jueves, 2 de abril de 2026

Jueves Santo: memorial, servicio y amor fraterno. Por Joaquín Manuel Serrano Vila


Hoy entramos en el Corazón del Triduo Pascual. La liturgia de este Jueves Santo nos invita a sentarnos a la mesa con Jesús para recibir tres regalos que nacen de un mismo testamento de amor: la Eucaristía, el Sacerdocio y el Mandamiento del Amor Fraterno. El Señor quiso celebrar la pascua judía con los suyos. "¿Qué hace que esta noche sea distinta a todas las demás?". Con esta pregunta, el pueblo de Israel celebraba la Pascua (Éxodo 12). Hoy, nosotros respondemos: esta noche es distinta porque el amor de Dios ha llegado "hasta el extremo". No celebramos una cena de despedida, sino la institución de un testamento vivo que sostiene a la Iglesia: la Eucaristía, el Sacerdocio y el Mandamiento Nuevo del Amor.

La Eucaristía: El pan de la entrega

En la primera lectura, el Éxodo nos habla del cordero pascual, cuya sangre salvó a los israelitas. En la segunda, San Pablo nos transmite lo que él mismo recibió: el relato de la última cena. Jesús no nos dejó un objeto de oro o una doctrina escrita en piedra, nos dejó pan y vino; elementos sencillos que representan la vida cotidiana. Al decir "Haced ésto en memoria mía", no nos pide solo repetir el rito, sino repetir su actitud: hacernos pan que se parte para saciar el hambre de esperanza de los demás. La Eucaristía es el sacrificio que nos une y el alimento que nos fortalece para el camino, es el memorial que nos hace familia. San Pablo nos recuerda en su epístola que lo que hoy hacemos no es un simple recuerdo, sino una presencia viva. Jesús, "en la noche en que iba a ser entregado", no se guardó nada. Se hizo pan para que nosotros nunca tuviéramos hambre y necesidad de sentirlo. Al decir "Esto es mi Cuerpo", nos enseña que amar es darse por completo, hasta desaparecer para alimentar al otro.

El Sacerdocio: Servidores del Misterio

Al instituir la Eucaristía, Jesús instituye el sacerdocio ministerial. Es un misterio de humildad: Dios elige hombres frágiles para que, a través de sus manos, se haga presente el Cielo en la tierra. Cristo instituye el sacerdocio para que esa entrega llegue a todos los tiempos. Pero el sacerdocio no es un honor, sino un servicio. Sin Eucaristía no hay Iglesia, y sin sacerdotes no hay Eucaristía. Hoy rezamos por todos los sacerdotes, llamados a ser, como Jesús, hombres que se parten y se reparten por el Pueblo. Hoy es un día para agradecer el don del ministerio ordenado, pero también para recordarles —y recordarnos todos— que el sacerdocio sólo tiene sentido en la medida en que se vive como Jesús: con el corazón abierto y la vida entregada. El sacerdote es el hombre de la eucaristía, pero también el hombre de la caridad; no preside para mandar, sino para cuidar la fe del pueblo.

El Lavatorio: La medida del amor es amar sin medida

Lo más impactante de hoy ocurre fuera de la mesa, en el suelo. El Evangelio de Juan no nos habla de palabras, sino de un gesto: Jesús se quita el manto y lava los pies a sus discípulos. En aquel tiempo, era la tarea del esclavo; hoy, es el resumen de la vida cristiana. El Día del Amor Fraterno no es una teoría bonita. Es arrodillarse ante la necesidad del hermano, es perdonar al que nos ha fallado y servir a quien nadie quiere mirar. Jesús nos dice: "Si yo, que soy el Maestro, os he lavado los pies, también vosotros debéis hacerlo". El Evangelio de Juan nos sorprende. Donde esperaríamos el relato de la institución del pan y el vino, Juan nos presenta a Jesús de rodillas. Lavar los pies -hemos dicho ya- era una tarea de esclavos. Jesús, al quitarse el manto, se despoja de su rango. Nos enseña que para amar a Dios, hay que saber agacharse y abajarse ante el hombre. Cristo nos sorprende nuevamente, como sorprendió a los suyos hasta el punto de resistirse Pedro a dejarse lavar los pies. A veces nos cuesta dejar que Jesús nos lave. Preferimos un Dios lejano y majestuoso a uno que quiera tocar nuestras heridas y nuestra suciedad. Pero si no dejamos que Él nos sirva, no aprenderemos ni seremos capaces de servir. El Día del Amor Fraterno es la consecuencia lógica de la eucaristía. No podemos comulgar con el Cuerpo de Cristo en el altar si despreciamos el Cuerpo de Cristo en el pobre, en el enfermo o en el hermano que no podemos ver delante.

Esta noche, después de la celebración, acompañaremos al Señor al "Monumento". Ha de ser un tiempo de silencio y compañía. Pero al salir de la iglesia, nuestra misión será llevar ese "lavatorio" a casa. Amar fraternamente significa pasar por alto las ofensas, ser pacientes con la debilidad ajena y estar dispuestos a ser los últimos para que otros sean los primeros. Que la eucaristía que hoy recibimos no se quede en un rito, sino se convierta en una vida entregada por amor. ¡Que así sea! 

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