Es grato volver a esta tierra en la que tanto se me dio durante mi formación teológica en el Seminario Conciliar de Toledo y en el convento de San Juan de los Reyes con mis hermanos franciscanos. Toledo será siempre para mí un motivo de inmenso agradecimiento.
Se nos acaba de relatar un viaje peregrino. María subió con prisa a la montaña, nos relata el Evangelio que describe el encuentro de María con su prima Isabel. El precioso rincón montañoso no lejos de Jerusalén, Ain Karem, era donde vivían Isabel y Zacarías. Isabel se encontraba esperando un hijo, que como en el caso de María, era fruto de un milagro. Cuando ya no cabía esperar en Isabel, o cuando no había llegado el tiempo de la espera en María, la vida llamó a la puerta, haciendo Dios posible lo que para ellas era imposible. Y la vida se hizo carne de mujer, portadora de un mensaje capaz de encender la luz sin ocaso, la verdad que no traiciona, la bondad que jamás se envilece, y la belleza para siempre lozana.
Todos hemos oído tantas veces ese relato en donde dos mujeres, una estéril y otra virgen, una madura y otra joven, se encuentran cara a cara siendo ambas testigos de un milagro. Que donde la vida no cupo jamás o donde no cabía todavía, de pronto llamó a la puerta con toda su luz, con toda su fuerza, como irrumpen así las cosas divinas. Esto se le dijo a María: «ahí tienes a Isabel, tu pariente, que en su ancianidad ha concebido también un hijo, y la que llamaban estéril está ya en el sexto mes» (Lc 1, 36).
Ella, la que era señalada con escarnio como “la estéril” en medio de los mentideros del pueblo y en los corrillos de la murmuración, estaba ya de seis meses gestando a Juan el Bautista. Y María fue a ver, fue a mirar, no como quien curiosea picada por el morbo de una increíble noticia, no como quien quiere comprobar las cosas embargándole la duda secreta, ni siquiera simplemente como quien va a echar una mano a quien esperaba un hijo en avanzada edad. María fue hasta Isabel para reconocer algo mucho más grande: el milagro de cómo Dios hace cosas posibles en lo que a los hombres nos resulta tantas veces imposible. Esta fue la razón y estas fueron las maneras.
María fue invitada por el arcángel a entrar en la alegría como gesto de confianza en Dios que se dirige a ella, tal y como aparece en el pasaje de la Anunciación, todo un verdadero prólogo de lo que a continuación haría yendo hasta Ain Karem para visitar a su prima Isabel. Pero esa alegría con la que como dulce imperativo comenzaba el relato de la Anunciación, hallará en ese encuentro entre ambas mujeres, María e Isabel, el cumplimiento o aseveración de cuanto Dios la estaba proponiendo.
Isabel esperaba a Juan el Bautista. María esperaba a Jesús. Ambas eran testigos de esa posibilidad de Dios que llega en la hora moza o en la hora avanzada. Pero, en cualquier caso, era el momento convenido en el tiempo de Dios, cuando llegó su hora, en la plenitud del prometido y esperado acontecimiento. He aquí la alegría que embargaba a María desde la Anunciación, que fue lo que provocó ella en el seno de Isabel con su llegada. Toda una gracia que tuvo comienzo en aquella lección de aprender a mirar, en mirar en la dirección justa, en mirar sin distracción lo que Dios nos señala. Y María hizo cabalmente así: mirar a su prima Isabel como le indicó el mensajero de la palabra del Señor. Dios siempre nos espera y tiene a punto su reloj para ofrecernos el don de mirar las cosas en la gracia de su tiempo. ¡Cuántas veces nos hacemos perezosos para no mirar como ciegos distraídos, y cuántas nos ponemos nerviosos porque queremos mirar tan sólo desde los ojos de la prisa! Mirar lo que Dios señala, donde Él señala, como Él señala, cuando Él señala: sin perezas y sin prisas.
Siempre tenemos que estar atentos a las palabras de Dios, a sus guiños y a su constante compañía. Él siempre está, y nos habla de mil modos, y se nos ajunta en cualquier circunstancia. ¡Si tuviéramos oídos para escuchar, corazón para acoger, y ojos para verle continuamente pasar! ¡Sí, si tuviésemos ojos para ver pasar a Dios, reconociendo sus correteos cuando se nos aviene como el Padre de la parábola del hijo pródigo, o sus pausas para esperarnos cuanto otea en lontananza nuestro regreso humillado y cansino tras las aventuras que nos prometieron lo que jamás podrían darnos ni calmar lo que tan sólo Dios colma con una alegría que nadie nos podrá arrebatar! (Cf. Lc 15, 11-3; Jn 16, 20-23).
Lo imposible que se hace posible cuando dejamos que pase Dios. Pienso en nuestras cosas imposibles, tantas cosas cotidianas que nos recuerdan la pequeñez y vulnerabilidad. Es prolija la lista de cuanto nos preocupa y enfrenta en el panorama internacional y en nuestro suelo patrio. Pero la esperanza cristiana consiste en aceptar confiados los retos de la vida bajo la mirada de un Dios bueno que nos sostiene, poniendo en juego lo mejor de nosotros y dejando que Él acerque sus dones y posibilidades a través de nuestra limitación e imposibilidades. Es su Palabra contada en nuestros labios, y su gracia repartida con nuestras manos, lo que a través de los siglos ha ido escribiendo una historia cristiana. Así fue con María portadora y portavoz de quien en su seno llevaba, haciendo que saltase de alegría lo mejor que Isabel llevaba en sus entrañas.
María, Isabel, y los dos milagros que ellas llevaban en sus senos maternos por gracia del Señor que así se hizo cercano y creíble para bien de la humanidad. Jesús y Juan, como testigos infantes del hablar creador de quien hace todas las cosas, creándolas buenas y bellas. San Ambrosio tiene un precioso comentario a esta escena, haciendo un delicioso juego de requiebros y relaciones: «Considera la precisión y exactitud de cada una de las palabras: Isabel fue la primera en oír la voz, pero Juan fue el primero en experimentar la gracia, porque Isabel escuchó según las facultades de la naturaleza, pero Juan, en cambio, se alegró a causa del misterio. Isabel sintió la proximidad de María, Juan la del Señor; la mujer oyó la salutación de la mujer, el hijo sintió la presencia del Hijo; ellas proclaman la gracia, ellos, viviéndola interiormente, logran que sus madres se aprovechen de este don hasta tal punto que, con un doble milagro, ambas empiezan a profetizar por inspiración de sus propios hijos» (San Ambrosio, Comentario sobre el Evangelio de San Lucas, Libro 2, 19. 22-23. 26-27. Corpus Christianorum Latinorum 14, 39-42).
En aquel encuentro entre aquellas dos mujeres hubo un detalle precioso: al llegar María, la criatura de Isabel saltó en su seno de alegría. La Virgen era portadora de una Presencia, la de Jesús, que era capaz de hacer saltar de alegría lo mejor del interior de Isabel. Era nuevamente el mismo grito de júbilo con el que los profetas invitaban a cantar con alabanzas a la Hija de Sión, como recordaba el profeta Zacarías: «Alégrate, hija de Sión; grita exultante, hija de Jerusalén» (Zac 9, 9). Es la verdadera alegría, como enseñó San Francisco de Asís, para aquellos que entienden la sabiduría de la paciencia.
Aquí estamos en esta magnífica catedral primada de la Dives Toletana. Famosa por su conocida y bellísima custodia que en procesión recorre las calles angostas de esta ciudad imperial. En su octavo centenario que acaba de dar comienzo, celebramos este centenario menor, el primero, de la coronación canónica de la Virgen del Sagrario. Guardo con afecto sobre mi escritorio en Oviedo una preciosa fotografía de su imagen que me regaló mi predecesor, el querido arzobispo Gabino Díaz Merchán, manchego y toledano en toda su hondura. María y el Sagrario, dos referencias que se reclaman, como sucedió en aquel viaje a Ain Karem y en Toledo sucede cada año llegando el Corpus. Porque María fue y es el primer sagrario y la primera custodia para su Hijo Jesús.
¡Qué hermosa procesión de aquél primer Corpus Christi! ¡Qué hermosa custodia que llevó al Señor como arca nueva de una Alianza perenne! ¿Y si probásemos nosotros a visitar así a nuestros semejantes siendo para ellos custodia y procesión del Señor resucitado? Veríamos también saltar de gozo lo mejor de sus vidas. Es lo que les debemos a nuestros hermanos, con una deuda que sólo nace del amor: llevarlos al Señor, para que salte de alegría lo que tienen dormido en el corazón o empiece a latir lo que todavía no les ha palpitado todavía.
Hace ahora cien años que se puso sobre la cabeza de esta preciosa y amada imagen de la Virgen una corona especial. Podemos decir que una corona sobre la cabeza siempre ha sido signo de distinción, de nobleza reconocida, de compromiso por parte de quien la llevaba con dignidad responsable con la entrega que les implicaba ser coronados para bien de un pueblo y no simplemente como imparable sucesión de una dinastía. Pero hay una coronación que ha traspasado el curso de los siglos por lo mucho que significó y el alto precio que tuvo: la coronación de espinas del Señor Jesús. Símbolo de una realeza, la más real de todas ellas, que sin embargo sólo se comprendía desde el servicio más humilde, desde la entrega más verdadera, desde la obediencia más increíble que se tornó en la más fecunda y sincera.
Junto a esta coronación de Jesús, la Biblia nos relata otra al final de sus páginas y que tiene a María como protagonista. Allí leemos: «Un gran signo apareció en el cielo: una mujer vestida del sol, y la luna bajo sus pies y una corona de doce estrellas sobre su cabeza» (Apoc 12, 1). A continuación, relatará este libro del Apocalipsis la batalla que en la historia se da entre el bien y el mal, entre lo que Dios propone y lo que el maligno quiere arrebatar. En esta encrucijada aparece María coronada de esas doce estrellas para darnos a su Hijo que nos hace salir victoriosos de las insidias y zancadillas tentadoras del diablo. María coronada como reina de nuestro bien y de nuestra paz. No es una extraña y pagada princesa de un cuento de hadas abstracto y lejano que nada tiene que ver con nuestras lágrimas y nuestras sonrisas, nuestros mejores sueños o nuestras más temidas pesadillas, sino que tal realeza así coronada está a favor de la vida y del destino al que nos ha llamado el Señor para la humilde felicidad cotidiana y la añorada eterna dicha.
Así celebramos cien años después que María es coronada en su advocación del Sagrario, reconociendo en esta coronación nuestro humilde homenaje renovado a quien deseamos sea la reina de nuestras vidas. Y pedimos a la Señora que no deje de acompañarnos en la procesión de la vida, para que como sucedió en la Visitación, también se llene nuestro corazón de la verdadera alegría. Amén.
+ Fr. Jesús Sanz Montes, ofm
Arzobispo de Oviedo

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