El Domingo de Ramos une dos momentos fundamentales: el triunfo de Cristo al entrar en Jerusalén y el anuncio de su Pasión. El color litúrgico es el rojo, que simboliza tanto la realeza de Cristo como su sacrificio de sangre. En los Ritos Iniciales de esta Conmemoración de la Entrada del Señor en Jerusalén, existen tres formas de iniciar la liturgia según el misal romano. La primera fórmula es con la Procesión Solemne. Los fieles se reúnen fuera del templo: se bendicen los ramos y se proclama el Evangelio de la entrada (este año Mt 21, 1-11). La segunda forma es la entrada solemne: se realiza dentro del templo cuando no es posible la procesión exterior. La tercera forma es la entrada sencilla: se omiten los ritos especiales de los ramos. A veces nos quedamos sólo en una tradición, o la frialdad de un rito únicamente externo, pero si prestamos atención la bendición de ramos, es una invitación personal a lo más íntimo de cada uno "para que, quienes acompañamos jubilosos a Cristo Rey, podamos llegar, por él, a la Jerusalén del cielo". Los ramos (generalmente de olivo o palma) no son simples objetos de devoción, sino símbolos de victoria y participación en el camino de Cristo, así como la procesión representa al "Pueblo de Dios" caminando con su Señor. Es un gesto de adhesión pública a su mensaje y soberanía... Hay una estrofa de un canto muy conocido de Francisco Palazón que resume como nadie el sentir de este momento:
''Como Jerusalén con su traje festivo,
vestida de palmeras, coronada de olivos,
viene la cristiandad, en son de romería,
a inaugurar tu Pascua, con himnos de alegría''
La liturgia de la palabra es de una profundidad excepcional. Empezando por la primera lectura con el Tercer Cántico del Siervo de Yahvé (Is 50, 4-7), que tiene su respuesta el salmo 21: "Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?". Siguiendo con la segunda lectura con el Himno a la Kenosis (Flp 2, 6-11), que describe el anonadamiento de Cristo. Y como culmen, la lectura de la Pasión según uno de los evangelistas sinópticos. Hay dos opciones: la breve o la larga; lo que no se debe hacer nunca es omitirla o sustituirla por el evangelio de la borriquilla. Esta lectura es distribuida normalmente entre tres lectores (Cronista, Sinagoga y Cristo). La lectura de la Pasión tiene lugar sin cirios ni incienso. Las normas litúrgicas especifican que no se hace el saludo habitual ("El Señor esté con vosotros", ni hay signación del leccionario). Importante es el momento de silencio tras el relato de la muerte del Señor, cuando se dice "expiró": todos se arrodillan y se guarda una pausa de silencio orante y reverente. La Instrucción General del Misal Romano (IGMR) y las prenotandas del Leccionario, subrayan que la homilía es obligada. Aunque se haya proclamado la lectura larga de la Pasión es muy recomendable, por la importancia del día incidir en la mistagogia de esta liturgia. Los sacerdotes han de incidir en la unidad del Misterio, dado que no se deben separar los ramos de la Pasión; ambos forman un solo misterio, el pascual.
En el Oficio divino, el Domingo de Ramos marca la transición definitiva hacia el Triduo Pascual. Aunque seguimos en tiempo de Cuaresma hasta la Misa de la Cena del Señor en que entraremos en el Santo Triduo Pascual. Los himnos de la liturgia de las horas de este día se centran en el misterio de la cruz y la obediencia del Hijo. Y curiosamente, sin perder el carácter austero propio del tiempo cuaresmal, el Domingo de Ramos de la Pasión del Señor introduce un lenguaje de solemnidad contenida, donde la oración salmódica se entrelaza con la meditación sobre la entrega voluntaria de Cristo. El Oficio de Lectura nos presenta un diálogo entre Profecía y realidad. Por un lado la lectura Bíblica con la Carta a los Hebreos, nos explica el valor del sacrificio de Cristo como el Sumo Sacerdote que entra en el Santuario no con sangre de animales, sino con la suya propia. Mientras que la lectura Patrística nos invita a hacer realidad la Profecía, con ese conocido sermón de San Andrés de Creta. En él, se nos invita a no ofrecer ramos de palma muertos, sino a "alfombrar" el camino de Jesús con nuestras propias vidas, virtudes y humildad, convirtiéndonos nosotros mismos en el camino de su entrada.
En las Laudes y las Vísperas encontramos el contraste del rey humilde, pues en las Horas Mayores, los himnos y las antífonas subrayan la paradoja de la jornada. Primero en las laudes, el tono es de victoria o triunfo: las antífonas evocan a los niños hebreos que salieron al encuentro del Señor con ramos de olivo, aclamando: "¡Hosanna en las alturas!". Es una oración de bienvenida al Rey. Mientras que en las Vísperas el tono se vuelve más grave y reflexivo. Tras haber celebrado la misa dominical de Ramos en la Pasión, la oración de la tarde de la Iglesia cierra el día mirando ya hacia el Triduo Pascual. Las preces de las vísperas se centran en la capacidad de seguir a Cristo hasta la cruz, para participar de su resurrección. El himno de laudes cuya autoría está atribuida a Enrique Ferreira Ochoa, sintetiza en poquísimas líneas alusiones cuaresmales y del Antiguo Testamento como la esclavitud y la libertad de la pascua judía, también aplicable a nuestro cautiverio bajo el pecado del que Cristo nos libera. Las alusiones a la palmera y al olivo, nos remiten a un pueblo errante bajo el Sol que sueña con un oasis en el que descansar y refrescarse a la sombra de una palmera o un olivo para mitigar el hambre con sus aceitunas. Habla de aire festivo, de esa entrada triunfal, que es en verdad la subida hacia el final donde se va a enramar la victoria definitiva. Los niños enramaban en suelo ante el paso del Señor, que no entró distante ni suntuoso, sino manso y sencillo de corazón. Por ello dice bien que no hay en la historia ni más cercano ni más humilde, con tanto poder tan a mano:
El pueblo que fue cautivo
y que tu mano libera
no encuentra mayor palmera
ni abunda en mejor olivo.
Viene con aire festivo
para enramar tu victoria,
y no te ha visto en su historia,
Dios de Israel, más cercano:
ni tu poder más a mano
ni más humilde tu gloria.
Las Antífonas y el Salterio nos adentran al misterio de la Pascua que vamos a celebrar. En la Liturgia de las Horas de este día, se utiliza el Salterio de la Semana II. Sin embargo, las antífonas son propias y están diseñadas para recontextualizar los salmos. Por una parte, están los salmos de confianza (como el 62 o el 117) que ahora leemos bajo la luz de la confianza absoluta de Jesús en su Padre mientras se encamina al suplicio. Por otro lado, como el Cántico de Daniel en Laudes, se convierte en una invitación a toda la creación para bendecir al Señor que viene a redimirla. Un elemento clave es el responsorio breve, que suele centrarse en la humillación de Cristo (Filipenses 2, 8-9): "Cristo se hizo por nosotros obediente hasta la muerte, y muerte de cruz". La Oración Colecta, que se repite en casi todas las horas, resume el propósito del día: pedir a Dios que, ya que nos dio a Cristo como modelo de humildad, que nos conceda la gracia de aprender las lecciones de su Pasión para participar de su Gloria.

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