Tiene garra envolvente lo que celebramos en estos días venideros en todo el mundo los cristianos. La envoltura tiene arte, cultura y fe: la Semana Santa es la cita. Se agolpan los recuerdos y se pierde la vista en la remembranza de otra edad, con diversos escenarios, mientras iba creciendo la conciencia cristiana de lo que significan estos días tan especiales en el calendario de nuestra fe. Son días de primavera primeriza, como cuando de niño los vivía en el ambiente de mi Madrid natal de la mano de mis mayores en alguna procesión de Semana Santa. Mi estatura infantil conseguía sacar entrada de primera fila subido al adoquín de la acera viendo lo que allí desfilaba con piadosa exhibición.
Mis ojos abiertos de par en par, sin pestañear leían esa página de tradición sagrada en el libro de un desfile que paseaba una historia de amor. Agarrado a la mano mi abuela, no perdía ripio de cuanto allí se insinuaba entre soldados romanos, sibilas cantarinas, extras judíos y muchos capuchones que tapaban su nombre y su rostro mientras descalzos caminaban cual penitentes de la calzada. Finalmente venían los pasos paseados del mejor arte y de la más rendida fe hecha talento y piedad: todo un relato de la pasión del Señor al que se ponía ruedas, proponiendo en las carrozas religiosas escenas de un precio que Dios quiso pagar para rescatar nuestra felicidad secuestrada, para encauzar nuestra perdida salvación que esperaba el abrazo redentor.
Cuando luego ya de adulto me fijo en los pequeños que se agolpan en las aceras sostenidos por sus padres o sus abuelos, se me va la imaginación a aquella época de antaño y me surge la gratitud por el hondo significado que tiene la escenografía creyente de nuestras procesiones “semanasanteras”. Es algo que debemos saber agradecer a las Cofradías y Hermandades de nuestros pueblos y ciudades. A ellos les hace bien, y ellos hacen tanto bien a quienes contemplan el resultado del esfuerzo artístico y piadoso de todo ese trabajo bien realizado en varios meses de preparación, un bien que se completa desde la formación cristiana de sus miembros y desde el testimonio en la caridad.
Es el relato de algo que sigue sucediendo hoy porque Dios sigue dando su vida y acompañando la nuestra como hace veinte siglos, como desde toda la eternidad y para siempre jamás. Acaso se llamará de otro modo la traición de los judas modernos que amañarán con su beso la triste recompensa de 30 monedas por su deriva; distinto aparecerá el huerto de Getsemaní en donde entre sudores de sangre y somnolencias discipulares se volverá a apresar a un Dios inocente; serán otras las lágrimas que los pedros verterán en los patios de la indiferencia o de la fobia contra Cristo; los caifás, los pilatos y los barrabases seguirán saliendo a la escena cada cual con su insidia, su cobardía o su aprovechamiento; y otro nombre llevará la vía dolorosa en la que repetirán blasfemos su crucifícale quienes entregados decían antes sus hosannas; pero serán únicos quienes como María y Juan estén al pie de la cruz de cada crucificado, en donde un único Jesús no deja de dar hasta la última gota de su amor redentor.
Es la remembranza de nuestras procesiones. Nuestra procesión continúa hoy teniendo como cirineo nada menos que a Dios, y Él también nos ofrece su lienzo como aquella conmovida Verónica, y nos consuela en nuestros llantos, y se deja clavar en la cruz de nuestros despropósitos torpes y tardíos. En esta procesión que se llama falta de fe, falta de pan, falta de trabajo, falta de esperanza, falta de significado, falta de paz Dios se hace encontradizo. Mis ojos de adulto hoy, como ayer aquellos ojos de niño, se vuelven a sorprender agradecidos porque en la vida Dios se asoma a nuestra procesión cuando nosotros nos asomamos a la de Él. La procesión tiene este recuerdo y este reclamo, dichoso quien se adentra en ella con devoción y hondura como testimonio de la fe en estos días santos.
+ Fr. Jesús Sanz Montes, ofm
Arzobispo de Oviedo

No hay comentarios:
Publicar un comentario