Queridos hermanos y hermanas, paz y bien a todos. Saludo cordialmente al señor Vicario General, don Adolfo, al Provincial de los jesuitas, padre Enrique, así como al vicario de la zona de Gijón-Oriente, don José Ángel, al párroco de esta comunidad hasta este momento, padre Manuel, y a los demás sacerdotes jesuitas o diocesanos que nos acompañan. A las religiosas presentes y a todos vosotros, queridos hermanos, en el Señor.
La vida está hecha de momentos que señalan el calendario de cada biografía: la llegada o la partida, las lágrimas o las sonrisas: la salud pletórica o la enfermedad que nos achaca, el aplauso o el desprecio, y la vida se va tejiendo en cada tramo de nuestra andadura de cada uno de estos momentos.
Hace casi 60 años, con inmensa alegría, llegaron los padres jesuitas para hacerse cargo en esta capilla, que para ellos era familiar por ser la del Centro de Formación Profesional Escuela Revillagigedo, de la Comunidad Natahoyo de los jesuitas desde hace ochenta años, para constituirse en una parroquia nueva en Gijón, la parroquia de San Esteban del Mar. Sesenta años después, los jesuitas, que como todo religioso, como todo sacerdote, tienen ligero el equipaje y están prontos para ir a donde la Providencia nos envía, vuelven a hacer maleta, y se ponen a caminar.
No es un capricho, no es tampoco un desdén, sino una necesidad que se siente en la comunidad. La diócesis de Oviedo mira con inmensa gratitud estos años, que no han sido pocos, de la entrega de estos buenos jesuitas en este rincón diocesano de Gijón. Y con inmensa comprensión, aceptamos que, por imperativos de recolocación vocacional en sus cuadros personales, tengan que decirnos adiós, como quien dice simplemente un “hasta luego”. Queda aquí toda la labor bien hecha, que ha sido tanta y realmente buena. Y queda la amistad que nos une, que podremos seguir gozando, estén donde estén, y quedando nosotros donde quedamos.
A los padres jesuitas nuestra gratitud como Archidiócesis de Oviedo. Ellos pertenecen a una familia religiosa cuyo padre fundador, San Ignacio de Loyola, sintió como llamada esa itinerancia que le sacaba de los monasterios, o de los conventos que otras familias religiosas precedentes tenían como hábitat, para hacerles misioneros disponibles a lo que el Papa pudiera indicarles, siendo compañeros en esta avanzadilla evangelizadora en donde no ha habido espacio, lugar o encomienda, en donde la Compañía de Jesús no haya tenido una preciosa presencia: en el mundo educativo, en el compromiso de la pastoral social, al lado de la gente más pobre, también marcando el horizonte moral y la altura intelectual en tantas universidades, en las parroquias más sencillas y en las labores de mayor incumbencia, en la pasión misionera sin fronteras ni exclusiones, siempre siguiendo lo que Dios pedía buscando su mayor gloria, debidamente discernido, obedeciendo a la Santa Madre Iglesia.
Por eso mi agradecimiento personal como arzobispo y la diócesis que en esta tarde represento es una gratitud sentida por estos casi 60 años de amistad, de compromiso y de trabajo pastoral. Cuando decimos adiós los cristianos, decimos siempre hasta luego. No es el adiós fatal, que llena de nostalgia apagada y de distancia insuperable una relación interrumpida. Sino un hasta luego lleno de gratitud por lo que hemos compartido y también lleno de esperanza en lo que deseamos como mejor para todos y cada uno de ellos.
La Palabra de Dios de este decimocuarto domingo, nos señala ya en la palabra del profeta Zacarías que Dios es alguien sencillo, alguien que se adapta, alguien que sabe entrar en un pollino de borrica, no en un alazán pendenciero como quien triunfa provocadoramente, llegando a los lugares metiendo miedo. Es más bien alguien tan sencillo que es el remedo de la entrada de Jesús en Jerusalén, en una misma cabalgadura, entre hosanas y vivas, como instrumento de la paz y heraldo del bien.
Esta imagen que el profeta nos ha dibujado es lo que cualquier misionero, cualquier religioso, cualquier sacerdote debe pretender, y nada más que esto: entrar con sencillez, sabiéndonos portadores de una gracia que, repartiendo nuestras manos, no la han hecho ellas. Y sabiéndonos portavoces de una palabra que, aunque la pronuncien nuestros labios, no la han inventado ellos.
Portavoces de una palabra más grande, portadores de una gracia mayor de las que sencillamente somos instrumentos. Es lo que han hecho los padres jesuitas en estos 60 años en esta parroquia de San Esteban. Es lo que intentamos hacer en cada rincón de Asturias, de España y del mundo entero, aquellos que somos enviados en el nombre de Dios para comunicar la Buena Nueva.
El Evangelio nos ha dibujado ese secreto de Jesús, que no era otro sino su relación con el Padre Dios, madrugando cada día o trasnochando cada tarde para ponerse a la escucha de su Palabra y a la contemplación de su Belleza. Con ellas luego propondría parábolas y realizaría signos y milagros, para los que especialmente sencillos y descartados, sufrían el agobio y el cansancio cotidianos.
Por eso, junto con mi gratitud, vayan mis mejores deseos. Algunos jesuitas marchan, peo otros aquí quedan a Dios gracias. Y seguiremos beneficiándonos de ese precioso carisma, el de la Compañía de Jesús, en nuestra Iglesia diocesana. Tienen esos dos colegios, esta escuela de formación profesional y varias obras apostólicas. Quedará esta parroquia nuevamente en las manos de los sacerdotes diocesanos que con premura podremos enviar.
La Compañía de Jesús, permanece y por tanto su carisma sigue siendo un regalo y una bendición para nuestra diócesis que yo agradezco. Por eso, querido Padre Provincial, querido amigo Enrique, gracias porque estáis, porque seguís estando, continuando escribiendo esta historia inacabada que con nosotros habéis escrito ya.
Ahora se pone un punto y seguido en esta parroquia de San Esteban y serán otros los escribanos como responsables últimos de esta comunidad cristiana, pero sabemos bien, como el Papa Francisco nos lo recordó, y el Papa León sigue insistiendo en ello, lo que ya desde el Concilio Vaticano ii se nos dijo: que la Iglesia no la hacemos los obispos o los curas, la Iglesia es el pueblo de Dios. En ella hay esas tres vocaciones fundamentales: los pastores con su ministerio, los consagrados con sus carismas y los laicos con su compromiso bautismal en la familia, en el trabajo y en la política. Una comunidad cristiana goza de estas tres vocaciones cristianas básicas y las vivimos fraternamente cada uno con su llamada personal de Dios.
Cada cual con su responsabilidad construimos el Reino, haciendo creíble lo que Jesús predicó y haciendo cercano lo que Él puso en nuestras manos. Dios, que es sencillo, no es un Dios lejano ni huraño. Tan cercano es a nosotros que no hay lágrimas nuestras con las que Él no haga su llanto, y no hay sonrisa y alegría nuestra con la que él no haga su propia fiesta. Y esta es la buena noticia que en este momento histórico del mundo y de la sociedad tan amenazada por guerras, tan acosados por corrupciones varias, tan desanimados por tantos motivos, los cristianos debemos y podemos acercar un mensaje evangélico, como quien canta una buena noticia, y regala a raudales un motivo para la esperanza.
Reitero mi gratitud a los padres jesuitas, lo mejor para lo que les depara a los que aquí han estado trabajando, en lo que la Divina Providencia les encomendará, desde la obediencia a la Compañía de Jesús y a las necesidades de la Iglesia. Y lo mejor deseamos también para la comunidad cristiana que seguirá viva y acompañada por el nuevo párroco que venga.
Decía el Padre Manuel que no son todos los que están, pero los que estáis sois muy bienvenidos. Me presta enormemente poderos agradecer vuestra numerosa presencia en esta tarde, agridulce, pero no llena de melancolía. Porque la melancolía siempre nos arruga y nos deja débiles, mientras que el adiós, aunque sea un hasta luego, despierta siempre y sencillamente la gratitud y la buena esperanza. Y es lo que, a todos vosotros, hermanas y hermanos, de corazón yo os deseo.
Que Dios os bendiga, que San Esteban nos acompañe, y que la Virgen Santísima os proteja con su manto. Amén.
+ Fr. Jesús Sanz Montes, ofm
Arzobispo de Oviedo
Parroquia San Esteban del Mar (Gijón)
4 de julio de 2026

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