domingo, 26 de abril de 2026

Aterrizando las preguntas. Por Monseñor Fray Jesús Sanz Montes O. F. M.



Recibimos tantas noticias cada día. Más de las que podemos asimilar leyéndolas, oyéndolas o visualizándolas con provecho y mesura. Es una vorágine informativa que nos supera empujándonos a la prisa que tantas veces nos enajena. Pero una de las cosas de las que estamos últimamente levantando acta es que hay un despertar religioso en la gente, un interés insólito e inusitado por lo que representa y lo que es Dios, la religión en general y la comunidad cristiana en particular. Todos los intentos calculados por desprestigiar la fe, ridiculizar a la Iglesia, focalizar sólo en los cristianos los desmanes que tantos cometen cuando engañan, cuando insidian, cuando abusan y cuando se corrompen. Saben que no les asiste la razón y que la verdad acaba siempre triunfando, pero en el mientras tanto sacan tajada calumniando o señalando reductivamente sólo a los cristianos.

Es una batalla cultural que lleva tiempo urdiéndose contra la Iglesia, donde se aprovechan nuestros fallos y pecados, que también los hemos tenido, para zarandearnos, hacernos mudos e invisibles. Es una continua pretensión entre quienes nos perdonan la vida a diario: que los cristianos podemos existir, pero sólo un rato y, especialmente, sólo en un ámbito. Nos marcan así el tiempo y el espacio en el que poder vivir y convivir nuestra presencia y nuestra identidad. De tal modo que, marcando así las fronteras de nuestro tiempo y nuestro espacio, nos vuelven a perdonar que existamos... si nos portamos bien como ellos nos dictan. El tiempo de la brevedad para que no arraigue lo que decimos. Y el espacio casi privado que nos reduce a la clandestinidad: que no se note, no trascienda, no influya, no juzgue, no proponga. Hacer del acontecimiento cristiano una especie de reserva india para los turistas ancestrales de la historia pasada, pero no una presencia viva que dice cosas, juzga situaciones, propone alternativas, construye la ciudad. Todo esto lo hacemos desde una única perspectiva: la que se deriva del Evangelio y de la tradición cristiana. Esta es nuestra postura, nuestra cosmovisión, nuestra manera de ser y de estar dentro de una sociedad plural en esta coyuntura de la historia.

Los Estados pueden ser aconfesionales, las personas somos creyentes. La sociedad puede ser laica, pero no debe ser laicista. Porque todos tenemos una relación con Dios: para confesarlo con la fe cristiana o para censurarlo desde la ideología impía. No hay creyentes y ateos, sino creyentes e idólatras, creyentes en el verdadero Dios o idólatras que adoran los dioses falsos. Por eso el cristianismo será siempre subversivo para los que tienen una idea totalitaria y excluyente de la realidad: cuando atacan la familia que confunden y destruyen, la vida que manipulan y siegan en cualquiera de sus tres tramos (naciente, creciente y menguante), la libertad que pervierten con leyes liberticidas.

Ha sido un grato y sorprendente testimonio el que nos ha dado el astronauta que se confesaba ateo, Reid Wiseman, en la reciente misión en torno a la Luna. A bordo de su nave Artemis II paseó por ese universo sus dudas, sus preguntas, sus convicciones. Pero, cuando regresó a la tierra hizo una declaración bellamente honesta: «No hay otra explicación para lo que vi y experimenté. Al aterrizar de nuevo en la Tierra, vi la cruz y me eché a llorar». Era su testimonio impresionante de convertirse al cristianismo. Tras las nubes de la incertidumbre, después de las tormentas de las contradicciones, cuando las preguntas te acucian y acorralan sumiéndote en el temor, la desesperanza y el vacío, de pronto, sin cita previa, y por puro don de la gracia de un Dios que te abraza, quedas conmovido hasta las lágrimas porque despegaste con tus preguntas y aterrizaste con las respuestas regaladas. Una cruz luminosa que se convirtió para Wiseman en una estrella que le conduce por los caminos que Dios frecuenta: la verdad, la belleza y la bondad.

+ Fr. Jesús Sanz Montes, ofm
Arzobispo de Oviedo

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