haber estado estos diez años, digamos que una cierta prórroga, porque la idea que tenía el Provincial era haber cerrado ya hace dos años, pero bueno, nos parecía que había que cerrar procesos también, por parte nuestra y demás, y él accedió.
Hemos estado siempre muy unidos a la diócesis, nunca hemos querido ser un verso suelto. Y ahora, en lo que podamos colaborar y ofrecer, se seguirá haciendo.

Oviedo se despide de las Esclavas del Sagrado Corazón tras décadas de entrega y educación

La comunidad religiosa abandonará la ciudad a finales de julio debido a la avanzada edad de las últimas tres hermanas y la falta de relevo generacional

(El Comercio) Un ciclo que llega a su fin en Oviedo. La Congregación de las Esclavas del Sagrado Corazón de Jesús (fundada por Santa Rafaela María en 1877 en Córdoba) pondrá fin a su presencia en la capital asturiana este julio. Así lo anunció el párroco Francisco Javier Suárez, durante la misa de este martes, confirmando una noticia que deja un sentimiento de nostalgia en la comunidad católica local.

La decisión, aunque dolorosa, responde a la realidad demográfica que atraviesa la congregación. De las seis religiosas que formaban la comunidad recientemente, la cifra se ha ido reduciendo drásticamente: la superiora falleció poco después de su nombramiento; otra de las hermanas murió a los 96 años, y una tercera fue trasladada el año pasado a una residencia en Santander para recibir cuidados especializados.

En la actualidad, solo quedan tres hermanas en el convento de la calle González del Valle. «Son muy mayores y ya no pueden seguir», lamentó el párroco, quien reconoció con tristeza la falta de vocaciones para dar continuidad a su labor. «Quizá me precipité al anunciarlo, pero es una pena que una comunidad religiosa con tantos años en la ciudad no tenga relevo», confesó el sacerdote, que tras 14 años en la iglesia de San Juan y apenas uno en la calle Conde Toreno, se enfrenta ahora al reto de mantener el templo sin la ayuda constante de las religiosas.

Un edificio con historia

El convento, en el número 4 de la calle Toreno, frente al Campo de San Francisco, tiene una capilla que es sede de la Adoración Eucarística Perpetua de Oviedo (A.E.P.) desde el 18 de mayo de 2007. Las veinticuatro horas del día hay alguien adorando la imagen.

La marcha de las Esclavas deja también un vacío logístico en el día a día de la iglesia. Por ello, el párroco ha hecho un llamamiento público a los fieles y vecinos, pidiendo colaboración voluntaria para tareas que hasta ahora desempeñaban las hermanas, como la limpieza del templo y el cuidado de la ropa litúrgica.

El adiós definitivo tendrá lugar en julio. Para entonces, se está organizando una misa de homenaje y acción de gracias por todos sus años de servicio a la educación de la juventud y a la Iglesia en Oviedo. La parroquia está pendiente de la agenda del arzobispo de Oviedo, Jesús Sanz Montes, con el deseo de que pueda presidir este emotivo acto de despedida.

martes, 30 de junio de 2026

Horario de Verano

 

Carta de Monseñor Luis J. Argüello, Presidente de la Conferencia Episcopal Española al Santo Padre León XIV

Prot. n.º 126 / 26

Madrid, 24 de junio de 2026

Querido Santo Padre:

Los miembros de la Comisión Permanente de la Conferencia Episcopal Española, reunidos en su sesión ordinaria del mes de junio y, haciéndonos eco del sentir de todos los Obispos de España, deseamos expresarle nuestro profundo agradecimiento por su reciente visita a España. Precisamente, mientras preparábamos esta carta, hemos recibido la de Vuestra Santidad dándonos las gracias por la acogida y todo lo vivido entre nosotros. La gratitud es nuestra. Su presencia entre nosotros, durante estos siete días, ha sido una verdadera gracia para nuestra Iglesia y un renovado impulso para su misión evangelizadora al servicio de los católicos españoles y de toda la sociedad.

Las Iglesias particulares de Madrid, Sant Feliu de Llobregat, Barcelona, Canarias y San Cristóbal de La Laguna han tenido la alegría de mostrarle el rostro vivo de la Iglesia en España: una Iglesia que desea servir humildemente al anuncio del Reino de Dios, a la celebración del misterio de la fe y al ejercicio de la caridad, especialmente hacia los más pobres, vulnerables y necesitados.

Sus palabras y sus gestos han puesto de manifiesto que la Iglesia está llamada a caminar con todos y a dialogar con todos. Políticos, empresarios, trabajadores, migrantes, personas empobrecidas, representantes del mundo de la cultura, del deporte y de las artes, junto con los cientos de miles de fieles que han participado en las vigilias y celebraciones eucarísticas, han podido experimentar la cercanía de un Pastor que comparte las esperanzas y las heridas de los hombres y mujeres de nuestro tiempo.

Más aún, hemos percibido que no se trataba solamente de dirigir una palabra a todos, sino de tener una palabra para cada uno. Vuestra Santidad ha escuchado a nuestro pueblo, lo ha abrazado y bendecido, y ha despertado en tantos corazones una esperanza renovada, recordándonos que la dignidad humana nunca pierde su valor y que el bien común constituye una tarea que compromete a todos.

En sus intervenciones hemos encontrado una palabra serena y firme, capaz de alentar y sostener nuestra misión en este momento de la historia. Nos ha exhortado a alzar la mirada, a no dejarnos vencer por el miedo, a ser discípulos misioneros y a acompañar a nuestros hermanos en el descubrimiento de la belleza del Evangelio. Nos ha recordado también que la Iglesia no puede replegarse sobre sí misma, sino que está llamada a compartir las esperanzas y las heridas de la humanidad y a ofrecer a todos la luz de Cristo. También ha insistido repetidamente en la dignidad inviolable de toda persona, la necesidad de superar la polarización, la vocación de España como «tierra de encuentro, de cultura, de solidaridad y de esperanza» y la llamada a que la Iglesia «camine con la humanidad, compartiendo sus esperanzas y sus heridas».

Con particular gratitud acogemos la llamada que nos dirigió a ser constructores de encuentro y de reconciliación, en una sociedad frecuentemente marcada por la polarización y el enfrentamiento. Sus palabras nos han confirmado en la convicción de que la pluralidad nunca debe convertirse en descalificación del adversario y de que el servicio al bien común exige reconocer siempre la dignidad inviolable de toda persona humana. Así, como Vuestra Santidad mismo nos pidió, queremos contribuir a dar una orientación nueva a nuestra sociedad, siendo juntos sal de la tierra y luz del mundo (cf. Mt 5, 13-16), y ayudando a que España siga siendo tierra de encuentro, de cultura, de solidaridad y de esperanza.

Durante nuestra reunión de la Comisión Permanente hemos recibido el testimonio y la valoración del impacto que su presencia y sus enseñanzas han suscitado en las diócesis de Madrid, Sant Feliu de Llobregat, Barcelona, Canarias y San Cristóbal de La Laguna. El sentir común es que hemos sido agraciados con una abundante siembra de esperanza y que corresponde ahora a toda la Iglesia en España, sostenida por la gracia de Dios, hacer que esa semilla produzca frutos abundantes de fe, comunión y caridad.

Acogemos con gratitud la confianza que ha depositado en nosotros y el camino que nos señala. Cuente siempre con el empeño de la Iglesia en España para anunciar a los hombres y mujeres de nuestro tiempo la alegría del Evangelio y para servir, con renovado ardor, a la dignidad de cada persona y al bien de toda la familia humana.

No queremos dejar de manifestar, asimismo, nuestro agradecimiento a todos sus colaboradores de la Santa Sede que han hecho posible la organización de la visita, han velado por la seguridad de Vuestra Santidad y han trabajado por el buen desarrollo de cada uno de los actos.

Que el Señor le conceda abundantes dones y que la Santísima Virgen María lo sostenga siempre en la misión que le ha sido confiada.

Con afecto filial, le aseguramos nuestra comunión con el ministerio petrino y nuestras oraciones por su persona y sus intenciones.

✠ Luis J. Argüello García
Arzobispo de Valladolid
Presidente de la Conferencia Episcopal Española

A Su Santidad el Papa León XIV
Ciudad del Vaticano

lunes, 29 de junio de 2026

Cómo realizar la entronización del Sagrado Corazón de Jesús en el hogar católico

(NCRegister/InfoCatólica) Molly Farinholt y su esposo afrontaban la sexta mudanza en cinco años, con dos hijos pequeños, cuando sufrieron la pérdida de un bebé. Fue entonces cuando el matrimonio decidió consagrarse a sí mismos, su nuevo hogar y su familia al Sagrado Corazón de Jesús.

«El Señor nos llevó a ese punto de necesitar una mayor confianza en Él y de ser conscientes de que necesitábamos apoyarnos más en Él y en la devoción al Sagrado Corazón», relató Farinholt. «Parecía lo más adecuado para suscitar esa mayor confianza y devoción hacia Él».

Los Farinholt practicaron una tradición llamada entronización del Sagrado Corazón. Esta práctica, muy popular en las décadas de 1940 y 1950, fue formalizada por el padre Mateo Crawley-Boevey en 1907. Una persona, un matrimonio o una familia pueden consagrar su casa, su apartamento o incluso una habitación al Sagrado Corazón colocando una imagen suya en un lugar destacado.
Cómo practicar esta devoción

Hay varias maneras de vivir esta devoción durante el mes del Sagrado Corazón o en cualquier momento del año. La imagen del Sagrado Corazón puede acompañarse, sobre una mesa o espacio de oración reservado para ello, de una Biblia, un rosario, flores y velas.

Tradicionalmente, los católicos recibían a un sacerdote para que celebrara una Misa en el hogar ese día y entronizara la imagen del Sagrado Corazón. Sin embargo, Emily Jaminet, directora ejecutiva nacional de la Sacred Heart Enthronement Network —organización de alcance global que busca difundir esta práctica—, señaló que la Misa no es del todo necesaria.

«Antiguamente era muy frecuente, en los años cuarenta, que hubiera una Misa en casa. Era algo muy solemne y reverente. Hoy las Misas en los hogares son cada vez menos comunes», explicó Jaminet. «Mi hermano es sacerdote católico y me dijo: ‹Emily, no puedes decirles a los católicos que, para recibir el amor de Cristo, tienen que tener a un sacerdote presente en su casa›. Creo que fue un consejo muy sabio, y fue confirmado por nuestro obispo, Earl Fernandes».

Quizá el sacerdote pueda acudir igualmente, o bien un diácono, o el padre o cabeza de familia puede dirigir las oraciones, valiéndose de las guías de oración disponibles para la entronización.
Testimonios de paz y gracias recibidas

Farinholt afirmó que su familia encontró consuelo en la entronización y en las doce promesas de Cristo asociadas a esta devoción, en medio de algunas de sus pruebas más difíciles.

«Cuando hicimos la consagración, estábamos en un período de transición y agitación, con la mudanza y la pérdida del bebé», recordó. «Sentimos oleadas de paz a través de todo aquello. Ahora, dos años después, podemos mirar atrás y ver que Él ciertamente estableció mucha paz en nuestra familia».

Lisa Pellegrini, empresaria, esposa de un agricultor y madre de nueve hijos que educa en casa, contó que su familia también recoge los frutos de la consagración al Sagrado Corazón. Los Pellegrini conocieron la entronización por un amigo de la familia que es sacerdote.

«Simplemente nos dijo: ‹¿Saben qué? Creo que su familia debería consagrarse al Sagrado Corazón de Jesús›», relató Pellegrini. «Creo que él intuía que esto nos fortalecería». Según contó, las gracias recibidas con la entronización han acercado a toda su familia a Cristo. Juntos acuden a Misa diaria y llevan un estilo de vida «monástico». «Definitivamente nos ha dado las gracias que nos ayudan a perseverar en este estilo de vida exigente», aseguró.

María Troutman, esposa y madre de cuatro hijos de 33 años, dijo que la entronización del Sagrado Corazón ha sido un recordatorio diario del reinado de Cristo sobre su familia. «Ha habido muchas ocasiones en los últimos seis años en que hemos sido probados por cruces pesadas; y, sin embargo, nunca hemos olvidado que el Rey del Universo reina aquí y que nos ama», afirmó.

Troutman animó a quienes lo estén considerando a no dejar pasar la oportunidad: «Si sientes el impulso de entronizar el Sagrado Corazón, hazlo. Recuerda que, si buscamos a Dios, es solo porque Él nos ha buscado primero. ¡No tengáis miedo!».

Homilía del Santo Padre León XIV en la Solemnidad de los Santos Pedro y Pablo

Queridos hermanos y hermanas:

Hoy, en una única solemnidad, conmemoramos a los santos Pedro y Pablo, patronos de la ciudad y de la diócesis de Roma: elegidos por Jesús, uno como pastor de su rebaño y el otro como apóstol de los gentiles. En ellos veneramos a dos pilares de la Iglesia.

Pedro, custodio del Pueblo de Dios, aparece en numerosas ocasiones en el Nuevo Testamento comprometido con la preservación de la comunión entre los hermanos. Es él quien, en el lago de Galilea, tras una noche de trabajo aparentemente inútil, le dice al Maestro: «no hemos recogido nada; pero, por tu palabra, echaré las redes» (Lc 5,5), y se vuelve al mar llevándose también a los demás consigo. Es también él quien, mientras muchos se alejan del Señor tras el duro discurso sobre el Pan de vida, le dice al Mesías: «¿a quién vamos a acudir? Tú tienes palabras de vida eterna» (Jn 6,68), y permanece, junto con los otros once. Es aún él quien, en Cesarea, reconoce en Jesús al Hijo de Dios y se hace portavoz de todos en la profesión de la única fe, como hemos escuchado en el Evangelio (cf. Mt 16,13-19). Además, después de la Resurrección, a orillas del lago, es el primero en llegar hasta Cristo, lanzándose al agua y adelantándose a los demás, nadando, para renovar humildemente su amor y recibir la confirmación de su misión (cf. Jn 21,1-17).

Pedro se mantiene fiel a esa misión, incluso cuando, por ejemplo, en Jerusalén, la cuestión de la admisión al bautismo de los paganos no circuncidados amenaza con dividir a la comunidad. Reúne a los hermanos, los escucha y, al final, guiado por el Espíritu Santo, toma la decisión, preservando la comunión e inaugurando una nueva etapa para todo el Pueblo de Dios: «creemos —afirma—que lo mismo ellos que nosotros nos salvamos por la gracia del Señor Jesús» (Hch 15,11).

Esta grandeza de espíritu no significa que Pedro sea perfecto. Durante la Pasión, niega al Maestro, para luego derramar lágrimas sinceras de arrepentimiento (cf. Lc 22,54-62); y el propio Pablo, en otra ocasión, le reprocha la incoherencia de algunas de sus actitudes (cf. Ga 2,11-14). No obstante, sabe reconocer sus propios errores y arrepentirse, sin desanimarse y sin dejar de cumplir con la misión de anunciar el Evangelio y reunir al rebaño de Cristo, hasta el martirio, que sufre precisamente aquí, en Roma, no muy lejos del lugar en el que nos encontramos.

Esta fiel y paciente preocupación por la unidad queda bien expresada en el símbolo de las llaves, con el que a menudo lo identificamos (cf. Mt 16,19). Una llave no es para derribar las puertas, sino para abrirlas y cerrarlas, buscando en su interior las manivelas adecuadas y acompañando sus movimientos, para deshacer los bloqueos, deslizar las clavijas, y que las hojas giren libremente sobre sus bisagras, uniendo los espacios y convirtiendo tantas habitaciones aisladas en una única casa acogedora. Del mismo modo, la comunión, en la Iglesia, no se construye endureciéndose en las propias posiciones, sino buscando, en los corazones de todos, los puntos de encuentro en la Verdad, a cuya única luz todos se convierten en instrumentos de crecimiento para los demás.

Desde esta perspectiva podríamos interpretar la misión que el Señor confió a Pedro y a sus sucesores, en beneficio de todo el Pueblo santo de Dios: escuchar, con su ayuda, las voces de cada uno; discernir las inspiraciones; guiar los caminos; corregir los errores; instruir, animar, exhortar y acompañar a los hermanos para que, dóciles a la acción del mismo Espíritu (cf. 1 Co 12,1-11), cooperen en la salvación unos de otros y de toda la humanidad. Pero el ejemplo de Pedro es también una invitación para que cada cristiano se convierta en artífice de la unidad, poniendo a Dios en el centro de su existencia y acercándose a los hermanos, atento a sus vicisitudes y a sus necesidades (cf. Francisco, Catequesis, 9 octubre 2024), para vivir con ellos en la caridad y así “llevar a cabo el anuncio del Evangelio” (cf. 2 Tm 4,17).

Esta es también la enseñanza de Pablo, el otro gran apóstol al que celebramos hoy, incansable anunciador de la Buena Nueva. Él también tiene sus símbolos distintivos: el libro y la espada, estrechamente unidos entre sí. El autor de la Epístola a los Hebreos, lo explica bien cuando escribe que, «la palabra de Dios es viva y eficaz, más tajante que espada de doble filo», capaz de penetrar «hasta el punto donde se dividen alma y espíritu» y de discernir «los deseos e intenciones del corazón» (Hb 4,12).

Es lo que Dios obró en el corazón del joven Saulo, conquistándolo (cf. Flp 3,12) y llevándolo primero a convertirse al Evangelio, adoptando un nuevo nombre; luego, a anunciarlo por todo el mundo; y, por último, a testimoniarlo como Pedro, en esta misma ciudad, hasta el punto de entregar su vida. El Apóstol de los gentiles se dejó transformar por el poder de la Palabra de Dios, que lo alejó de la violencia para conducirlo por el camino del amor.

San Agustín, al comentar su conversión y su misión, decía: “Cuando iba de camino a Damasco y bufaba amenazas y muerte, lo llamó la voz celeste (cf. Hch 9,1-7), lo abatió la Palabra” (cf. Sermón 299/A aum., 6). Y añadía: «Hizo predicador de la paz al perseguidor de la Iglesia, perdonó todos sus pecados, lo puso en un puesto tal, que por medio de su persona quedasen perdonados los de los otros» (ibíd.).

Queridos hermanos, hoy es importante fijarnos en estos dos santos —Pedro y Pablo— para comprender cómo podemos ser, también nosotros como ellos, apóstoles y artífices de la unidad, servidores generosos de la verdad en la caridad. Es precisamente con este espíritu con el que nos disponemos a celebrar el antiguo y evocador rito de la entrega de los palios a los arzobispos metropolitanos. Esta banda de lana blanca adornada con cruces expresa el compromiso de todo pastor —pero también el de todo cristiano— de llevar sobre sus hombros a los hermanos y hermanas que le han sido confiados, como auténticos corderos del rebaño del Señor, y de sacrificar por ellos energías, tiempo, esfuerzo e incluso la vida, para que el Evangelio llegue a todos y el mundo entero encuentre en él armonía y concordia (cf. Const. past. Gaudium et spes, 38).

Con estos sentimientos, me complazco en dirigir mi cordial saludo a los miembros de la Delegación del Patriarcado Ecuménico de Constantinopla, enviada por nuestro muy querido hermano Su Santidad Bartolomé y encabezada por Su Eminencia Emmanuel, metropolitano de Calcedonia.

Roguemos a los santos Pedro y Pablo para que nos sostengan en el camino de la comunión, siguiendo las huellas del Salvador. Es el camino que Él nos ha marcado, aquello por lo que oró al Padre en la Última Cena (cf. Jn 17,21-23), la meta que nos ha enseñado a anhelar con esperanza confiada (cf. Benedicto XVI, Homilía en la Misa con imposición del palio a los nuevos metropolitanos, 29 junio 2012).

domingo, 28 de junio de 2026

"El que os recibe... me recibe". Por Joaquín Manuel Serrano Vila


Estamos en el Domingo XIII del Tiempo Ordinario; el núcleo del mensaje evangélico de hoy nos sitúa ante la radicalidad del seguimiento de Jesús y el misterio de la hospitalidad divina, donde cada pequeño acto de acogida transforma nuestra realidad temporal en una promesa de eternidad. Las lecturas de este domingo —el pasaje del segundo libro de los Reyes, la teología bautismal de san Pablo a los Romanos y la culminación del discurso misionero en san Mateo— entrelazan dos hilos conductores fundamentales: la exigencia absoluta del amor a Cristo y la maravillosa recompensa de la acogida espiritual.

En la primera lectura, se contempla una hermosa página sobre la hospitalidad en el antiguo Oriente Medio. Una mujer de Sunem, descrita como una persona influyente y de fe profunda, percibe de manera intuitiva que el profeta Eliseo es un "hombre santo de Dios". Su reacción no es la indiferencia ni una generosidad superficial: decide construirle una habitación en la terraza, equipándola con lo necesario para su descanso. Esta mujer no buscaba un milagro ni actuaba por interés. No obstante, la verdadera hospitalidad nunca queda sin fruto ante los ojos del Creador. Al acoger al profeta, la esterilidad de su hogar se transforma en vida: "El año próximo, por esta época, tú estarás abrazando un hijo"... Esta transformación física simboliza lo que sucede en el alma cuando se da espacio a lo sagrado: las áreas estériles y vacías del corazón comienzan a florecer con una vida nueva.

Para comprender la exigencia que Jesús plantea en el Evangelio, resulta indispensable meditar primero en las palabras de san Pablo en su Carta a los Romanos. El Apóstol recuerda el fundamento de la identidad cristiana: el bautismo. Sostiene que ser bautizado implica haber sido sepultado con Cristo en su muerte, para poder caminar de la misma manera en una vida nueva. El cristiano no vive bajo la lógica del egoísmo ni de los apegos mundanos, dado que ha muerto al pecado. Si nuestra existencia antigua ha sido crucificada con Él, nuestra cotidianidad actual debe reflejar la libertad del Resucitado. Esta "vida nueva" proporciona la fuerza espiritual necesaria para asumir las demandas radicales del discipulado, permitiendo entender que perder la vida por Cristo no constituye una derrota, sino el único camino certero para encontrarla.

El pasaje evangélico de san Mateo nos sitúa ante afirmaciones solemnes y determinantes del Señor: "El que quiere a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí". Jesús no busca destruir los vínculos familiares ni abolir el cuarto mandamiento. Su intención es ordenar los afectos humanos bajo la primacía del amor divino. Cuando Dios ocupa el centro de la existencia, las relaciones humanas no se debilitan; al contrario, se purifican y se fortalecen con el amor caritativo. El error radica en convertir los lazos afectivos o la seguridad material en ídolos que impidan responder con prontitud al llamado del Evangelio. Inmediatamente después, el Maestro añade: "El que no carga con su cruz y me sigue, no es digno de mí". En la antigüedad romana, cargar la cruz significaba el camino hacia la ejecución, una entrega total sin retorno. Para el discípulo, la cruz representa asumir las consecuencias de la fidelidad a la verdad, aceptar el sufrimiento por amor y desgastar la vida en el servicio diario. La paradoja del Reino se manifiesta plenamente aquí: quien intenta retener su vida egoístamente, la destruye; pero quien la entrega por Cristo, la conserva para siempre. La sección final del Evangelio conecta de forma directa con la hospitalidad de la primera lectura. Jesús afirma una verdad eclesiológica fundamental: "El que os recibe a vosotros, me recibe a mí". Los ministros, los misioneros y los hermanos más pequeños de la comunidad cristiana son portadores de la presencia viva del Señor. Cristo se hace tan accesible que asegura una recompensa eterna incluso para los gestos más sencillos: "El que dé a beber, aunque no sea más que un vaso de agua fresca, a uno de estos pequeños... no perderá su recompensa". En un mundo marcado por la prisa y la indiferencia, un vaso de agua fresca puede traducirse hoy en las obras de misericordia en medio de un mundo inmisericorde.

Evangelio Domingo XIII del Tiempo Ordinario

Lectura del santo evangelio según san Mateo 10, 37-42

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus apóstoles:
«El que quiere a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí; el que quiere a su hijo o a su hija más que a mí, no es digno de mí; y el que no carga con su cruz y me sigue, no es digno de mí.

El que encuentre su vida la perderá, y el que pierda su vida por mí, la encontrará. El que os recibe a vosotros, me recibe a mí, y el que me recibe, recibe al que me ha enviado; el que recibe a un profeta porque es profeta, tendrá recompensa de profeta; y el que recibe a un justo porque es justo, tendrá recompensa de justo.

El que dé a beber, aunque no sea más que un vaso de agua fresca, a uno de estos pequeños, solo porque es mi discípulo, en verdad os digo que no perderá su recompensa».

Palabra del Señor 

Una magnífica humanidad con corazón. Por Monseñor Fray Jesús Sanz Montes O. F. M.

Estamos ante un nuevo reto que puja con toda su fuerza para hacerse con la preponderancia de una poderosa arma moderna: la inteligencia artificial (IA). Está en curso una batalla comercial en el control por el poder, ante el pulso por las distintas aplicaciones de la IA entre el poderoso mercado norteamericano y el emergente mercado chino, con su consecuencia en la bolsa internacional y sus importantes altibajos. La Santa Sede publicó hace meses una instrucción (Antiqua et nova) sobre esta herramienta ambivalente, y reconociendo los desafíos y oportunidades del saber científico y tecnológico, se debería acertar en el uso razonable al servicio del bien humano y su dignidad. Aparecen como un desafío las cuestiones antropológicas y éticas planteadas por la IA, puesto que uno de los objetivos de esta tecnología es el de imitar la inteligencia humana que la ha diseñado. Se trata, pues, de una “imitación” que pone en juego toda la potencialidad de los algoritmos, con su inmensa combinación de datos, donde una máquina nos puede suplir supuestamente por su rapidez y competencia, pero carece de lo más decisivamente humano: el corazón. Inteligencia significa “leer por dentro”, y esto no lo hace la máquina, aunque emule la capacidad humana de pensar, relacionar y decidir.

Es lo que el papa León XIV ha querido abordar en su encíclica Magnífica humanitas, invitándonos a alzar la mirada, como ha hecho en su reciente viaje apostólico en España. Porque, como dice él en las primeras líneas de la encíclica, «la magnífica humanidad que Dios ha creado se encuentra hoy ante una elección decisiva: levantar una nueva torre de Babel o edificar la ciudad donde Dios y la humanidad habiten juntos. Cada generación recibe como herencia la tarea de dar forma a su propio tiempo: hacer madurar la historia como un lugar donde se proteja la dignidad de cada persona, se promueva la justicia y se haga posible la fraternidad. Pero en cada época se cierne el riesgo de construir un mundo inhumano y más injusto. Allí donde la humanidad corre el peligro de perder su rostro, nosotros, los cristianos, alzamos los ojos hacia el Dios que se hizo carne, sabiendo que “el misterio del hombre sólo se esclarece en el misterio del Verbo encarnado”. En Jesucristo, esta magnífica humanidad encuentra el camino, la verdad y la vida, abriendo a cada uno de nosotros la vía para crecer hacia la plenitud» (n. 1).

Por eso, bienvenida esa herramienta de la IA que bien usada nos reporta tantos avances en el campo científico y social (medicina, artes, retos actuales, etc.), pero debemos reconocer que sus capacidades computacionales representan sólo una parte de las posibilidades de la mente humana, sin poder realizar el discernimiento moral o la capacidad de relaciones auténticas. Dado que la IA no tiene «la apertura del corazón humano a la verdad y al bien, sus capacidades, aunque parezcan infinitas, son incomparables con las capacidades humanas de captar la realidad. Se puede aprender tanto de una enfermedad, como de un abrazo de reconciliación e incluso de una simple puesta de sol. Tantas cosas que experimentamos como seres humanos nos abren nuevos horizontes y nos ofrecen la posibilidad de alcanzar una nueva sabiduría. Ningún dispositivo, que sólo funciona con datos, puede estar a la altura de estas y otras tantas experiencias presentes en nuestras vidas» (Antiqua et nova, 32-33). Y es que, Dios no nos hizo máquinas, sino tan a su imagen que nuestra semejanza se le parece en lo más hermoso: el corazón. Esto es lo que nos jugamos en el buen uso de la tecnología que vela por la dignidad de la persona, su libertad, junto a la justicia y la paz entre los pueblos, tal y como nos ha soñado nuestro Creador. Alcemos la mirada con lo mejor de nuestra inteligencia y con el ardor de nuestro corazón sin construir una torre de Babel, sino edificando la soñada y prometida Ciudad de Dios.

+ Fr. Jesús Sanz Montes, ofm
Arzobispo de Oviedo

sábado, 27 de junio de 2026

Santa Rita y las abejas. Por Guillermo Juan Morado

(La Puerta de Damasco) Las abejas son unos insectos muy singulares, productores de cera y de miel. En sentido figurado, se le llama “abeja” a una persona laboriosa y previsora. El gran poeta romano Virgilio (70-19 a.C.), de origen campesino, crecido entre los bosques y los árboles, formado entre trabajadores, en una Lombardía húmeda y brumosa, mantiene a lo largo de su vida el apego a la vida sencilla, a los pequeños placeres y a los animales, cultivando una simpatía que extiende a toda la naturaleza. Desde el año 54 estudió elocuencia en Roma y se interesó por la filosofía y por la poesía. A partir de un determinado momento, vivirá asiduamente en la Campania, donde compone, entre el 37 y el 30, un poema acerca del cultivo de la tierra, las “Geórgicas”, antes de dedicarse durante unos 10 años a escribir la “Eneida”. El cuarto canto de las “Geórgicas” versa sobre la apicultura, tema de enorme importancia, pues la miel – “rocío del aire y don del cielo” – se usaba, sobre todo, para endulzar.

En otra región de lo que hoy es Italia, en la Umbría, en la pequeña aldea de Roccaporena, nació hacia 1371 – es imposible precisar con exactitud las fechas de su biografía, que son todas aproximativas - Margarita Lotti, llamada en diminutivo “Rita”, en una familia de campesinos y ganaderos. Sus padres procuran para ella una buena educación en la vecina Casia, donde la instrucción está a cargo de los religiosos agustinos. En ese contexto, madura la devoción de Rita por san Agustín, san Juan Bautista y san Nicolás de Tolentino, a quienes venera como santos protectores. En torno a 1385, se casa con Paolo di Ferdinando di Mancino, con quien tiene dos hijos: Giangiacomo y Paolo María. Es una época de enfrentamientos entre facciones y familias. A consecuencia de ello, su esposo es asesinado y, algo después, también mueren, de enfermedad, sus dos hijos. A los 36 años, más o menos, Rita solicita el ingreso en el monasterio de las monjas agustinas de Casia y, finalmente, es admitida. Entre los símbolos que están presentes en la iconografía de santa Rita, destacan tres: la espina o estigma en la frente, las rosas y las abejas.

El estigma, la herida de la corona de espinas, lo recibe hacia 1432 y persiste durante unos 15 años, hasta su muerte. Se trata de la respuesta divina a la petición de Rita, inmersa en la contemplación de Cristo, de participar más plenamente en el misterio de su Pasión. Las flores son otra señal que la acompaña. En el invierno que precede a su muerte, le pide a una prima suya que ha venido a visitarla desde Roccaporena que le traiga dos higos y una rosa del huerto de la casa paterna. La mujer cree que es un delirio provocado por la enfermedad, pero, cuando vuelve a su casa, encuentra, estupefacta, los higos y la rosa y los lleva a Casia. Rita ve en esos signos la confirmación de que su esposo y sus hijos habían sido acogidos por la misericordia de Dios. La santa expira en la noche del 21 al 22 de mayo alrededor de 1447. Su cuerpo incorrupto, nunca sepultado, es custodiado por una urna de cristal. A pesar de las dificultades que atravesó a lo largo de su vida, Rita supo florecer como las rosas.

Y nos quedan las abejas. Se cuenta que cuando Rita era una bebé, mientras dormía en una cesta, abejas blancas se agrupaban sobre su boca, depositando en ella la miel sin hacerle daño y sin que la niña llorase para alertar a sus padres. Uno de los campesinos, viendo lo que ocurría, trató de dispersar las abejas con su brazo herido. Su brazo se curó inmediatamente. Después de casi 200 años de la muerte de santa Rita, las abejas blancas surgían de las paredes del monasterio de Casia durante la Semana Santa de cada año y permanecían hasta la fiesta de santa Rita, el 22 de mayo, cuando retornaban a la inactividad hasta el año siguiente. El papa Urbano VIII (1568-1644), nacido con el nombre de Maffeo Barberini, en cuyo escudo de armas figuran tres abejas de oro, como se puede ver en el baldaquino de Bernini en la basílica de san Pedro del Vaticano, al oír lo de las famosas abejas de Casia, pidió que le llevaran una de ellas a Roma. La examinó cuidadosamente, le ató un hilo de seda y la dejó libre. Esta se descubrió más tarde, en su nido del monasterio de Casia, a 138 kilómetros de distancia. Urbano VIII beatificó a Rita el 16 de julio de 1627. Fue canonizada el 24 de mayo de 1900.

Así son las abejas, que fascinaron a Virgilio y que simpatizaron con santa Rita. Aseguran que los huecos en la pared del monasterio de Casia, donde las abejas permanecen ocultas casi todo el año, pueden ser vistos por los peregrinos que allí se acercan. Si Virgilio hubiese nacido un par de siglos después de santa Rita, quizá hubiera añadido algunos versos al cuarto canto de las “Geórgicas”.

Entrevista al Sr. Arzobispo en El Debate

 

viernes, 26 de junio de 2026

La gesta de Pelayo, el niño mártir. Por María Fidalgo Casares

(El Debate) El nombre Pelayo procede del latino Pelagius y está estrechamente ligado a la figura del rey Pelayo, quien encabezó la resistencia frente a la invasión musulmana en el siglo VIII. Desde entonces, el nombre ha quedado impregnado de un aura de valentía, defensa y espíritu guerrero en la historia de España.

Hoy en ciertos sectores se observa una tendencia creciente hacia la recuperación de aquellos nombres españoles que atesoran un trasfondo histórico y cultural. Entre las niñas, los medievales Jimena, Mencía, Inés o Blanca; y entre ellos Álvaro, Enrique, Hernán y, sobre todo, Pelayo, que ha experimentado un resurgimiento notable en las últimas décadas. Tanto que, en España, así se llaman cerca de 4000 personas y su edad media ronda los veinte años. Este patrón demográfico revela que el nombre de Pelayo vive una renovada popularidad en este siglo y encuentra mayor presencia en Asturias, Castilla, León y Madrid, lo que refuerza el vínculo con el norte peninsular y con la herencia histórica que lo acompaña.

Lo que pocos conocen —incluso posiblemente muchos de sus portadores— es que su uso como nombre no se debe al legendario monarca, primer rey de aquella diminuta España cristiana, sino a un santito gallego. El héroe de Covadonga nunca fue canonizado y solo gracias a este niño santo el nombre de Pelayo puede imponerse en los bautizos.

La batalla de Valdejunquera y el origen del cautiverio

Todo comenzó con la batalla de Valdejunquera, que enfrentó en el año 920 a los tres monarcas más poderosos de la península ibérica: Sancho I Garcés, rey de Pamplona, y Ordoño II, rey de León, contra Abderramán III de Córdoba.

Durante los años previos, los reinos de León y Pamplona habían realizado incursiones exitosas en territorios de al-Ándalus, y Abderramán III decidió liderar personalmente una campaña de castigo. Según las crónicas islámicas, arengó a sus tropas en la mezquita de Córdoba, llamando a la guerra santa contra los «infieles del norte». Quería humillar a los reinos cristianos y recuperar las plazas perdidas.

La batalla tuvo como escenario el valle de Guesalaz, entre los concejos navarros de Muez y Arguiñano. Abderramán venció causando una gran mortandad, y los reyes huyeron amparados por los montes. A la derrota siguieron tres días de saqueo y destrucción de pueblos y cosechas de los valles, y los musulmanes volvieron a Córdoba portando orgullosos una montaña de cientos de cabezas cristianas y un contingente de prisioneros, elegidos entre los de apariencia más notable para poder pedir rescate por ellos.

Entre los trasladados a Córdoba se encontraba Hermogio, obispo de Tuy, y su pequeño sobrino Pelayo. Las fuentes relatan que el obispo consiguió que se le permitiera regresar a territorio cristiano para poder reunir el rescate exigido, y dejó al niño como rehén.

Infancia de Pelayo y su formación religiosa

La vida de Pelayo podría haber sepultada en el olvido, pero dos obras de distinto origen recogieron su historia. Una hispana, por parte del presbítero Raguel, y la más sorprendente, la de la monja benedictina alemana Hroswitha de Gandersheim. una de las figuras más fascinantes de la literatura medieval. Fue una de las primeras escritoras en latín del Medioevo y en un periodo en el que las mujeres rara vez tenían voz en la cultura escrita, destacó por su erudición y por dedicarla, entre otras obras, a recoger la vida de Pelayo a miles de kilómetros del entorno del niño.

Pelayo, o Payo, había nacido hacia el año 911 en el municipio pontevedrés de Creciente, en el Reino de Galicia. Probablemente huérfano, creció en la órbita de la Iglesia y su tutor fue su tío Hermogio (o Hermigio), obispo de Tuy. Desde niño, Pelayo fue educado en un ambiente de profunda religiosidad, combinando la disciplina monástica con el aprendizaje de la liturgia, lo que desarrolló en él una temprana interiorización de la fe cristiana.

Cuando lo capturan tras la derrota de Valdejunquera tenía entonces unos diez años, pero su edad no le protegió y fue una moneda de cambio más en la diplomacia fronteriza. Su cautiverio, en un principio temporal, se convirtió en una condena prolongada: por razones desconocidas, el rescate nunca llegó a pagarse y Pelayo permaneció en la cárcel de Córdoba casi cuatro años. Muchos cautivos cristianos en al-Ándalus eran empleados como sirvientes, soldados o incluso en la administración, y sufrían condiciones duras. La tradición no narró cómo pasó su encierro, pero sí su crecimiento espiritual: era un niño que, en la oscuridad de la prisión, maduró su fe.
El encuentro con Abderramán III y el martirio

Pelayo había llegado a Córdoba siendo un niño, y su belleza aumentó al acercárse a la adolescencia, lo que llegó a oídos de Abderramán III. El soberano, con intenciones pedófilas, quiso verlo e impresionado quiso tener relaciones físicas con él, pero para su disfrute quería que fueran consentidas. Intentó atraerlo con promesas de libertad, riquezas y honores si además renegaba de su fe y abrazaba el Islam.

Pelayo no solo rechazó la propuesta, sino que llegó a ofender al monarca y a su religión. El rehén, sin poder ni recursos, se enfrentaba al gobernante más poderoso de la Península y eligió la castidad y la fidelidad a Cristo por encima de su propia vida.

Tras el rechazo, Abderramán entró en cólera y ordenó que fuera torturado hasta conseguir sus deseos, junto a un doloroso proceso de humillaciones y presiones para que también abjurara de su fe. Como no cedió, se culminó con su condena.

Las fuentes describen dos versiones de su ejecución el 26 de junio del 925: una, que fue atado al «caballo de hierro» y torturado prolongadamente, descuartizándolo con unas tenazas; la otra, que fue colgado de una horca y desmembrado. En ambos casos, sus restos fueron arrojados al Guadalquivir. Los cristianos de Córdoba los recogieron y sepultaron en el templo de San Gines.

Tenía trece años y murió con serenidad, proclamando su amor a Cristo hasta el final. Desde el punto de vista histórico, su ejecución encaja en un contexto real en el que la apostasía o la resistencia a la autoridad podían ser castigadas con la muerte, El relato cristiano convirtió ese hecho en un símbolo: un adolescente que prefiere permanecer casto y perder la vida antes que ceder a la presión dominante. Su memoria se consolidó rápidamente en las comunidades cristianas del norte, que vieron en él un modelo de virtud juvenil.

Las fuentes: Raguel, Hroswitha

La figura del joven mártir pronto trascendió a ámbitos insospechados, muy lejanos geográficamente. Las dos fuentes sobre su vida, una hispana y la otra en el entorno del Sacro Imperio, tienen una gran verosimilitud por el hecho incontestable de que se escribieron muy poco después del asesinato de Pelayo.

Una, la Passio sancti Pelagii, fue redactada por el presbítero Raguel, probablemente cordobés. Junto a los datos biográficos, lo presenta como un prisionero firme en la fe y en la castidad, que soporta la dureza de la cárcel sin renegar de Cristo. De forma independiente, la monja Hroswitha de Gandersheim compuso una versión de su historia, integrando a Pelayo en un repertorio de ejemplos para las comunidades religiosas femeninas.

A partir de estas obras, la Edad Media edificó una biografía que fijó los grandes hitos de su vida: origen gallego, parentesco con un obispo, cautiverio en Córdoba, encuentro con el califa, negativa a apostatar y martirio. La hagiografía fijó su breve vida, aunque breve, en la memoria cristiana como la de un adolescente mártir que, en el corazón del que sería el califato más brillante de Occidente, eligió a su Dios por encima de la supervivencia.

La Iglesia fijó su festividad el 26 de junio, fecha de su martirio, y su culto se extendió por Galicia, León, Castilla y otros territorios cristianos. Iglesias, monasterios y parroquias tomaron su nombre. En Galicia, la advocación de San Paio se hizo frecuente, y en León y Oviedo su figura se integró en el calendario litúrgico. La versión de Hroswitha contribuyó a que su nombre circulara también en ámbitos monásticos del Sacro Imperio, alcanzando una dimensión europea.

Las reliquias: de Córdoba a León y de León a Oviedo

En esta época de confrontación religiosa, las reliquias eran símbolos de reafirmación de la fe. La historia de Pelayo no termina con su muerte. Sus restos se convirtieron en objeto de veneración. Su leyenda fue creciendo y, por gestiones de la monja Elvira, hermana del rey Sancho el Craso de León, en 967 se consiguieron trasladar los restos del niño mártir a León para darle sepultura en territorio cristiano.

Ante la amenaza del avance de Almanzor a finales del siglo X, Bermudo II se los llevó a Oviedo y los entregó al monasterio femenino que sería conocido desde entonces como «Las Pelayas». A finales del siglo XVII, las reliquias de san Pelayo fueron extraordinariamente codiciadas y a petición de las monjas, se pusieron barras de hierro y candados en el arca de plata en la que estaban guardados para impedir su salida del convento, lo que autorizó el propio Papa.

En 1810, los soldados napoleónicos arrasaron el monasterio. Ante la amenaza, Las Pelayas se habían marchado ya que nunca suele recordarse, que el saqueo no solo conllevaba el expolio, sino la agresión personal y sexual. Los franceses robaron el arca por la plata, pero tiraron los huesos en un gallinero cercano. Afortunadamente, poco después se encontraron envueltos en los tafetanes que los cubrían.

Después llegaría la Desamortización de Mendizábal de 1837, demoledora para el convento, y con ello, la pérdida de parte de los legajos en los que se relataba el itinerario de las reliquias. Hoy reposan en el monasterio en una urna de cuatro patas en forma de tortugas, con ángeles labrados tocando instrumentos musicales —entre ellos la gaita, un guiño a su origen galaico— en los laterales, y una imagen yacente del niño santo en la tapa.

Doble nombre para una doble gesta

Y así, entre los ecos de la historia, el nombre de Pelayo quedó tejido por un doble hilo del destino y por una doble gesta, aunque separada por el tiempo, unida por la misma firmeza ante el enemigo común.

San Pelayo

La del del niño, que murió por Cristo en el corazón de Al Andalus, y la del rey que, dos siglos antes, había encendido la primera llama de la Reconquista en las montañas de Covadonga. El pequeño Pelayo, sin espada ni ejército, resistió en soledad al poder absoluto de Abderramán III. El rey Pelayo, con apenas un puñado de hombres, resistió en los desfiladeros cantábricos al avance imparable de un imperio. El nombre sobrevivió, pero no por un solo héroe, sino por dos. Uno defendió su cuerpo y su alma; el otro defendió su tierra y su pueblo. Dos gestas y un mismo espíritu. Pelayo, fue rey y fue mártir. Por ello, cuando un niño recibe este nombre, aunque no lo sepa, homenajea a la vez la férrea fe y la determinación del guerrero que inició la Reconquista de España.

Centro Asturiano de Caracas: «La Santina nos protegió, ella está en las situaciones complicadas»

(El Comercio) «La Santina está bien». Javier Tárano, presidente del Centro Asturiano de Caracas, cuenta con emoción que la réplica de la Virgen de Covadonga que preside la capilla de la institución desde hace más de 50 años ha salido, de forma milagrosa, intacta de los dos potentes seísmos que han golpeado Venezuela, que han dejado miles de fallecidos y desaparecidos.

Era un día festivo. Muchos se habían desplazado a la plaza –la zona costera resultó muy dañada– y otros muchos estaban de celebración. Como el medio millar de personas que se había reunido en el Centro Asturiano –situado en el municipio de Baruta, en Caracas,– con motivo de la entrega de «unos premios a la excelencia académica por el fin de curso». Había reunidos en el salón Principado «muchos niños y madres» cuando los temblores desataron el «pánico». «Todos fueron evacuados de manera inmediata» y puestos a salvo.

A Tárano y parte de los miembros de la directiva los cogió en el piso 2. Se agarraron a unas columnas para tratar de 'frenar' las embestidas, pero «cuando ves a un arquitecto empezar a rezar, ves las cosas diferentes». Fueron momentos «indescriptibles, de mucho miedo, pánico total; la estructura del edificio parecía que se resquebrajaba, pero aguantó». Tárano lo tiene claro: «La Santina nos protegió, como en cantidad de circunstancias complicadas, ella está ahí». Tanto, que la imagen, a pesar de enfrentarse a uno de los terremotos más agresivos que recuerdan los venezolanos en más de un siglo, salió indemne, como todas las personas que se encontraban en ese preciso momento en las instalaciones del Centro Asturiano.

Muy diferente suerte corrieron otros miles de venezolanos que han resultado fallecidos o desaparecidos. «Hay municipios de Caracas en los que se han desplomado edificios completos». Las consecuencias de esta desvastación se sufrirán durante largo tiempo.

A Venezuela le toca ahora, aunque parezca imposible pensar en ello, comenzar a recomponerse. El Centro Asturiano de Caracas ya se ha puesto en contacto con las autoridades de los Gobiernos central y regional para poner la institución a su disposición «para lo que necesiten», mientras la Santina permanece en su pedestal simbolizando la esperanza.

jueves, 25 de junio de 2026

Ayuda a Venezuela

 

Venezuela, de rodillas tras un doble terremoto: la Iglesia llama a la oración

Dos seísmos de magnitud 7,2 y 7,5, separados por menos de un minuto, sacuden el norte del país y dejan ya decenas de muertos. El pueblo venezolano, ya golpeado por la incertidumbre política, vuelve los ojos al cielo bajo el amparo de Nuestra Señora de Coromoto.

La tarde-noche del miércoles 24 de junio de 2026, hacia las seis de la tarde (hora local), el noroeste del país sufrió un doble terremoto que ha dejado un rastro de destrucción, luto y temor. Según el Servicio Geológico de los Estados Unidos (USGS), un primer seísmo de magnitud 7,2, con epicentro en San Felipe (estado Yaracuy) y a unos 22 kilómetros de profundidad, fue seguido apenas 39 segundos después por el sismo principal, de magnitud 7,5, con epicentro en Yumare y a tan solo diez kilómetros de profundidad. Se trata de uno de los terremotos más violentos registrados en el país en décadas.

El temblor se sintió con fuerza en Yaracuy, Lara, Carabobo, Aragua, Miranda, La Guaira, Trujillo, Falcón, Mérida y el Distrito Capital, e incluso se percibió en Colombia. La sucesión de dos grandes seísmos en cuestión de segundos agrava el peligro, pues el segundo golpe descarga su fuerza sobre edificios ya debilitados por el primero.

Decenas de víctimas y una capital herida

El balance provisional ofrecido por las autoridades hablaba de al menos 32 fallecidos y más de 700 heridos, una cifra que se teme aumente conforme avancen las labores de rescate. Las zonas más castigadas se encuentran en el este de Caracas —en barrios como Los Palos Grandes y Altamira, en el municipio Chacao—, donde se han desplomado edificios y viviendas. El Aeropuerto Internacional Simón Bolívar de Maiquetía, principal puerta de entrada a la capital, quedó cerrado por los daños, con los vuelos suspendidos. Se registraron además cortes eléctricos y se activaron alertas de tsunami para Aruba, Curazao y Bonaire, algunas levantadas posteriormente. El USGS advirtió de un probable elevado número de víctimas, daños generalizados y réplicas potencialmente fuertes en las próximas horas.

El país, declarado en estado de emergencia, afronta esta catástrofe en un momento ya de por sí excepcional, con un gobierno interino y un horizonte político lleno de incertidumbre. A la fragilidad institucional se suma ahora la herida abierta de la naturaleza.

La Iglesia, cercana al pueblo que sufre

La Iglesia venezolana cuenta con una red capilar para responder a emergencias como esta. Cáritas Venezuela, brazo de acción social de la Conferencia Episcopal, está presente en las 42 diócesis del país y ha actuado en catástrofes recientes —desde las inundaciones de Las Tejerías hasta las lluvias andinas de 2025—, no solo en la primera urgencia, sino también en la posterior reconstrucción y en el acompañamiento espiritual de las familias. A través de las parroquias, esa misma estructura suele convertirse en centro de acopio, punto de auxilio y refugio para los damnificados.

La Conferencia Episcopal Venezolana (CEV), presidida por monseñor Jesús González de Zárate, arzobispo de Valencia, agrupa a los 45 obispos del país. En los últimos meses, la jerarquía venezolana ha insistido una y otra vez en la cercanía a los más pobres y en el «imperativo noble» de la oración por la patria, un clamor que ahora, ante el dolor de un pueblo herido, cobra una urgencia renovada.

No es casual que la mirada de Roma lleve tiempo puesta sobre Venezuela. El Papa León XIV ya el 4 de enero de 2026 manifestó desde la plaza de San Pedro seguir «con gran preocupación» la situación del país y encomendó al pueblo venezolano a la intercesión de Nuestra Señora de Coromoto y de los santos José Gregorio Hernández y sor Carmen Rendiles. El pasado 4 de mayo recibió en audiencia privada a la presidencia del episcopado venezolano, a la que reiteró su «cercanía espiritual» y su «constante oración»; según refirió entonces monseñor González de Zárate, el Pontífice se mantiene «plenamente informado» de la realidad venezolana a través del cardenal Pietro Parolin, Secretario de Estado, y de los informes de la Nunciatura Apostólica en Caracas.

El eco de 1812

La memoria histórica de Venezuela guarda el recuerdo del gran terremoto de Caracas del 26 de marzo de 1812, Jueves Santo, cuando un seísmo de magnitud cercana a 7,7 redujo a escombros buena parte de la capital, La Guaira y Mérida, y se llevó por delante decenas de miles de vidas. Aquel Jueves Santo, en plena Semana de Pasión, quedó grabado a fuego en la conciencia del pueblo creyente. Más de dos siglos después, la tierra vuelve a recordar a los venezolanos la fragilidad de toda obra humana y la necesidad de poner la confianza en Dios.

Sigamos rezando por Venezuela

Ante el luto y la destrucción, el clamor que une a los fieles venezolanos vuelve a resonar con fuerza: perseveremos en la oración. Que Nuestra Señora de Coromoto, patrona de Venezuela, y los santos venezolanos intercedan por los fallecidos, consuelen a sus familias, fortalezcan a los heridos y sostengan a cuantos trabajan estas horas entre los escombros.