La Solemnidad de la Santísima Trinidad nos invita a contemplar el misterio central de nuestra fe no como un rompecabezas intelectual, sino como una relación desbordante de amor y comunión. Dios no es una soledad eterna, sino una familia divina que se abre para hacernos partícipes de su propia vida. A menudo, al pensar en la Trinidad, corremos el riesgo de tratarla como un teorema teológico abstracto, un dogma lejano o un misterio matemático de "tres que son uno". Sin embargo, las lecturas de este día nos revelan todo lo contrario. La Trinidad es el misterio de la cercanía absoluta de Dios. No es un Dios aislado en su omnipotencia, sino un Dios que es comunidad de Amor: Padre, Hijo y Espíritu Santo, cuya mayor alegría es comunicarse, salvar y habitar en el corazón de los hombres.
La primera lectura del libro del Éxodo nos sitúa en el monte Sinaí. Moisés sube de madrugada con dos tablas de piedra, en un contexto de infidelidad del pueblo que acababa de fabricar el becerro de oro. Humanamente, esperaríamos un Dios airado que viene a castigar. Pero lo que sucede es una revelación asombrosa: el Señor pasa ante Moisés y proclama su propio Nombre. En el Antiguo Oriente, conocer el nombre de alguien significaba conocer su esencia. ¿Cómo se define Dios a sí mismo? Él dice: "Señor, Señor, Dios compasivo y misericordioso, lento a la ira y rico en clemencia y lealtad". Aquí encontramos las raíces de la revelación trinitaria. Dios se revela como Alguien que no puede ser indiferente al sufrimiento humano ni al pecado de sus hijos. La respuesta de Moisés es la adoración y la intercesión; cae de rodillas y pide a Dios que camine con ellos, a pesar de ser un pueblo de "cerviz dura". Esta lectura nos enseña que el Padre Celestial, origen de toda la creación, es desde el principio un Dios de Alianza, un Padre que prefiere perdonar antes que condenar y cuyo amor es siempre fiel. Por eso el salmista responde: "A ti gloria y alabanza por los siglos".
En la epístola de San Pablo a los Corintios se nos presenta la Comunión de la Iglesia como reflejo de la Trinidad. El Apóstol concluye su carta con una exhortación a la alegría, a la concordia y a la paz. Corinto era una comunidad rota por las divisiones, las envidias y los bandos. Por eso, Pablo les recuerda que la única manera de vivir como Iglesia es reflejando la unidad de Dios. El texto culmina con una de las fórmulas litúrgicas más bellas y antiguas de nuestra fe, la misma con la que iniciamos cada Eucaristía: "La gracia del Señor Jesucristo, el amor de Dios y la comunión del Espíritu Santo estén con todos vosotros". Aquí tenemos ese saludo trinitario que la liturgia ha hecho suyo. Necesitamos el Amor de Dios (el Padre), que es la fuente original, el principio de todo lo que existe. Qué decir de la Gracia de nuestro Señor Jesucristo (el Hijo), el amor del Padre hecho carne, el regalo inmerecido de la salvación en la cruz. Y cómo olvidar la Comunión del Espíritu Santo -aún reciente Pentecostés-. Es la fuerza viva que une al Padre con el Hijo y que se derrama en nosotros para hacernos hermanos. El Apóstol nos dice que la Trinidad no es para ser debatida, sino para ser vivida en comunidad. Si Dios es comunión, nosotros, creados a su imagen, no podemos vivir en el aislamiento o en las trincheras.
Finalmente el Evangelio de esta solemnidad, tomado del evangelio de San Juan, nos habla del don del Hijo para la salvación del Mundo. Este pasaje contiene uno de los versículos más memorables de toda la Sagrada Escritura: "Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único, para que no perezca ninguno de los que creen en él, sino que tengan vida eterna". En esta frase del diálogo con Nicodemo, Jesús nos revela "el motor" que mueve a la Trinidad: ¡el Amor! El Padre no entrega a su Hijo por obligación o por un rescate legalista, sino por puro amor al mundo entero. Dios no envió a su Hijo para juzgar o condenar, sino para salvar. El juicio, nos explica Jesús, consiste en aceptar o rechazar esa luz y ese amor. Aquí vemos actuar a la Trinidad en perfecta sintonía de salvación: el Padre envía por amor, el Hijo se entrega en obediencia amorosa, y el Espíritu Santo derrama esa vida eterna en nuestros corazones. Creer en el Hijo es entrar en la dinámica de la Trinidad, es dejarse abrazar por el Padre a través de la gracia del Hijo.
Hemos concluido la Pascua el pasado domingo, y quizás tocaría en estos días hacer autoevaluacion y preguntarnos cómo he vivido personalmente y si he aprovechado la Pascua: Ha cambiado en mí, o ha pasado este tiempo y yo por él sin pena ni gloria. ¿Cómo se nota en mi vida que Cristo ha resucitado? Y es que si los enemigos siguen siendo tan enemigos como siempre, si los pobres o los que son diferentes me siguen produciendo alergia, y los que no tienen la misma forma de pensar o de ver las cosas que yo siguen siendo blancos a batir igual que siempre, Cristo vivirá; sí, pero no en mí. Si los malos siempre son los demás y yo sólo soy el bueno, algo no va bien. Con frecuencia nos viene a la mente una reflexión, y es que nos parece que el que hace el mal parece todo le sale a pedir de boca, y que los que queremos hacer el bien encontramos zancadillas y trampas a cada paso. Que nos consuele pensar esto: chocarnos de morros contra el mal siempre significará que no vamos en su dirección.
La Solemnidad de la Santísima Trinidad nos deja tres tareas fundamentales para nuestra vida de creyentes. En primer lugar saber vivir en Relación. Si fuimos creados a imagen de un Dios que es Familia, no estamos hechos para la soledad egoísta; estamos llamados a construir relaciones sanas de entrega y escucha en nuestros entornos. Segundo, ser Instrumentos de Comunión. En un mundo polarizado y herido por las divisiones, el cristiano debe ser un reflejo de la unidad trinitaria, buscando siempre el perdón, el diálogo y la reconciliación. Y lo tercero y último: agradecer y Adorar. Cada vez que hacemos la señal de la cruz, no lo hagamos como un gesto automático y repetitivo sin más. Hagámoslo como un acto de fe consciente, recordando que estamos sumergidos en el océano de amor de nuestro Dios.
En este domingo celebra también la Iglesia la Jornada Pro Orantibus, un día para valorar la vida contemplativa, a las monjas de clausura y los monjes, que son auténticos faros de luz que sostienen el caminar de todo el Pueblo de Dios. Sin duda, es poco un día para agradecer a quienes dedican su día a día a rezar en silencio por nosotros. Que nuestra plegaria les sostenga en su valiosa e insustituible misión. Que esta Solemnidad nos transforme y nos permita experimentar hoy la compasión del Padre, la gracia del Hijo y la fuerza unificadora del Espíritu Santo. Amén.

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