San Rafael Arnáiz Barón, aunque nacido en Burgos en 1911, mantuvo un vínculo profundo y determinante con Asturias, tierra que moldeó su juventud y fue escenario de los momentos clave previos a su entrega total en la Trapa. En 1922, cuando Rafael tenía 11 años, su familia se trasladó a Oviedo debido al ascenso laboral de su padre como ingeniero de montes. Asturias fue el paisaje de su formación. Vivió su adolescencia entre montañas y mar. Cursó el bachillerato en el Colegio San Ignacio de la Compañía de Jesús en Oviedo, tras un breve paso por el Colegio Auseva de los Maristas. En el Colegio de los Jesuitas de Oviedo, Rafael se unió a la congregación mariana de Los Luises. Allí comenzó su hábito de la comunión diaria y las visitas al Santísimo, prácticas que mantenía mientras llevaba una vida social activa, demostrando que su espiritualidad era compatible con su alegría natural.
En la capital asturiana, bajo la tutela del profesor Eugenio Tamayo, desarrolló su talento para el dibujo y la pintura, capturando paisajes locales. Rafael era un joven alegre y deportista que disfrutaba recorriendo los Picos de Europa y los acantilados del Cantábrico, forjando un espíritu contemplativo a través del contacto con la naturaleza asturiana. La relación con Asturias no terminó con su ingreso en el monasterio de San Isidro de Dueñas (Palencia). La diabetes sacarina, que le obligó a abandonar el convento en varias ocasiones, le hizo regresar a Oviedo para recuperarse bajo los cuidados de su familia. Asturias fue su refugio durante la enfermedad.
En su casa de la calle Fruela, frente al teatro Campoamor, vivió periodos de convalecencia donde alternaba el tratamiento de su enfermedad con la oración y el dibujo. Durante su estancia en 1934, fue testigo de la Revolución de Octubre en Asturias, lo que influyó en sus reflexiones sobre la necesidad de Dios en la sociedad. Desde su casa en Oviedo, escuchaba los disparos y veía los incendios que asolaron la ciudad. En esos días tuvo la quema de la Universidad y el asalto a la Cámara Santa. La persecución religiosa de la revolución fue una experiencia de violencia y caos en las calles que él tanto amaba, que reforzó su deseo de ofrecer su vida como una oración por la paz y por la conversión del mundo.
En Oviedo San Rafael fue feligrés de la Parroquia de San Juan el Real de Oviedo, a cuya vida parroquial estuvo muy ligado. También fue adorador nocturno en la parroquia de San Tirso el Real, desde los 19 años. A San Rafael Arnáiz se le reconoce como el "santo que creció en Oviedo", y su antigua vivienda, colegios o las sepulturas de su familia en el Cementerio de El Salvador de Oviedo, forman parte de una ruta informal para quienes buscan seguir las huellas de este místico del siglo XX.

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