jueves, 24 de julio de 2014

Carta semanal del Sr. Arzobispo


Holganza vacacional

Al llegar estas fechas del año, con más o menos duración o con más o menos posibilidad, hay mucha gente que se toma unos días de descanso. No se trata de un planteamiento burgués sólo apto para los pudientes y tenientes en un mundo injusto e insolidario, sino de un tiempo aunque sea breve, en donde podemos aprovechar para descansar de tantos modos. Los clásicos llamaban a los períodos de descanso estar en holganza, interrumpiendo los habituales quehaceres y dando a la persona un tiempo de serena quietud, un tiempo de vacación, como decimos ahora nosotros. Sin duda alguna que todos necesitamos este paréntesis que nos permite no sólo descansar, sino también cobrar fuerzas para poder emprender con renovado vigor las tareas que nos traerá el afán de cada día de un nuevo curso en lontananza.

La vida tantas veces te impone sofocos que nos hace más necesitados de una reparadora holganza. La temperatura social con todo su complejo entramado, ha podido calentar en exceso, ha podido incluso abrasar la sencilla ilusión de quien se afana en encontrar trabajo: el que perdió en el ERE que le puso en la calle, o el que todavía no ha estrenado por primera vez. Hay otro tipo de calentones que nos encienden quemando la paz y la esperanza, cuando es la soledad, la incomprensión o la enfermedad las que llaman tercamente a nuestra puerta, se nos cuelan de rondón y nos imponen su dura impostura dejándonos al pairo de expectativas mejores.

No es necesario hacer miles de kilómetros, o adentrarse en paisajes exóticos quizás sólo al alcance de unos pocos, para poder descansar verdaderamente. A veces sucede que el auténtico descanso no coincide con un maremágnum de viajes sino con acertar a poner calma, paz, sosiego, y retomar por unos días lo que realmente vale la pena. Porque en nuestra cultura de la prisa, de la inmediatez, de la información “on line” y de compra de cualquier cosa a golpe de clic, acaso lo que más estamos necesitando para descansar es crear unas condiciones diferentes para asomarnos a nuestra gente y a nuestros lares con unos ojos pacificados, con un abrazo agradecido, con una ternura tan llena de mesura que termina descansándonos.

Incluso el mismo Papa Francisco ha querido plantear así sus vacaciones. Porque también él necesita descansar, como lo evidencia el desgaste que en estas últimas semanas ha podido ser más patente. Pero su descanso sabio y merecido consiste en estar donde está, con un menor ritmo de trabajo, con tiempo para estar tranquilo en la oración, en la lectura, en el encuentro con personas queridas, y en la preparación de algún documento que nuevamente nos regalará.

Por este motivo yo deseo que pueda darse esa holganza feliz y provechosa: que haya tiempo para el encuentro con Dios, sea cual sea la modalidad que podamos escoger: desde un retiro en algún monasterio, hasta leer despacio el Evangelio, o hacer ratos de oración ante el Señor presente en la Eucaristía; que haya tiempo para el encuentro con los más cercanos a los que tantas veces nuestra prisa y confusión les roba el tiempo y el afecto que les debemos; que haya tiempo para el disfrute de la naturaleza con todos sus encantos de mar, de montaña, de llanura; que haya tiempo para la lectura de un buen libro que nos ayude a crecer y madurar en una reflexión honda y fecunda. Sólo de este modo, las vacaciones serán de verdadero descanso, en nuestro interior y en nuestras relaciones con Dios y con los demás. Acaso también debamos recuperar esta dimensión del significado de unas vacaciones vividas con sabiduría humana y cristiana.

+ Fr. Jesús Sanz Montes, ofm
Arzobispo de Oviedo

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