domingo, 5 de julio de 2026

Homilía del Sr. Arzobispo en la festividad de San Josemaría Escrivá

Saludo a mi hermano en el episcopado, Mons. Raimo Goyarrola, obispo de Helsinki. Al rector de esta Basílica, Don Manuel. Al representante de la delegación del Opus Dei en el noroeste de España, Don Javier. A los sacerdotes concelebrantes. A todos vosotros, amigos y hermanos, deseando que la paz llene vuestros corazones y vuestros pies caminen por las sendas del bien que Dios frecuenta.

Una fiesta de familia puede empezar y concluir en la nostalgia que te queda por los ausentes, mientras vas recorriendo fotos y recuerdos en el álbum de tus ancestros. Tiene sentido, sin duda, pero lo más que se produce es tan sólo esa amalgama agridulce de alguien que pasó por tu vida, o lo que te han contado sobre ella o sobre él con un sentimiento prestado, pero terminada la fecha de la añoranza, acaba inevitablemente el festejo para volver a lo espeso de los días laborables llenándonos de melancolía.

No es lo que hace la Iglesia con la memoria sanctorum, cuando llegadas las fechas correspondientes de su recuerdo litúrgico, nos asomamos a las vidas de nuestros santos, los mejores hijos de la Iglesia, para agradecer sus vidas. Lo decimos con hondura y belleza en el prefacio de los santos de la Santa Misa: Señor, Tú «manifiestas tu gloria en la asamblea de los santos, y, al coronar sus méritos, coronas tu propia obra. Tú nos ofreces el ejemplo de su vida, la ayuda de su intercesión y la participación en su destino, para que, animados por su presencia alentadora, luchemos sin desfallecer en la carrera y alcancemos, como ellos, la corona de gloria que no se marchita».

Es esto lo que los cristianos celebramos cuando hacemos la memoria de los santos. Son de la familia, claro está, puede suscitarse una legítima y sana nostalgia si pudimos tenerlos cerca en nuestra biografía, pero no se reduce el recuerdo a sentimentalismo fugaz.

Los santos no añaden algo al evangelio, como si éste fuera incompleto; los santos no añaden palabras que no han sido ya pronunciadas por los labios del Maestro; los santos no construyen una ciudad o una casa que no haya sido levantada y edificada ya por Jesucristo. Lo que hacen los santos es repararlas o volver a abrir cuando se han deteriorado o cerrado, o salir en búsqueda de aquellos que se han marchado, o facilitar el camino para que estrenen su adentramiento aquellos que nunca han estado.

Dios nos regala a los santos como una compañía. Una compañía que no suple nuestra libertad, pero sí que la puede despertar, de manera que recordando pueda latir de nuevo nuestro corazón con ese pálpito que nos viene con la gracia del buen Dios. Así sucedió con San Josemaría Escrivá de Balaguer, como con toda esa pléyade de santos que han ido abordando a cada generación cristiana.

Un historiador de la primera época del cristianismo, Gustave Bardy, hablaba de la revolución que supuso la aparición, en aquel imperio decadente, del hecho cristiano, diciendo que aquellos primeros cristianos cambiaron el mundo –y emplea él esta expresión- desde el espectáculo de la santidad. El espectáculo de la santidad no es lógicamente un número circense, no es una genialidad que tiene la medida, o la cualidad de nuestras cosas humanas. Es el consentir que Dios en nosotros haga el bien, es el consentir que Dios en nosotros susurre y muestre. Y por eso es un espectáculo más grande que nosotros mismos. Es un espectáculo que, por provenir precisamente del Santo, del tres veces santo, bendice a quienes lo contemplan, y devuelve la paz a sus corazones, la esperanza a sus miradas, y hace posible que en una comunión real nos contemplemos como hermanos. ¡El espectáculo de la santidad!

Es algo tan antiguo como el primitivo cristianismo, y sin embargo hubo de esperar a San Josemaría para que se tomar conciencia como nunca antes de cómo la santidad no es algo privado de los claustros monásticos, de las epopeyas martiriales, de las hazañas misionera, de las virtudes religiosas o sacerdotales. Todo esto también ha escrito páginas preciosas de santidad en la larga y milenaria historia de la Iglesia.

Pero San Josemaría ha sacado a la calle y la plaza por donde la vida camina, a la familia donde ésta nace y crece, al trabajo en cualquiera de sus formas y responsabilidades, ha sacado la santidad como el reclamo que a todos Dios nos hace, el que de todos espera, y para el que nos agracia y acompaña como nadie. Lo hemos escuchado en el Evangelio que se nos acaba de proclamar: Jesús se hace presente en una escena cotidiana a la orilla del mar, sorprendiendo a unos pescadores profesionales que lavaban sus redes vacías tras una noche sin pescar nada. En ese instante, uno más entre otros, se les acerca para dilatar el horizonte y hacerles pescadores de hombres. En medio de la más ordinaria cotidianeidad, el Señor les invita a remar mar adentro para llenar las redes de sus vidas.

Puede parecernos una obviedad a nosotros que somos casi todos hijos del Concilio Vaticano II, en donde el magisterio supremo de la Iglesia proclamará la vocación universal de la santidad cristiana, pero no había sido así hasta entonces con esta auténtica universalidad que no distingue de edades, condición social, bagaje cultural, o vocación específicamente eclesial. Todos debemos ser santos. Con su gracejo aragonés, lo decía San Josemaría: “tienes la obligación de santificarte. Tú también. ¿Quién piensa que ésta es labor exclusiva de sacerdotes y religiosos? A todos, sin excepción, dijo el Señor: ‘sed perfectos, como Padre Celestial es perfecto’” (Camino 291).

Me alegro en esta tarde, poder celebrar con todos vosotros hermanos y hermanas que pertenecéis al Opus Dei o por simpatía estáis cerca de la Obra y sus miembros. Es una gracia para nuestra Diócesis que los hijos espirituales de San Josemaría construyan de tantos modos la Iglesia del Señor que en esta tierra astur peregrina.

Siempre me conmueve leer esa magnífica homilía en el Campus de la Universidad de Navarra en 1967, “amar al mundo apasionadamente”. «Quienes han seguido a Jesucristo —conmigo, pobre pecador— son: un pequeño tanto por ciento de sacerdotes, que antes han ejercido una profesión o un oficio laical; un gran número de sacerdotes seculares de muchas diócesis del mundo —que así confirman su obediencia a sus respectivos Obispos y su amor y la eficacia de su trabajo diocesano—, siempre con los brazos abiertos en cruz para que todas las almas quepan en sus corazones, y que están como yo en medio de la calle, en el mundo, y lo aman; y la gran muchedumbre formada por hombres y por mujeres —de diversas naciones, de diversas lenguas, de diversas razas— que viven de su trabajo profesional, casados la mayor parte, solteros muchos otros, que participan con sus conciudadanos en la grave tarea de hacer más humana y más justa la sociedad temporal; en la noble lid de los afanes diarios, con personal responsabilidad —repito—, experimentando con los demás hombres, codo con codo, éxitos y fracasos, tratando de cumplir sus deberes y de ejercitar sus derechos sociales y cívicos. Y todo con naturalidad, como cualquier cristiano consciente, sin mentalidad de selectos, fundidos en la masa de sus colegas, mientras procuran detectar los brillos divinos que reverberan en las realidades más vulgares».

No estamos celebrando a San Josemaría como cuando se hace un homenaje póstumo o un recuerdo sentimental de alguien que ha tenido una aportación notable en nuestros días. No, más bien estamos dando gracias a Dios por él y también con él entonamos nuestro canto de alabanza. Por representar un camino de santidad contemporánea, la Iglesia nos lo señala como alguien cercano, de nuestros días, que ha logrado poner la fecha de nuestro tiempo y el domicilio de nuestra circunstancia. Santidad que tiene que ver con esa vida cotidiana de la que no nos escapamos para poder ser fieles cristianos, porque es en esa trama diaria donde nos espera Dios, donde Él seca nuestros sudores, enjuga nuestras lágrimas, comparte nuestros gozos y enciende más y más nuestra esperanza.

Esta fue la intuición de San Josemaría al fundar la obra que con él Dios regaló a su Iglesia. Poder ser sal de esta tierra y luz en este mundo, sin maldecirlos jamás, sino siendo fermento dentro de ellos. Lo decía en uno de los puntos de su libro Forja: «Dios está metido en el centro de tu alma, de la mía, y en la de todos los hombres en gracia. Y está para algo: para que tengamos más sal, y para que adquiramos mucha luz, y para que sepamos repartir esos dones de Dios, cada uno desde su puesto. ¿Y cómo podremos repartir esos dones de Dios? Con humildad, con piedad, bien unidos a nuestra Madre la Iglesia» (Forja, 932).

Cuando otros caminos de espiritualidad y vida cristiana han ido escribiendo y siguen haciéndolo preciosas páginas de santidad católica, San Josemaría fue inspirado por el Señor para abrir los ámbitos de esa perfección evangélica. Está bien que haya habido y siga habiendo claustros y monasterios, o conventos y comunidades, que desde los más diversos carismas han acercado a cada generación la ternura de Dios, su fidelidad llena de amor, su solicitud como Padre siendo una bendición para niños y jóvenes, para ancianos, para pobres y necesitados. Pero parecería que sólo se podía ser santo desde esos lares monásticos y conventuales. Mas precisamente cuando era más urgente la presencia de los cristianos en el entramado corriente, surge en el corazón de San Josemaría esa divina inquietud de fundar el Opus Dei como un vivo deseo de invitar a la santidad a hombres y mujeres que son llamados igualmente por Dios en medio de la vida cotidiana.

Hoy damos gracias por todo este ejemplo de vida cristiana santa, rezamos por todo cuando la Obra lleva adelante en el mundo, pero también en nuestra Archidiócesis de Oviedo. Damos gracias a Dios todos: vosotros que pertenecéis a la Obra de varios modos, y cuantos hemos sido llamados a otra vocación pero que estamos cercanos con afecto y gratitud a todos vosotros construyendo la Iglesia de Cristo y sirviéndola como ella quiere ser servida, en palabra del propio San Josemaría.

Pedimos a Santa María, a la Virgen del peinadico que tanta devoción le tuvo él y su madre y cuyo cuadro original pude venerar en mi Diócesis anterior de Huesca, en la Colegiata de Alquézar, que con San Josemaría nos bendigan y acompañen. Seamos santos cotidianamente, buscando la gloria de Dios y la bendición de los hermanos. Amén.

+ Fr. Jesús Sanz Montes, ofm
Arzobispo de Oviedo

Basílica del Sagrado Corazón de Jesús.
Gijón, 26 junio de 2026

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