miércoles, 15 de abril de 2026

EL OTRO SERMÓN DE LA MONTAÑA. LAS SIETE PALABRAS DE JESÚS EN LA CRUZ. Por Monseñor Fray Jesús Sanz Montes, O.F.M., Arzobispo de Oviedo

INTRODUCCIÓN

La plaza como púlpito de una vida entera

El Señor os dé su paz. Fueron muchos los púlpitos improvisados en sinagogas, o en los cruces de caminos y las mil circunstancias, donde la palabra veraz, bondadosa y bella del Maestro se dejó escuchar. Dijo tantas cosas en público y en privado, con parábolas hermosas cuando había que anunciar la esperanza y como espada de doble filo cuando había que denunciar los desmanes. Pero quedaba un último sermón desde una cátedra extraña, humillante, sin diálogo posterior ni un auditorio entregado. Serán las Siete Palabras para un sermón como tal no pronunciado por los labios del Maestro, pero que constituyen la apretada síntesis de una donación sin igual por ese Dios humanado que fue Jesús, el Hijo de Dios predilecto del Padre. Son siete gritos como quien entona el canto del cisne en la cantata del amor antes jamás escuchada. Es el epílogo de toda una vida tejida de claroscuros agridulces entre el don más infinito de parte del Señor y la resistencia más triste por el hombre destinatario.

Asistimos aquí en Valladolid, en esta plaza testigo de la escucha de estas Siete Palabras durante tantos años ya desde su comienzo propiamente en aquel 23 de abril de 1943. Una plaza es un espacio especialmente señero: aquí se dan los vaivenes de nuestras prisas, los juegos inocentes de nuestros pequeños, los embelesos enamorados de quienes se quieren, y la parsimonia de nuestros sabios ancianos. Plaza de secretos que custodian sus aires en el tiempo. Plaza de ensueños cuando nos quitamos las pesadillas mirando al cielo. Plaza de encuentros, de besos amistosos y palabras que te abrazan, en las idas y venidas de las bienvenidas que te acogen y los adioses que te despiden con añoranzas.

En esta mañana de Viernes Santo, esta Plaza grande y majestuosa por donde la vida de Valladolid pasa, nos disponemos a escuchar las Siete Palabras dejándonos conmover por el Sermón de Cristo desde el púlpito del madero de su crucifixión. Son palabras conocidas, tantas veces escuchadas, meditadas y lloradas a través de la historia del Pueblo cristiano. Ante ellas vertieron sus lágrimas santos y místicos, con ellas han compuesto cantatas y sinfonías nuestros músicos más célebres, con estas Siete Palabras se ensimismaron nuestros escultores con sus gubias y los pintores con sus pinceles. Ellas fueron el objeto de la pluma de nuestros mejores escritores, y de cuantos con inmenso talento y belleza vinieron a comentarlas aquí con rubor emocionado de oradores.

Fueron palabras que se escucharon al final de aquella primera Semana Santa de la historia. Cuántas palabras previas se recibieron del Maestro, el Señor Jesús. No dejó de predicarlas de tantos modos en cualquier circunstancia: a niños, a jóvenes, a novios, a enfermos, a ancianos. A justos, a pecadores, a paisanos, a extranjeros. Sólo quienes fueron sordos censuradores, prefirieron sus tinieblas a la luz, sus violencias a la paz, sus rigideces a la ternura. Lo dijo el evangelista San Juan cuando ya anciano escriba su evangelio: vino la luz al mundo y las tinieblas la despreciaron, «vino a su casa, y los suyos no lo recibieron» (Jn 1, 11).

De modo imparable vamos cumpliendo años que dibujan canas en el pelo, arrugas en el rostro, y un cierto sobresalto cuando nos sentamos y miramos hacia atrás de reojo. Todas las luces y las sombras, los momentos gozosos y los que nos han podido dañar, ahí están en nuestro inmediato pasado. Sueños que se cumplieron llenándonos de paz, despertares de pesadilla que nos alteraron, gente que se nos fue, como otra gente nos fue llegando. Certezas que se hicieron duda, o interrogantes que encontraron respuesta. ¡Cuántas cosas, sentimientos, recuerdos o proyectos, cuántos presentes nos han venido saludando, o acorralando, o bendiciendo! Hemos soñado y brindado por tantas cosas, pero también ha habido no pocas que nos han roto en llanto, que han sembrado miedo y cansancio. ¡Cuántos episodios y circunstancias íntimas en el corazón o bien patentes en las afueras del alma, hacen que la Semana Santa de cada año tenga una fecha de estreno y dibuje un paisaje novedoso con todas sus luces y todas sus sombras!

Fue larga la andadura de Jesús. Por breves que puedan parecer los pocos años que compartió con nosotros, fueron de una inmensa intensidad. Treinta y tres años donde sucedió todo lo que nos cuentan los evangelios: las lágrimas que Jesús enjugó, los juegos infantiles que observó, los pecados que pudo perdonar, las vidas desastradas que reorientó. No hubo rincón humano en el que no estuviera Él presente con una palabra que decir y una gracia que ofrecer. Pero Jerusalén era la etapa final, el final del trayecto de toda una vida. Aquella semana fue intensa en palabras y signos, como quien sabe que llega el ocaso de una andadura tan tejida de versos, de besos, de silencios y de lágrimas. Nos metemos de bruces en este desenlace postrero en donde en una cruz como púlpito, Jesús nos brindará sus Siete Palabras que no enmudecerán jamás, porque responden al drama de la historia de la humanidad en todos sus lares, en todas sus épocas, como un eco del grito de Dios en medio de la contradicción sórdida de la humanidad. Es el otro sermón de la montaña. Escuchemos.

PRIMERA PALABRA

«Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen» > Y cuando llegaron al lugar llamado «La Calavera», lo crucificaron allí, a él y a los malhechores, uno a la derecha y otro a la izquierda. Jesús decía: «Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen» (Lc 23,33-34).

Era el fin del trayecto. Toda una vida humana a las espaldas con tantos momentos, espaldas ahora abiertas como un surco en donde la cizaña cicatera quiso dejar la firma de autor de la incomprensión más infinita, el odio más exacerbado, la cerrazón más despiadada. Sí, atrás quedaba una entera vida, tantos recodos del camino en los que Jesús pasó haciendo el bien. Sus encuentros con la gente, su peculiar modo de abrazar el problema humano, unas veces brindando sus gozos como en Caná, otras llorando sus sufrimientos como en Betania; en ocasiones curando todo tipo de dolencias, o iluminando todo tipo de oscuridad o saciando todo tipo de hambres, y en otras airado contra los comerciantes en el templo y contra los fariseos del mercado de la fe. Jesús que bendice, que enseña, que reza, que cura, que libera, que denuncia y señala. Ahora es el momento último y final de este drama humano y divino.

Se ubica la estación de llegada: el Calvario, llamado “La Calavera”, macabro nombre por parte de quienes perdieron la cabeza. Sus compañeros de viaje final también van en el mismo lote, con el mismo desenlace, pero por motivo desigual. Tras la descripción del escenario y de la comparsa impuesta como si fueran bufones de reparto, se allega la palabra primera de este particular Sermón: «Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen». No era una rueda de prensa, ni tampoco la respuesta en un tribunal ante un fiscal acusador. Esta palabra, como las seis restantes, son un soliloquio con su Padre Dios como en tantos otros momentos de su vida de Dios humanada.

Es ese Padre por quien madrugaba cada día o trasnochaba cada tarde, recabando en ese encuentro la escucha obediente en la más sublime oración. De esa filial conversación dimanarían después las palabras dulces y verdaderas como bondadoso beneficio, y los gestos sanadores y liberadores de todo maleficio perverso. El Padre fue su principal interlocutor. Ahora Jesús a plena luz, en el fragor de aquel Viernes Santo, clava en el Padre su mirada, para pedir el indulto ante tanto malhechor que le fueron haciendo la envolvente desde sus ojos ciegos y sus corazones embotados, para la gran censura ignorante de quien era su verdadero y único Salvador.

Así rezó Jesús, filialmente como nunca, ante su Padre Dios: perdónalos, no saben lo que hacen. ¿Es acaso la ignorancia del daño un atenuante para obtener inmerecidamente el más gratuito perdón? Nuestras contradicciones que nos hacen cínicos, las hipocresías que travisten nuestro disfraz, los pecados de la vida que reniegan lo que nuestros labios proclaman de prestado. No, no es la ignorancia de no saber lo que hicieron y hacemos lo que nos redime con el abrazo del perdón, sino precisamente esta plegaria sentida en el corazón de Cristo, como el último latido del pálpito de su amor.

Él quiso interceder, ponerse de nuevo entre el cielo y la tierra, entre sus hermanos los hombres y su Padre Dios. Su oración abrirá la puerta de salida más misericordiosa e indebida en el callejón cerrado a cal y canto de nuestra oscuridad más temible y temida.

No sabemos lo que hacemos, no. No lo sabemos cuando declaramos las guerras que enfrentan y destruyen los pueblos, cuando mentimos a mansalva para salvar a toda costa nuestras prebendas y nuestras gobernanzas, cuando robamos lo que no nos pertenece con la codicia más pendenciera, o abusamos de los más inocentes con una perversión que mata, cuando manchamos la belleza con nuestras apariencias más zafias, cuando envilecemos la bondad con un embrutecimiento de maldad calculada y cuando relativizamos de la verdad con una post-verdad que a sabiendas engaña. No sabemos lo que hacemos, ni entonces ni ahora. Es la ignorancia más culpable que no nos atenúa nuestra responsabilidad cotidiana en lo personal y en lo social. Pero la oración de Jesús al Padre sigue llegando como clamor que intermedia pidiendo el perdón que nos salva. Él es el abogado que templa nuestras gaitas, quien endereza nuestros entuertos, aquel que allana nuestras altiveces, y quien nos devuelve al camino verdadero tras todas nuestras aventuras pródigas que nos sacaron del hogar en el que somos hijos siempre, hijos malos tal vez, pero nunca hijos huérfanos sin la mirada de un Padre cuyos ojos otean cada día nuestro regreso y en cuya entraña sabemos que alguien nos espera cada mañana.

SEGUNDA PALABRA

«Hoy estarás conmigo en el Paraíso»

Uno de los malhechores crucificados lo insultaba diciendo: «¿No eres tú el Mesías? Sálvate a ti mismo y a nosotros». Pero el otro, respondiéndole e increpándolo, le decía: «¿Ni siquiera temes tú a Dios, estando en la misma condena? Nosotros, en verdad, lo estamos justamente, porque recibimos el justo pago de lo que hicimos; en cambio, este no ha hecho nada malo». Y decía: «Jesús, acuérdate de mí cuando llegues a tu reino». Jesús le dijo: «En verdad te digo: hoy estarás conmigo en el paraíso» (Lc 23, 39-43). hombres. Dos ladrones codiciosos al lado de quien más ofreció gratuitamente su tesoro. Dimas y Gestas eran sus nombres, tal y como nos los desveló el Evangelio apócrifo de Nicodemo (s. IV). El primero de ellos, Gestas, viendo venir tan fatal desenlace quiso utilizar su pobre credo para negociar su condena: si tú eres el Mesías, sálvate a ti mismo y sálvanos a los demás. Era la prueba de su credulidad más descreída y desesperada que invocaba para obtener el salvoconducto de su pisoteada libertad. Quería Gestas obtener el libelo de su lavado de cara, de su indulto amañado, de una suerte que nunca y jamás mereció. Pero terminó como provocación tan obscena, que fue blasfemia burda y grosera contra el mismo Dios.

Sin ser rehén de su penoso pasado, el otro malhechor tuvo distinta actitud. Dimas, increpó a su compañero por la trampa desleal que maquillaba su torpe currículum de maldición y condena, y después hizo un acto de fe en el santo temor de Dios. Confesó sus pecados con un apresurado examen de conciencia, aceptando el desenlace merecido por todas sus faltas cometidas quién sabe dónde, quién sabe cuándo, quién sabe contra quién. Pero aceptaba su deriva tasada por los hombres como sanción fatal de todos sus errores: nosotros nos lo merecemos, pero Jesús absolutamente no. Somos dos malvados ladrones que han robado tantas cosas, dos violentos asesinos que han malogrado tantas vidas, dos violadores sin alma que se han aprovechado de quienes pudimos engañar y seducir, dos mentirosos compulsivos que hicimos del engaño una forma de supervivencia bienpagada.

Pero Jesús, no hizo nada. Jesús pasó haciendo el bien en cuanto hizo y dijo ante los demás.

De esta confesión general de sus pecados, hizo un propósito de enmienda inusual: mi perdón está en tu mano, Jesús. Y cuando llegues a ese tu Reino del que de tantos modos nos has hablado, échame una mirada, tiéndeme tu mano, haz que quepa en el hogar entrañable de tu misericordia… y acuérdate de mí. ¡Qué buena confesión hizo Dimas aquel Viernes Santo, que le obtuvo el título de Buen Ladrón! Porque sin pretenderlo si quiera, logró “robar” honestamente a Dios el botín inimaginable en toda su vida desastrada, cuando pidiéndole adentrarse en su Reino, Jesús le regaló el pasaje y la entrada en ese mundo de amor que sólo quien es el Amor concede a quienes se abren a su mirada.

Así llega la segunda entrega de este Sermón del Señor de sus Siete Palabras: “hoy estarás conmigo en el paraíso”. Esto significa que a Dimas se le perdonó con el perdón más infinito; tanto, tanto, que supuso la primera canonización cristiana sin los largos procesos de verificación y discernimiento por parte de la Iglesia, sino por el reconocimiento claro del mismo juicio de Dios. Así, le preparó Jesús a San Dimas el altar, la hornacina y la peana que sólo lucen en el cielo los que directamente canoniza Dios.

Es el primero de la saga de esa fiesta de Todos los Santos, cuando la Iglesia nos insta a asomarnos a otro ventanal que quizás no es el que más frecuentamos en el vaivén de nuestra andadura cotidiana. Estamos tantas veces secuestrados por otros nombres y ejemplos que nos roban la atención con sus palabras vacías, sus corrupciones diversas, sus pretensiones inconfesables. Se nos invita a mirar a todos los santos. Son de épocas distintas, con unos contextos geográficos, culturales y políticos diferentes, con una sensibilidad variopinta, que vivieron el Evangelio dentro de los años de su edad y en el domicilio de sus circunstancias. Los hay mártires de todo tiempo, doctores que nos iluminan con su bondad y sabiduría, pastores entregados que nunca dejaron el rebaño asignado por Dios a su servicio ministerial. Y tanta gente sencilla, “santos de la puerta de al lado”, como decía el papa Francisco, que pueden ser de nuestra familia. Hacemos la verdadera memoria de nuestros santos y seres queridos de los que podemos aprender y agradecer por tantos motivos. Son los santos todos, en cuyo primer puesto de esa lista aparece San Dimas, buen ladrón, que aquella tarde entró en el Paraíso.

TERCERA PALABRA

«Mujer, ahí tienes a tu hijo… Ahí tienes a tu madre»

Jesús, al ver a su madre y junto a ella al discípulo al que amaba, dijo a su madre: «Mujer, ahí tienes a tu hijo». Luego, dijo al discípulo: «Ahí tienes a tu madre». Y desde aquella hora, el discípulo la recibió como algo propio (Jn 19,26-27).

No nos dejó María un diario espiritual. Y, sin embargo, podemos acceder a trazos de su vida que nos conmueven por su verdadera humanidad tan abrazada por la gracia de Dios. María fue alguien que se fio de Dios, creyendo que lo imposible para ella no lo era para Él. Las distintas palabras de Dios que María tendrá que escuchar en su vida, y en especial esta que tendrá que oír al pie de la Cruz de Jesús, no supondrán el macabro acertijo o la inacabable adivinanza de un Dios que se complace en asustar o aplastar a sus hijos. La palabra última que siempre se reserva Dios, es una palabra de luz y de vida, que se torna en la respuesta que Él da a la actitud de espera y esperanza en tantos momentos de oscuridad y de muerte. La última palabra que María escuchará no será la palabra agónica de su Hijo moribundo en las tinieblas de la hora de nona de aquel Santo Viernes, sino la palabra que cual rocío mañanero Dios cantará para siempre en su resurrección en un domingo que no acaba. No obstante, María nos enseña a escuchar en hondura a ese Dios por el que ella decidió su vida entera en la escucha de su Palabra, sea donde y como sea que Él nos quiere decir cuando nos habla locuaz o cuando silencioso se acalla.

Los artistas cristianos de todos los tiempos lo han sabido pintar en sus cuadros, esculpir en sus imágenes, lo han sabido recitar en sus versos o componer en sus musicales cantatas. La Cruz de Jesús tiene una escena completa en aquel primer Viernes Santo de la historia: el Calvario no tiene una cruz solitaria, no está sólo flanqueada por dos ladrones crucificados junto a Él, ni tampoco por la curiosidad burlona de quienes aguardaban frívolamente a ver qué pasaba. Porque, además de las traiciones de Judas y de las lágrimas de Pedro, además de la cobarde inhibición de Pilato o de la insidia torpe de una manipulada muchedumbre, había también una presencia diversa. Es la que la liturgia cristiana celebra en la advocación de la Madre Desolada junto al discípulo amado, el joven Juan.

Ambos están cerca de Jesús y cerca entre sí. Era la comunión de la vida más estrecha, íntima y espiritual. Aquella mujer que con su sí a Dios quiso estar al pie de la vida que de ella nacía por milagro en su virginidad, estará también al pie de aquella muerte del Hijo que pendía de una Cruz. No es la Eva abrazada al árbol de su fruta prohibida, sino María que se abraza al árbol cuyo fruto mejor y entregado fue su Hijo crucificado. No reaccionó con desesperación, ni con sollozo de venganza. No invocó la maldición de los cielos ni la revuelta de los hombres. Sencillamente estaba al pie de aquella cruz, tratando de escuchar una difícil palabra de oír, preguntándose el significado duro de ese final aparente con el martirio de su Hijo Jesús. Su estar fue un estar silencioso lleno de fe, asomada a un más allá de aquella durísima apariencia con sus ojos maternos llenos de llanto. Esta es la lección asombrosa que nos dará María en los calvarios de la vida, en nuestras desolaciones diversas junto a nuestras cruces cotidianas.

A María se le confía una nueva maternidad, que ella engendraría en el seno del dolor. No se trataba de una maternidad homóloga como si el hecho de ser madre de Jesús fuera intercambiable con ser madre de Juan. Jesús no menciona a Juan por su nombre, ni a María por el suyo: los extrapola para darles un horizonte de universalidad. Es la mujer que se hace madre, es el discípulo que se hace hijo. Pero se da una verdadera maternidad que María asume por indicación de Jesús acogiendo al discípulo Juan, y se da también una auténtica filiación que Juan hace suya acogiendo desde aquel momento a María como su propia madre.

En la acogida de quien llega se comparte con él hasta en fondo, hasta el final, todo su universo precioso. María llega, de este modo, a la cumbre dramática de toda su vida en el sentido propio de la expresión “drama”: ni tragedia, ni comedia, sino drama, es decir, jugarte la vida arriesgando tu libertad por lo único que vale la pena. La tragedia es siempre cruenta, la comedia es frivolidad, el drama es libertad en acto. María llega con su sí mantenido hasta el drama máximo, expropiándose del Hijo que entrega al Padre como quien devuelve el inmenso regalo de un don recibido, en beneficio de toda la humanidad. Es entonces cuando ella recibe como don del Hijo ofrecido, a la humanidad representada por Juan. Así hemos aprendido al pie de la cruz a reconocernos en la persona del discípulo amado, el apóstol san Juan, mirando a María como nuestra Madre para que la vida siga nutriéndose y siga sostenida por quien con su entraña bendita siempre nos acompaña.

CUARTA PALABRA

«Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?» > A la hora nona, Jesús gritó con voz potente: Elí, Elí, lemá sabaqtaní, es decir: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?» (Mt 27, 46).

Marcó el reloj sus horas sin pausa ni dilación. No había botón de pausa para situarse comedidos y piadosos ante el desgarro más extremo de un grito que se hizo oración. La agonía no era ficción ni pose, sino terrible final que llega hasta este límite de soledad. Llegó la Hora suprema, hora de nona en aquel Viernes Santo de la historia. La vida está muriendo, boqueando en una Cruz incomprensible e impuesta. Sólo hay espacio para un silencio abismado que pueda acoger callando en los adentros, aquel diálogo último del Hijo con el Padre cuando la palabra se hizo monólogo humanamente macabro que entrevera entre espasmos Jesús con su Padre.

Así, como quien abre una rendija póstuma al perdón más inmerecido, ante el absurdo más injusto que se fraguaba de pronto se escuchó a Jesús recitar un antiguo salmo con el desgarro propio de quien señala la más extrema soledad: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?” (Mc 15, 34). Efectivamente, fue un salmo prestado, pero traducía una vivencia de abismo cuando miras y nadie aparece ante tus ojos, cuando gritas y nadie responde a tu angustiada voz, cuando abres tus brazos y aparentemente nadie viene al encuentro de tu desazón. ¿Quién entenderá este grito supremo de Dios a Dios, en esa plegaria extrema entre el Hijo bienamado y su querido Padre bienamante?

Hasta este punto se quiso solidarizar Jesús con nuestra pobre humana condición, tan llena de preguntas para las que no tenemos respuesta cuando nos atenazan los miedos, nos acorralan las sombras y nos llenan de vacíos los ausentes escapados que no nos acompañan, o las dudas ardientes para las que no tenemos réplica alguna.

Es así como todos los abandonos huidizos, todos los desgarros que nos desangran, las oscuridades que nos apagan, los extravíos que nos desnortan, las soledades que nos aíslan y las angustias que nos desazonan, todo eso estaba en aquel grito de Jesús. Ese grito resuena en todos los abandonos de cada uno de sus hermanos, de cada generación humana en cada tiempo y lugar. Ha querido Jesús hacer suyos nuestros gritos de abandono en soledad, cuando sentimos angustiados que no hay nadie tras la cortina de nuestro temor, ni existe el bálsamo que ponga cura en la herida, ni la respuesta humilde en la pregunta acuciante, ni la luz alumbradora en la negra y apagada oscuridad.

No fue un paseo devoto por las noches que no acaban sumiéndonos en el desaliento más mordaz, sino un verdadero grito que no por orante dejaba de señalar la más incomprensible soledad. La prueba que se trasluce o se trasoscurece en un Dios que aparentemente no es sostenido por Dios, de un Hijo que no percibe la cercanía del Padre, de un Redentor que no es salvado por nadie en el gesto más inaudito del abandono de Jesús.

Y, sin embargo, hay aquí un gesto sublime de divina solidaridad cuando en el argumento de nuestras lágrimas, en la rebeldía de nuestros descontentos, en la incertidumbre de nuestras desesperanzas, ponemos ese mismo grito de Cristo bendito. Él no ha jugado con nuestros vacíos más huecos y baldíos como si no fueran verdad los motivos por los que tantas veces nos hallamos desesperados. El abandono de Jesús es nuestro mismo abandono cuando todos se han ido o cuando nadie ha llegado, sumiéndonos en el llanto desesperado de nuestra más terrible desolación.

¿No hemos experimentado en nuestra vida ese mismo desgarro cuando la incomprensión de los cercanos, la huida cobarde de los amigos, el acoso de los adversarios, la injusticia calculada y la persecución insidiosa nos llega en el momento más inoportuno para no brindarnos la ayuda que necesitábamos? Todos hemos experimentado ese zarpazo al embridar el abandono de soledad ante una enfermedad imprevista, una catástrofe natural que nos desbarata o un desaguisado de mala gobernanza que nos deja al pairo de la intemperie. Pero en aquel grito de Jesús vemos cómo hizo también suyas todas las muertes segadas por terrores antes y después de nacer, la muerte consecuencia de cualquier pecado. Ahí está Jesús abriéndonos su corazón en el dolor más desgarrado, para que no nos sintamos solos cuando llega la prueba que nos supera. Es el abandono de Jesús que abraza nuestra soledad asustada.

QUINTA PALABRA

«Tengo sed»

Después de esto, sabiendo Jesús que ya todo estaba cumplido, para que se cumpliera la Escritura, dijo: «Tengo sed». Había allí un jarro lleno de vinagre. Y, sujetando una esponja empapada en vinagre a una caña de hisopo, se la acercaron a la boca (Jn 19, 28-29).

Sobrecoge esta lacónica expresión de alguien que en su agonía pide un sorbo de agua con el que agarrarse a la vida. La sed es siempre corrosiva cuando te rasga la garganta y te deja sin aliento y sin palabra con la boca seca como un ladrillo y la lengua pegada al paladar. Jesús sintió la sed en aquella hora humanamente tan aciaga.

Todos recordamos escenas bíblicas en donde abrevar la sed tenía rasgo de rito: cuando en el desierto de Sin, Moisés golpeó la roca para que de ella brotase agua con la que Dios apagó los enconos de un pueblo amotinado y rebelde. Aquel pueblo resentido maldecía por su deriva y se evadía en la nostalgia de aquel Egipto dejado atrás, donde había agua, pero no libertad, donde tenían ajos y cebollas, pero no razones para la dignidad. Era una esclavitud bien regada que ellos añoraban torpe y engañosamente desde el escenario purificador de un desierto que ponía a prueba su fallida esperanza. Esto ocurría en Masáh y Meribá, y allí se levantó acta de la torpeza de un Moisés incrédulo y de un pueblo en rebeldía (cf. Ex 17, 1-7). El pozo en la literatura bíblica es un lugar de encuentro, un espacio donde descansar y compartir. Los lugares donde hay agua determinan el itinerario terrestre y espiritual de aquel Pueblo que atravesó un desierto para llegar a la tierra de la Promesa. Por eso el pozo, el agua, se convertirán en símbolos de la cercanía que ese Dios ofrece a sus hijos.

Hay una escena que relata el evangelio de San Juan, donde la sed se hace rito junto a un pozo. Es bien conocida aquella trama: una mujer, un pozo y Jesús (cf. Jn 4, 1-42). La vida de aquella mujer había transcurrido entre maridos que se fueron sobreponiendo y entre viajes al pozo para sacar agua incapaz de saciar la sed verdadera. La insuficiencia de un afecto no colmado (los seis maridos) y la insuficiente agua para calmar una sed insaciada (el pozo de Sicar), quedan desplazadas por el Señor se presentará como el Agua que sacia y como el Esposo que no defrauda.

Quien tiene un corazón endurecido por las trampas de su corazón o por los chantajes de ídolos que ni colman ni calman, se situará en ese umbral de una vida zafia, apagada, mediocre y sin horizonte de alegría y esperanza. Ojalá escuchemos la voz que nos abre al amor y al agua para los que fuimos hechos de veras.

En esta palabra de Jesús crucificado, el pozo tiene forma de cruz, y el que vino a darnos el agua viva, grita Él sediento en el estertor de su agonía. Es el agua que se hace mendiga en los labios resecos de Jesús, como en otro momento su mirada llenó de luz los ojos del ciego de nacimiento. Él viene a señalarnos nuestras contradicciones contemporáneas. Podríamos decir justamente al revés de lo que reclama este mundo opulento, frívolo e insolidario cuando asistimos con pasmo al vacío del que se llena nuestra nada: «Dame un poco de sed, que me estoy muriendo de agua». Así, justamente así, al revés, sería el grito de una generación que teniéndolo casi todo, parece que no logra descubrir el sentido de la vida cuando hay falsas aguas para una sed verdadera.

Desde todas nuestras preguntas, afanes y preocupaciones, desde nuestra aspiración a habitar un mundo más humano y fraterno que el que nos pinta la crónica diaria, Dios se nos acerca en nuestro camino, se sienta junto al brocal de nuestros pozos y cansancios, para revelársenos como nuestra fuente y nuestra sed al mismo tiempo.

Lo comentaba el Catecismo de la Iglesia Católica en un número en el que cita al gran maestro San Agustín: «“Si conocieras el don de Dios” (Jn 4, 10). La maravilla de la oración se revela precisamente allí, junto al pozo donde vamos a buscar nuestra agua: allí Cristo va al encuentro de todo ser humano, es el primero en buscarnos y el que nos pide de beber. Jesús tiene sed, su petición llega desde las profundidades de Dios que nos desea. La oración, sepámoslo o no, es el encuentro de la sed de Dios y de la sed del hombre. Dios tiene sed de que el hombre tenga sed de Él (SAN AGUSTÍN, De diversis quaestionibus octoginta tribus 64, 4)» (Catecismo de la Iglesia Católica, nº 2560). En la sed de Jesús, junto al brocal de su cruz, sabiendo que nosotros abrevamos la sed de nuestro corazón que se sacia en su agua viva.

SEXTA PALABRA

«Todo está cumplido»

Jesús, cuando tomó el vinagre, dijo: «Está cumplido». E, inclinando la cabeza, entregó el espíritu (Jn 19,30).

Parece el desenlace último de un largo relato, como si se bajase el telón en el escenario de la vida sin poder romper agradecidos en un aplauso. Así se hace en Salzburgo cuando tras la interpretación del Requiem de Mozart jamás se pide un “bis” que repita algún fragmento como propina sinfónica, sino que en silencio quedábamos en la impresionante iglesia gótica de los franciscanos de esa bella ciudad austriaca. En silencio y sin aplauso, prolongando orantes lo que ese gran músico plasmó en el pentagrama de su sinfonía fúnebre recordando el final de la pasión del Señor. «Todo está cumplido», es decir, no ha sido ni una filfa engañosa ni un fracaso nefasto, sino una vida entera que llegaba a su final con los deberes hechos desde su fidelidad filial rendida al Padre Dios. Pero fue larga aquella andadura de Jesús. Por breves que puedan parecer los pocos años que compartió con nosotros, fueron de una gran intensidad. La historia de Jesús como hombre que se hizo igual a nosotros en todo menos en el pecado (cf. Heb 4, 5), tuvo una meta hacia la cual Él fue caminando mientras subía a Jerusalén. Esa larga subida no sólo duró los tres años de actividad evangelizadora, sino que también cuentan los treinta años precedentes en Belén, Egipto y Nazaret. Diversos escenarios donde sucedió todo lo que nos cuentan los evangelios: las lágrimas que Jesús enjugó, los juegos infantiles que observó, los pecados que pudo perdonar, las vidas desastradas que reorientó, las hipocresías que denunció. No hubo rincón humano en el que no estuviera presente con una palabra que decir y una gracia que ofrecer. Pero Jerusalén era la etapa final, el final del trayecto de toda una vida.

Quedan atrás tantos recodos del camino en los que Jesús pasó haciendo el bien. Sus encuentros con la gente, su peculiar modo de abrazar el problema humano, unas veces brindando sus gozos como en las bodas de Caná, otras llorando la muerte de Lázaro como en Betania; curando todo tipo de enfermedades, o iluminando toda oscuridad, saciando tantas y tan diversas hambres, y en otras airado contra los comerciantes en el templo y contra los fariseos en todas partes con sus distintas calañas. Jesús que bendice a los niños, que enseña a multitudes, que reza en el secreto de mañanas madrugadas y en la paz del ocaso de cada tarde, que restaña las mil dolencias del cuerpo y del alma, que libera de las cadenas que encadenan nuestras libertades, que expulsa los mil demonios que nos merodean por doquier. Ahora es el momento final de este drama humano y divino en donde viene a poner su firma por el trabajo realizado hasta el fondo y sin resuello, el cumplimiento exhaustivo de la hazaña redentora que se le confió: «todo está cumplido».

Ese drama de Jesús no era suyo, sino nuestro, pero tan seriamente quiso abrazarlo, que a la postre hizo suyos todos nuestros problemas, fracasos y tristezas... todos nuestros pecados. No hubo lágrimas de nuestros ojos con las que Él no hiciera su propio llanto. No hubo alegrías de nuestros gozos con las que Él no brindase en su propia fiesta. Es muy importante ver en este drama de la Pasión de Jesús no tanto lo que ocurrió hace veinte siglos, sino lo que ha ocurrido siempre, entonces y ahora, con aquellos y con todos los demás que hemos ido viniendo después al escenario de la historia. Pero sabemos que nuestras contradicciones y pecados no tienen la última palabra.

El Viernes Santo con las Siete Palabras de Jesús en la Cruz, es un día tan sobrio, que resulta taciturno y callado. No hay campanas ni glorias, y es el único día del año en el que no hay misa, propiamente hablando, como si un velo enlutado condicionase cada instante, cada rincón de este mundo inacabado que no acierta a dejar nacer la ciudad de Dios que Él eternamente dibujó para enamorarnos. Todo aquello fue por mí, con mi nombre y mis años, con mis trampas y mis miedos, con mis gracias y pecados. Yo fui para Él la razón de cada instante en aquellas catorce estaciones que tenían mi biografía como recorrido y su amor como estación de llegada. Es una gra dentro de aquel Vía Crucis que nos perteneció y que Jesús haciéndolo suyo recorrió para salvarnos. Seamos sus cirineos y seamos cirineos de los que hoy malviven y malmueren en sus vías dolorosas por tantos motivos y en tantos escenarios. Viernes Santo. Día de pasión, de escuchar conmovidos ese bendito relato: ahí estaban sin censura ni adornos, todas las etapas de mi vida y todos mis pecados. «Todo está cumplido». Con la cabeza inclinada, la humanidad de Jesús hace su última ofrenda al Padre Dios.

SÉPTIMA PALABRA

«Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu» > Y Jesús, clamando con voz potente, dijo: «Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu». Y, dicho esto, expiró (Lc 23, 46).

Quedaba la despedida antes que se llenase de tiniebla el altozano del Calvario, fuera de los muros de la ciudad. Era el adiós que terminaría en el abrazo eterno con aquel Padre Dios. Desde la eternidad filial nos llegó Jesús con el mensaje más sobrecogedor del amor que nos tenía a quienes siendo malos hijos tantas veces, jamás fuimos huérfanos errantes ante su mirada. Nuestra torpeza pecadora fue respondida con la entrega amorosa del Hijo de Dios. Nos lo dice conmovido el relato del evangelio de San Juan: «tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Unigénito… Dios no envió a su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él» (Jn 3, 16-17). Este fue el don más inmensamente regalado que menos inmensamente el hombre mereció.

La séptima palabra de Jesús en la Cruz, tiene la guisa de cláusula final de un testamento improvisado en su sobria brevedad. No es la derrota que abrumada se derrumba en el abismo fatal, sino el final del trayecto para aquellos pies viandantes que se hicieron misioneros en todos nuestros derroteros sin rumbo, en nuestros callejones sin salida, en nuestros muros de separación, para poder indicar el horizonte que dilata nuestra mirada perdida, que dibuja el mapa de la esperanza en los finisterres del desencanto, que abate los bastiones que nos separan devolviéndonos la dignidad de ser hermanos en una fraternidad que sostiene el Padre que nos hace sus hijos.

Palabras que no engañaban, gestos que jamás traicionaron, y una cercanía atenta a toda tragedia destructora para adentrarnos en el drama de la libertad sincera, sin las comedias que nos hacen falsos. Bien lo describió el gran teólogo Hans Urs von Balthasar con su “teodramática” cuando nos presentó los distintos lances de Jesús el Señor desde esas claves del teatro griego: no un dios trágico que se desespera, ni un dios cómico que frivoliza, sino un Dios dramático que abraza con libertad su destino y con el afecto de su corazón se acerca a los avatares que nos acorralan y apenan secuestrando la esperanza para la que fuimos creados (cf. H.U. VON BALTHASAR, Teodramática. 5 vol. (Encuentro. Madrid 1992).

En ese momento postrero, sin adioses secundarios, sin pantomimas de parodia, sino simplemente inclinando la cabeza nos ofrece el gesto final de una entrega. Pero atrás quedaban tantos cruces de camino, tantas encrucijadas humanas: los ojos y la ternura de María que le sintió crecer en sus entrañas, que le vio en la luz del nacimiento entre pajas, que le enseñó a decir sus primeras palabras y a dar sus primeros pasos. También la entrega discreta solícita del bueno de José que asumió una paternidad prestada en aquel hogar enamorado junto a su esposa, guiando al pequeño Jesús entre virutas de taller para una cruz de madera todavía no tallada, en aquel interminable Nazaret que no tuvo prisa para despedir al Mesías en sus primeras andanzas.

Cuántos fueron los cuadros de amor a los que Jesús pudo asomarse, incluso más allá de los errores que cometemos los humanos cuando no sabemos vivir las cosas como nos las señala Dios. Cuántos los momentos de dolor en un sinfín de circunstancias entre el desprecio de quien no comprende, la injusticia del que abusa, la soledad de quien se aísla o es marginado, la enfermedad que te impone fecha de caducidad cuando más duele la vida, la muerte que te desgarra arrebatándote lo que más quieres. Todos esos cuadros de amores y dolores los pudo ver Jesús con sus propios ojos luminosos, y los acarició con sus manos bondadosas, haciendo suyos los sentimientos tejidos de añoranzas que se abrían a la confianza que nunca defrauda.

Efectivamente, no existió llanto de las personas que Él encontró que no discurriese por el surco de sus propias lágrimas. Como tampoco se acercó a fiesta humana en la que Él no hallase el motivo de su brindis y algazara. Verdaderamente humano sin dejar de ser verdaderamente divino, poniendo en el rostro del mismo Dios el rictus de nuestro dolor y el gozo de nuestras sonrisas, permitiéndonos ver cómo ese Dios humanado lloraba y reía.

Sacando fuerzas donde ya no le quedaban, tuvo la ocasión de gritar por última vez con toda su fuerza clamando con voz potente. No para maldecir su deriva, no para blasfemar por su suerte, no para inculpar a los demás de su condena indebida, sino para devolver a quien le dio todo lo que de Él recibió: «Padre, a tus manos encomiendo mi espíritu». Y, dicho esto, expiró (Lc 23, 46). Fueron sus últimas palabras.

EPÍLOGO
Una palabra en la eterna alborada

Tras las Siete Palabras de Jesús en la Cruz, no se hizo el silencio como mutismo en sus labios, ni tampoco su ausencia mortecina selló un oscuro y fatal vacío. Fue más bien un silencio elocuente y una ausencia ardiente, porque aquellas palabras de vida que nos fue dejando como precioso testamento se seguirán escuchando a través de los siglos en cada generación como el eco del Evangelio acogido por tantos hombres y mujeres que se harán oyentes redivivos. La repentina ausencia tras depositar su cuerpo en el sepulcro se trocará en presencia resucitada como icono de su belleza nunca marchita que embelesará a quienes a ella se asomen con adoración enamorada.

No, no fue la mudez ni la oscuridad lo que vino después de bajar de la cruz, recogido por María, por Juan, por José de Arimatea y las piadosas mujeres. Aquellos casi treinta y tres años siguieron sonando en el tiempo de cada edad y en la historia de cada rincón humano. Es el relato de algo que continúa sucediendo hoy porque Dios sigue dando su vida y acompañando la nuestra como hace veinte siglos, como desde toda la eternidad y para siempre. Acaso se llamará de otro modo la traición de los judas modernos que amañarán con su beso la triste recompensa de 30 monedas por su deriva; distinto aparecerá el huerto de Getsemaní en donde entre sudores de sangre y somnolencias distraídas se volverá a apresar a un Dios inocente; serán otras las lágrimas que los pedros verterán en los patios de la indiferencia o de la fobia contra Cristo; los caifás, los pilatos y los barrabases seguirán saliendo a la escena cada cual con su cobardía, su aprovechamiento o su insidia; y otro nombre llevará la vía dolorosa en la que repetirán blasfemos su crucifícale quienes entregados decían antes sus hosannas; pero serán únicos quienes como María y Juan estén al pie de la cruz de cada crucificado, en donde un único Jesús no deja de pronunciar hasta el extremo de su amor redentor sus Siete Palabras.

Pero estas escenas tienen también el contrapunto atrevido de señalar la verborrea cínica y tramposa de nuestros días. Las Siete Palabras de Jesús juzgan las situaciones sórdidas que a diario aparecen en todos los estratos de la sociedad. Ahí abultan las sombras y los rumores de un viaje sin norte, sin brújula y sin horizonte. Basta leer las noticias diarias para darnos cuenta del deterioro al que hemos llegado cuando la corrupción se maquilla hasta lo obsceno, las mentiras se normalizan como forma de gobernanza, la inmoralidad sale a chorros entre los vendedores de moralina, y la irresponsabilidad de los mandamases que roban a mansalva, mientras tantos inocentes pagan con su vida. Con este bronco paisaje nos ha vuelto a sorprender la cuaresma cristiana y este colofón de la Semana Santa en cuya cima penitencial nos situamos en el Viernes Santo por antonomasia en esta emblemática plaza vallisoletana para escuchar las Siete Palabras.

Del misterio de Dios no se puede hablar en clave de comedia ni en clave de tragedia, sino sólo desde el drama, la “teodramática” como decíamos antes citando a H.U. von Balthasar, gran teólogo de lengua alemana. Hay mucha comedia y demasiados comediantes que se toman la vida a juerga generando tantas tragedias en las lágrimas y desesperanzas de la gente. Pero el drama es otra cosa: ni carcajada frívola ni llanto inconsolable, sino el abrazo sereno y libre que vierte una gota de fe, una ternura de caridad y un horizonte de esperanza, asomándonos a cuanto sucede desde la mirada dulce de Dios. Para esto Jesús se hizo hombre, para esto nos habló con sus palabras y nos bendijo con sus signos y milagros, para librarnos de las tragedias y comedias que nos destruyen, para hacernos dramáticamente felices, sabios, justos y santos.

Somos oyentes de estas Siete Palabras, y las guardamos como hizo María en el hondón de nuestra entraña, en el cofre de nuestro corazón. De los latidos del corazón de Cristo viven nuestros pálpitos cristianos, y en esta historia inacabada nosotros seguimos escribiendo la página asignada a nuestra biografía. Sus Siete Palabras siguen contando en nuestros labios lo que en ellos Dios continúa narrando, así como con nuestras pequeñas manos Él sigue amasando y repartiendo un mundo nuevo que hace las cuentas con la belleza, la bondad y la verdad de Dios, su eterno sueño de amor infinitamente mayor que nuestras fugaces pesadillas. A nosotros ahora toca la palabra octava y las siguientes, tras las siete que pronunció Jesús nuestro Señor. Nacimos para una palabra que eternamente Dios silenció para decírmela a mí y para contarla conmigo. Nacimos para un don que eternamente Dios retuvo para dármelo a mí y para repartirlo conmigo. Tenemos la palabra. Que Dios os guarde y que siempre os bendiga. Amén.

+ Fr. Jesús Sanz Montes, ofm
Arzobispo de Oviedo

Valladolid, 3 de abril de 2026
Viernes Santo

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