domingo, 29 de marzo de 2026

Domingo de ramos, del Triunfo a la Entrega. Por Joaquín Manuel Serrano Vila


Hoy comenzamos la Semana Santa  con la alegría de la entrada en Jerusalén, donde aclamamos a Jesús con ramos, pero pronto nos sumergimos en el misterio del dolor en la lectura de la Pasión. Esta liturgia nos enseña que no hay gloria sin cruz, ni resurrección sin pasar por el viernes santo. En estos días nuestro pensamiento, corazón y oración, estarán en Tierra Santa, donde nuestros hermanos cristianos no podrán celebrar la Pascua por la guerra. Es un meditación a hacer nuestra hoy, en la entrada a Jerusalén... Jesús no elige un corcel brioso de guerra, sino un pollino. La borriquilla simboliza la paz y la mansedumbre. Jesús no viene a imponerse por la fuerza, sino a ganar el corazón del hombre con misericordia. Como el pollino, cada uno de nosotros está llamado a ser un "portador de Cristo" (cristóforo), llevando su presencia a nuestras familias y trabajos desde la humildad. Con este domingo iniciamos la Santa Semana con una liturgia de contrastes extremos, pues pasamos de la gloria al dolor. Comenzamos aclamando a Jesús como Rey con ramos y cantos de "¡Hosanna!", pero pronto nos vemos ante el relato de su entrega total en la cruz. San Lucas nos invita a mirar este misterio no como una tragedia, sino como el triunfo de la misericordia y la humildad. Hoy nuestras manos sostienen ramos de victoria, pero nuestros oídos escuchan un relato de aparente derrota. Entramos con Jesús a Jerusalén gritando "¡Hosanna!", pero pronto nos encontraremos gritando "¡Crucifícalo!". Esta liturgia nos confronta con la fragilidad de nuestra propia condición y fidelidad, y nos invita a mirar no sólo a nuestras palmas, sino al Rey que las motiva.

El profeta Isaías nos presenta al "Siervo de Yahvé", quien tiene "lengua de discípulo" para consolar al abatido. La escucha atenta; cada mañana, Dios le "espabila el oído". Esta es la clave de la Pasión: Jesús no se resiste al sufrimiento porque está en comunión constante con la voluntad del Padre. La fortaleza en el ultraje; aunque le arrancan la barba y lo escupen, el Siervo no retrocede porque confía en que el Señor lo ayuda. Es firme en su misión de amor. El Siervo  ofrece su espalda a los que lo golpean y no oculta su rostro a los insultos. Jesús encarna a este siervo; a pesar del sufrimiento físico y moral, "no retrocede" porque confía plenamente en que Dios lo ayuda. Ante el sufrimiento propio o ajeno, Jesús nos enseña a no reaccionar con odio, sino aprender del dolor y transformarlo en un acto de amor. El "Siervo de Yahvé" es alguien que no habla por orgullo, sino porque primero ha aprendido a escuchar con el oído abierto. El profeta dice: "El Señor me ha abierto el oído". Jesús es el discípulo perfecto que escucha al Padre cada mañana. Antes de hablar al mundo, escucha a Dios. La palabra de aliento: ¿Para qué quiere Jesús esa lengua de discípulo? "Para saber decir al abatido una palabra de aliento". En su Pasión, Jesús no usa su voz para defenderse, sino para perdonar y consolar. 

San Pablo nos ofrece el himno cristológico más profundo: Cristo no se aferró a su categoría de Dios, sino que se anonadó (se vació), es el Dios que se despoja. El camino de la humillación es éste: Tomó la condición de esclavo y aceptó la muerte de cruz. La exaltación es, precisamente, en este abajamiento, donde Dios lo exalta. Sólo quien se humilla es levantado por el Padre. Jesús "no hizo alarde de su categoría", sino que se despojó de todo y tomó la condición de último, aceptando incluso la muerte de cruz. Aquí vemos el camino inverso al de nuestro orgullo humano. El despojo (la kénosis) donde Jesús, siendo Dios, no se aferra a su categoría. Se vacía de su gloria. Mientras nosotros luchamos por subir, por tener más poder y reconocimiento, Dios lucha por bajar. He aquí la escala de la humildad. Pablo describe un descenso por niveles, de Dios a hombre, de hombre a esclavo, y de esclavo a la muerte de cruz (la muerte más infame de su tiempo). Y es que solamente porque Jesús bajó hasta lo más profundo, "Dios lo levantó sobre todo y le dio el Nombre sobre todo nombre". La verdadera gloria no es la que nosotros nos damos, sino la que Dios nos da cuando nos hacemos pequeños. Esta Semana es una invitación a "morir" a nuestro orgullo y egoísmo para poder resucitar con Él el domingo de Pascua. 

En la lectura de la Pasión vemos cómo todo sucede "para que se cumpla". A diferencia de otros evangelistas, Mateo insiste constantemente en que todo lo que Jesús sufre está previsto en las Escrituras. La traición por treinta monedas: Era el precio de un esclavo (Zacarías 11,12). Jesús se deja tasar como lo más bajo de la sociedad por amor a nosotros. En Mateo, Jesús no es una víctima pasiva, Él sabe lo que viene: En el Huerto de Getsemaní, aunque siente tristeza y angustia, dice: "Hágase tu voluntad". Dios no improvisa. Incluso en los momentos más oscuros de nuestra vida, cuando parece que el mal triunfa, Dios tiene un plan de salvación que se está cumpliendo. Un rasgo impactante en este relato de la Pasión  es el silencio de Jesús ante Caifás y Pilato. Mientras el mundo lo acusa con mentiras y gritos, Jesús calla. Su silencio es un juicio al sistema corrupto y una muestra de su soberanía. Sin embargo, desde la Cruz, Mateo recoge el grito más desgarrador: "Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?" (Salmo 22). Jesús no se siente solo; Él está rezando el salmo del sufriente que, a pesar del dolor, confía en Dios. Él carga con nuestra sensación de abandono para que nosotros nunca estemos solos. El Domingo de Ramos no es un desfile de modas ni una tradición hueca y vacía. Es el día en que aceptamos a un Rey que reina desde un madero. Mateo termina el relato con el sepulcro sellado y custodiado, pero con la certeza de que la muerte no tiene la última palabra... Os invito a los que ya no tenéis padrinos ni madrinas, a que llevéis vuestro ramo a casa y lo coloquéis tras el crucifijo. Que ese ramo seco sea un recordatorio durante todo el año de que seguir a Jesús significa estar con Él en el triunfo, pero sobre todo, no abandonarlo en la cruz.

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