viernes, 31 de julio de 2026

En unión con los mártires: así viví 3 momentos de luz peregrinando a Covadonga. Por Rafael Pascual Elías O.C.D.

Peregrinar, caminar en esperanza, mirar al cielo y saberse acompañado hasta llegar a la cuna de España recordando el inicio de tantos martirios hace justo 90 años es algo que llena el corazón de “un no sé qué que quedan balbuciendo” que diría mi padre San Juan de la Cruz.

Me explico: un año más he vuelto a participar en la peregrinación de Nuestra Señora de la Cristiandad a Covadonga.

No iba solo, caminaba con el capítulo de Nuestra Señora de Valvanera y San José, el capítulo de La Rioja, y unido a más de 1.600 peregrinos.

Son días de mucha gracia, hay que vivir esta peregrinación para saber lo que siente un corazón peregrino cuando sale de la catedral de Oviedo con la meta puesta en lo alto de la montaña de Covadonga.

Sendas, caminos asfaltados, alguna carretera, ríos, prados, bosques y todo aquello que paso a paso el peregrino recorre hasta que llega a la basílica de Covadonga y allí, unido a todos los peregrinos, adora al Hijo de María y de San José y canta el Tedeum.

El alma da gracias a Dios por todo lo vivido, por los momentos de alegría y también de dolor, todo forma parte de una peregrinación tradicional.

El peregrino camina hasta el final, y si no puede, tiene ayuda para llegar hasta la casa de la Santina de Covadonga.

Este año ha sido especial, iba con la compañía de los mártires. Los años anteriores también, pero este 2026 de manera especial por el aniversario que queda indicado arriba. Y sobre todo porque parece que los mismos mártires salían al encuentro.

No es casualidad que el viaje de ida hasta Oviedo sea el 24 de julio, fecha del martirio de mis queridas mártires carmelitas descalzas de Guadalajara, las beatas María Pilar, Teresa y María Ángeles, y el día de la llegada a Covadonga sea la víspera del martirio de mi querido San Pedro Poveda, que en este singular enclave recibe la inspiración para fundar la Institución Teresiana.

Por el camino queda confirmado el encuentro de la familia del beato Pedro José de los Sagrados Corazones en Valdeprado (Soria), su pueblo natal, con su familia como ya llevamos haciendo algunos años para recordar su martirio. Todo son señales para hacerme ver que los mártires están muy presentes en esta peregrinación.

Todo esto lo llevo en el corazón en el silencio de la oración. Al caminar como peregrino hay momentos que se reza el rosario en cada capítulo, en otros se habla con peregrinos, y en otros me gusta ir un poco solo para rezar y dejar que Dios siga hablando al corazón.

También cuando llegan los tiempos de estancia en el campamento.

Ahí hay tiempo para todo, y en esos momentos me lleno de luz cuando “me escondo” para encontrarme con el que da la fuerza a los mártires en el momento final de sus vidas en este mundo.

Me quedo con tres momentos de soledad donde me uno a los mártires de modo especial en esta peregrinación a Covadonga.

El primer día al terminar de confesar durante toda la misa en El Remedio busco otro sacerdote; hemos ido unos 50, y cada día estamos varios confesando. Me confieso y me lleno de esa paz y luz que se recibe en este sacramento.

¡Cuántas veces se confesaron los mártires! ¿Cómo sería su última confesión? ¿Cómo confesarían los que eran sacerdotes a los que iban a martirizar pronto? ¿Cómo se recibe el perdón de los pecados sabiendo que la muerte está cercana y el cielo se abre cuando llegue el martirio?

Entonces me acuerdo de los beatos carmelitas descalzos mártires que siendo sacerdotes administran este sacramento con todo su corazón.

Mis queridos Ramón de la Virgen del Carmen, Pedro José de los Sagrados Corazones, Lucas de San José, Pedro de San Elías, Eufrasio del Niño Jesús,…

En el silencio de la iglesia de El Remedio los recuerdo y los siento a mi lado mientras rezo la penitencia y dejo que el corazón se llene de luz y de paz de una manera como pocas veces he vivido después de confesarme.

Me uno a ellos, hago silencio, cierro los ojos del cuerpo y abro los del alma. Entonces todo cambia por dentro. Es algo muy especial… Es el fruto de una confesión hecha en una peregrinación… Es la luz que vence a las tinieblas del pecado…

El segundo día, mientras se celebra la misa solemne del domingo según la forma extraordinaria del rito romano en los prados de Sorribas, subo por la cuesta que llega hasta la iglesia. Me paro a mitad de subida y contemplo.

¡Contemplo el campamento entero desde lo alto mientras se celebra el santo sacrificio del altar! ¡Contemplo la misma misa que vivieron los mártires! ¡Contemplo el Misterio!

Miro al cielo y bajo la mirada. Todo se une, el cielo y la tierra. ¡Eso es la misa! Sigo subiendo, llego hasta la parroquia y me quedo en oración.

Allí me callo y dejo que Dios hable. Me acuerdo mucho de mi querido beato Eufrasio del Niño Jesús, mártir en el trágico octubre asturiano de 1934.

Cada vez me siento más unido a él y más en estos días que recorro su tierra y me ayuda a entenderlo mejor entre estos montes y bosques que tanto invitan a levantar la mirada al cielo para contemplar.

Contemplar las maravillas de la creación y sobre todo la celebración de la misa. Contemplar es algo tan bello, tan renovador, tan propio de un peregrino que camina con la mirada puesta en el cielo…

Pero una cosa es contemplar un paisaje y otra muy distinta contemplar el misterio de la eucaristía. En Sorribas uno todo. Qué regalo es la contemplación…

¡Y llegamos a Covadonga! ¡Todos unidos! ¡La Santina nos acoge a todos sus hijos! La última subida antes de llegar ayuda a entender mejor la subida al cielo si de verdad la hemos buscado, procurado y ansiado en estos días. Peregrinar con la meta clara, en la tierra un santuario, y luego… ¡el cielo!

¿Qué más se puede pedir al cantar todos el Tedeum y el himno a la Virgen del Covadonga? Atrás quedan los sufrimientos propios de una peregrinación tradicional. Todo se ofrece. Todo se pone ante el Hijo de la Santina. Todo se ve de otra manera. ¡Hemos llegado!

Como también llega aquí mi querido San Pedro Poveda y en esta soledad sonora recibe la luz para fundar una obra. Aquí, a los pies de la cueva santa de Covadonga, Dios le pide algo. Años más tarde le pide algo más grande aún, ¡el martirio! Es asesinado el 28 de julio de 1936.

Entonces cuando estoy a los pies de la cueva donde tantas veces estaría en oración dejando a Dios hablar en su corazón, me conmuevo…

¿Qué viviría aquí San Pedro Poveda siendo canónigo? ¿Cómo sería ese barrunto de la fundación? ¿Esperaba que un día llamarían a la puerta de su casa en Madrid para matarlo?

Todo esto lo paso por mi corazón conmovido mientras miro a lo alto de la cueva de Covadonga, me acuerdo de San Pedro Poveda y doy muchas gracias a Dios por haber concluido un vez más esta peregrinación, y este año de una manera muy especial, en unión con los mártires.

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