Celebramos el día del Señor en este II domingo de Cuaresma, avanzamos en la senda cuaresmal sin perder de vista que no es simplemente dejar que los días del calendario pasen; necesitamos ponernos en camino, el cual comienza en nuestro interior. Según avanzamos tomamos conciencia que tampoco es sencillo, que a veces parece que los pies se nos han quedado pegados al suelo y nos cuesta romper con nuestras rutinas, inercias, comodidades, manías y seguridades. Ante esto nos sale al paso San Pablo en su Segunda Carta a Timoteo, donde les dice y nos dice también a nosotros: ''Toma parte en los padecimientos por el Evangelio, según la fuerza de Dios''. La pasión por el evangelio, por Jesucristo, por su verdad, es lo único que puede despertarnos, convencernos de que este es un tiempo de gracia, el tiempo ideal para darnos cuenta de que nunca alcanzaremos a Cristo ni seremos totalmente suyos si no renunciamos a la mediocridad del pecado. Así de directo nos lo dice el Apóstol: ''Él nos salvó y nos llamó con una vocación santa''. Cada cual recibimos del Señor una vocación específica, pero una misma misión, como es la de anunciar el evangelio. Y el evangelio no vale anunciarlo de cualquier manera; es un tesoro al que solo daremos valor cuando empecemos predicándolo desde la propia coherencia de vida. Hay muchas personas que viven "en tinieblas y en sombra de muerte", y la única luz que puede salvarles y darles vida ya aquí en este mundo es descubrir a Jesucristo, su palabra, y alimento.
La primera lectura del Libro del Génesis nos presenta la vocación de Abrahán, un pasaje que nos viene muy bien en este 1 de marzo en que la Iglesia celebra el Día de Hispanoamérica. Con el apoyo de la Comisión Episcopal para las Misiones y Cooperación de las Iglesias, esta Jornada tiene el objetivo de poner en valor la presencia de la Iglesia en América, y los vínculos con esta vieja Europa que hoy mantiene tantas de sus comunidades parroquiales y religiosas gracias a la generosidad de entrega de estos pueblos hermanos. Son muchos los que están entre nosotros: los rostros de nuestras celebraciones, de nuestros conventos de clausura, seminarios o noviciados, son un testimonio de que vosotros -como nosotros un día- no habéis dicho no a salir de vuestra tierra, de vuestra patria, y así confiados en el Altísimo os habéis dejado sorprender por Él en esta tierra nueva que os ha mostrado y a la que habéis llegado probablemente sin que nunca hubiera estado en vuestros cálculos. Gracias por haber puesto vuestra confianza en el Señor. Él no nos abandona nunca, cumple siempre su promesa, y nos bendice. El Salmista, por su parte, responde a esa marcha de Abrahán, que es la marcha de cada uno de nosotros hacia el mañana desconocido con esa súplica sincera: ''Que tu misericordia, Señor, venga sobre nosotros, como lo esperamos de ti''
El evangelio de este día tomado del capítulo 17 de San Mateo, desarrolla la famosa escena de la subida de Jesús al monte Tabor junto con Pedro, Santiago y Juan. Vemos que el Señor hace un alto en el camino y se lleva consigo a la cima de una montaña sólo a tres de sus doce discípulos. La primera idea que hemos de tener clara es que caminaban al mismo sitio que nosotros: a Jerusalén, hacia la Pascua... Este hecho, que celebramos en agosto y que es el día grande de nuestra Catedral la tenemos muy asumida en nuestro vocabulario. Este episodio expone toda una muestra del amor de Dios. Los discípulos no se enteraron en aquel momento de nada -como tantas veces no ocurre a nosotros escuchando su palabra- se quedaron simplemente en que estaban bien, a gusto, felices... Pero Jesús les estaba preparando en todos los sentidos; es, por así decirlo, como cuando un niño tiene dudas de si ver una película o nó (pues a los niños no les gustan lo finales tristes) y su madre o su padre les tranquilizan: ''esa puedes verla que no es de pena''. Esto es lo que hace Jesús: se transfigura ante ellos, les muestra cómo va ser el final; es decir, su glorificación. Pero Jesús no lo hace en privado, lo hace ante testigos, de modo que no sólo se da la transfiguración de lo humano en lo divino, sino que también de algún modo, lo divino se humaniza. Alguna vez ya os comenté lo significativo de los tres discípulos que Jesús elige para acompañarle: Pedro, que será el primero en negarle; Juan que será el único que no le abandone en la cruz; y Santiago, que será el primero en morir mártir por su Maestro. Y también hay otro detalle muy hermoso: el valor de la montaña como lugar de encuentro del hombre con Dios, que aquí cobra todo su valor. Jesús sube al monte Tabor cuando se dirige al monte Calvario, pero también tenemos a Moisés y a Elías, los profetas del Antiguo Testamento, los cuales también vivieron su particular experiencia de Dios en la montaña: el Carmelo y el Sinaí.
También nosotros hoy, en esta Cuaresma, somos llamados a ser transfigurados. Este segundo domingo quiere ser un alto en el camino, una bocanada de aire para seguir nuestra marcha hacia la noche pascual. Somos llamados a subir al monte del Señor, a buscarle, a contemplarle, a quedarnos en oración, a preguntarle cuál es su voluntad... Subir al Tabor no requiere de calzado especial, ni de mochila, ni brújula... Nuestro Tabor es el Sagrario, ahí es donde siempre hay sitio para gastar unos minutos o unas horas, y todo el que descubre esta joya de la oración ante Jesús Sacramentado termina diciendo exactamente lo mismo que los discípulos al Señor: ¡qué bueno es que estemos aquí!... El Señor en el Monte se nos ha revelado como el Hijo amado del Padre, como la luz que supera toda luz. Los discípulos se quedaron extasiados, ya no pensaban en continuar el viaje, ya no querían descender de la montaña, sino que ya hablaban de hacer tiendas y quedarse allí con Él. Pero la vida no puede quedarse en momentos de comodidad, hay que bajar de la montaña y volver a ponerse en camino hacia la Jerusalén del Cielo sin miedo a la cruz, pues de ésta es redentora y de ella brotará la gloria.

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