Querida comunidad parroquial:
Llega el verano y con él un tiempo propicio para alternar el ritmo acelerado del año. Las vacaciones no son un simple vacío de actividad ni un paréntesis en nuestra vida de fe; son una oportunidad providencial para el descanso auténtico, el reencuentro con los seres queridos y el cultivo de nuestra vida interior. A menudo caemos en el error de pensar que las vacaciones consisten en acumular actividades o desconectar de todo, incluso de nuestra fe. Sin embargo, el verdadero reposo del corazón sólo se encuentra cuando nos alineamos con la voluntad del Padre. Él mismo nos dice: «En el desierto y en el sosiego está vuestra salvación; en la calma y en la confianza os aseguraréis la fuerza» (Is 30, 15).
Así el Señor nos enseña la importancia de apartarnos del bullicio para recobrar fuerzas. En el Evangelio encontramos su invitación directa: «Venid vosotros solos a un lugar desierto para descansar» (Mc 6, 31). Dios no nos quiere agotados ni ansiosos. Ya desde la Creación, el descanso quedó consagrado como un espacio sagrado, pues «bendijo Dios el día séptimo y lo santificó, porque ese día descansó Dios de toda la obra que había realizado» (Gn 2, 3). Con este gesto, el Creador nos enseña que el mundo no se sostiene por nuestras solas fuerzas, sino por su amor providente. Descansar es, en esencia, un acto de fe: reconocemos humildemente que el universo sigue girando aunque nosotros paremos nuestras actividades cotidianas.
En consonancia con esta sabiduría bíblica, el Papa León XIV nos ha recordado recientemente que el periodo estival es un regalo para equilibrar el espíritu. Como bien señaló el Santo Padre en sus homilías del verano pasado desde su residencia de Castel Gandolfo, debemos aprovechar estos meses para ''conciliar contemplación y acción, descanso y fatiga''. El Pontífice nos insiste en que el verano debe dedicarse a cultivar tiempo con Dios, relajarse y cuidar de los demás. El verdadero descanso no es egoísta; es el que nos sana por dentro para volvernos más generosos con el prójimo.
El descanso cristiano va mucho más allá de reponer energías para volver a trabajar; es el tiempo de la gratuidad y de la celebración. Jesús nos invita a liberarnos de las ansiedades que nos encadenan, para ver más allá de nuestros propios intereses. Él mismo nos consuela con una de las promesas más bellas del Evangelio: «Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré» (Mt 11, 28).
Por eso, os animo a vivir estas semanas con un sentido cristiano. Desconectar para conectar solamente con Dios y su obra creadora. Moderad el uso de las pantallas y la tecnología para escuchar el silencio de la naturaleza y admirarnos de cómo ''En verdes praderas nos hace reposar'' (Sal 23).
Es tiempo para entablar conversaciones profundas en familia. No hagáis "vacaciones de Dios": Allá donde vayáis, buscad la parroquia local para celebrar la eucaristía dominical. La oración en los días de descanso se vuelve más pausada y agradecida. Ejercitad la caridad: el descanso nos da la paciencia y el tiempo que a veces nos faltan el resto del año para atender a los abuelos, a los enfermos o a quienes se sienten solos.
Que este verano sea un tiempo de gracia en el que el Señor restaure vuestros cuerpos y vuestras almas. También algo “desconectado”, no de Él ni de vosotros, os llevo en mi oración diaria allá donde me pille el día, y os encomiendo a la protección de la Santísima Virgen María, Madre y descanso de los caminantes.
Os desea un feliz descanso y provechoso verano
Joaquín,
vuestro Párroco.

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