sábado, 16 de junio de 2018

DIOS ACTÚA DESDE LO PEQUEÑO. Por José María Martín OSA

Renace la vida y la salvación. Las lecturas de hoy nos hablan de reconstrucción, de renacimiento de aquello que está muerto, de crecimiento y de vida. Los exiliados en Babilonia, especialmente después de la destrucción de Jerusalén, perdieron toda esperanza y padecían mucho recordando junto a los canales de una ciudad extraña la solemnidad de las fiestas que en otro tiempo celebraban en el templo de Jerusalén. El profeta Ezequiel anuncia el restablecimiento de la dinastía de David. Yahvé mismo trasplantará un retoño y éste crecerá en el más alto monte de Israel, en Sión, hasta convertirse en un cedro frondoso en el que anidarán toda clase de aves. Se trata, pues, de una profecía mesiánica en la que se utiliza la imagen del "árbol cósmico", alusión a un señorío universal a cuyo amparo acudirán todos los pueblos. Esta imagen la encontramos de nuevo en la parábola evangélica del grano de mostaza.

“Estamos en camino: corramos con el amor y la caridad” El hombre tiene su verdadera patria en el Señor y ahora en este mundo está desterrado. Todavía no vemos al que constituye nuestro hogar. No está claro si Pablo en la Segunda Carta a los Corintios se refiere a la parusía del Señor o si aquí afirma también un encuentro con el Señor en la muerte individual de los creyentes. No obstante, la mente de Pablo está también afirmar que el sentido de la muerte individual es un encuentro con el Señor. De todas formas, lo importante es en este mundo aceptar la responsabilidad cristiana y agradar al Señor, ante quien todos comparecerán para ser juzgados. La vida aquí en la tierra es un camino que nos conduce al encuentro con Dios. Conviene no distraernos ni equivocarnos de camino, como destaca San Agustín:

“Estamos en camino: corramos con el amor y la caridad, olvidando las cosas temporales. Este camino requiere gente fuerte; no quiere perezosos. Abundan los asaltos de las tentaciones; Cualquier cosa que sea la que te ha prometido el mundo, mayor es el reino de los cielos”.Sermón 346 B

Todos debemos colaborar en el crecimiento del Reino de Dios. La primera parábola del grano habla del labrador que aguarda paciente y confiado después de la siembra a que llegue el tiempo de la siega. ¿Qué ha hecho el hombre? Nada importante; la semilla creció sola. La parábola afirma que el Reino de Dios, sembrado por Jesús, crece inexorablemente, aunque su desarrollo se oculta incluso a los que cooperan a su crecimiento. Todos debemos colaborar en el crecimiento del Reino de Dios. Crece realmente en nuestro interior y a través nuestro, siempre que seamos fieles en el seguimiento de Jesús, aunque su crecimiento sea difícil de descubrir. Pero tenemos que colaborar en su desarrollo, siendo una tierra que produzca el máximo posible. ¿Tenemos conciencia de ser como una semilla que debe desarrollarse y dar fruto? ¿Nos damos cuenta que todo desarrollo es lento y laborioso? ¿Estamos empeñados en nuestro crecimiento personal?

La parábola del grano de mostaza nos muestra que el Reino es algo aparentemente pequeño y de poca fuerza, pero tiene energía para vencer a lo que parece más fuerte. El inicio del reino es pobre y de escasas apariencias, como lo es todo lo verdadero. Dios actúa desde lo pequeño, desde lo simple y humilde. No aparece como una gran empresa, ni como una poderosa organización, ni emplea elementos humanos que sean tenidos en consideración. Así lo entendió siempre Jesús y así actuó. ¿Lo hemos entendido los cristianos? Con la parábola del grano de mostaza, Jesús se opone totalmente a la esperanza de grandeza y de dominio universales propios del mesianismo nacionalista. Israel no dominará a las demás naciones, ni el Reino de Dios será en la historia un gran imperio. Tampoco la Iglesia

Se nos ofrecen pequeñas semillas para que demos fruto. La manía de lo grande anida en cada corazón y en nuestra sociedad. El rascacielos más grandes, el coche más potente, el hombre más rápido, el predicador más elocuente… Sólo premiamos al número uno. Lo queremos todo ya, aquí y ahora. Despreciamos lo pequeño y lo invisible. Sólo hay salvación en Jesucristo. Lo nuestro es crecer y ayudar a crecer en Cristo a los hermanos. Lo nuestro es confiar en que todo depende de Dios y trabajar por el Reino como si todo dependiera de nosotros. Así lo expresa esta parábola:

“Anoche tuve un sueño raro. En la plaza mayor de la ciudad habían abierto una nueva tienda. El rótulo decía: “Regalos de Dios”. Entré. Un ángel atendía a los compradores.

-¿Qué es lo que vendes?, pregunté.

- Vendo cualquier don de Dios.

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