domingo, 16 de agosto de 2026

''Ten compasión de mí, Señor''. Por Joaquín Manuel Serrano Vila


La Palabra de Dios en este Domingo XX del Tiempo Ordinario, nos sitúa ante un espejo incómodo, pero sanador. A menudo, tendemos a trazar fronteras invisibles. Decidimos quién está "dentro" y quién está "fuera" de la gracia de Dios. Construimos muros basados en la cultura, la moralidad, las etiquetas sociales, o incluso la práctica religiosa. Sin embargo, las lecturas de este domingo derriban esos muros. Desde el profeta Isaías hasta el impactante encuentro de Jesús con la mujer cananea, el mensaje es unánime: el corazón de Dios es una casa abierta para todos los pueblos. La única condición para entrar no es un certificado de pureza o pertenencia biológica, sino una fe humilde, sincera y perseverante.

El libro del profeta Isaías nos sitúa en el contexto del post-exilio. El pueblo de Israel había regresado de la cautividad en Babilonia; está intentando reconstruir su identidad. En ese momento de reconstrucción, el peligro evidente era el aislamiento, el nacionalismo religioso y el desprecio a los extranjeros. Pero la voz de Dios resuena con una fuerza revolucionaria: "A los extranjeros que se han unido al Señor... los traeré a mi monte santo". Dios no se deja encasillar por los límites geográficos o de sangre de Israel. Hoy se nos habla de la inclusión de los "lejanos": Los extranjeros que aman el nombre del Señor y guardan el Sábado no son ciudadanos de segunda categoría; tienen pleno derecho en el templo. La lectura culmina con una frase que el mismo Jesús citará siglos más tarde: "Mi casa es casa de oración"... Esta lectura nos invita a revisar nuestras comunidades: ¿somos una Iglesia de aduanas o una casa de puertas abiertas? A veces miramos con recelo al que es diferente, al inmigrante, al que no viste como nosotros o al que tiene una historia de vida complicada. Isaías nos recuerda que Dios ya los ha llamado y los está esperando "en su monte santo".

San Pablo, en la carta a los Romanos, abre su corazón de pastor y apóstol de los gentiles. Él sufre profundamente por sus hermanos de sangre, el pueblo de Israel, que en su mayoría ha rechazado a Jesucristo. Sin embargo, Pablo descubre un misterio teológico profundo en este aparente fracaso. Esta es la pedagogía de Dios. La rebeldía o el rechazo de Israel permitió que el evangelio se anunciara a los paganos (los gentiles). La "pérdida" de aquellos significó la reconciliación del mundo. Pablo afirma con rotundidad que "los dones y la llamada de Dios son irrevocables". Dios no se arrepiente de sus promesas, no descarta a Israel para siempre; su fidelidad es eterna. El argumento cumbre de Pablo es que tanto gentiles como judíos han pasado por la desobediencia y, ¿para qué? Para que nadie pueda jactarse de sus propios méritos. Todos dependemos absolutamente de la pura misericordia de Dios. San Pablo nos enseña a no perder la esperanza por aquellos que se han alejado de la fe o que parecen endurecidos frente al evangelio. Los caminos de Dios son más complejos e infinitamente más misericordiosos que nuestros juicios humanos. Si Dios usó la rebeldía para derramar gracia, cuánto más usará nuestra fidelidad y oración para atraer a los que hoy están lejos.

Llegamos a la cumbre de la liturgia de la palabra con el evangelio, tomado del capítulo 15 de San Mateo. Un texto qué, a primera vista, nos desconcierta y hasta nos puede resultar chocante por la aparente dureza de Jesús. Jesús sale de los confines de Israel y se retira a la región de Tiro y Sidón (territorio pagano). Allí se encuentra con una mujer cananea. Para un judío de la época, esta mujer reunía tres condiciones para ser rechazada: era extranjera (enemiga histórica de Israel), era mujer (socialmente postergada en el ámbito público) y tenía una hija endemoniada (considerada impura). Pero lo hermoso de la cananea es que ella no pide nada para sí misma. Grita desde las entrañas: "Ten compasión de mí, Señor, Hijo de David. Mi hija tiene un demonio muy malo"... Reconoce a Jesús con títulos mesiánicos. Su oración es clamor de dolor pidiendo su intercesión. Al principio, Jesús no le responde palabra, guarda silencio. Los discípulos, molestos por el escándalo que va montando tras ellos le piden que la despida: "Atiéndela, que viene gritando detrás de nosotros". No se lo piden por compasión, sino por la incomodidad que les está causando; quieren quitarse el problema de encima. Entonces Jesús responde: "Solo me han enviado a las ovejas descarriadas de Israel". Ella, lejos de rendirse, se postra ante Él y repite: "Señor, socórreme"... Jesús añade una frase durísima en el lenguaje cultural de la época: "No está bien tomar el pan de los hijos y echárselo a los perros". Pero la mujer no se ofende. No entra en discusiones de dignidad. Acepta el argumento de Jesús y le da la vuelta con una sabiduría asombrosa: "Tienes razón, Señor; pero también los perros comen las migajas que caen de la mesa de los amos". Ella sabe que una sola migaja de la mesa de Jesús es más que suficiente para salvar a su hija. Ante esta respuesta, Jesús queda conmovido y admirado. Rompe el protocolo de su misión inmediata y exclama: "Mujer, qué grande es tu fe; que se cumpla lo que deseas". Y en aquel mismo momento quedó curada su hija. ¿Por qué actuó así Jesús? Jesús no quería humillarla. Él, que conoce los corazones, estaba ensanchando la mente de sus discípulos y de ella misma. Estaba provocando que aquella mujer sacara a la luz la mina de oro de su fe. Jesús demuestra que la fe no es una cuestión de pasaporte, linaje o doctrina teórica perfectamente aprendida. La fe es confianza absoluta en el poder y el amor de Dios, incluso cuando el cielo parece callar.

La mujer cananea es hoy nuestra maestra de oración. Ella nos enseña tres cosas fundamentales. Primero a orar con perseverancia y no desanimarnos ante el silencio de Dios. El silencio no es ausencia; a veces es una invitación a profundizar en nuestro deseo y nuestras carencias. Segundo, a hacerlo con humildad, presentándonos ante Dios no exigiendo derechos por ser "buenos cristianos", sino mendigando su misericordia. Y tercero, a romper las fronteras del corazón: dejarnos interpelar por el dolor ajeno, venga de donde venga. Que al acercarnos hoy a la mesa de la eucaristía, donde no recibimos migajas, sino el pan entero de los hijos y que es el Cuerpo de Cristo, le pidamos al Señor la gracia de tener una fe tan grande como la de aquella mujer. Una fe que mueva el corazón de Dios y una caridad que ensanche las puertas de nuestra Iglesia para que todos, sin excepción, encuentren su casa en ella. Amén!

Evangelio Domingo XX del Tiempo Ordinario

Lectura del santo evangelio según san Mateo 15, 21-28

En aquel tiempo, Jesús salió y se retiró a la región de Tiro y Sidón.

Entonces una mujer cananea, saliendo de uno de aquellos lugares, se puso a gritarle:
«Ten compasión de mí, Señor Hijo de David. Mi hija tiene un demonio muy malo».

Él no le respondió nada. Entonces los discípulos se le acercaron a decirle:
«Atiéndela, que viene detrás gritando».

Él les contestó:
«Solo he sido enviado a las ovejas descarriadas de Israel».

Ella se acercó y se postró ante él diciendo:
«Señor, ayúdame».

Él le contestó:
«No está bien tomar el pan de los hijos y echárselo a los perritos».

Pero ella repuso:
«Tienes razón, Señor; pero también los perritos se comen las migajas que caen de la mesa de los amos».

Jesús le respondió:
«Mujer, qué grande es tu fe: que se cumpla lo que deseas».

En aquel momento quedó curada su hija.

Palabra del Señor

sábado, 15 de agosto de 2026

Reflexión de nuestro Párroco en la Solemnidad de la Asunción + Parroquia de Viella


Queridos hermanos y hermanas en Cristo:

Unidos a toda la Iglesia universal que detiene su caminar cotidiano en el centro de este mes de agosto, celebramos un misterio que desborda de alegría y consuelo: la Solemnidad de la Asunción de la Santísima Virgen María en cuerpo y alma a los cielos. Al término de su vida terrena, Aquella que estuvo exenta de toda mancha de pecado original no conoció la corrupción del sepulcro. Dios no permitió que la tierra reclamara el cuerpo inmaculado y sagrario donde el Verbo de Dios se hizo carne. De este modo, cada 15 de agosto recordamos ese día bendito en que María entró por la puerta grande del Cielo; no como un espíritu incorpóreo, sino con la totalidad de su ser humano, abriéndonos camino y convirtiéndose en el espejo de nuestro anhelo de creyentes.

El Cielo es nuestra meta soñada, y para éste nos hemos de preparar día a día tomándonos muy en serio la salvación de nuestra alma. Si nuestra vida no se edifica por medio de la práctica sacramental, seremos cristianos de nombre y costumbres, pero sólo eso. Necesitamos redescubrir la grandeza de orientar nuestra vida a la luz del evangelio, de los mandamientos de la ley de Dios y de los de la Santa Madre Iglesia que nuestros mayores vivían con tanta seriedad y cumplimiento. Por ejemplo, se ha diluido demasiado el término "precepto"; hoy es uno de esos días; y es que en nuestra sociedad líquida y anodina parece que ha quedado como en algo del pasado que para un católico practicante sea: -¡es!- obligatorio escuchar misa entera todos los domingos y fiestas de guardar. Hay quien dice: Yo voy sólo cuando el cuerpo me lo pide (otros sólo a los funerales para dejar la tarjeta); perfecto, cada cual es libre, pero entonces no se ponga en la fila para comulgar pues está en pecado, teniendo en cuenta, además, que para comulgar hay que estar en gracia tras haber confesado, algo bastante olvidado... Las normas de la Iglesia no han cambiado en absoluto, y sigue vigente que para poder comulgar hay que confesarse al menos una vez al año. El Papa León XIV lo ha recordado recientemente: «El inmenso tesoro de la misericordia de la Iglesia permanece inutilizado». A esto siempre está la persona pseudointelectual que dice: ¡yo me confieso directamente con Dios; no creo que por medio de la bendición del cura me venga nada del cielo! Muy bien, entonces usted no se debería poner nunca en la cola para comulgar, pues si no cree que por manos de sacerdote le llega el perdón, tampoco por ellas, que lo consagran, recibirá el Cuerpo de Cristo...

Redescubramos el tesoro de nuestra fe, el regalo de ser católicos y de poder vivir ya aquí en la tierra el anticipo del Cielo.
El Evangelio nos muestra que el camino de María hacia esa corona de estrellas no comenzó con un estallido de poder humano, sino con un humilde "sí" en Nazaret, y con un viaje de servicio que todos conocemos y acabamos de proclamar: al encontrarse con Isabel, María prorrumpe en el canto del Magnificat: Proclama mi alma la grandeza del Señor... porque ha mirado la humillación de su esclava... La Asunción nos enseña una ley divina inquebrantable: el camino hacia la verdadera grandeza, pasa por la humildad. Dios derriba a los poderosos (a los caciques, subversivos e intrigantes que no vienen nunca y del que "Tú no sabes quién soy yo"... y enaltece a los humildes (a los que silenciosa y piadosamente vienen y participan cada domingo de la misa). María está hoy en lo más alto porque así lo entendió y supo hacerse la más pequeña. Necesitamos aprender de Ella, a mirar a los demás con sus ojos, a hablar de los demás con sus labios, a amar con su corazón sincero y agradecido.

Celebrar la Asunción de María en cuerpo y alma es de vital importancia para el mundo de hoy. Vivimos en una sociedad contradictoria: por un lado, se rinde un culto obsesivo al cuerpo a través de la estética y cosmética consumista; por otro, el cuerpo es a menudo instrumentalizado, cosificado y descartado (como vemos en el drama del aborto, la eutanasia o la explotación humana). Frente a este desvío, la Asunción de María es un reclamo también de la dignidad del cuerpo. Dios nos está diciendo hoy que nuestra carne importa, que nuestra corporalidad es sagrada y templo del Espíritu Santo. El cuerpo no es una cárcel del alma, ni un traje viejo que nos quitamos al morir para ser disueltos en la nada. Nuestro cuerpo está llamado a la transfiguración, a la santidad y a la resurrección. María es la criatura humana en la que la Pascua de Cristo ya ha dado su fruto pleno. Ella ya experimenta en sus propias carnes lo que todos nosotros —si somos fieles— experimentaremos al final de los tiempos. Al mirar a María asunta al cielo, recordamos que nuestros ojos verán a Dios, que nuestras manos resucitarán, y que cada fatiga, cada enfermedad sufrida con fe y cada arruga ganada en el servicio a Dios y a los hermanos por amor, tiene un eco de premio en la gloria eterna. No fuimos creados para la corrupción de la muerte y el polvo del sepulcro; fuimos creados para la inmensidad y la eternidad del Cielo.

El Prefacio de la Misa de hoy afirma bellamente que María, asunta al cielo, es "principio y aurora de la Iglesia de la gloria, señal de consuelo y de esperanza firme para el pueblo que todavía peregrina en la tierra". María no se ha marchado a un cielo lejano y aristocrático para desentenderse de nosotros. Al contrario, al estar plenamente en Dios, está más cerca que nunca de cada uno de sus hijos. Ella es la madre que ha llegado primero a la casa paterna; la que ya conoce las habitaciones del palacio del Rey y ha encendido las luces para esperarnos. Ella sabe lo que cuesta caminar por este "valle de lágrimas", por eso nunca nos desampara. Nuestra Señora nos recuerda en este día que nuestra patria definitiva está en los cielos [Flp 3, 20]. María también es llamada en las letanías del Rosario "Puerta del Cielo". Ella, que fue la puerta por la que Dios entró en nuestra historia, es ahora la puerta que nos mantiene abierto el horizonte de la eternidad.

La fiesta de hoy alegra nuestro caminar cristiano. Que María asunta al cielo, nos rescate de la banalidad, de la queja y protesta estéril y de vivir como si esta tierra fuera nuestro único destino. Pidámosle hoy a la Santísima Virgen que nos conceda un corazón semejante al suyo: un corazón humilde que sepa decir "¡Hágase!" a los planes de Dios; un corazón servicial que corra al encuentro del hermano necesitado, y una mirada limpia qué, aun con los pies firmes en la tierra, mantenga siempre los ojos en la esperanza de los bienes del cielo.

No quiero terminar tampoco sin un recuerdo a todos los que sufren y la invocan con piedad y angustia y, particularmente, quiero invocar a Nuestra Señora de África para que ayude al pueblo ceutí, el más español -hoy día- de toda nuestra Patria de María. Que nos ayude a entender que no existe más "Alianza de Civilizaciones" -que decía un necio que por ladrón rinde cuentas a la Justicia- más que con aquellos hermanos nuestros con los que compartimos historia, cultura, tradición, lengua y fe, y que vienen ordenadamente del otro lado del océano, el cual nosotros cruzamos primero, para prosperar legítimamente y trabajar y en nuestra gran Nación que únicamente es España, y que lo hicieron saliendo desde sus propias tierras de María, muy lejos de los infieles tiranos y sátrapas sarracenos.

Santa María, Asunta a los cielos, Santina de Covadonga y Señora de África, cuida de esta Parroquia que hoy te invoca; ayuda a Ceuta, salva a España, y ruega por nosotros, ahora y en la hora de nuestra muerte. ¡Amén!

Evangelio en la Solemnidad de la Asunción de Nuestra Señora

Lectura del santo evangelio según san Lucas 1, 39-56

En aquellos días, María se levantó y se puso en camino de prisa hacia la montaña, a una ciudad de Judá; entró en casa de Zacarías y saludó a Isabel.

Aconteció que, en cuanto Isabel oyó el saludo de María, saltó la criatura en su vientre. Se llenó Isabel de Espíritu Santo y levantando la voz, exclamó:
«¡Bendita tú entre las mujeres, y bendito el fruto de tu vientre!

¿Quién soy yo para que me visite la madre de mi Señor? Pues, en cuanto tu saludo llegó a mis oídos, la criatura saltó de alegría en mi vientre. Bienaventurada la que ha creído, porque lo que le ha dicho el Señor se cumplirá».

María dijo:
«Proclama mi alma la grandeza del Señor, “se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador; porque ha mirado la humildad de su esclava”.

Desde ahora me felicitarán todas las generaciones, porque el Poderoso ha hecho obras grandes en mi: “su nombre es santo, y su misericordia llega a sus fieles de generación en generación”.

Él hace proezas con su brazo: dispersa a los soberbios de corazón, “derriba del trono a los poderosos y enaltece a los humildes, a los hambrientos los colma de bienes y a los ricos los despide vacíos.

Auxilia a Israel, su siervo, acordándose de la misericordia” - como lo había prometido a “nuestros padres” - en favor de Abrahán y su descendencia por siempre».

María se quedó con Isabel unos tres meses y volvió a su casa.

Palabra del Señor

viernes, 14 de agosto de 2026

Santoral 14 de Agosto: San Maximiliano Kolbe

(Aciprensa) Cada 14 de agosto la Iglesia Católica celebra a San Maximiliano María Kolbe (1894-1941), sacerdote y fraile franciscano conventual que murió voluntariamente en el campo de concentración de Auschwitz (Polonia) durante la II Guerra Mundial. El P. Kolbe pidió ser intercambiado por un prisionero a punto de ser ejecutado. San Maximiliano Kolbe fue un gran promotor de la devoción al Inmaculado Corazón de María y uno de los fundadores de la “Ciudad de la Inmaculada", un complejo religioso construido cerca de Varsovia que contaba con un seminario, un monasterio, una editorial y una estación de radio.

Dos coronas: una blanca y otra roja

Maximiliano, cuyo nombre de pila fue Raimundo, nació el 8 de enero de 1894 en la ciudad de Zdunska Wola, Reino de Polonia (en ese momento parte del Imperio Ruso). De acuerdo al relato de su madre -registrado después de la muerte del santo-, cuando Raimundo era niño, hizo una travesura que ella reprochó enérgicamente: “Niño mío, ¡quién sabe lo que será de ti!”. Días después, la madre vio que el pequeño Raimundo había cambiado de actitud y que oraba llorando con frecuencia ante un pequeño altar que tenía entre dos roperos. Ella le pidió que le contara qué le sucedía. Entonces, con los ojos llenos de lágrimas, Raimundo contestó:

“Mamá, cuando me reprochaste, pedí mucho a la Virgen que me dijera lo que sería de mí. Lo mismo en la Iglesia, le volví a rogar. Entonces se me apareció la Virgen, teniendo en las manos dos coronas: una blanca y otra roja. La blanca significaba que perseveraría en la pureza y la roja que sería mártir. Contesté que aceptaba las dos. Entonces la Virgen me miró con dulzura y desapareció”. Este hecho marcó la vida de Maximiliano, quien a partir de entonces profesó la más grande de las devociones a la Virgen Inmaculada.

Caballero de la Inmaculada, hijo de San Francisco

Años más tarde, Raimundo se descubrió llamado a la vida religiosa e ingresó a la Orden de los Franciscanos Conventuales. En el noviciado (1910) cambió su nombre por el de “Maximiliano” en honor a San Maximiliano de Celeia, mártir. En 1911 profesó sus primeros votos y en 1914 los votos finales. Es entonces cuando adopta el nombre adicional de “María”, en honor a la madre de Jesús. Como estudiante de filosofía y teología en Roma (Pontificia Universidad Gregoriana), fundó la “Milicia de la Inmaculada” con la finalidad de promover el amor y el servicio a la Virgen y la conversión de las almas a Cristo. En 1918 fue ordenado sacerdote. De regreso a Polonia, publica la revista mensual “Caballero de la Inmaculada” y en 1929 funda la "Ciudad de la Inmaculada" en Niepokalanów, a 40 kilómetros de Varsovia. Luego se ofreció como misionero en Asia. Establecido en Japón, funda una nueva "Ciudad de la Inmaculada" (Mugenzai No Sono) y publica la revista “Caballero de la Inmaculada” en japonés.

La vuelta a Polonia y el inicio de la Guerra

Maximiliano regresa a Polonia unos años antes del inicio de la Segunda Guerra Mundial, cuando el clima social y político ya se encontraba convulsionado. Allí se encontró con que “El Caballero de la Inmaculada” -la publicación que fundó y dirigió- se había alejado de su línea estrictamente religiosa, dando un giro inadecuado hacia lo político. Maximiliano, retoma la dirección para enderezar lo que se había torcido, y no pierde la oportunidad de criticar desde la publicación las ideas nacionalsocialistas, es decir, las esgrimidas por el partido nazi, totalmente contrarias a la fe.

Con esto, el P. Kolbe quedó expuesto a la persecución de los nazis. Mientras tanto, continuaba con su servicio sacerdotal heroicamente: alentaba a la gente a mantener la fe y a acercarse al Señor. En solidaridad con el pueblo judío, se negó a ser registrado en la lista de los “alemanes” -su padre era alemán, su madre polaca-, con lo que se hubiese librado de posteriores problemas u hostigamientos. Sin embargo, su opción fundamental era el respeto por la humanidad toda, sin exclusiones. Maximiliano mantuvo una posición firme contra el nacionalsocialismo. Luego de algunos enfrentamientos verbales con los nazis, es apresado y enviado a los campos de concentración. Asignado en Auschwitz, destinado a las barracas, quiso ser signo del amor de Dios en un lugar que todos creían precisamente abandonado por Dios.

El amor más grande: dar la vida

Cierto día un prisionero del campo de concentración logró escapar y los soldados alemanes, en represalia, y como muestra de severidad, seleccionaron a 10 prisioneros para que mueran de hambre en los calabozos. El décimo número le tocó al sargento Franciszek Gajowniczek, polaco también, quien exclamó: “Dios mío, yo tengo esposa e hijos”.

Ante esto, el P. Maximiliano se ofreció para ser intercambiado por el condenado a muerte. El sacerdote fue llevado a un subterráneo, donde alienta a los demás prisioneros a mantenerse unidos en oración. Después de varios días, sin comida ni agua, todos han muerto y solo él queda vivo. Para desocupar el lugar, los soldados decidieron aplicarle veneno, procedimiento que se conoce como “inyección letal". El P. Maximiliano rezó así hasta el final: “Concédeme alabarte, Virgen santa, concédeme alabarte con mi sacrificio. Concédeme por ti, solo por ti, vivir, trabajar, sufrir, gastarme, morir…”. Murió el 14 de agosto de 1941, a los 47 años de edad. El Papa San Pablo VI lo declaró Beato al P. Kolbe en 1971. Fue canonizado por San Juan Pablo II -su compatriota- en 1982. En la ceremonia el Papa polaco lo honró con estas palabras: “Maximiliano Kolbe hizo como Jesús, no sufrió la muerte sino que donó la vida”.

Mañana

 

jueves, 13 de agosto de 2026

13 de Agosto: Memoria del Beato Juan Díaz Nosti C.M.F. y compañeros

El Beato Juan Díaz Nosti nació en Oviedo (Asturias) el 17 de febrero de 1880. Creció en el seno de una familia profundamente cristiana, ambiente que favoreció el rápido florecimiento de su vocación religiosa. Atraído por el carisma misionero de la Congregación de los Misioneros Hijos del Inmaculado Corazón de María (Claretianos), decidió ingresar en la congregación, convirtiéndose históricamente en el primer religioso asturiano en profesar los votos dentro de este Instituto religioso fundado por San Antonio María Claret.

Dotado de una notable capacidad intelectual y una profunda vida interior, Díaz Nosti fue enviado a realizar sus estudios eclesiásticos de Filosofía y Teología en los centros formativos que la congregación poseía en Cervera y Santo Domingo de la Calzada. Tras completar con brillantez su preparación, recibió la ordenación sacerdotal en Zaragoza en el año 1906. A partir de ese momento, su vida estuvo guiada por la docencia y el gobierno comunitario. Debido a su carácter prudente, afable y a su sólida preparación teológica, sus superiores le confiaron altas responsabilidades. Fue profesor de Teología Moral dedicando gran parte de su ministerio a la docencia, formando a las nuevas generaciones de sacerdotes. Ejerció como guía espiritual y académico de los estudiantes claretianos en su etapa final de formación como Prefecto de Teólogos. Desempeñó el cargo de superior en conventos y seminarios de ciudades clave como Barcelona, Cartagena, Zaragoza y, finalmente, Barbastro.

En el verano de 1936, el padre Juan Díaz Nosti se encontraba en el caserón-seminario de los claretianos en Barbastro (Huesca), desempeñando el cargo de prefecto de los estudiantes de teología. En la casa residía una numerosa comunidad compuesta mayoritariamente por jóvenes seminaristas, además de los formadores y hermanos coadjutores. Tras el golpe de Estado del 18 de julio de 1936 y el inicio de la Guerra Civil, la situación en Barbastro se volvió extremadamente peligrosa para los religiosos. El 20 de julio, las milicias revolucionarias locales asaltaron el seminario. Toda la comunidad fue arrestada y confinada en el salón de actos del colegio de los Padres Escolapios, convertido provisionalmente en prisión. Durante las semanas de cautiverio, el padre Juan se significó por ser un pilar de fortaleza espiritual para los jóvenes estudiantes, exhortándolos a mantener la fe y preparándolos sacramentalmente para el desenlace que se presentía inevitable.

El ensañamiento contra la cúpula de la comunidad claretiana no tardó en ejecutarse. En la noche del 2 de agosto de 1936, los milicianos seleccionaron a los tres principales responsables de la casa para ser los primeros en morir. Junto al padre superior Felipe de Jesús Munárriz y al administrador de la comunidad Leoncio Pérez Ramos, el padre Juan Díaz Nosti fue conducido a las puertas del cementerio de Barbastro. Allí, en la penumbra de la madrugada, los tres sacerdotes fueron fusilados debido a su condición religiosa. Con su muerte, se abrió el trágico goteo de ejecuciones que pocos días después acabaría con la vida de un total de 51 miembros de aquella comunidad claretiana.

El testimonio de fidelidad de los religiosos de Barbastro conmovió a la Iglesia universal. El proceso de canonización avanzó con firmeza y, el 25 de octubre de 1992, el papa Juan Pablo II los beatificó solemnemente en Roma. Con esta proclamación, Juan Díaz Nosti inscribió su nombre en la historia eclesiástica de su región natal al ser reconocido como el primer beato nacido en la ciudad de Oviedo. Su memoria litúrgica se celebra cada 13 de agosto de manera conjunta con la de sus compañeros de martirio, siendo recordados en el santuario edificado en su honor en Barbastro, donde reposan sus restos, así como en los altares de las iglesias claretianas de toda España.

Ante las Fiestas de Viella 2026


Queridos feligreses y amigos de la parroquia de Santa María de Viella:

Al llegar al ecuador del verano, Viella vive sus días grandes celebrando la solemnidad de la Asunción de la Virgen María. Es una fecha de profunda alegría espiritual en la que contemplamos a nuestra Madre en la gloria del cielo, recordándonos el destino de esperanza al que todos estamos llamados. La fiesta patronal no es sólo una suma de recuerdos pasados; es, ante todo, una oportunidad para vivir el presente sin olvidar el ayer ni angustiarnos por el mañana. En un mundo que a veces camina deprisa y de forma individualista, estos días nos invitan a mirarnos a los ojos, a compartir la misa y la mesa, y a fortalecer la fraternidad vecinal. A veces hay diferentes formas de ver las cosas, complicaciones, contratiempos, momentos de dificultad... Ante esto San Cipriano de Cartago hacía una reflexión muy apropiada: «Las pruebas que vienen a probarnos no son para destruirnos, sino para manifestar la virtud que hay en nosotros». La convivencia no siempre es fácil, pero los asturianos siempre hemos llevado a gala que no hay problema enquistado que no se pueda arreglar delante de un plato, de un vaso o una taza de café, tras una misa. 

Estas fechas y estas fiestas son el momento perfecto para "alzar la mirada" (Jn 4, 35). Es tiempo de abrir las puertas de nuestras casas, abrazar a quienes regresan estos días a descansar un poco en un hogar asturiano y compartir la alegría con los que son amigos, incluso con los que no lo son. Detrás de cada bombilla que ilumina el campo de la fiesta, de cada nota musical del acordeón y de cada acto, hay meses de ilusión y trabajo vecinal para mantener vivas las raíces. Gracias a la Comisión de festejos por su esforzada labor de cada año no sólo por mantener viva la fiesta, sino por tratar siempre de mejorarla. Son estas unas fiestas con mucho pasado a sus espaldas. Y es que el amor de los Paxarros a la Madre de Dios es una realidad milenaria particularmente aquí, tal y como como atestigua un documento del año 1076 que habla de la existencia en este lugar de un monasterio llamado Santa María de Nozana. La devoción de nuestros antepasados por la Reina del cielo ha quedado manifestado como un vínculo íntimo entre Viella y María de Nazaret. Que no se quede en una tradición fría o meramente rutinaria, sino que cuidemos y potenciemos esta unión de hijos con la que es Madre espiritual que consuela, intercede y acompaña nuestras necesidades, penas y dolores. Que hermoso es saber que al tener todos a la misma Madre, podemos sentirnos todos hermanos.

El célebre teólogo dominico San Alberto Magno afirmó: "Jamás se dirá bastante de María; nunca se la honrará ni se la amará bastante; su dignidad y grandeza están por encima de todo lo creado". Quizás esto lo tiene tan interiorizado el pueblo cristiano y más aún aquí en España, que con razón en pleno mes de agosto prácticamente se paralice el país para hacer fiesta grande por María. Pero aún en medio del festejo hemos de seguir insistiendo por el fin de la violencia y el triunfo de la Paz. El pasado 15 de Agosto el Papa León XIV decía en el rezo del Ángelus: ''Hoy queremos encomendar a la intercesión de la Virgen María, asunta a los cielos, nuestra oración por la paz. Ella, como Madre, sufre por los males que afligen a sus hijos, especialmente a los pequeños y a los débiles''. La Paz no es algo que se limite a los gobernantes de las naciones; la paz es tarea de todos. Necesitamos ser instrumentos y constructores de paz, con nuestras palabras y con nuestros gestos. A veces uno está como el rei nun paxu, nos quedamos en la comodidad de nuestros cuarteles de invierno, cuando tantos lazos de camaradería y fraternidad podríamos entretejer y renovar.

Os invito a participar con fe viva en la liturgia de la Asunción, pidiendo a María, nuestra Madre, que bendiga a cada una de nuestras familias, cuide de nuestros paxarros mayores y guíe a nuestros paxarrinos. Le pedimos también a Ella, que es Señora del cielo, que interceda por nuestros difuntos. Que nos lleve a su Hijo, fruto bendito de su vientre. Y que la alegría de estos días festivos se traduzca en gestos de acogida, solidaridad y entendimiento entre todos... Os deseo que paséis unos días felices de descanso y convivencia bajo el manto protector de nuestra Patrona.

A este afallaizu puebliquín de Viella: ¡Felices fiestas de la Asunción 2026!

Con mi bendición y afecto.

Joaquín Manuel Serrano Vila,
                                                                         Párroco

miércoles, 12 de agosto de 2026

Santoral del día: Santa Juana Francisca de Chantal

(COPE) La mujer de este día tuvo un gran espíritu contemplativo de Dios que se unió a su caridad. Hoy celebramos a Santa Juan Francisca de Chantal. Nace en Dijon (Francia) en el año 1572. Hija de familia noble, de muy joven se casó con el barón de Chantal, un militar de prestigio y muy religioso. De él hereda el título nobiliario.

Fruto de su matrimonio nacen seis hijos. Su gran capacidad administrativa es valorada por el marido, por lo que le deja en sus manos la gestión de los bienes y del Palacio que necesitaba retoques. Tras ordenar los estamentos y el entorno, propone la oración para la familia y la servidumbre.

Por fin muestra su faceta más caritativa con los pobres y las víctimas de la hambruna que le tocó padecer. Entonces fija varios parámetros en la vida familiar de la servidumbre. Pronto mueren dos de ellos y su esposo. Entonces busca consuelo en el confesionario.

En su camino aparece San Francisco de Sales, que será su Director Espiritual. Él le aconseja para descubrir lo que la Providencia le pide. Descubriendo un camino de consagración, y tras posicionar bien a sus hijos, fundó la Orden de la Visitación, dedicada a asistir a mujeres de frágil salud.

El nombre que le da es salesas por el Santo que le apoyó. Con el tiempo se vio más oportuno que se dedicasen a pedir al Señor por la Iglesia. Con eso se transforma en Orden de Clausura. Santa Juana Francisca de Chantal muere en en el año 1641.

El cielo proclama la gloria de Dios. Por Pablo Cervera Barranco

(Rel.) Cuando yo era joven, al llegar el verano, mi director espiritual me indicaba que buena forma de hacer oración en esta estación era la de contemplar, admirar la creación, la naturaleza en todos sus aspectos, y elevar el corazón asombrado y agradecido a Dios, alabándole por tanto beneficio. El salmo 18A nos guía de manera privilegiada por esta senda. Los bosques, los lagos, el mar, las montañas, las torrenteras, las aves, todos los animales, todo lo creado se nos presta para elevar el corazón y el espíritu. Al fin y al cabo eso es la oración.

«El cielo proclama la gloria de Dios, y el firmamento la obra de sus manos». El salmo 18 se abre con una afirmación simple que no necesita de grandes explicaciones técnicas ni exegéticas: lo creado nos habla. San Buenaventura decía que Dios nos habla mediante dos libros: el de la creación y el de la revelación. Lo hace de modo discreto pero elocuente, sin grandes discursos. Y este modo de hablar llega a todas las épocas, culturas y lenguas. Se trata, podríamos decir, de una revelación universal. Los cielos están ahí para todos: para el incrédulo, para el creyente, para el niño, para el anciano…

El cielo proclama, la realidad anuncia. Pregón, mensaje, proclamación… Se nos invita a mirar hacia afuera y hacia arriba, frente al repliegue subjetivista en que la época moderna sumerge al hombre. El firmamento con toda su belleza y hermosura es un pregón de la obra de Dios; la noche lo transmite sin palabras en el silencio misterioso de la oscuridad. ¿Es todo esto casual? Si todo es materia eterna, ¿cómo engendra en nosotros pensamiento?

La creación como primer lenguaje de Dios

Este salmo presenta una teología natural sólida: la creación es un signo. El signo remite a una realidad ulterior. No nos fuerza, nos interpela si somos honestos y nos lleva al reconocimiento de Alguien que está más allá de todo, sosteniéndolo en el ser. Todos recibimos este mensaje independientemente de nuestra condición. El mensaje resuena y evoca hasta los confines del orbe (Rom 10,18). El cántico a las cosas creadas se convierte en una magnífica profesión de fe en la trascendencia del Dios único, autor de la naturaleza (el firmamento), un canto a la bondad y sabiduría divinas.

Son solo seis versículos los de este salmo, pero «atronadores» en su silencio que busca catapultarnos a Dios. Sin resolver el problema de Dios no se resuelve el problema de la propia existencia, ni el sentido de la vida, ni la razón de la esperanza. Pero un hombre sencillo y sano descubre la realidad de las cosas casi por connaturalidad, y es capaz de escuchar la voz del silencio. Cristo lo dijo así en una ocasión solemne: «Yo te bendigo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque escondiste estas cosas a los sabios y prudentes, y las descubriste a los pequeñuelos» (Mt 11,25-27).

El sol, imagen de un orden no improvisado

En el centro del salmo aparece el sol, descrito con una fuerza poética que roza lo litúrgico. El sol representa un orden objetivo, una ley inscrita en la realidad que no depende del capricho humano. ¡Qué despliegue, qué grandiosidad, qué incendio de luz! Ese gigante era un dios en la mitología pagana, no aquí, pues el Creador «ha puesto su tienda al sol», le ha creado una tienda de campaña. El sol balbucea la grandiosidad de Dios.

En una época que desconfía de cualquier norma y sospecha de toda estructura, el salmo 18 recuerda que la creación no es caótica ni arbitraria. Hay un ritmo, una coherencia, una finalidad. El sol no discute su trayectoria ni la redefine cada día. Por eso, ilumina y da vida. El hombre moderno contrasta con ello, al estar siempre tentado de redefinirlo todo.

«Estábamos en el campo, en verano, y anochecía. El ambiente se había quedado silencioso, en esa especie de tensa expectación que a esa hora se produce en la naturaleza. Nosotros no podíamos apartar la vista del horizonte. Resplandeciente como un ascua de oro, con mil reflejos nacarados, iba ocultándose lentamente el sol. Entonces pensamos en lo que Dios, con un poco de luz y otro poco de vapor de agua, había hecho para nuestro destierro» (Lamberto de Echevarría, Dios: el gran misterio [BAC, 1979] 30).

Una advertencia para un mundo sordo

El Salmo 18 no es solo una alabanza, sino una advertencia para los que no escuchan. Dios sigue hablando sin palabras a todo aquel que lo quiera escuchar. La naturaleza merece ser contemplada, no solo estudiada técnicamente hasta sus últimos extremos. Es algo más que objeto y materia. Si se reduce a esto, entonces la creación deja de hablar de Dios. Los griegos decían que la metafísica comenzaba con el asombro: hay ser antes que nada. El salmo nos invita a recuperar la mirada limpia, capaz de asombrarse. Ciencia (razón) y fe no se excluyen, se reclaman. Son las dos alas de las que hablaba san Juan Pablo II en la encíclica Fides et Ratio.

Los cielos siguen pregonando la gloria de Dios, lo que ha cambiado es nuestra disposición a escucharlos. El mundo no es algo improvisado, sin sentido, sino una obra que remite a su Autor. Esta oración bíblica no nos aleja del mundo, nos devuelve a él con una mirada más verdadera.

«Te doy gracias, Dios mío, creador nuestro, por haberme permitido contemplar la hermosura de tu creación, y yo me alegro de las obras de tus manos… y he anunciado a los hombres el esplendor de tus obras, en la medida en que mi espíritu limitado las ha podido entender...» (J. Kepler, inventor del telescopio astronómico).

martes, 11 de agosto de 2026

Santoral del día: Santa Clara

(COPE) La pobreza hasta llegar al total desprendimiento de todo, se unen en la Mujer de este día. Hoy celebramos a Santa Clara. Nacida en Asís en el año 1193 procede de una familia muy adinerada y de alta posición. Pero estas cosas le parecían efímeras a ella porque oyó hablar a su paisano Francisco y se sintió tocada por el Cielo.

No quiso tener nada de esas riquezas y rechazó dos planes que fraguó su familia para casarla. Al llegar a la mayoría de edad, el Domingo de Ramos de ese año se fue en busca de Francisco que le cortó el cabello y le impuso un sayal para hablar de la renuncia al mundo.

El paso siguiente fue instalarse en la Iglesia de San Damián para vivir en el más absoluto desprendimiento. Su estilo llamó la atención de otras mujeres -entre ellas su madre y su hermana- que comenzaron a a acercarse y a unirse a esa forma de vida.

Con todas ellas funda las Damas Pobres de San Damián, también llamadas clarisas. Como pasa en la vida contemplativa, se sustentan por la pobreza, castidad y obediencia. Poco después, es nombrada Superiora de la Comunidad, intentando dejarlo varias veces en vano.

Sobre todo es grande su amor al Señor Sacramentado. Debido a esto es también Patrona de la televisión porque cuando estaba en la cocina y tocaban alzar a Dios en la Iglesia, ella siempre lo veía a través de la pared que se trasparentaba. Santa Clara de Asís muere en el año 1253.

Mons. Martínez Camino organiza unas jornadas en Covadonga ante el XC aniversario de los mártires del siglo XX

(Iglesia de Asturias) «San Pedro Poveda y los mártires del siglo XX» es el título de las Jornadas que el Obispo Auxiliar de Madrid, el asturiano Mons. Juan Antonio Martínez Camino, ha organizado para los próximos días del 26 al 28 de agosto, en Covadonga. Durante esas fechas, el Santuario recibirá a expertos investigadores y profesores que profundizarán en el ámbito del martirio y de las vidas y circunstancias de las miles de personas asesinadas por odio a la fe en el nonagésimo aniversario de la persecución religiosa en España. La entrada será libre hasta completar aforo.


¿Cómo surgió la idea de organizar estas jornadas y por qué en Covadonga?

La idea surgió el año pasado cuando me di cuenta de que este año, 2026, se cumplen 90 años del martirio de tantos y tantos sacerdotes, religiosos y seglares en España, allá por 1936. Pensé que el XC aniversario había que celebrarlo de alguna manera. Y luego hablando con el señor Arzobispo de Oviedo, le propuse que Covadonga sería un buen sitio, ya que san Pedro Poveda es quien encabeza la conmemoración de todos los santos y beatos mártires del siglo XX en España, que se celebra cada año el 6 de noviembre. San Pedro Poveda estuvo siete años en Covadonga como canónigo. Fueron unos años muy importantes para su vida y para su futuro, que acabaría siendo glorioso en el martirio que tendría lugar en Madrid.

Este es un poco el contexto de que hagamos estas jornadas del XC aniversario en Covadonga.

Sabemos que aún hay muchas investigaciones y procesos en marcha pero, ¿Se tiene una cifra aproximada de los mártires del siglo XX en España?

Sí, tenemos una cifra bastante exacta, aunque siempre se está precisando porque cada cierto tiempo aparece nueva documentación de eclesiásticos, es decir, de obispos, sacerdotes, religiosos y religiosas. De ellos, hay casi 7.000 (son algo más de 6.900). Y se saben los nombres de todos y las circunstancias. Y de esos, ya más de 2.000 son santos o beatos. Hay 11 santos y el resto hasta 2.200 aproximadamente, beatos. Y en proceso de beatificación están otros casi 3.000.

De seglares no se sabe exactamente cuántos, aunque ya hay muchos en proceso de beatificación y algunos que ya son beatos. En Asturias, de hecho, hay algunos: los mártires de Nembra eran seglares todos menos el párroco, don Genaro. Y fueron beatificados en 2016 en la Catedral de Oviedo. Calculamos que en total, habrá otros tantos seglares mártires. Podemos decir, resumiendo, que en torno a 10.000 católicos dieron su vida por fidelidad a Jesucristo, a la Iglesia y a la verdadera esperanza en los años 30 del pasado siglo.

De todo ello, ¿qué balance podemos hacer en nuestra diócesis?

En el 34 hubo unos acontecimientos políticos en toda España, no sólo en Asturias. Lo que pasa es que en Asturias, esa revolución de 34 tuvo más éxito. Un éxito «trágico», diríamos, porque causó 1.200 muertos, entre ellos, 34 mártires, como los santos de Turón, un grupo de religiosos hermanos de La Salle que se encontraba en la escuelina de Covadonga, de Turón y que ya están canonizados. Pero también en Madrid hubo 40 muertos, en Barcelona 80 y algunos mártires católicos de entonces, que ya están beatificados, uno es de Barruelo, de Palencia, un hermano de las Escuelas Cristianas, que se llamaba el beato Bernardo.

Ahí comenzó la persecución religiosa en toda España, aunque en Asturias fue más intensa porque la revolución duró 15 días. En Madrid, Barcelona u otros sitios duró menos. Aunque la persecución ya venía siendo legal desde 1931, como se puede ver en la Constitución del 31, en las leyes de expulsión de la Compañía de Jesús en el año 32 o en la prohibición de la enseñanza por los religiosos en el 33. Es a partir del año 34, cuando la persecución pasa de ser legal a ser sangrienta.

Ese mismo proceso se intensifica y tiene una gran explosión con el alzamiento militar en 1936.

En realidad, esta es una historia que no es solo de España, aunque en España fue muy importante, con un número muy alto de mártires. Pero esa persecución al «cristianismo», es decir, no solo a la Iglesia católica, sino también a las iglesias protestantes, a los ortodoxos, sobre todo, fue en toda Europa en el siglo XX. Por eso San Juan Pablo II puso en marcha la denominación «Mártires del siglo XX», que lo fueron en España, pero también en Polonia o en Alemania. Es una historia dramática y, al mismo tiempo, gloriosa del siglo XX.

Los asistentes a estas jornadas que ha organizado entre los días 26 y 28 de agosto en Covadonga van a poder escuchar a expertos investigadores, profesores de universidad, la mayor parte de ellos gente están en Roma, en Madrid etc. ¿Qué temas se van a tratar?

Las jornadas tienen tres partes. El primer día va a ser una iniciación a san Pedro Poveda: «San Pedro Poveda, una vida para Cristo», de lo que va a hablar una teresiana, Carmen Aparicio Valls, porque él fue el fundador de la institución teresiana. Luego tendremos en la Basílica la celebración de la Santa Misa presidida por el señor Arzobispo, don Jesús, y una ofrenda floral ante la imagen de san Pedro Poveda.

El jueves 27 estará bajo el epígrafe «La espiritualidad martirial en la España del siglo XX», más en general. Y empezaremos con «¿Qué significó Covadonga para san Pedro Poveda?». De eso va a hablar un profesor de la Universidad Ramón Lull de Barcelona, que lo conoce muy bien: Armando Pego Puigbò, con el título «Secreto espiritual de los proyectos pedagógicos de Pedro Poveda». Un servidor hablará a continuación de la «Espiritualidad martirial de San Pedro Poveda», de lo que hay muy poco escrito pero es que a san Pedro Poveda el martirio no le cogió de sorpresa. Sus preciosos escritos, publicados ya casi íntegramente en ocho volúmenes, delatan a un hombre de un desprendimiento espiritual, de una libertad de espíritu y de un amor a Jesucristo crucificado, del cual emana una espiritualidad martirial en el sentido profundo de la palabra, es decir, una espiritualidad de un testigo de Cristo dispuesto a todo, dispuesto a dar la vida, que ha sido poco estudiado hasta ahora. Luego, un profesor de Madrid, de la Universidad San Dámaso, hablará del «Espíritu de los mártires del siglo XX en España» y Mª Victoria Hernández, postuladora en Roma de varias causas de beatificación de mártires, hablará de la «Espiritualidad martirial en España, antes y después de la gran persecución en los años 30», porque también tuvo unas consecuencias en la espiritualidad de muchas personas que están en procesos, aunque no sean mártires.

Por fin, el último día, el viernes 28, será «El martirio como la santidad más peculiar del siglo XX». En el siglo XX, el tipo de santidad más específica es el martirio. ¿Por qué? Pues de esto hablarán Melchor Sánchez De Toca, que es Relator del Dicasterio para los santos del Vaticano y Fernando Millán Romeral, que es Profesor en Comillas (Madrid) y ha sido Prior General de la Orden del Carmen, que hablará de los «Mártires del siglo XX, portadores de la esperanza que no defrauda» y por fin el Arzobispo de Oviedo, Mons. Jesús Sanz, el viernes a las seis y media de la tarde, hablará de «Mártires para evangelizar la cultura pagana moderna».

Y luego entre esto habrá celebraciones litúrgicas, películas sobre el tema, etc. Todo el programa se puede consultar en la página web de la diócesis.

¿Qué fue lo que pasó en esos momentos de la historia, en los años 30 del pasado siglo, para que se diera semejante odio contra personas que no participaban de ideologías, ni de siglas, ni de partidos políticos? Llama la atención ese odio, como llama también la atención la fidelidad de los mártires, porque además se sabe que no hubo ninguna apostasía.

Pues sí, tienes razón, llama la atención de este fenómeno en el siglo XX, como decía antes, pero no solo en España. Algunos católicos, ahora, miran este tema con un poco de recelo porque piensan que es una cuestión política. Lo cierto es que la Iglesia no beatifica ni canoniza a religiosos o seglares de ningún partido o ideología determinada. Ciertamente es un tema que tuvo, en su momento, implicaciones políticas, pero es algo mucho más profundo, que empalma con la tradición de siempre de la Iglesia, desde San Pablo y San Pedro y San Cipriano de Cartago y San Esteban, de que proclamar a Cristo, decir que la esperanza verdadera pasa por la unión con Jesucristo, crucificado y resucitado, y que allí está el motor del mundo y la esperanza de la humanidad que no defrauda, cuando esto se hace así, en distintos ámbitos culturales, tanto en la época romana como en el siglo XX, causa oposición. Y no es que los que apretaron el gatillo, por ejemplo, en la playa de Gijón, que era gente con un odio personal a los que mataron. Ni los conocían la mayor parte de las veces. No era una cuestión de odio personal. Es una cuestión de un odio a la fe en cuanto tal, del mundo. Y esto abarca todas las ideologías políticas. Porque el mundo adora a falsos dioses y el mundo de los romanos adoraba a los ídolos romanos y al emperador, que era su dios. Y el mundo moderno, el mundo de la Europa del siglo XX, adora a un ídolo que se llama «progreso». La cultura pública occidental moderna espera que, gracias a los poderes humanos, vamos a hacer el cielo en la tierra. Va llegar un día en que el progreso en este sentido nos va a dar todo lo que nuestra alma espera y va a saciar todas nuestras necesidades materiales y espirituales. Va a ser pronto. Estamos a punto de conseguirlo. Es lo que Popper llamaba el «materialismo prometedor». Y ese paganismo, esa cuestión religiosa de equivocarse de Dios, es la que ha alimentado ideologías de todos los signos, tanto anarquistas como marxistas revolucionarias, como nazis y nacionalsocialistas que han odiado a la fe y a la Iglesia. Y entonces las personas que representan más la fe de la Iglesia, las personas que iban a misa, los católicos, por supuesto los curas, los obispos, los religiosos y religiosas, pues fueron víctimas sacrificadas en el altar del «dios progreso». No solo ellos, sino que el siglo XX ha sido el siglo de las masacres mayores de la historia, todos sacrificados en aras del progreso. O mejor dicho, en el altar del «ídolo progreso». Nosotros, al venerar a los mártires, hacemos lo que hizo la Iglesia siempre en la época de los romanos, en la época medieval, en todas las épocas. Pero en siglo XX, como ha habido esta historia tan dominada por estos ídolos, sobre todo por este «ídolo Progreso» pues el martirio se ha vuelto la santidad más peculiar de esta época. No hay que tener miedo a reconocer, a amar y a pedir la intercesión de los mártires, porque es un gran tesoro y una gran fuerza para la evangelización de nuestro tiempo.

lunes, 10 de agosto de 2026

San Lorenzo: servir a Cristo en los pobres y permanecer fiel hasta el martirio

(Infovaticana) Cada 10 de agosto, la Iglesia celebra a san Lorenzo, uno de los mártires más venerados de la antigua Iglesia de Roma. Diácono al servicio del papa san Sixto II, su memoria ha atravesado los siglos unida a dos testimonios inseparables: la caridad hacia los pobres y una fidelidad a Cristo mantenida hasta el martirio.

Los datos sobre sus primeros años son escasos. Una antigua tradición sitúa su nacimiento en Hispania y lo vincula particularmente con Huesca.

Su vida conocida, sin embargo, transcurre fundamentalmente en Roma, donde ejerció el ministerio diaconal y asumió responsabilidades relacionadas con la administración de los bienes de la comunidad y la atención a los necesitados.

Junto a san Sixto II durante la persecución

En el año 258, la persecución del emperador Valeriano golpeó directamente a la jerarquía de la Iglesia. El papa Sixto II fue detenido mientras celebraba la liturgia en el cementerio de Calixto y ejecutado el 6 de agosto junto con varios diáconos.

Lorenzo sobrevivió inicialmente, aunque solo durante cuatro días.

San Ambrosio transmitió posteriormente una conocida tradición según la cual Lorenzo, al ver que conducían al Papa hacia el martirio, lamentó no poder acompañarlo: «¿Adónde vas, padre, sin tu hijo? ¿Adónde te diriges, santo sacerdote, sin tu diácono?». Sixto le habría anunciado entonces que lo seguiría pocos días después.

La escena refleja la estrecha vinculación que la tradición cristiana estableció desde muy temprano entre ambos mártires: el obispo y su diácono terminarían entregando la vida durante la misma persecución y con apenas unos días de diferencia.

«Estos son los tesoros de la Iglesia»

Como diácono, Lorenzo tenía entre sus responsabilidades la administración de bienes destinados a atender las necesidades de la comunidad y, de manera particular, de los pobres.

Tras la muerte de Sixto II, las autoridades romanas habrían exigido a Lorenzo la entrega de las riquezas de la Iglesia. La tradición conserva entonces uno de los episodios más célebres de su vida: en lugar de presentar los bienes que esperaban encontrar, el diácono reunió a pobres, enfermos y necesitados y los mostró como los verdaderos «tesoros de la Iglesia».

La respuesta expresa una concepción profundamente cristiana de la riqueza. Para Lorenzo, los pobres no constituían una realidad marginal dentro de la comunidad, sino personas en las que el discípulo de Cristo está llamado a reconocer de manera especial al propio Señor.

Su servicio a los necesitados tampoco puede separarse de su ministerio como diácono. La caridad que practicaba nacía de la misma fe que pocos días después tendría que confesar ante sus perseguidores.

El martirio de san Lorenzo

El 10 de agosto del año 258, cuatro días después de la muerte de Sixto II, Lorenzo sufrió el martirio.

El Misal Romano recuerda que el santo «confirmó su servicio de caridad con el martirio bajo Valeriano» y recoge la tradición según la cual había distribuido los bienes de la comunidad entre los pobres.

También una antigua tradición, ampliamente difundida ya en el siglo IV, sostiene que Lorenzo fue sometido al tormento sobre una parrilla. La escena quedó profundamente incorporada a la memoria y a la iconografía cristianas, hasta el punto de que la parrilla se convirtió en el atributo que habitualmente permite reconocer al santo en pinturas y esculturas.

A esa tradición se encuentra asociado incluso un conocido fenómeno del cielo de agosto. Las estrellas fugaces visibles alrededor de estas fechas reciben popularmente el nombre de «lágrimas de san Lorenzo», en recuerdo de las brasas relacionadas con su martirio.

Más allá de la forma concreta de su suplicio, la Iglesia ha conservado ante todo la memoria de su fidelidad: Lorenzo murió como consecuencia de su condición de cristiano y de su ministerio al servicio de la Iglesia de Roma.

«Amó a Cristo en su vida y le imitó en su muerte»

San Agustín encontró en la figura de Lorenzo una profunda continuidad entre el servicio del diácono y la entrega del mártir.

En uno de sus sermones pronunciados con ocasión de su fiesta, el obispo de Hipona recordaba: «Ejercía el oficio de diácono. Allí administró la sagrada sangre de Cristo y allí derramó la suya por el nombre de Cristo».

Agustín relacionaba el martirio de Lorenzo con las palabras de san Juan: «Como Cristo entregó su vida por nosotros, así también nosotros debemos entregarla por nuestros hermanos» (1 Jn 3,16).

Y resumía la vida del santo con una frase que explica el sentido cristiano de su martirio: «Amó a Cristo en su vida y le imitó en su muerte».

Lorenzo había servido como diácono antes de ser llamado a entregar la vida como mártir. El sacrificio final no aparece así desligado de su existencia anterior, sino como la culminación de una fidelidad ejercida previamente en el servicio a Dios y al prójimo.
Un mártir presente en el corazón de la liturgia romana

La veneración a san Lorenzo se extendió muy pronto y llegó a ocupar un lugar privilegiado en la Iglesia de Roma.

Sobre el lugar tradicionalmente identificado con su sepultura se levantó la basílica de San Lorenzo Extramuros, que se convirtió en uno de los grandes lugares de veneración de los mártires romanos.

Su nombre quedó además incorporado a la liturgia. San Lorenzo es uno de los mártires mencionados expresamente en el Canon Romano, actualmente la Plegaria Eucarística I, junto a otros grandes testigos de los primeros siglos del cristianismo.

Durante generaciones, por tanto, su nombre ha sido pronunciado en el corazón mismo de la celebración de la Misa. La Iglesia lo reconoce además como patrono de los diáconos, el ministerio que desempeñó hasta entregar su vida.

Una fidelidad que permanece como ejemplo

Dieciocho siglos después, la Iglesia sigue celebrando a san Lorenzo no por la crueldad del tormento que padeció, sino por la fe que sostuvo su vida y su muerte. Su servicio a los pobres y su martirio nacieron de una misma fidelidad a Cristo.

Lorenzo había aprendido como diácono a administrar los bienes de la Iglesia al servicio de quienes los necesitaban. Cuando llegó la persecución, esa entrega alcanzó su expresión definitiva: ya no tuvo bienes que distribuir, sino su propia vida que ofrecer.

San Agustín lo resumió con palabras que atraviesan los siglos: «Amó a Cristo en su vida y le imitó en su muerte». En ellas permanece una de las grandes enseñanzas de san Lorenzo: la fidelidad en el momento de la prueba se prepara en la fidelidad cotidiana.

Odisea. Por Guillermo Juan Morado

(La Puerta de Damasco) En el mundo griego, los poetas intentaron alcanzar de manera mítica y fantástica, mediante la intuición y la imaginación, la comprensión del hombre, de la historia y del universo; en suma, de la realidad presentada en su totalidad. Los poemas homéricos, la “Ilíada” y la “Odisea”, supusieron para los primeros griegos algo análogo a lo que la Biblia supuso para los judíos. Y lo que constituyó el alimento espiritual para los griegos, al ser Grecia uno de los pilares de la cultura occidental, lo sigue siendo, en cierto modo, también para nosotros en la actualidad.

La película “Odisea”, del director británico Christopher Nolan, ha sido uno de los grandes estrenos de julio de 2026. El filme recrea el complicado regreso de Odiseo a Ítaca tras la guerra de Troya, una travesía que se extiende por diez años y que enfrenta numerosos obstáculos. En su patria, Ítaca, lo esperan su esposa, Penélope, y su hijo, Telémaco, asediados no solo por la angustiosa espera del retorno de Odiseo, sino también por los intentos de los pretendientes que compiten entre sí para contraer matrimonio con Penélope y así adueñarse del reino.

El camino de Odiseo es, en buena medida, un camino interior, en el que se entretejen el recuerdo y el remordimiento por unas acciones que no siempre han estado inspiradas por Zeus ni por la recta conciencia. Tiene, pues, un cierto carácter penitencial, reforzado por el hecho de que Odiseo y los suyos han de superar continuas pruebas: son capturados por el cíclope Polifemo, hijo de Poseidón, quien los condena a perderse en el mar. En Eea, los salvajes lestrigones destruyen dos de sus barcos y matan a la mayoría de los seguidores de Odiseo. Los supervivientes buscan refugio junto a la hechicera Circe, quien los transforma en cerdos. Odiseo habrá de descender al Hades, al reino de los muertos, donde se le profetiza que solo él llegará a casa. Tras muchas otras peripecias llega a la costa de Ogigia, donde la ninfa Calipso lo cuida durante siete años alimentándolo con flores de loto. Finalmente le permite construir una balsa improvisada y lo ayuda a reconciliarse con los dioses. Gracias a la ayuda divina, Odiseo consigue llegar milagrosamente a Ítaca.

No han faltado las críticas a esta versión cinematográfica del poema homérico. Una reconocida traductora al inglés de esta obra de Homero llegó incluso a señalar que le daría vergüenza haber escrito cualquier parte del guion. En realidad, si uno se pone en plan purista, no habría otra opción que leer la “Odisea” en griego, sin traducciones, y, por supuesto, sin adaptaciones audiovisuales.

A mí la película me ha encantado. Me siento próximo a la valoración de la misma hecha por el obispo y teólogo noruego Erik Varden en su blog personal: “Lo que hace Nolan es mostrar por qué la epopeya importa, por qué la imagen de Escila y Caribdis, o del telar de Penélope, aún perdura en nuestra memoria; por qué los nombres de Euriclea y Eumeo nos llenan de ternura; por qué la sola idea de Circe (magníficamente dramatizada) nos estremece. Transmite la urgencia del texto. La tipología de una civilización moribunda es un tanto forzada, pero ‘toca’ una fibra sensible en la actualidad. Por lo tanto, me complace disfrutarlo. Te hace reflexionar. Y te dan ganas de releer a Homero […] Una película que produce tal efecto puede considerarse un éxito”.

domingo, 9 de agosto de 2026

«Ánimo, soy yo, no tengáis miedo!». Por Joaquín Manuel Serrano Vila


El hilo conductor de la liturgia de este Domingo XIX del Tiempo Ordinario es el encuentro con Dios en medio de la crisis y el descubrimiento de su presencia oculta, que desarma nuestros miedos y nos invita a una confianza radical. En las distintas lecturas vemos a creyentes ejemplares —Elías, Pablo, los Apóstoles y Pedro— enfrentándose a la tormenta, la persecución, el desánimo o el dolor profundo. Dios no se manifiesta en el ruido ensordecedor del mundo ni en el control de nuestras certezas humanas, sino en el susurro de la brisa, en la verdad del Espíritu y en la mano tendida de Jesús sobre las aguas. Así la Palabra de Dios de este domingo sale a nuestro encuentro en el mar de nuestra vida cotidiana. Con frecuencia nos encontramos cansados, asustados por vientos contrarios y con la sensación de que nuestras barcas y proyectos zozobran. La liturgia nos invita a hacer silencio y a afinar el oído del alma. Dios está pasando a nuestro lado; no viene a destruir con el estruendo de la fuerza, sino a rescatarnos con la delicadeza de su amor.

En la lectura del libro primero de los Reyes vemos al profeta Elías que se encuentra en un momento de crisis absoluta. Ha defendido celosamente el nombre del Señor contra los profetas de Baal, pero ahora la reina Jezabel lo busca para matarlo. Desanimado, asustado y deseando la muerte, huye al monte Horeb y se esconde en una cueva. Elías esperaba que Dios interviniera de forma espectacular y destructiva para aplastar a sus enemigos. Sin embargo, el texto nos regala una catequesis profunda sobre la naturaleza de Dios. Por un lado se nos presentan los falsos escenarios del poder. Pasa un huracán violento que rompe las rocas, pero Dios no está allí. Viene un terremoto que sacude los cimientos de la tierra, pero Dios tampoco está allí. Llega un fuego devorador, y Dios sigue ausente de la espectacularidad. Y viene el colofón con la pedagogía de la brisa suave: Dios se hace presente en el «susurro de una brisa suave» o "el rumor de un silencio sutil". Sólo cuando Elías percibe esta paz delicada, se cubre el rostro con el manto en señal de adoración y sale a la entrada de la cueva. Vivimos en la cultura del ruido, las prisas y la inmediatez. A veces exigimos a Dios que actúe con "terremotos" o "fuegos", solucionando mágicamente nuestros problemas o castigando lo que consideramos injusto. Esta lectura nos enseña que para escuchar a Dios es indispensable cultivar el silencio interior. Dios habla bajo, susurra al corazón. Si nuestra mente está llena de voces, angustias o pantallas, nos perderemos el paso salvador del Señor. El salmista nos lo confirma de nuevo: "La paz y la justicia se besan"...

En la segunda lectura del apóstol San Pablo a los Romanos, el autor nos introduce en un tipo de tormenta muy diferente: el sufrimiento pastoral y el dolor por la incredulidad de los suyos. El Apóstol experimenta una «gran tristeza y un dolor incesante» en su corazón porque sus hermanos de raza, el pueblo de Israel, no han reconocido a Jesús como el Mesías. Pablo llega a decir algo impresionante: «Desearía ser yo mismo un proscrito, alejado de Cristo, por el bien de mis hermanos». Está dispuesto a renunciar a su propia salvación si con ello lograra que su pueblo aceptara el Evangelio. He aquí el misterio de la elección, San Pablo enumera con orgullo los privilegios de Israel: la filiación, la gloria, las alianzas, la ley, las promesas y, sobre todo, que de ellos procede Cristo según la carne. Esta lectura sacude nuestra indiferencia: ¿nos duele de verdad que nuestros seres queridos, amigos o la sociedad en general vivan de espaldas a Dios? El sufrimiento de Pablo no nace del orgullo herido de un predicador que fracasa, sino del amor apasionado de un testigo que quiere lo mejor para los suyos. Nos invita a interceder por los que dudan o andan alejados, recordando que nuestra fe no es un privilegio para uso exclusivo, sino una responsabilidad misionera y un don que debe compartirse con  pasión y compasión.

El pasaje del evangelio de este domingo, tomado del capítulo 14 de San Mateo, sitúa a la Iglesia primitiva y a nosotros mismos en el escenario clásico de las dificultades de la fe. Jesús obliga a los discípulos a subir a la barca y adelantarse a la otra orilla mientras él sube al monte a orar a solas. Al llegar la noche, la barca se encuentra en medio del lago, sacudida por las olas y con el viento en contra. Es el símbolo exacto de la Iglesia y del creyente en épocas de crisis, secularización o sufrimiento personal. Sentimos que Jesús está ausente y que las fuerzas del mal nos superan. De madrugada, Jesús se acerca caminando sobre el mar. En lugar de consolarse, los discípulos gritan de miedo pensando que es un fantasma. A menudo nos cuesta reconocer a Dios en medio del sufrimiento; confundimos su pedagogía o su cercanía con una amenaza o con la nada. «Ánimo, soy yo, no tengáis miedo». La palabra de Jesús introduce la calma antes de aplacar el viento físico. El "Soy yo" evoca el nombre divino revelado a Moisés. Es la certeza de que Dios tiene el control por encima del caos. Pedro, impulsivo, le dice: «Señor, si eres tú, mándame ir a ti sobre el agua». Al recibir el «Ven», Pedro camina apoyado únicamente en la palabra de su Maestro. Pero al apartar los ojos de Jesús y fijarse en la violencia del viento, empieza a hundirse. Ante el grito desesperado de «Señor, sálvame», la reacción de Jesús es inmediata: extiende la mano y lo agarra. El reproche es amoroso: «¿Por qué has dudado, hombre de poca fe?» No busca hundir a Pedro, sino purificar su confianza. Al subir a la barca, el viento cesa y la comunidad prorrumpe en una profesión de fe: «Realmente eres Hijo de Dios». Mantengamos la mirada en Jesús como Pedro. Cuando las olas de la enfermedad, los problemas familiares, económicos o la debilidad espiritual golpeen nuestra barca, no nos concentremos únicamente en el tamaño del problema y la angustia de la crisis. Si miramos sólo al viento, le tendremos miedo y nos hundiremos. Miremos a Cristo, escuchemos su Palabra y, si fallamos, tengamos la valentía de gritar con humildad: «¡Señor, sálvame!». Él está siempre a la distancia de una mano extendida. 

Evangelio Domingo XIX del Tiempo Ordinario

Lectura del santo evangelio según san Mateo 14, 22-33

Después de que la gente se hubo saciado, Jesús apremió a sus discípulos a que subieran a la barca y se le adelantaran a la otra orilla, mientras él despedía a la gente.

Y después de despedir a la gente subió al monte a solas para orar. Llegada la noche estaba allí solo.

Mientras tanto la barca iba ya muy lejos de tierra, sacudida por las olas, porque el viento era contrario. A la cuarta vela de la noche se les acercó Jesús andando sobre el mar. Los discípulos, viéndole andar sobre el agua, se asustaron y gritaron de miedo, diciendo que era un fantasma.

Jesús les dijo enseguida:
«Ánimo, soy yo, no tengáis miedo!».

Pedro le contestó:
«Señor, si eres tú, mándame ir a ti sobre el agua».

Él le dijo:
«Ven».

Pedro bajó de la barca y echó a andar sobre el agua acercándose a Jesús; pero, al sentir la fuerza del viento, le entró miedo, empezó a hundirse y gritó:
«Señor, sálvame».

Enseguida Jesús extendió la mano, lo agarró y le dijo:
«Hombre de poca fe! ¿Por qué has dudado?».

En cuanto subieron a la barca amainó el viento. Los de la barca se postraron ante él diciendo:
«Realmente eres Hijo de Dios».

Palabra del Señor

sábado, 8 de agosto de 2026

Homilía del Sr. Arzobispo en la fiesta de San Salvador, en la Catedral 2026

Señor Vicario General y Cabildo de nuestra Catedral, Sacerdotes Concelebrantes y Diácono, Excelentísima Corporación Municipal de nuestro Ayuntamiento de Oviedo, amigos que venís desde nuestra ciudad como fieles habituales de nuestra Catedral, y los que os habéis allegado, por estar de paso en Asturias aprovechando la bonanza de nuestro clima y la belleza de nuestra tierra. Saludo especialmente al Colegio Diocesano San Ignacio de Loyola de Torrelodones, en Madrid y al Movimiento Eclesial de Comunión y Liberación. A todos vosotros mis palabras de bienvenida más cordiales y cercanas.

Esta fecha es un alto en el camino que nos convoca al comienzo del mes de agosto aquí en la catedral de Oviedo. Un alto en el camino supuso la escena que hoy la Iglesia nos presenta en su liturgia. Jesús subió a un alto monte como nos ha recordado el propio Evangelio. Quedaban atrás las orillas del mar de Tiberíades, en la Galilea más profunda junto a Cafarnaúm. Lejos estaba la Transjordania y la Decápolis. No habían llegado todavía a la vega del río Jordán que hacía fértil Jericó, ni subían esa estepa despoblada en el desierto de Judá que conduce a Jerusalén. Tampoco estaban asomados al monte Carmelo desde el que se divisaba el Mare Nostrum del Mediterráneo. El escenario era otro, un monte alto, donde Jesús invitó a tres discípulos concretos a subir.

En las andanzas apostólicas de ir de aquí para allá, anunciando palabras de vida y signos milagrosos de salvación, Jesús se retira con tres discípulos determinados en aquel altozano. Pedro, Santiago y Juan serán los escogidos, como igualmente los elegirá en otro contexto y con un distinto escenario, en la noche de aquel huerto en Getsemaní. Eran testigos de la luz transfigurada o de la noche ensangrentada. Aquellos tres discípulos reaccionaron de modo semejante, adormentándose de sopor, o quedando presos del pánico miedoso que los amendrentaba.

En aquel altozano del Monte Tabor, Jesús se les transfigura, haciéndoles ver una luz de su belleza a la que ellos no estaban acostumbrados. Les permitió asomarse a otro rostro del Maestro, escuchando como aval testimonial las palabras del Padre Eterno: “Este es mi Hijo, mi Hijo amado, escuchadlo”.

En el delirio miedoso en el que ellos cayeron pensaban construir allí mismo el campamento montando tres tiendas para perpetuar aquel momento deteniéndolo ante sus miradas. Jesús les dirá: no hagáis el campamento, no montéis ninguna tienda porque hay que bajar nuevamente al valle y allí ser testigos discretos de lo que aquí habéis visto y oído, en el altozano del Monte Tabor donde mi gloria se ha transfigurado.

La vida de un cristiano también adolece de estas citas, como les sucedió a aquellos tres discípulos especialmente escogidos. Tenemos situaciones en nuestro camino en donde la oscuridad, la incertidumbre y el dolor nos acechan y nos ponen a prueba. Como también tenemos momentos en los que la euforia entusiasmada parece que sopla las velas de nuestra barca en la singladura de la vida. Pero ni debemos quedarnos eufóricos cuando las cosas pintan bien, ni deprimirnos asustados en declive cuando parece que pintan peor. Es una pedagogía cotidiana con la que Jesús enseña como buen maestro a aquellos tres discípulos muy especialmente en la luz y en la oscuridad, en la gracia o en el pecado. En la comprensión o en el desdén que nos desprecia, Él siempre está a nuestro lado. La transfiguración representa esa cita especial que llena de certeza y esperanza el caminar de unos discípulos que empiezan a ser cristianos. Y este es el sentido que tiene esta fiesta de la transfiguración cuando también nosotros, en el altozano de la edad de nuestros años, en esa montaña de la circunstancia en la que vivimos y estamos domiciliados, ahí también Dios nos espera para recordarnos que las palabras de Cristo y los signos de sus milagros son para nosotros la confirmación que verifica nuestra fe y que nos levanta como testigos en medio del pueblo en el que estamos.

Esta festividad coincide en nuestra Catedral de Oviedo con quien es su titular, San Salvador, Jesucristo el Redentor. Y la tenemos representada en la bellísima imagen románica policromada que preside el lateral de nuestro Crucero Mayor. Una imagen particularmente querida por tantos que, ante ella, nos hemos postrado. Recuerdo muy particularmente el momento de intensa oración que en ese lugar y ante esta misma imagen tuvo San Juan Pablo II cuando fue peregrino en nuestra tierra hace ya muchos años en el lejano 1989 antes de acercarse a Covadonga.

Esta imagen románica de San Salvador es el punto de partida o punto de llegada del camino que lleva a Santiago. Llegar aquí desde la Castilla más profunda es hacer el Camino del Salvador desde León para visitar precisamente este templo catedralicio, la Sancta Ovetensis, llegando así antes al Salvador para después continuar algunos hasta la tumba del Apóstol Santiago, por el Camino Primitivo. Lo dice nuestro refrán popular medieval, que “quien va a Santiago y no al Salvador, visita al criado y no al Señor”. Aquí termina la peregrinación de tantos peregrinos que, desde Castilla venían peregrinando, y desde aquí parte el Camino Primitivo que tenemos tan a gala custodiar y potenciar porque de aquí parte el primer camino de Santiago que es propiamente con el que se inicia esta experiencia cristiana. El Camino de Santiago tiene meta: no es simplemente la reliquia del apóstol, sino que ser peregrinos del amigo del Señor y por tanto peregrinar a Compostela, a ese campo de estrellas, Campus Stellae, es peregrinar a aquel de quien Santiago el Apóstol fue peregrino a su vez.

Para hacer la peregrinación de todo Camino de Santiago, debemos llevar ligero el equipaje, tener los ojos bien abiertos y estar dispuestos a ser sorprendidos por un Dios que nunca nos aburre, que siempre nos sorprende. Incluso cuando nos dice lo de siempre, Él jamás se repite. En este día del 6 de agosto, en la festividad de la Transfiguración del Señor, celebrando a San Salvador en nuestra Catedral, queremos postrarnos ante lo que esta imagen románica representa. Con su mano benedicente, con los ojos bien abiertos, como quien se presta a abrazar a mi vida y a contemplarla sin ninguna trampa y ningún cartón, en la humilde realidad del momento que estoy viviendo humana y cristianamente.

En el tramo de camino que nuestra vida realiza, con la gente que se pone a mi lado como compañeros para un destino, queremos invocar la gracia del Señor, la gracia del Salvador, para ser peregrinos de su divina voluntad. Peregrinos de lo mejor. Peregrinos de lo que nos permite no solo mejorar nuestra vida humana y nuestra convivencia, sino hacerlo desde la certeza de sabernos acompañados por quien nunca nos abandona: el Señor, San Salvador.

Invocamos la intercesión de nuestra Madre la Santina, siempre al lado de todos los Apóstoles, siempre junto a todo peregrino que se aventura en los caminos de Dios para hacer la aventura de llevar adelante su propia vocación. Sed todos bienvenidos, gracias por haber acudido a esta cita. Que el Señor, nuestra Madre la Santina y el Apóstol Santiago, sostengan vuestra esperanza y os acompañen en vuestros pasos. Amén.

+ Fr. Jesús Sanz Montes, ofm
Arzobispo de Oviedo

S.I.C.B.M. San Salvador. 6 agosto de 2026