Nos encontramos en medio de la tan esperada visita a nuestra patria de quien viene como mensajero de la paz desarmada y desarmante: el papa León XIV. La sociedad experimenta un imperioso reclamo de alguien que no venga a vendernos su humo engañando la sed de una verdadera esperanza. El lema que acompaña este viaje papal es “alzad la mirada” (Jn 4, 35), invitación de Jesús cuando parecía que la cosecha se hacía remolona y costaba creer el momento de recoger los frutos que tanto se necesitaban. La experiencia de los éxodos y exilios del pueblo de Israel, hizo que los profetas pusiesen ánimo esperanzador a quien había perdido toda esperanza; es el trasfondo profético que se acuñará cuando un pueblo andaba cabizbajo por los infortunios desalmados “El pueblo que caminaba en tinieblas vio una luz grande; los que habitaban en tierra de sombras de muerte, una luz les brilló” (Is 9,2). Sí, necesitamos levantar nuestra mirada ante tantos motivos nacionales e internacionales, sociales, políticos, culturales, religiosos… que nos impelen a quitar las orejeras y alzar los ojos a esa belleza, bondad, esa verdad, que junto con la paz y la justicia nos están desafiando a diario en todos nuestros escenarios.
¡Cuántas losas nos aplastan cuando la mentira de las gobernanzas, la desigualdad ramplona, la violencia que nos enfrenta e insidia, la intolerancia que nos señala como espurios y proscritos, hacen que sea irrespirable una sociedad sumida en demasiada corrupción cotidiana como si no pasase nada precisamente porque pasa cada día! Y es entonces cuando emerge esta comprensible necesidad de mirar a alguien que no nos engañe cuando mercadea con nuestra confianza, que no nos use para luego tirarnos tras haberle dado el beneficio de nuestro interés o el préstamo de nuestros votos. Alguien que tenga una autoridad moral digna de su credibilidad sin tacha.
Los farsantes encantadores de serpientes, los botarates que viven de sus cuentos, los que dan lecciones de todo desde sus inmensas ignorancias, no sirven para el rearme ético y moral que necesita nuestra sociedad tan de capa caída a pesar de los alibí maquillados y los barnizados enjuagues. No, necesitamos a quien viniendo en el nombre del Señor nos acerque la frescura del Evangelio que encienda nuestra apagada fe, dilate el horizonte de nuestra esperanza y haga acogedora una caridad sincera que abrace las necesidades y heridas de los más desheredados de la tierra.
Hace unos días, en un memorable discurso del papa León XIV al Dicasterio para la Evangelización, tuvo unas palabras muy hermosas y precisas, citando a Benedicto XVI. Me parece que es la mejor tarjeta de presentación para adentrarnos con provecho en esta visita apostólica: «La transmisión de la fe pasa necesariamente por el encuentro con personas y comunidades que expresan la alegría de la fe cristiana y la coherencia de un estilo de vida evangélico. Ciertamente, no es diluyendo los contenidos y suavizando las exigencias como se puede hacer atractivo el cristianismo, sino dando testimonio con humildad y valentía de “el camino, la verdad y la vida” que ha convertido y santificado a tantas personas. Como afirmaba Benedicto XVI: “Necesitamos hombres que mantengan la mirada fija en Dios, aprendiendo de Él la verdadera humanidad. Necesitamos hombres cuyo intelecto esté iluminado por la luz de Dios y a quienes Dios abra el corazón, de modo que su intelecto pueda hablar al intelecto de los demás y su corazón pueda abrir el corazón de los demás. Solo a través de hombres que han sido tocados por Dios, Dios puede volver a los hombres”. La santidad de la vida, por lo tanto, sigue siendo siempre la forma más convincente de la belleza de la fe cristiana que trasciende los tiempos y se propone a toda cultura». Esto es lo que reconocemos en la visita del Santo Padre y con su semilla de esperanza mientras nos invita a cada uno a levantar la mirada.
+ Fr. Jesús Sanz Montes, ofm
Arzobispo de Oviedo

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