(Rel.) Cuando yo era joven, al llegar el verano, mi director espiritual me indicaba que buena forma de hacer oración en esta estación era la de contemplar, admirar la creación, la naturaleza en todos sus aspectos, y elevar el corazón asombrado y agradecido a Dios, alabándole por tanto beneficio. El salmo 18A nos guía de manera privilegiada por esta senda. Los bosques, los lagos, el mar, las montañas, las torrenteras, las aves, todos los animales, todo lo creado se nos presta para elevar el corazón y el espíritu. Al fin y al cabo eso es la oración.
«El cielo proclama la gloria de Dios, y el firmamento la obra de sus manos». El salmo 18 se abre con una afirmación simple que no necesita de grandes explicaciones técnicas ni exegéticas: lo creado nos habla. San Buenaventura decía que Dios nos habla mediante dos libros: el de la creación y el de la revelación. Lo hace de modo discreto pero elocuente, sin grandes discursos. Y este modo de hablar llega a todas las épocas, culturas y lenguas. Se trata, podríamos decir, de una revelación universal. Los cielos están ahí para todos: para el incrédulo, para el creyente, para el niño, para el anciano…
El cielo proclama, la realidad anuncia. Pregón, mensaje, proclamación… Se nos invita a mirar hacia afuera y hacia arriba, frente al repliegue subjetivista en que la época moderna sumerge al hombre. El firmamento con toda su belleza y hermosura es un pregón de la obra de Dios; la noche lo transmite sin palabras en el silencio misterioso de la oscuridad. ¿Es todo esto casual? Si todo es materia eterna, ¿cómo engendra en nosotros pensamiento?
La creación como primer lenguaje de Dios
Este salmo presenta una teología natural sólida: la creación es un signo. El signo remite a una realidad ulterior. No nos fuerza, nos interpela si somos honestos y nos lleva al reconocimiento de Alguien que está más allá de todo, sosteniéndolo en el ser. Todos recibimos este mensaje independientemente de nuestra condición. El mensaje resuena y evoca hasta los confines del orbe (Rom 10,18). El cántico a las cosas creadas se convierte en una magnífica profesión de fe en la trascendencia del Dios único, autor de la naturaleza (el firmamento), un canto a la bondad y sabiduría divinas.
Son solo seis versículos los de este salmo, pero «atronadores» en su silencio que busca catapultarnos a Dios. Sin resolver el problema de Dios no se resuelve el problema de la propia existencia, ni el sentido de la vida, ni la razón de la esperanza. Pero un hombre sencillo y sano descubre la realidad de las cosas casi por connaturalidad, y es capaz de escuchar la voz del silencio. Cristo lo dijo así en una ocasión solemne: «Yo te bendigo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque escondiste estas cosas a los sabios y prudentes, y las descubriste a los pequeñuelos» (Mt 11,25-27).
El sol, imagen de un orden no improvisado
En el centro del salmo aparece el sol, descrito con una fuerza poética que roza lo litúrgico. El sol representa un orden objetivo, una ley inscrita en la realidad que no depende del capricho humano. ¡Qué despliegue, qué grandiosidad, qué incendio de luz! Ese gigante era un dios en la mitología pagana, no aquí, pues el Creador «ha puesto su tienda al sol», le ha creado una tienda de campaña. El sol balbucea la grandiosidad de Dios.
En una época que desconfía de cualquier norma y sospecha de toda estructura, el salmo 18 recuerda que la creación no es caótica ni arbitraria. Hay un ritmo, una coherencia, una finalidad. El sol no discute su trayectoria ni la redefine cada día. Por eso, ilumina y da vida. El hombre moderno contrasta con ello, al estar siempre tentado de redefinirlo todo.
«Estábamos en el campo, en verano, y anochecía. El ambiente se había quedado silencioso, en esa especie de tensa expectación que a esa hora se produce en la naturaleza. Nosotros no podíamos apartar la vista del horizonte. Resplandeciente como un ascua de oro, con mil reflejos nacarados, iba ocultándose lentamente el sol. Entonces pensamos en lo que Dios, con un poco de luz y otro poco de vapor de agua, había hecho para nuestro destierro» (Lamberto de Echevarría, Dios: el gran misterio [BAC, 1979] 30).
Una advertencia para un mundo sordo
El Salmo 18 no es solo una alabanza, sino una advertencia para los que no escuchan. Dios sigue hablando sin palabras a todo aquel que lo quiera escuchar. La naturaleza merece ser contemplada, no solo estudiada técnicamente hasta sus últimos extremos. Es algo más que objeto y materia. Si se reduce a esto, entonces la creación deja de hablar de Dios. Los griegos decían que la metafísica comenzaba con el asombro: hay ser antes que nada. El salmo nos invita a recuperar la mirada limpia, capaz de asombrarse. Ciencia (razón) y fe no se excluyen, se reclaman. Son las dos alas de las que hablaba san Juan Pablo II en la encíclica Fides et Ratio.
Los cielos siguen pregonando la gloria de Dios, lo que ha cambiado es nuestra disposición a escucharlos. El mundo no es algo improvisado, sin sentido, sino una obra que remite a su Autor. Esta oración bíblica no nos aleja del mundo, nos devuelve a él con una mirada más verdadera.
«Te doy gracias, Dios mío, creador nuestro, por haberme permitido contemplar la hermosura de tu creación, y yo me alegro de las obras de tus manos… y he anunciado a los hombres el esplendor de tus obras, en la medida en que mi espíritu limitado las ha podido entender...» (J. Kepler, inventor del telescopio astronómico).

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