lunes, 13 de octubre de 2014

La primera norma litúrgica: puntualidad


Antes de meternos en otros berenjenales, yo creo que la primera norma litúrgica, tanto para celebrante como para fieles, es la exquisita puntualidad. Por respeto mutuo y por saber a qué atenernos.

Antes, hace unos años, era bastante normal que en la sacristía, o incluso en el mismo templo, hubiese un reloj bien visible de esos que daban con fuerza las campanadas. La puntualidad, puramente británica. Según sonaba la primera campanada, el sacerdote salía camino del altar. Muy buena costumbre.

Lo normal es que la misa de las ocho comience a las ocho. Malo es que la misa de las ocho sea misa de ocho y cinco, y diez, y cuarto o lo que sea. Eso sí… la única forma de ser muy puntuales es estar tiempo antes en la iglesia y preparar todo con sumo esmero. Malamente, si llegamos a la sacristía con tres minutos para la hora, se harán las cosas a tiempo. Es verdad que un día uno puede despistarse o tener que acudir a una urgencia, un enfermo en grave peligro de muerte por ejemplo. Fuera de eso, no es aceptable ni un minuto.

Además de puntualidad para el comienzo, es imprescindible mantenerla para el final, y muy especialmente los días laborables donde todos andamos con mil cosas. No es de recibo que alguien vaya a la misa de ocho, pensando en que al ser laborable durará aproximadamente veinticinco minutos o media hora, y se encuentre con que el sacerdote anda de charla con alguien, comienza siete minutos tarde y además ha decidido ese día cantar y predicar porque para eso es la fiesta de su pueblo. Así que don Senén y doña Justa, que andan siempre a carreras porque tienen que estar en su trabajo antes de las nueve, mira por donde han llegado a las tantas y dicen, como es natural, que a esa parroquia nunca más.

Y más o menos los domingos. La gente entiende que la misa tenga una duración algo mayor. Pero lo que no puede ser es que nos dediquemos los curas a ensayar, buscar lectores y ministros y que la misa de doce no principie hasta las doce y diez. Porque eso lo único que consigue es empezar cada vez más tarde.

Pues empecemos los curas dando ejemplo de puntualidad para el inicio y el fin tanto en laborables, sobre todo laborables, como en festivos.

Y una palabrita para los fieles.

Uno desde el altar ve cosas y por más que debiera estar inmerso en la inmensidad del sacrificio, no puede por menos de distraerse si cada misa dominical supone un rosario de fieles entrando tarde. Todos comprendemos que alguien un día se retrase, pero lo que no puede ser es que más de un tercio de los asistentes a una misa lleguen cuando ya ha comenzado la celebración. Y pasa. Lo que no puede ser es que hasta prácticamente el evangelio no deje de escucharse el ruido de abrirse y cerrarse las puertas, que por más que sea ligero, es. Eso puede con la moral de cualquiera.

Recuerdo un domingo, era yo entonces cura de pueblo, en el que al acabar la misa dije a la gente: hoy toca estadística. Desde que hemos comenzado la misa hasta mediado el evangelio, no ha dejado de entrar gente ni un instante. Otro dato: la última persona en entrar en la iglesia para la misa de las 13 h., lo ha hecho a las 13:27. Más: más de un tercio de los fieles han llegado tarde. Conclusión: ¿no podemos hacer algo para mejorar las estadísticas?

Pues eso. Para curas y fieles. Puntualidad, que dicen es “cortesía de reyes, deber de caballeros, hábito de gente de valor y costumbre de las personas bien educadas”, y es sobre todo reconocer la importancia de lo que celebramos. A mejorar la estadística.

Jorge Glez. Guadalix 

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