Ha sido mucha la expectativa levantada ante el primer gran documento del papa León XIV. La encíclica Magnifica Humanitas ha concitado muchas lecturas. Hay quienes han visto en el texto una dedicatoria fantasiosa y nada inocente diciendo que el papa y ellos están de acuerdo. Otros han sabido leerlo respetuosamente sin intereses forzados. Vamos a subrayar algunos de los puntos que enhebran este importante documento.
Llama la atención el tema aparentemente poco “piadoso” escogido por el Santo Padre a diferencia de lo que se suele publicar en los primeros lances del nuevo Pontífice. Sin embargo, tiene toda una envergadura teológica de amplio horizonte. Porque contra lo que algunos lectores en diagonal han dicho no responde a la verdad: no se ha metido el papa en un asunto tangencial, técnico, ajeno, abstracto, oportunista. El papa ha abordado esta cuestión desde dos referentes esenciales para la tradición cristiana: el hombre como criatura de Dios, y el proyecto de Dios sobre su más esmerada criatura que es el hombre.
Aparecen elementos como la dignidad de la persona inviolable, su libertad sagrada con sus acechanzas y el destino eterno que le aguarda. Un papa que tiene una trayectoria humana, intelectual y eclesial que aboga y asegura la seriedad de su opción en esta primera entrega con la encíclica que acaba de publicar y que, por primera vez, él mismo ha querido presentar en una rueda de prensa. Esos factores biográficos perfilan la elección y la modulación de esta temática: americano de origen, con raíces hispanas, de formación matemática y jurídico-canónica, con una pertenencia espiritual a la gran familia de San Agustín, y con una experiencia misionera en tierras peruanas durante muchos años.
En el principio… era la vida. Y así lo afirma sin tapujos el papa: «la dignidad fundamental de cada persona no se adquiere ni se merece, ni necesita ser demostrada». Así se apunta al horrendo atentado contra la vida señalando como «decisiones gravemente ilícitas» el aborto provocado, la eutanasia promovida y el asesinato de inocentes en todas las circunstancias. No hay sociedad de progreso cuando se ignora este derecho de la vida «desde su concepción hasta su fin natural». Este es sin duda el principio y fundamento de su propuesta, porque faltando el respeto a la vida, todo lo demás corre el riesgo de ser un brindis al sol o una perversa ideología demagógica con intereses inconfesables.
Hay una tendencia a la simulación cuando la Inteligencia Artificial (IA) desplaza a la persona sustituyéndola en su imagen, en su voz, en sus deseos y necesidades. Se corre el riesgo de una suplantación que termina reduciendo a datos y logaritmos la conciencia humana y su libertad. Afirma el papa que la IA no tiene «conciencia moral, empatía, capacidad afectiva, relacional ni espiritual», todos ellos elementos que definen esa «magnífica humanidad» en la que habita Dios con dulzura y respeto. Y esto abre el debate a la cuestión ética de un cierto monopolio que controla a las personas, las determina y las llega a esclavizar, porque «no sirve una IA más moral si esa moral la deciden unos pocos». En este sentido previene sobre los intereses lucrativos de quienes abusan del control que esta herramienta propicia, en detrimento del bien común y de la libertad y dignidad de la persona. Apela en este sentido a los cauces jurídicos adecuados y una vigilancia independiente para evitar que la «homologación y dominio» de los que controlen la IA pueda dañar la justicia social y a los que resultan más vulnerables.
Es bienvenido este instrumento técnico de largo alcance que representa la IA, siempre y cuando se acierte en su recto uso que potencia lo que nos define como personas libres, relacionadas fraternamente y depositarias de un proyecto de Dios que nos realiza felizmente a través de nuestra andadura biográfica sea cual sea nuestra circunstancia. Habiendo más puntos que vale la pena señalar, seguiremos la reflexión el próximo domingo.
+ Fr. Jesús Sanz Montes, ofm
Arzobispo de Oviedo

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