La liturgia de la Palabra de este Domingo XI del Tiempo Ordinario nos sumerge en el misterio del amor gratuito y activo de Dios. No podía ser de otra manera en este mes del Sagrado Corazón de Jesús. Hoy las lecturas no nos hablan de un Dios lejano que espera pasivamente a que el ser humano lo alcance a fuerza de méritos morales. Al contrario, contemplamos a un Dios que toma la iniciativa absoluta, un Dios que rescata, que reconcilia y que, al ver nuestra debilidad, se conmueve hasta las entrañas y nos envía a ser prolongación de su amor.
Para comprender el Evangelio de hoy, debemos mirar primero el monte Sinaí en la primera lectura. Dios le habla a Moisés y le recuerda algo fundamental antes de sellar la alianza, la memoria agradecida. Dios dice: «Ya habéis visto lo que he hecho con los egipcios, y cómo a vosotros os llevé sobre alas de águila y os traje a mí». La imagen del águila es de una belleza teológica inmensa. El águila real no deja caer a sus crías; cuando están aprendiendo a volar y desfallecen, la madre se coloca debajo de ellas y las sostiene sobre sus propias alas. Dios le recuerda a Israel —y hoy nos recuerda a nosotros— que nuestra fe no nace de un código de leyes, sino de una experiencia previa de rescate y liberación. A partir de este rescate gratuito, Dios define la identidad de su pueblo con tres títulos que san Pedro aplicará más tarde a la Iglesia. Primero propiedad exclusiva: en un mundo lleno de naciones, Israel es el tesoro particular de Dios. No por ser el más grande o el más santo, sino por puro amor. Segundo, reino de sacerdotes: el sacerdote es el mediador entre Dios y los hombres. Todo el pueblo está llamado a ser un puente para que las demás naciones conozcan al Dios vivo. Y tercero, una nación santa: "Santa" significa segregada, consagrada, diferente. Una comunidad cuya vida refleja la santidad misma de Dios. Nuestra primera tarea como cristianos es recordar de dónde nos ha sacado el Señor, y redescubrir que somos su propiedad personal.
En la segunda lectura, San Pablo, al dirigirse a los Romanos, eleva esta teología de la gratuidad a su máxima expresión. El Apóstol realiza un análisis de la lógica humana: es posible que alguien se atreva a morir por una persona buena o justa, es una lógica de correspondencia. Pero la lógica de Dios rompe todos nuestros esquemas: «La prueba de que Dios nos ama es que Cristo murió por nosotros cuando todavía éramos pecadores». Pablo usa tres palabras contundentes para describir nuestra situación antes de Cristo: impíos, débiles y enemigos. No estábamos preparados, no nos lo merecíamos, ni siquiera éramos simpáticos a los ojos de la santidad divina debido a nuestras rebeliones. Y fue precisamente en ese estado de máxima miseria cuando el Hijo de Dios entregó su vida en la cruz. Esto cambia radicalmente nuestra relación con Dios. Ya no caminamos en la fe por el miedo al castigo o por la angustia de buscar "ganarnos" el cielo. Caminamos desde la certeza absoluta de sabernos amados y reconciliados mediante la sangre de Jesús. Si Dios hizo lo más difícil —reconciliarnos cuando éramos sus enemigos—, ¿Por qué seguimos haciendo lo sencillo complicado?...
El Evangelio de San Mateo une perfectamente las dos lecturas anteriores y nos muestra cómo se encarna este amor de Dios en los gestos de Jesús. El texto se divide en tres momentos clave que transforman la mirada del creyente. El primer momento es la mirada compasiva de Jesús. El Evangelio comienza diciendo que Jesús, al ver a las multitudes, «se compadeció de ellas, porque estaban extenuadas y desamparadas, como ovejas sin pastor». El término griego original para "compadeció" (esplanjnísthe) hace referencia a las entrañas, a un dolor físico y visceral. Jesús no siente una lástima superficial, siente el dolor de la humanidad en su propio cuerpo: ve a un pueblo "extenuado y desamparado". En el contexto de la época, la gente estaba herida por la opresión política romana, pero también aplastada por el rigorismo religioso de los fariseos, que imponían cargas insoportables "sin mover un dedo" para ayudarlos. Jesús ve a una humanidad cansada de sufrir, perdida, desorientada. Es la misma mirada que el Señor dirige hoy a nuestras ciudades, a nuestras familias rotas, a los jóvenes vacíos de sentido y a los ancianos en soledad. El segundo momento es la oración y la llamada de los Doce. Ante la inmensidad de la necesidad («la mies mucha y los obreros pocos»), Jesús no recurre al activismo desesperado. El primer paso es la oración: «Rogad al dueño de la mies». La misión pertenece a Dios, no es una empresa humana. Inmediatamente después, Jesús convoca a los Doce. San Mateo nos regala la lista de los apóstoles, y es una lista que sana nuestras inseguridades. Llama a Pedro, que lo negará; a Santiago y Juan, ambiciosos de poder; a Mateo, el recaudador de impuestos -considerado traidor a su Patria-; a Judas Iscariote, el que lo entregará... Es un grupo heterogéneo, lleno de tensiones políticas y flaquezas morales. Con esto, el Evangelio confirma lo que decía san Pablo de que "Dios manifiesta su poder en la debilidad". Nadie puede decir "yo no valgo para servir a Dios", porque Jesús no busca hombres perfectos, sino corazones dispuestos a ser moldeados. Y el tercer momento es el envío y la ley de la gratuidad. Jesús dota a los apóstoles de su misma autoridad para sanar, resucitar muertos y expulsar demonios. Los envía primero a las ovejas perdidas de Israel, conectando con la promesa de la primera lectura. El Reino de los cielos se hace visible a través de gestos concretos de liberación, salud y consuelo. La instrucción final de Jesús es el núcleo moral de toda la liturgia de hoy: «Lo que habéis recibido gratis, dadlo gratis». Es el antídoto contra la comercialización de la fe y el clericalismo. Todo lo que somos —la vida, la justificación por la fe, los carismas, el ministerio— nos ha sido dado como un regalo sin precio. Por lo tanto, no podemos administrar la gracia con egoísmo, con tacañería o buscando el propio interés. El amor de Dios recibido, debe convertirse en amor entregado.

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