Saludo con la paz y el bien a cuantos esta mañana acudís a nuestra Catedral ovetense como habituales feligreses, a los que estáis de paso en Asturias disfrutando de unos días vacacionales de descanso. También a los que por primera vez nos siguen a través de la TRECE tv. De modo particular a los numerosos participantes del XXXIII Encuentro nacional de la Pastoral del Sordo y Sordociego. Sed todos bienvenidos.
Cuando estamos delante de otra persona, nos abismamos ante un misterio: sus sentimientos y contradicciones, sus zozobras y anhelos, sus dudas y certezas. Y es que todos tenemos nuestros pequeños o grandes secretos. Quizás son los que explican que pensamos como pensamos y actuamos de nuestra particular manera: es la clave de nuestra vida toda en las cosas importantes y como en las cotidianas de cada día. Por eso podemos decir que no estaba escondido Dios tras las cumbres de las altas cimas o en las honduras de las bajas simas. Él no rehuía el hacerse encontradizo, aunque tuvo su tiempo para fijar el cómo y el cuándo hacerlo. Y así dice el profeta Zacarías en la primera lectura invitando a la alabanza por llegada humilde de Dios que no nos defrauda: “Alégrate, hija de Sión; canta, hija de Jerusalén; mira a tu rey que viene a ti justo y victorioso, modesto y cabalgando en un asno, en un pollino de borrica” (Zac 9, 9).
Efectivamente, Dios no era huraño de su presencia y poco a poco fue manifestando su belleza mientras nos contaba con bondad lo que cada persona con su nombre y con su circunstancia significamos para Él. Dios se reveló de una manera insospechada con la que no contaban ni siquiera quienes esperaban su venida. Por eso la gente de la oficialidad, la del cetro y cultureta, la de la norma ética y fiscal según sus medidas, ni siquiera se enteró, acaso por esperarle en los caminos que Él nunca frecuentó, por donde Él no dijo que venía, ni en las calles que jamás pisaron sus pies. ¿Es posible que la gente más bienpensante y más bienestante ni siquiera atisbase el momento de la manifestación del mismo Dios, el esperado Mesías? He aquí que Jesús, el Hijo por antonomasia nos dejará entrever su corazón que se abrirá de par en par, para desvelarnos algo de su infinito secreto precisamente en lo que tiene de mayor intimidad: el coloquio y el encuentro con su Padre Dios, cuyo rostro y palabra buscaba cada mañana madrugándola y cada atardecer trasnochándola. Dice Jesús, en este evangelio: “te doy gracias, Padre, Señor de cielo y tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos y las has revelado a la gente sencilla” (Mt 11, 25). Dios ha desvelado su secreto, pero los sabios sabihondos y los hinchados entendidos…, ni saben ni entienden. Sólo la gente sencilla, la que ni entra ni sale en el guión…, todos los pocos sencillos que en el mundo han sido, sólo a ellos les ha querido revelar Dios sus adentros, porque “así le ha parecido mejor” (Mt 11, 26): no hay más razón que esta, y es razón que el amor dicta. Podríamos pensar que este Dios tenía también su manía persecutoria, o al menos su propia selección del personal, y que por lo tanto la emprendió con los sapientes, los potentes y los tenientes para favorecer a los que no lo eran en las periferias de todos los caminos. Pero la verdadera cuestión es preguntarse quién ha abandonado a quién, quién selecciona a quién. Porque sólo van a Jesús, y sólo en Él encuentran solaz y descanso, quienes realmente se hallan de tantos modos descartados: “venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré… y encontraréis vuestro descanso” (Mt 11, 28), y éstos, no suelen coincidir con aquellos a los que el Padre “esconde” su secreto porque ellos autocensuran la voz de Dios y se distraen ante su mirada. Sólo los sencillos en su corazón y en su vida, podían enten¬der las palabras de Jesús. Porque sólo ellos se sabían desbordados por tanto cansancio y tanto agobio. Sin sentir vergüenza de su limitación, sin tener que maquillarla y disfrazarla: eran pobres, sin poder, sin saber, sin tener.
Los que sabían y podían y tenían, ellos se pagaban a sí mismos… aunque sus monedas fueran desesperadamente insuficientes y tantas veces tramposas por los chantajes de cuanto promete una felicidad que jamás alcanzan. Era el estilo de Dios que se humana para devolver a los humanos su dignidad dilapidada, que se allega a los hombres haciéndose uno de tantos (cf. Filp 2,5ss), que en humildad nacerá y en el humus de la hermana muerte terminará su periplo terrestre para después resucitar. Jesús irá desvelando los secretos del corazón de su Padre, y jamás adoptará un estilo arrogante y prepotente como de quien todo-lo-sabe y de-todo-entiende… sabihondamente, aunque todo lo sabía y entendía por ser la misma Sabiduría. El lenguaje y los gestos de Dios serán otros, más humildes y pobres, capaces de ser entendidos y celebrados por los humildes y los pobres, o sea por la gente sencilla de la que nos habla el evangelio de hoy.
Decíamos al principio que participan en esta celebración el XXXIII Encuentro nacional de la Pastoral del Sordo y Sordociego. Son todos bienvenidos y celebramos la Eucaristía junto a estos queridos hermanos que nos recuerdan que Dios habla al corazón de cada persona y que lo más importante el Señor lo muestra precisamente para que sea descubierto con los ojos del corazón. No hay circunstancia congénita o durante la vida acontecida, en la que Dios no tengo algo que decirnos y algo que ofrecernos. Su palabra y su belleza no están vetadas a quienes no pueden oír o no pueden ver. Hay escenas del Evangelio en las que los sordos oyen, los ciegos ven, los cojos saltan y todos se encuentran con Jesús estrenando la esperanza. Por eso es tan hermosa esta pastoral que acompaña eclesialmente a estos hermanos que son pobres en sus oídos o sus ojos y tan ricos en su corazón y en sus entrañas. Ellos que oyen desde Dios nos dan ese precioso testimonio a un mundo tan sordo para la verdad, la bondad y la belleza. Y ellos, cuyos ojos cerrados nos muestran lo que ven desde Dios lo testimonian como luz que disipa la oscuridad que nuestra sociedad mantiene con su ceguera inhumana.
Recordamos al sacerdote asturiano Don Regino Chiquirrín, que tanto y tan bien trabajó aquí en Asturias y en toda España con esta preciosa labor de acompañar a estos hermanos. Y fue precisamente en nuestra tierra donde comenzó el trabajo con niños sordos y huérfanos con la entrega sacerdotal de Don Domingo Fernández Vinjoy, hace más de cien años, siendo hoy la Fundación Vinjoy un referente dentro y fuera de nuestras fronteras, de lo que significa este compromiso con el mundo de la sordera y otras realidades de exclusión social. Agradezco al P. Iñaki Gallego su precioso trabajo con esta pastoral del Sordo y Sordociego desde la parroquia madrileña de Nuestra Señora del Silencio, así como a los demás sacerdotes que cuidáis de estos queridos hermanos. Es un escenario más que nos permite reconocer la cercanía de Dios, desvelándonos sus entrañas, mientras llena de alegría y plenitud la paciencia de los sencillos y la espera de los pobres. Nosotros, dos mil años después, somos herederos y continuadores del secreto de Dios, ese que quita cansancios, seca lágrimas, desliga agobios, rompe cadenas, abre esperanzas, y todo lo llena de un buen olor de Buena Nueva. Dios hace con nuestras lágrimas su propio llanto, y realiza su fiesta con nuestras alegrías.
Quiera el Señor que los sencillos de hoy, los pobres de nuestra tierra, puedan tener acceso al corazón de Dios manso y humilde, y dar gracias al Padre por haberles revelado el secreto que permite ver y vivir las cosas de otra manera. Que el Señor os bendiga, y nuestra Santina os proteja con su manto maternal.
+ Fr. Jesús Sanz Montes, ofm
Arzobispo de Oviedo
S.I.C.B.M. El Salvador (Oviedo)

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