Dos seísmos de magnitud 7,2 y 7,5, separados por menos de un minuto, sacuden el norte del país y dejan ya decenas de muertos. El pueblo venezolano, ya golpeado por la incertidumbre política, vuelve los ojos al cielo bajo el amparo de Nuestra Señora de Coromoto.
La tarde-noche del miércoles 24 de junio de 2026, hacia las seis de la tarde (hora local), el noroeste del país sufrió un doble terremoto que ha dejado un rastro de destrucción, luto y temor. Según el Servicio Geológico de los Estados Unidos (USGS), un primer seísmo de magnitud 7,2, con epicentro en San Felipe (estado Yaracuy) y a unos 22 kilómetros de profundidad, fue seguido apenas 39 segundos después por el sismo principal, de magnitud 7,5, con epicentro en Yumare y a tan solo diez kilómetros de profundidad. Se trata de uno de los terremotos más violentos registrados en el país en décadas.
El temblor se sintió con fuerza en Yaracuy, Lara, Carabobo, Aragua, Miranda, La Guaira, Trujillo, Falcón, Mérida y el Distrito Capital, e incluso se percibió en Colombia. La sucesión de dos grandes seísmos en cuestión de segundos agrava el peligro, pues el segundo golpe descarga su fuerza sobre edificios ya debilitados por el primero.
Decenas de víctimas y una capital herida
El balance provisional ofrecido por las autoridades hablaba de al menos 32 fallecidos y más de 700 heridos, una cifra que se teme aumente conforme avancen las labores de rescate. Las zonas más castigadas se encuentran en el este de Caracas —en barrios como Los Palos Grandes y Altamira, en el municipio Chacao—, donde se han desplomado edificios y viviendas. El Aeropuerto Internacional Simón Bolívar de Maiquetía, principal puerta de entrada a la capital, quedó cerrado por los daños, con los vuelos suspendidos. Se registraron además cortes eléctricos y se activaron alertas de tsunami para Aruba, Curazao y Bonaire, algunas levantadas posteriormente. El USGS advirtió de un probable elevado número de víctimas, daños generalizados y réplicas potencialmente fuertes en las próximas horas.
El país, declarado en estado de emergencia, afronta esta catástrofe en un momento ya de por sí excepcional, con un gobierno interino y un horizonte político lleno de incertidumbre. A la fragilidad institucional se suma ahora la herida abierta de la naturaleza.
La Iglesia, cercana al pueblo que sufre
La Iglesia venezolana cuenta con una red capilar para responder a emergencias como esta. Cáritas Venezuela, brazo de acción social de la Conferencia Episcopal, está presente en las 42 diócesis del país y ha actuado en catástrofes recientes —desde las inundaciones de Las Tejerías hasta las lluvias andinas de 2025—, no solo en la primera urgencia, sino también en la posterior reconstrucción y en el acompañamiento espiritual de las familias. A través de las parroquias, esa misma estructura suele convertirse en centro de acopio, punto de auxilio y refugio para los damnificados.
La Conferencia Episcopal Venezolana (CEV), presidida por monseñor Jesús González de Zárate, arzobispo de Valencia, agrupa a los 45 obispos del país. En los últimos meses, la jerarquía venezolana ha insistido una y otra vez en la cercanía a los más pobres y en el «imperativo noble» de la oración por la patria, un clamor que ahora, ante el dolor de un pueblo herido, cobra una urgencia renovada.
No es casual que la mirada de Roma lleve tiempo puesta sobre Venezuela. El Papa León XIV ya el 4 de enero de 2026 manifestó desde la plaza de San Pedro seguir «con gran preocupación» la situación del país y encomendó al pueblo venezolano a la intercesión de Nuestra Señora de Coromoto y de los santos José Gregorio Hernández y sor Carmen Rendiles. El pasado 4 de mayo recibió en audiencia privada a la presidencia del episcopado venezolano, a la que reiteró su «cercanía espiritual» y su «constante oración»; según refirió entonces monseñor González de Zárate, el Pontífice se mantiene «plenamente informado» de la realidad venezolana a través del cardenal Pietro Parolin, Secretario de Estado, y de los informes de la Nunciatura Apostólica en Caracas.
El eco de 1812
La memoria histórica de Venezuela guarda el recuerdo del gran terremoto de Caracas del 26 de marzo de 1812, Jueves Santo, cuando un seísmo de magnitud cercana a 7,7 redujo a escombros buena parte de la capital, La Guaira y Mérida, y se llevó por delante decenas de miles de vidas. Aquel Jueves Santo, en plena Semana de Pasión, quedó grabado a fuego en la conciencia del pueblo creyente. Más de dos siglos después, la tierra vuelve a recordar a los venezolanos la fragilidad de toda obra humana y la necesidad de poner la confianza en Dios.
Sigamos rezando por Venezuela
Ante el luto y la destrucción, el clamor que une a los fieles venezolanos vuelve a resonar con fuerza: perseveremos en la oración. Que Nuestra Señora de Coromoto, patrona de Venezuela, y los santos venezolanos intercedan por los fallecidos, consuelen a sus familias, fortalezcan a los heridos y sostengan a cuantos trabajan estas horas entre los escombros.

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