En el lenguaje popular muchas veces se oye decir que una persona es “buena aquí abajo y buena allá arriba”. Es decir, alguien que agrada al mundo y también agrada a Dios. Pero cuando hablamos del sacerdocio, la realidad es más compleja. A lo largo de la historia de la Iglesia, los sacerdotes que han sido verdaderamente fieles a Cristo no siempre han sido aplaudidos por el mundo. El mismo Jesús lo advirtió con claridad: “¡Ay sí todo el mundo hable bien de vosotros! Pues así trataban vuestros padres a los falsos profetas.” (Lc 6,26). Estas palabras son incómodas, pero profundamente verdaderas. Un sacerdote puede ser muy querido, muy popular y muy celebrado… y, sin embargo, no estar siendo fiel a la misión que Cristo le confió. Al mismo tiempo, puede ocurrir lo contrario: que un sacerdote sea criticado, incomprendido o considerado “rígido”, precisamente porque intenta ser fiel al Evangelio y a las enseñanzas de la Iglesia.
Por un lado tenemos al sacerdote “bueno” a los ojos del mundo. Hoy existe una imagen de presbítero que el mundo aplaude con facilidad. Es el sacerdote que no incomoda a nadie, que no corrige, que no habla de pecado ni de conversión, que adapta la fe a los gustos del momento. Es el sacerdote que:
Nos deja cantar en misa lo que nos da la gana, sin cuidar el sentido sagrado de la liturgia.
Si queremos un funeral en Viernes Santo, nos lo hace, aunque la Iglesia tenga normas claras para ese día.
Está a favor de la eutanasia porque “cada uno debe decidir”.
Defiende el aborto en nombre de la libertad.
Aplaude el divorcio sin recordar la palabra exigente de Cristo.
Predica en favor del sacerdocio femenino como si la Iglesia pudiera cambiar lo que recibió de Cristo.
Cuenta chistes continuamente en sus homilías para que nadie se sienta incómodo.
Celebra la misa con playeros o ropa informal, como si el altar fuera cualquier lugar.
Este tipo de sacerdote suele ser muy apreciado porque no contradice al mundo. Pero aquí surge una pregunta fundamental: ¿Está sirviendo al Señor… o está sirviendo al mundo?. San Pablo ya advertía de este peligro: “Vendrá un tiempo en que no soportarán la sana doctrina; y se rodearán de maestros conforme a sus propios deseos.” (2 Tim 4,3). Cuando el sacerdote se acomoda al mundo, corre el riesgo de convertirse en lo que el Evangelio llama un “asalariado” que no cuida verdaderamente al rebaño. v Jesús lo dijo con fuerza: “El asalariado, que no es pastor y a quien no pertenecen las ovejas, ve venir al lobo y huye.” (Jn 10,12).
Y por otro lado está el sacerdote “malo” a los ojos del mundo. Curiosamente el sacerdote que intenta ser fiel al Evangelio muchas veces es considerado “malo”, “duro” o “anticuado”. Es el sacerdote que:
No nos deja cantar en misa lo que nos da la gana, porque la liturgia no es un espectáculo.
No hace funerales en Viernes Santo porque respeta la disciplina de la Iglesia.
No ve bien la eutanasia porque la vida es un don sagrado de Dios.
No defiende el aborto porque cree que cada vida humana es inviolable.
No aplaude el divorcio porque recuerda las palabras de Cristo: “Lo que Dios ha unido, que no lo separe el hombre.” (Mt 19,6)
No predica en favor del sacerdocio femenino porque tiene cabeza para comprender que ni la Iglesia tiene autoridad para cambiar lo que Cristo estableció.
No convierte la homilía en un espectáculo de chistes, sino en un anuncio serio de la Palabra de Dios.
No celebra la misa en chándal o de cualquier manera, porque es consciente de que el altar merece respeto.
Este sacerdote suele ser criticado porque no se adapta a los gustos del momento. Pero tal vez precisamente por eso está cumpliendo su misión. San Pablo lo expresó de manera muy clara: “¿Busco ahora el favor de los hombres o el de Dios? Si todavía buscara agradar a los hombres, no sería siervo de Cristo.” (Gal 1,10). El verdadero sacerdote no es el que vive según las modas del mundo, sino el que intenta vivir su ministerio según el corazón del Señor. Un sacerdote no es un animador social ni un gestor de servicios religiosos. Es, ante todo, un pastor de almas. Su misión es conducir a las personas hacia Dios, incluso cuando eso implica decir verdades difíciles.
El profeta Ezequiel transmite una advertencia muy seria de parte de Dios: “Si el centinela ve venir la espada y no avisa al pueblo… pediré cuentas de su sangre al centinela.” (Ez 33,6). El sacerdote que calla por miedo a ser impopular puede estar traicionando su misión. Así nos encontramos con presbíteros que les da igual todo, que permiten todo, que aparentemente son muy majos pero que en realidad se venden a sí mismos dejando a su paso tierra sembrada de sal. España está plagada de calles, plazas y reconocimientos a sacerdotes que lograron pasar por sus destinos como muy enrollados, muy sociales, muy graciosos... pero luego rascas un poco y fueron personas que se vendieron muy bien a sí mismos, pero no anunciaron a Jesucristo.
En cambio, el sacerdote fiel, aunque sea incomprendido, aunque jamás recibe reconocimiento alguno en esta vida sino criticas feroces y palos en las ruedas, está cumpliendo su deber. Encarna en su vida las palabras de San Pablo: “Proclama la palabra, insiste a tiempo y a destiempo, corrige, reprende y exhorta con paciencia.” (2 Tim 4,2). Que no falte nuestra gratitud por los sacerdotes fieles, y es que es justo reconocer y agradecer a tantos sacerdotes que, lejos de buscar aplausos, permanecen fieles a Cristo y a la Iglesia. Sacerdotes que celebran la liturgia con reverencia, predican el Evangelio completo, acompañan a las personas con caridad pero sin falsear la verdad, y ofrecen su vida en silencio por el pueblo de Dios. Que no celebran por obligación y de mala gana, sino con devoción.
Tal vez no sean siempre populares, pero son estos y no otros los que Dios ve preciosos a sus ojos. Y son a estos curas a los que el Demonio odia con toda su alma, pues su autenticidad le enfurece. Y así el Demonio despliega sus huestes para acabar con cada sacerdote bueno que cumple su misión: calumnias, maledicencias, etiquetas, motes, insultos, denuncias... Pero llegará ese día en el que en este mundo no quedará piedra sobre piedra, cuando vengan el Señor a juzgar a vivos y muertos. Y en ese día muchos que tuvimos por malos descubriremos que eran buenos, y muchos que tuvimos por buenos descubriremos que eran malos. Jesús prometió una recompensa especial a los pastores fieles: “Cuando aparezca el Pastor supremo, recibirán la corona de gloria que no se marchita.” (1 Pe 5,4). Ojalá también nosotros en esta vida sepamos reconocer y distinguir. Quizá el mundo tenga su propia idea de lo que es un “buen sacerdote”. Pero el criterio decisivo no es el aplauso de la sociedad. El verdadero criterio es la fidelidad a Jesucristo. Un sacerdote puede ser “bueno nubes abajo” y recibir muchos aplausos aquí en la tierra. Pero lo verdaderamente importante es ser “bueno nubes arriba”, es decir, fiel ante Dios. Porque al final, todos —sacerdotes y fieles— escucharemos la misma pregunta del Señor: “¿Has sido fiel?” (cf. Mt 25,21). Y esa será la única respuesta que realmente importe.

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