(La puerta de Damasco) En una de sus acepciones, la palabra “diálogo” significa “discusión o trato en busca de avenencia”. La conversación, la interlocución, el debate, ha de tener por objetivo un cierto acuerdo o conformidad. En español se habla de “diálogo de besugos” cuando el coloquio carece de toda coherencia lógica y de “diálogo de sordos” cuando los interlocutores no se prestan atención.
Muchas de las obras de Platón revisten la forma literaria de un diálogo, de una conversación. Entre ellos, el titulado “Menón”. Intervienen en este texto varios personajes: Sócrates, Menón, un esclavo de Menón y Anito, el acusador de Sócrates. En un determinado momento, Sócrates pone una condición para hablar con el esclavo de Menón: “¿Es griego y habla griego?”. Es decir, es preciso un mínimo común, una base compartida, que posibilite la configuración exacta del planteamiento de una cuestión y, en consecuencia, el auténtico diálogo.
El puente de unión entre los seres humanos, y conviene reivindicarlo en tiempos de aparente retroceso a la ley de la selva, es la racionalidad, la palabra, el lenguaje, el “logos”. Sin ese nexo que nos vincula y que permite la comunicación sería imposible escapar al (falso) diálogo de besugos o de sordos.
En la Academia Católica de Baviera tuvo lugar, el 19 de enero de 2004, un diálogo importante entre un teólogo y un filósofo ilustrado. El teólogo era Joseph Ratzinger (16.4.1927 – 31.12.2022), por entonces Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe y, algo después, Papa de la Iglesia Católica. El filósofo era el recientemente fallecido Jürgen Habermas (18.6.1929 – 14.3.2026). De ambos se puede decir que compartían, además de la nacionalidad germana, la relevancia de ser destacadísimos pensadores de nuestra época.
Habermas ha teorizado la “ética del discurso”, la búsqueda de normas morales de validez universal aceptables para todos los afectados por ellas, mostrándose sensible asimismo al papel que desempeña la religión en las sociedades democráticas y atendiendo a las bases que hacen posible la convivencia entre creyentes y no creyentes. Siendo un pensador laico, no creyente, se interesó cada vez más por la religión, por entender la perspectiva religiosa con la que muchos ven el mundo; perspectiva que puede contribuir a preservar un valioso bagaje moral para el funcionamiento de la democracia. Una correcta secularización no puede equivaler simplemente a arrinconar la visión religiosa, a prescindir de ella en la esfera pública, sino más bien a “traducirla” en términos seculares que ayuden a edificar la sociedad y a preservar la dignidad de sus miembros.
Ratzinger ha defendido siempre el papel de la razón en la religión cristiana. El erudito romano Marco Terencio Varrón (116-27 antes de Cristo) distinguía tres tipos de teología: la mítica – propia de la poesía y del teatro -, la natural – elaborada racionalmente por los filósofos - y la civil – al servicio de la política -. El cristianismo optó por dialogar con la teología natural, filosófica, y reivindicó para sí mismo el carácter de religión ilustrada, apostando por la síntesis entre la fe y la razón. El cristianismo, insiste Ratzinger, se propone como verdad a la que cabe aproximarse también por el camino de la razón, cuya dignidad – la de la razón humana – reivindica incansablemente. El encuentro con la razón no es un paso dictado por la utilidad táctica, sino una exigencia interna del propio cristianismo.
Para Habermas el pensamiento laico – no creyente – y las tradiciones religiosas han de llevar a cabo un aprendizaje recíproco. Para Ratzinger, la búsqueda de una base ética común ha de contar con escucha mutua de la razón y de la religión; también para corregir, con la ayuda de la razón, las patologías que pueden amenazar a la religión, así como, con la ayuda de la religión, sanar las patologías de las que no está inmune la razón.
“¿Es griego y habla griego?”. Como en el “Menón”, sigue siendo urgente apostar por una base común. Solo así se contribuirá al cultivo de una razón y de una religión dignas del hombre.

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