domingo, 3 de mayo de 2026

El camino y la verdad y la vida. Por Joaquín Manuel Serrano Vila


En este Quinto Domingo de Pascua, la Palabra de Dios nos revela que la vida cristiana no es un camino solitario, sino la construcción de una comunidad viva que tiene como único fundamento a Jesucristo.
A través de las lecturas de hoy, se nos invita a confiar plenamente en Jesús, quien se proclama a sí mismo como el único camino hacia el Padre, y a descubrir nuestra propia identidad como "piedras vivas" de su edificio espiritual. Seguimos celebrando la resurrección del Señor, acontecimiento que ha cambiado la historia, que pone fin a nuestras desesperanzas y de forma especial, el hito que revela que Jesucristo no era un hombre bueno sin más o un profeta cualquiera, sino el Hijo de Dios vivo. Hoy veremos muy particularmente la unión íntima entre el Padre y el Hijo. 

En la primera lectura de los Hechos de los Apóstoles, comprobamos cómo la Iglesia primitiva enfrenta sus primeras crisis de crecimiento. Ante las quejas por la desatención a las viudas de los helenistas, los apóstoles no imponen su autoridad con rigidez, sino que disciernen bajo la guía del Espíritu Santo. Y la solución está en el servicio. Se instituye el ministerio de los siete diáconos para atender las necesidades materiales: "el servicio de las mesas", permitiendo que los apóstoles se dediquen sólo a la oración y a la predicación. Todos somos necesarios; en la Iglesia no hay tareas secundarias. Y aquí vemos cómo ya en el nacimiento de la Iglesia toman conciencia de que el servicio caritativo y la predicación de la Palabra van de la mano. A veces no sabemos vivir las diferencias en la comunidad, lo llevamos al terreno de lo personal, enquistándonos en nuestros criterios; y ya vemos que esto no es nuevo, la cuestión está en saber resolver los conflictos como quiere el Señor que lo hagamos: desde el diálogo y la corresponsabilidad, poniendo siempre los dones al servicio de los demás. 

En la segunda lectura, San Pedro utiliza una metáfora arquitectónica para recordarnos quiénes somos en Cristo: un edificio espiritual del cual Jesús es la piedra angular. Él es la roca firme que sostiene nuestra vida. Aunque fue desechado por los hombres, para Dios es "escogida y preciosa". Nosotros no somos espectadores pasivos. Cada bautizado es una "piedra viva" llamada a encajar en el gran proyecto de Dios. Si nos alejamos de la roca fundamental, el edificio de nuestra vida se tambalea. El apóstol San Pedro nos regala los títulos más hermosos: somos "raza elegida, sacerdocio real, nación santa, pueblo adquirido por Dios"... Nuestra misión es proclamar las grandezas de Aquél que nos llamó de las tinieblas a su luz admirable. Esta lectura ofrece una de las revoluciones eclesiológicas y litúrgicas más profundas del Nuevo Testamento. San Pedro habla en estos términos a las comunidades cristianas de Asia Menor que vivían marginadas, perseguidas y despojadas de sus antiguos templos y sacrificios. Para infundirles esperanza, el Apóstol redefine la identidad del cristiano a través de una teología del nuevo templo y el sacerdocio universal.

El evangelio de este domingo tomado del capítulo 14 de San Juan, nos sitúa en el contexto del discurso de despedida en la Última Cena. Los discípulos están tristes y asustados, pero Jesús los reconforta con palabras de profunda esperanza: "No se turbe vuestro corazón". Y les regala un mapa definitivo y definitorio para el futuro incierto, les señala el camino que es Él mismo. Cuando Tomás pregunta con honestidad: "Señor, no sabemos adónde vas, ¿Cómo podemos saber el camino?", Jesús responde con una de las afirmaciones más rotundas del Nuevo Testamento: "Yo soy el camino y la verdad y la vida. Nadie va al Padre sino por mí". Y es que el Camino no es una filosofía ni un conjunto de normas; es una Persona. Caminar como cristianos es imitar sus pasos, sus actitudes de servicio, su humildad y su entrega. Jesús se define también como La Verdad. En un mundo lleno de verdades relativas y vacías, Jesús es no una verdad cualquiera sino la verdad plena que nos hace libres y da sentido a nuestra existencia. Y nos dice también que es La Vida. Él es la Vida verdadera. Quien vive unido a Él ya ha comenzado a saborear la eternidad en las "muchas moradas" que nos tiene preparadas en la casa del Padre. Ante la petición de Felipe: "Señor, muéstranos al Padre", Jesús le responde con un reproche lleno de ternura: "¿Tanto tiempo llevo con vosotros y no me conoces?". En Jesús vemos el rostro misericordioso de Dios. Sus gestos de perdón, su acogida a los pecadores y su entrega en la cruz son la visibilización del amor infinito del Padre. La Pascua no es un acontecimiento del pasado, es una realidad presente. Este domingo se nos invita a renovar la confianza, dejar de lado los miedos y angustias de la vida diaria y las confrontaciones y protagonismos propios, sabiendo que Jesús nos precede y nos sostiene. Es la hora de asumir nuestra misión, la de ser piedras vivas en nuestras parroquias y comunidades, sirviendo con generosidad. Seguir las huellas del Maestro. No buscar atajos fáciles, o rutas a nuestra medida o gusto, sino transitar diariamente por el camino de la verdad y el amor que Jesús nos trazó y que es Él mismo, y nos conduce a la vida plena.

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