Estamos ante un nuevo reto que puja con toda su fuerza para hacerse con la preponderancia de una poderosa arma moderna: la inteligencia artificial (IA). Está en curso una batalla comercial en el control por el poder, ante el pulso por las distintas aplicaciones de la IA entre el poderoso mercado norteamericano y el emergente mercado chino, con su consecuencia en la bolsa internacional y sus importantes altibajos. La Santa Sede publicó hace meses una instrucción (Antiqua et nova) sobre esta herramienta ambivalente, y reconociendo los desafíos y oportunidades del saber científico y tecnológico, se debería acertar en el uso razonable al servicio del bien humano y su dignidad. Aparecen como un desafío las cuestiones antropológicas y éticas planteadas por la IA, puesto que uno de los objetivos de esta tecnología es el de imitar la inteligencia humana que la ha diseñado. Se trata, pues, de una “imitación” que pone en juego toda la potencialidad de los algoritmos, con su inmensa combinación de datos, donde una máquina nos puede suplir supuestamente por su rapidez y competencia, pero carece de lo más decisivamente humano: el corazón. Inteligencia significa “leer por dentro”, y esto no lo hace la máquina, aunque emule la capacidad humana de pensar, relacionar y decidir.
Es lo que el papa León XIV ha querido abordar en su encíclica Magnífica humanitas, invitándonos a alzar la mirada, como ha hecho en su reciente viaje apostólico en España. Porque, como dice él en las primeras líneas de la encíclica, «la magnífica humanidad que Dios ha creado se encuentra hoy ante una elección decisiva: levantar una nueva torre de Babel o edificar la ciudad donde Dios y la humanidad habiten juntos. Cada generación recibe como herencia la tarea de dar forma a su propio tiempo: hacer madurar la historia como un lugar donde se proteja la dignidad de cada persona, se promueva la justicia y se haga posible la fraternidad. Pero en cada época se cierne el riesgo de construir un mundo inhumano y más injusto. Allí donde la humanidad corre el peligro de perder su rostro, nosotros, los cristianos, alzamos los ojos hacia el Dios que se hizo carne, sabiendo que “el misterio del hombre sólo se esclarece en el misterio del Verbo encarnado”. En Jesucristo, esta magnífica humanidad encuentra el camino, la verdad y la vida, abriendo a cada uno de nosotros la vía para crecer hacia la plenitud» (n. 1).
Por eso, bienvenida esa herramienta de la IA que bien usada nos reporta tantos avances en el campo científico y social (medicina, artes, retos actuales, etc.), pero debemos reconocer que sus capacidades computacionales representan sólo una parte de las posibilidades de la mente humana, sin poder realizar el discernimiento moral o la capacidad de relaciones auténticas. Dado que la IA no tiene «la apertura del corazón humano a la verdad y al bien, sus capacidades, aunque parezcan infinitas, son incomparables con las capacidades humanas de captar la realidad. Se puede aprender tanto de una enfermedad, como de un abrazo de reconciliación e incluso de una simple puesta de sol. Tantas cosas que experimentamos como seres humanos nos abren nuevos horizontes y nos ofrecen la posibilidad de alcanzar una nueva sabiduría. Ningún dispositivo, que sólo funciona con datos, puede estar a la altura de estas y otras tantas experiencias presentes en nuestras vidas» (Antiqua et nova, 32-33). Y es que, Dios no nos hizo máquinas, sino tan a su imagen que nuestra semejanza se le parece en lo más hermoso: el corazón. Esto es lo que nos jugamos en el buen uso de la tecnología que vela por la dignidad de la persona, su libertad, junto a la justicia y la paz entre los pueblos, tal y como nos ha soñado nuestro Creador. Alcemos la mirada con lo mejor de nuestra inteligencia y con el ardor de nuestro corazón sin construir una torre de Babel, sino edificando la soñada y prometida Ciudad de Dios.
+ Fr. Jesús Sanz Montes, ofm
Arzobispo de Oviedo

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