lunes, 30 de marzo de 2026

Homilía del Sr. Arzobispo en el Domingo de Ramos 2026

Fue una subida lenta y con mil momentos inolvidables. Tres años tardaron en subir a Jerusalén, Jesús y sus discípulos con sus idas y venidas, sus estiras y aflojas, sus aplausos de gratitud por tanta gente buena bendecida y las maquinaciones para poder matarlo por parte de sus enemigos más adversarios. Pero llegó el día y entraron en la Ciudad Santa, con palmas y olivos moviéndose entre los “hosannas”, con alfombras en el suelo como quien adorna la entrada al Dios que los salva. Era el primer domingo de Ramos de la historia. Jesús aquel día estrenó una inédita Semana Santa.

Igual que nosotros en esta mañana. Tiene garra envolvente lo que en estos días venideros celebramos en todo el mundo los cristianos. La envoltura tiene arte, cultura y fe. Se agolpan los recuerdos y se pierde la vista en la remembranza de otra edad mientras iba creciendo la conciencia cristiana de lo que significan estos días especiales en el calendario de nuestra fe. Son días de primavera primeriza, como cuando de niño yo los vivía en el ambiente de mi Madrid natal de la mano de mis mayores en alguna procesión de Semana Santa. Mi estatura infantil conseguía sacar entrada de primera fila subido al adoquín de la acera viendo lo que allí desfilaba con piadosa exhibición. Mis ojos abiertos de par en par, sin pestañear leían esa página de tradición sagrada en el libro de un desfile que paseaba una historia de amor: todo un relato de la pasión del Señor con la que quiso pagar para rescatar nuestra felicidad secuestrada, para encauzar nuestra perdida salvación que esperaba el abrazo redentor que nos devolviera a la bondad del principio no envilecida y a la belleza primera no manchada.

Quedan atrás tantos recodos del camino en los que Jesús pasó haciendo el bien. Sus encuentros con la gente, su peculiar modo de abrazar el problema humano, unas veces brindando sus gozos como en las bodas de Caná, otras llorando sus sufrimientos como en Betania ante su amigo Lázaro; en ocasiones curando todo tipo de dolencias de leprosos y lisiados, o iluminando todo tipo de oscuri­dad en los ciegos del cuerpo y del alma, o saciando todo tipo de hambres de las que el corazón se hace precario, y en otras airado contra los comerciantes en el templo que hacían su agosto todos los meses del año y contra los fariseos en todas partes con su prejuicio temeroso y enfadado. En todos esos escenarios aparece Jesús que bendice, que enseña, que reza, que cura, que libera… Él ha traído el calor de su casa –el eterno hogar trinitario– a los fríos inhumanos de nuestros derroteros nómadas. Así acercó al suelo de nuestras preguntas y heridas el corazón de Dios como quien planta una gran tienda en la que cobijarse de tantas intemperies y en la que aprender a ser y a quererse como se quiere Dios: el Padre Amante, el Hijo Amado y el Espíritu de Amor que se daba entre ambos.

Ahora es el momento último y final del relato humano y divino de la Pasión que hemos escuchado en el evangelio. Ese drama de Jesús no era suyo, sino nuestro, pero tanto y tan seriamente quiso abrazarlo, que a la postre hizo suyos todos nuestros problemas, absurdos, sin-sentidos, todos nuestros egoísmos, hipocresías, fracasos, tristezas… todos nuestros pe­cados. Es muy importante ver en este drama de la Pasión de Jesús no sólo lo que ocu­rrió hace veinte siglos, sino lo que ha ocurrido siempre, con aquellos de entonces y con todos los demás que hemos ido viniendo después al escenario de la historia. Por eso hemos de tener la libertad de vernos nosotros también dentro de una Pasión que en el fondo nos pertenecía sólo a nosotros y no a quien misericordiosa y amorosa­mente nos la quiso arrebatar en su propia carne.

Es el relato de algo que sigue sucediendo hoy porque Dios sigue dando su vida y acompañando la nuestra como hace veinte siglos, como desde toda la eternidad y para siempre jamás. Acaso se llamará de otro modo la traición de los judas modernos que amañarán con su beso la triste recompensa de 30 monedas por su traición; distinto aparecerá el huerto de Getsemaní en donde entre sudores de sangre y somnolencias discipulares se volverá a apresar a un Dios inocente; serán otras las lágrimas que los pedros verterán en los patios de la indiferencia o de la fobia contra Cristo; los caifás, los pilatos y los barrabases seguirán saliendo a la escena cada cual con su insidia, su cobardía o su aprovechamiento; y otro nombre llevará la vía dolorosa en la que repetirán blasfemos su crucifícale quienes entregados decían antes sus hosannas; pero serán únicos quienes como María y Juan estén al pie de la cruz de cada crucificado, en donde un único Jesús no deja de dar hasta la última gota de su amor redentor.

En la remembranza de nuestras procesiones cristianas, emergen otras procesiones donde las cofradías del mal se juntan con sus pasos llevados por los más pérfidos cofrades. Son los escenarios ensangrentados por la tragedia de las guerras en curso en tantos sitios, por la falta de honestidad en gobernantes corrompidos con su mentira maquillada y su ambición empoderada, por la violación de tantos derechos ante vidas truncadas antes de nacer por el aborto o ya nacidas cuando se sufre la injusticia y la falta de libertad, o se aplica la eutanasia con una muerte barata en lugar de cuidar paliativamente la vida con amor y esperanza. Yo sigo rezando por la joven Noelia víctima de un múltiple fracaso que la llevó al suicidio asistido y subvencionado. Son estas y muchas más las procesiones en curso que continúan hoy teniendo como cirineo nada menos que a Dios, ofreciéndonos Él también su lienzo como aquella conmovida Verónica, consolándonos en nuestros llantos haciendo suyas nuestras lágrimas, dejándose clavar en la cruz de nuestros torpes y tardíos despropósitos que son callejones sin salida en esas procesiones que se llaman falta de fe, falta de pan, falta de trabajo, falta de libertad, falta de paz, falta de esperanza.

Mis ojos de adulto hoy, como aquellos ojos de niño ayer, se vuelven a sorprender agradecidos porque en la vida Dios se asoma a nuestra procesión cuando nosotros nos asomamos a la de Él. La procesión tiene este recuerdo y este reclamo, dichoso quien se adentra en ella con devoción y hondura como testimonio de la fe en estos días santos.

Semana Santa con los oficios religiosos vividos hondamente en nuestros templos y parroquias, en la confesión realizada con seriedad como quien pide perdón sin prisa de sus pecados todos, en la religiosidad popular junto a nuestras hermandades y cofradías que por las plazuelas y caleyas testimonian con arte y devoción nuestra fe. Podremos así llegar al domingo de pascua, como desenlace gozoso de un final que sabe a canto poniendo el aleluya en nuestros labios y la paz verdadera en nuestro corazón. Amén.

+ Fr. Jesús Sanz Montes, ofm
Arzobispo de Oviedo
S.I.C.B.M El Salvador (Oviedo)

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