Hoy celebramos el cuarto domingo de Cuaresma, llamado tradicionalmente domingo “Laetare”, que significa “alégrate”. En medio del camino cuaresmal, la Iglesia nos invita a hacer una pausa de esperanza. No es una alegría superficial, sino la alegría profunda de saber que Dios está obrando nuestra salvación y que la luz de Cristo ya comienza a iluminar nuestro camino hacia la Pascua. Las lecturas de hoy tienen un tema muy fuerte y profundo: la mirada de Dios y la luz que transforma la vida. Y es que Dios no mira las apariencias, sino el corazón.
En la primera lectura vemos un momento muy importante en la historia de Israel: Dios envía al profeta Samuel a ungir al nuevo rey. Samuel llega a la casa de Jesé y ve a los hijos mayores, fuertes, altos, con apariencia de líderes. Humanamente parecía evidente quién debía ser el elegido. Pero Dios dice una frase que atraviesa toda la Biblia: “El hombre mira las apariencias, pero el Señor mira el corazón”. Y entonces ocurre algo sorprendente: Dios elige al más pequeño, al que ni siquiera estaba presente en la reunión, a David, el pastor de ovejas. Esto revela algo fundamental, y es que Dios no elige como elegimos nosotros, ni se deja impresionar por lo externo; Dios mira lo profundo del corazón... Cuántas veces en nuestra sociedad, ocurre lo contrario: se valora la apariencia, el poder, la fama, el dinero o la imagen. Pero Dios busca algo distinto, un corazón abierto, humilde y disponible. La historia de David nos recuerda que muchas veces los que el mundo considera pequeños son los grandes para Dios. Tal vez alguien se siente pequeño, insignificante, ignorado, poco valorado... Pues hoy el Señor nos dice: “Yo te veo. Yo conozco tu corazón.”
San Pablo, en la segunda lectura, profundiza este mismo tema desde otra perspectiva. Él dice: “Antes erais tinieblas, pero ahora sois luz. Vivid como hijos de la luz”. La Cuaresma es precisamente eso, un paso de la oscuridad a la luz. Las tinieblas pueden tomar muchas formas, como el pecado, el egoísmo, la indiferencia, la mentira, la falta de amor... Pero Cristo vino al mundo para iluminar nuestra vida. San Pablo nos recuerda algo muy importante, no sólo debemos recibir la luz, sino vivir como hijos de la luz. Esto significa que nuestra vida debe reflejar la bondad, la justicia, la verdad... Un cristiano no puede vivir en contradicción permanente. No podemos decir que seguimos a Cristo y al mismo tiempo vivir en la oscuridad del egoísmo y la miseria del poecado. La luz siempre revela, purifica y transforma.
El evangelio de hoy es uno de los relatos más bellos y profundos del Evangelio de Juan, la curación del ciego de nacimiento. Jesús encuentra a un hombre que nunca ha visto. Nunca ha visto la luz, los colores, los rostros. Vive en una oscuridad total. Los discípulos preguntan algo típico de la mentalidad de la época: “¿Quién pecó, él o sus padres para que naciera ciego?”. Jesús responde sentenciando, y es que no se trata de buscar culpables, sino de manifestar la obra de Dios. Jesús, entonces, hace algo muy simbólico: mezcla barro con saliva, lo pone en los ojos del ciego, y lo envía a lavarse. Cuando el hombre se lava, comienza a ver. Pero el verdadero milagro no es solo físico. Es un proceso espiritual. El hombre pasa por varias etapas. Primero dice: “Ese hombre que se llama Jesús”. Luego dice: “Es un profeta”. Después reconoce que viene de Dios. Y finalmente lo adora como Señor. Es decir; no solo recupera la vista física, sino también la fe... Mientras el ciego comienza a ver cada vez más claro, ocurre lo contrario con los fariseos; ellos tienen ojos sanos y no son invidentes, pero no quieren ver. Están tan seguros de sí mismos que rechazan la propia evidencia. Al final del relato, Jesús dice algo impresionante: “He venido para que los que no ven vean, y los que ven se vuelvan ciegos”. Es decir; los humildes reciben la luz, los orgullosos permanecen en la oscuridad. La verdadera ceguera no es la falta de visión física. La verdadera ceguera es la soberbia, el corazón cerrado, la incapacidad de reconocer a Dios... Hay muchas personas que ven perfectamente, pero no son capaces de ver a Dios en su vida... Este evangelio nos invita a preguntarnos: ¿Quién soy yo en esta historia; soy como el ciego que reconoce su necesidad de luz, o como los fariseos que creen que ya lo saben todo?... La fe comienza siempre con una actitud humilde: “Señor, necesito que abras mis ojos”... Necesitamos que Jesús abra nuestros ojos para ver el sufrimiento de los demás, la presencia de Dios en nuestra vida, nuestras propias faltas, el camino que debemos seguir.
La Cuaresma es tiempo para abrir los ojos. Es, precisamente, el tiempo en el que Cristo quiere sanar nuestra vista. A veces también nosotros vivimos en cierta oscuridad, nos acostumbramos al pecado, justificamos nuestras actitudes, dejamos de escuchar a Dios. Pero el Señor sigue pasando por nuestro camino y nos dice: “Ve a lavarte”; es decir, conviértete; cambia tu vida, deja que mi gracia te purifique. En el fondo, todo el evangelio de hoy gira en torno a una afirmación de Jesús: “Yo soy la luz del mundo”. Sin Cristo, la vida queda en absoluta oscuridad; con Él todo cambia. Cristo ilumina nuestras decisiones, nuestras relaciones, nuestras heridas, nuestro futuro. Por eso el domingo Laetare es un domingo de alegría. Porque aunque el camino cuaresmal todavía continúa; ya vemos la luz de la Pascua acercarse. Pidamos hoy al Señor tres cosas: Un corazón que Dios pueda mirar con alegría, como miró el de David. La gracia de vivir como hijos de la luz, como nos pide San Pablo. Y la humildad del ciego del evangelio, que dejó que Jesús tocara y cambiara su vida. Que podamos decir al final de nuestro camino de fe como aquel hombre sanado: “Creo, Señor...”

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