domingo, 28 de junio de 2026

"El que os recibe... me recibe". Por Joaquín Manuel Serrano Vila


Estamos en el Domingo XIII del Tiempo Ordinario; el núcleo del mensaje evangélico de hoy nos sitúa ante la radicalidad del seguimiento de Jesús y el misterio de la hospitalidad divina, donde cada pequeño acto de acogida transforma nuestra realidad temporal en una promesa de eternidad. Las lecturas de este domingo —el pasaje del segundo libro de los Reyes, la teología bautismal de san Pablo a los Romanos y la culminación del discurso misionero en san Mateo— entrelazan dos hilos conductores fundamentales: la exigencia absoluta del amor a Cristo y la maravillosa recompensa de la acogida espiritual.

En la primera lectura, se contempla una hermosa página sobre la hospitalidad en el antiguo Oriente Medio. Una mujer de Sunem, descrita como una persona influyente y de fe profunda, percibe de manera intuitiva que el profeta Eliseo es un "hombre santo de Dios". Su reacción no es la indiferencia ni una generosidad superficial: decide construirle una habitación en la terraza, equipándola con lo necesario para su descanso. Esta mujer no buscaba un milagro ni actuaba por interés. No obstante, la verdadera hospitalidad nunca queda sin fruto ante los ojos del Creador. Al acoger al profeta, la esterilidad de su hogar se transforma en vida: "El año próximo, por esta época, tú estarás abrazando un hijo"... Esta transformación física simboliza lo que sucede en el alma cuando se da espacio a lo sagrado: las áreas estériles y vacías del corazón comienzan a florecer con una vida nueva.

Para comprender la exigencia que Jesús plantea en el Evangelio, resulta indispensable meditar primero en las palabras de san Pablo en su Carta a los Romanos. El Apóstol recuerda el fundamento de la identidad cristiana: el bautismo. Sostiene que ser bautizado implica haber sido sepultado con Cristo en su muerte, para poder caminar de la misma manera en una vida nueva. El cristiano no vive bajo la lógica del egoísmo ni de los apegos mundanos, dado que ha muerto al pecado. Si nuestra existencia antigua ha sido crucificada con Él, nuestra cotidianidad actual debe reflejar la libertad del Resucitado. Esta "vida nueva" proporciona la fuerza espiritual necesaria para asumir las demandas radicales del discipulado, permitiendo entender que perder la vida por Cristo no constituye una derrota, sino el único camino certero para encontrarla.

El pasaje evangélico de san Mateo nos sitúa ante afirmaciones solemnes y determinantes del Señor: "El que quiere a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí". Jesús no busca destruir los vínculos familiares ni abolir el cuarto mandamiento. Su intención es ordenar los afectos humanos bajo la primacía del amor divino. Cuando Dios ocupa el centro de la existencia, las relaciones humanas no se debilitan; al contrario, se purifican y se fortalecen con el amor caritativo. El error radica en convertir los lazos afectivos o la seguridad material en ídolos que impidan responder con prontitud al llamado del Evangelio. Inmediatamente después, el Maestro añade: "El que no carga con su cruz y me sigue, no es digno de mí". En la antigüedad romana, cargar la cruz significaba el camino hacia la ejecución, una entrega total sin retorno. Para el discípulo, la cruz representa asumir las consecuencias de la fidelidad a la verdad, aceptar el sufrimiento por amor y desgastar la vida en el servicio diario. La paradoja del Reino se manifiesta plenamente aquí: quien intenta retener su vida egoístamente, la destruye; pero quien la entrega por Cristo, la conserva para siempre. La sección final del Evangelio conecta de forma directa con la hospitalidad de la primera lectura. Jesús afirma una verdad eclesiológica fundamental: "El que os recibe a vosotros, me recibe a mí". Los ministros, los misioneros y los hermanos más pequeños de la comunidad cristiana son portadores de la presencia viva del Señor. Cristo se hace tan accesible que asegura una recompensa eterna incluso para los gestos más sencillos: "El que dé a beber, aunque no sea más que un vaso de agua fresca, a uno de estos pequeños... no perderá su recompensa". En un mundo marcado por la prisa y la indiferencia, un vaso de agua fresca puede traducirse hoy en las obras de misericordia en medio de un mundo inmisericorde.

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